Crecer a medio domesticar una teoría de la justicia #2
Las novelas y los periódicos están llenos de casos de gente cuyas motivaciones son puestas a prueba.
La crónica de Itard bordea lo melodramático:
A fin de averiguar lo que realmente le estaba pasando por la mente a mi pupilo, decidí ponerlo a prueba aplicándole un castigo injusto.
Como sus actos no lo habrían provocado, dicho castigo le resultaría totalmente inmerecido, un acto odioso y repulsivo.
Para ejecutar este experimento tan doloroso, elegí un día en que había hecho trabajar sin parar a Victor durante más de dos horas.
Satisfecho tanto con su voluntad de cooperar como con su inteligencia, yo no le debía nada más que elogios y recompensas.
Y eso mismo esperaba él, a juzgar por la expresión feliz de su cara y por la postura de su cuerpo.
Pueden imaginar ustedes su asombro cuando, en vez de recibir las recompensas habituales que tenía derecho a esperar de mí, me vio en la cara una expresión severa y amenazadora.
Borré con violencia la misma escritura que acababa de elogiar y tiré sus tarjetas y sus cuadernos por la habitación.
Lo llevé cogido del brazo hasta el armario donde lo había encerrado bajo llave varias veces a modo de castigo, poco después de su llegada a París.
Se dejó arrastrar hasta la puerta del armario.
De pronto, abandonando su docilidad de costumbre y apoyando manos y pies contra el marco de la puerta, se puso a forcejear vigorosamente, de una forma que me gratificó porque era muy poco propia de él.
En las ocasiones en que sí merecía el castigo, jamás se había resistido.
Seguí en mis trece, a fin de ver cómo de lejos iba a llevar su resistencia.
Haciendo acopio de fuerzas, me preparé para levantarlo en volandas y meterlo en el armario.
La maniobra despertó su cólera. Rojo e indignado, luchó con tanta violencia que estuve varios minutos sin poder moverlo un palmo.
Luego, sintiendo que estaba a punto de ceder a mi fuerza mayor, puso en juego el último recurso de los débiles.
Me mordió la mano con la fuerza suficiente como para dejarme unas marcas profundas.
¡Qué maravilloso habría sido en aquel momento conseguir que mi pupilo me entendiera, decirle que aquel dolor me llenaba el alma de satisfacción y me recompensaba por todas mis penurias!
¿Tengo derecho a sentirme contento por lo que pasó?
El suyo fue un acto de represalia legítima.
Y me ofrecía pruebas incontestables de que el sentido de la justicia y de la injusticia, la eterna base del orden social, no resultaba ajeno a su corazón.
Y por el hecho de inculcarle aquella noción o, mejor dicho, de promover su desarrollo, había elevado a un salvaje a la estatura plena de un hombre moral.
Vale la pena pensar un poco en esta escena.
Itard la ve como el rito de paso de Victor a la condición de hombre.
El chico había aprendido la diferencia entre lo que estaba bien y lo que estaba mal y mostrado el valor necesario para protestar contra lo que estaba mal, aunque fuera enfrentándose a la autoridad establecida de su tutor.
Nosotros intentaríamos expresarnos de forma más precavida que Itard, pero ¿cómo?
Por mi parte, manifestaría que Victor no se encontraba tan intimidado ni sometido como para no reaccionar con intensidad cuando alguien violaba sus expectativas o sus «principios».
Quizá únicamente estuviera expresando confusión ante el retorno repentino a una forma de castigo abandonada largo tiempo atrás.
Aun así, parece que los supuestos méritos de Itard se basan en la observación acertada de que el chico percibía «algún problema» en el castigo y se sentía impulsado a reaccionar con vigor.
¿Acaso un alumno podía pasar años sin aprender a distinguir entre una recompensa o un castigo merecidos, y un tratamiento arbitrario e inmerecido?
Lo dudo, y aún menos teniendo a un tutor tan ecuánime como Itard.
Un adiestrador de animales necesita seguir un programa coherente, no caprichoso.
Una serie de transacciones sociales exitosas, como las que se habían establecido entre Victor, Itard y madame Guérin, necesitaba basarse en un patrón predecible de conductas y respuestas.
Llamar a dicho patrón «justicia» implicaba la necesidad de contar con unas acciones coherentes y predecibles.
Aquel día, Itard puso a prueba a Victor y descubrió que dicho patrón estaba vivo y era fuerte en él.
No se trataba de ningún paso de gigante, sino de una simple verificación de avances pasados.
Victor no podía haber tenido en mente ningún concepto claro de justicia en un sentido abstracto, ni tampoco contaba con una palabra con que expresarlo.
Tampoco podría haber generalizado la base de su respuesta a aquel «experimento» y hacerla extensible a otras situaciones que lo afectaran de forma menos directa.
En cierto sentido, por tanto, Victor no había alcanzado la «estatura plena de un hombre moral».
Pese a todo, Itard tenía una buena razón para celebrarlo.
Victor había asimilado las reglas implícitas de las relaciones humanas sin perder su espíritu indómito.
Aunque «odiosa», la escena demuestra cuán viva era la relación entre ambos, y no parece que aquel incidente interrumpiera ni complicara el programa educativo.
Llegados a este punto, ya conocemos la mejor versión de Victor.
Pese a su mudez, había aprendido a «leer» y a transmitir ideas simples con la escritura.
Sentía un afecto genuino hacia sus padres de acogida, Itard y madame Guérin.
Tenía la imaginación suficiente como para inventar pequeñas recombinaciones de los elementos de su entorno.
Por último, parecía tener una noción rudimentaria de la justicia basada en la conducta adecuada.
Así pues, ¿por qué no iba aquella criatura sensible, que hacía pocos años había sido un simple animal, a seguir creciendo hasta convertirse en el más noble de los hombres?
Tras su largo aislamiento, ¿acaso iba a otorgarnos algún conocimiento privilegiado del desarrollo de la conciencia humana, igual que aquel otro hombre que había nacido ciego y recuperado la visión?
Parece que a Itard lo sustentaba alguna esperanza parecida.
Sin embargo, en un momento dado, hacia el final de su segundo largo periodo de educación, seguramente en 1804, Itard debió de darse cuenta de que el progreso de Victor no se estaba acelerando, sino ralentizándose.
Los nueve primeros meses de 1801 habían producido una especie de milagro.
Luego, durante un largo periodo, la perseverancia y la creatividad de Itard habían encontrado la forma de remontar todos los obstáculos y sacarle al chico sonidos articulados.
Por fin, en una fase que no podemos ubicar con precisión, su conducta inquieta obligó a Itard a volver a evaluar la situación del chico.
Se encontraba ahora con dos obstáculos en apariencia insuperables.
Uno era la ausencia de un elemento o rasgo esencial que Victor no había desarrollado nunca; el otro era la presencia de una fuerza natural que no se podía canalizar ni aprovechar de forma útil.
Estos dos factores provocaron el final del experimento, revelando los límites de Victor y reviviendo el espectro de la bestialidad y el salvajismo.
Itard se quedó sin recursos, y así lo tuvo que admitir, de mala gana, pero con franqueza.
El pasaje siguiente del informe se encuentra únicamente unas cuantas líneas después de la escena sobre la justicia:
Victor continúa siendo un ser esencialmente egocéntrico.
Todo entusiasmo y cordialidad cuando los deberes que le asignas se alinean con sus necesidades, sí.
Pero sigue sin conocer esa voluntad que no se arredra ante las dificultades y los sacrificios.
Jamás ha experimentado el sentimiento de la piedad.
¿Victor, egocéntrico? ¿Acaso esto no se contradice con el significado mismo de la escena en la que abre su corazón, tras su fuga?
No, porque está claro que el chico identificaba a madame Guérin y a Itard con la satisfacción de sus necesidades y deseos.
Itard aquí menciona la compasión. Rousseau creía que la compasión era la única emoción espontánea que debía de sentir un hombre primitivo en el estado salvaje.
Pero se refería a la compasión básicamente porque esta se imponía al egoísmo.
La compasión es una especie de justicia espontánea.
Depende de tu capacidad para imaginarte los sufrimientos de otra persona y para dejarte afectar por ellos, aunque no te conciernan personalmente.
El Buen Samaritano sintió compasión, y actuó movido por ella.
Cuando Victor dejó de ponerle el cubierto en la mesa a monsieur Guérin, lo que sintió no fue compasión; sintió que había cometido una equivocación.
En parte porque no podía imaginar con facilidad otros estados mentales que no fueran el suyo, Victor era incapaz de adoptar un punto de vista desde el cual las vidas y la felicidad de los demás tuvieran realidad e importancia para él.
Aquel era su principal obstáculo para seguir desarrollándose.
Vivía casi por completo absorto en sí mismo, igual que vivimos todos parte del tiempo.
Sin embargo, a los demás nos gusta pensar que somos capaces de superar nuestro egoísmo a fin de sentir piedad y mostrar caridad hacia los demás, y de actuar en nombre de algo más grande que nosotros: la nación, la religión, el imperio de la ley, la belleza o la virtud.
Victor era incapaz de erigir unos conceptos tan complejos en su mente.
Era, en todos los sentidos, un egocéntrico sin lealtad ni compasión; y era nuestro hermano de sangre.
Itard solo necesita una página para describir el egoísmo de Victor.
En cambio, le hacen falta cuatro para tratar la cuestión del sexo, el segundo obstáculo, que en el primer informe se había sacado de encima en una docena de líneas.
A los diecisiete, Victor estaba atravesando «una marcada fase de pubertad».
Itard llevaba tres o cuatro años esperando un cambio importante, y confiaba en que dicho cambio liberara en el chico nuevos impulsos y aspiraciones que «enriquecerían su existencia moral».
A veces creo que Itard anhelaba la aparición de una segunda pulsión en la vida de Victor que desplazara la comida o por lo menos compitiera con ella. Pero nunca lo dice explícitamente.
He visto llegar, o más bien estallar, la tan esperada pubertad.