El experimento prohibido Crecer a medio domesticar una teoría de la justicia
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Crecer a medio domesticar una teoría de la justicia

La fe de Itard en la humanidad de Victor era inmensa, y lo bastante sólida como para sustentar cinco años de trabajo exigente.

A fin de llegar a la mente del chico y liberar sus presuntas capacidades de pensamiento e imaginación, el médico se había concentrado —correctamente, diría yo— en el lenguaje.

Hemos visto los resultados: no se manifestaron en forma de habla, ni siquiera en los signos convencionales de los sordomudos, sino únicamente en un entendimiento y un uso rudimentarios de la palabra escrita.

Igual que un vaso está al mismo tiempo medio lleno y medio vacío, el adiestramiento verbal de Victor había concluido en éxito o fracaso, dependiendo del punto de vista que uno quiera adoptar.

Sin embargo, más allá de cualquier evaluación de los resultados nos enfrentamos a una pregunta más profunda: ¿quién era Victor, ahora que lo habían despertado parcialmente del letargo del aislamiento?

¿Acaso aquella criatura salvaje incapaz de mostrar atención o reflexión se había convertido en una persona provista de sentimientos y de carácter?

Todas aquellas lágrimas de Victor, junto con los ocasionales arranques de alegría o desesperación de Itard, implican una relación genuina entre dos personas profundamente unidas.

Itard organizó su segundo informe precisamente para responder a esas preguntas.

El título de la tercera sección emplea un término todavía vigente en psicología para referirse a las emociones: «El desarrollo de las facultades afectivas».

En ciertos sentidos, Victor no se había despojado de la llamada de la selva:

Perdura en él la misma pasión por el monte, el mismo trance extasiado al ver una luna llena o un campo cubierto de nieve, y los mismos arrobamientos cuando se levanta un vendaval.

Su pasión por deambular a sus anchas por la naturaleza se ve templada por sus nuevos lazos sociales y en parte satisfecha por sus paseos, sí.

Pero la pasión no se ha extinguido. Solo hace falta una hermosa velada estival para revivirla, o bien la imagen de un bosque sumido en sombras, o cualquier interrupción de sus paseos diarios.

Es recomendable reflexionar sobre este pasaje y compararlo con la descripción anterior que asocia paisaje con agua potable.

¿Acaso esta conducta implica la persistencia de un estado asalvajado en Victor?

¿O bien su arraigada apreciación del paisaje en momentos señalados representa una forma rudimentaria de sensibilidad estética, que ya había desarrollado por su cuenta antes de su captura?

Es posible que ambos impulsos estén relacionados.

La asociación que hace Victor entre contemplar la belleza del paisaje y saborear agua pura linda con una combinación mitológica de motivos de pureza.

Cuando Bonnaterre y Clair habían llevado al chico a París, cinco años antes, este había reconocido sin problemas a sus dos guardianes y se había comportado dócilmente con ellos, siendo como eran las personas que satisfacían su necesidad básica de comida.

¿Pero acaso había correspondido a los afectos de Clair?

Itard declara que, al marcharse Clair, no se había producido ninguna reacción discernible por parte del chico.

Sin embargo, con el paso del tiempo, este se mostraba cada vez más ansioso por rendir buenos resultados ante madame Guérin e Itard, e incluso por poner de su parte.

Respondía bien cuando lo animaban y llevaba a cabo un cometido útil.

Una de las tareas que más le gustaban era serrar leña.

Se lo puede ver redoblar sus esfuerzos a medida que la sierra se adentra en la madera.

Cuando por fin llega al otro lado del leño, su demostración de alegría es extraordinaria.

Casi se lo podría comparar con el delirio de un demente.

Su conducta, sin embargo, se puede explicar por medio de la necesidad de movimiento de un ser tan activo, y por la naturaleza misma de la actividad, que, además de constituir un ejercicio saludable y estimulante, le ofrece la oportunidad de mostrarse útil haciendo algo que le gusta.

Por mucho que consiga refrenarla, no es raro ver a un muchacho ordinario de quince años teniendo una reacción tan frenética al esfuerzo físico.

La otra cara de la exuberancia es la depresión.

Victor la experimentaba cada vez más. Después de los esfuerzos largos y concentrados, particularmente los del aprendizaje de palabras, a veces se mostraba incapaz de superar cualquier dificultad.

«He visto cómo se ponía a derramar lágrimas sobre aquellas letras incomprensibles, sin que las provocara ninguna palabra mía de reproche ni tampoco ninguna amenaza de castigo.»

Las rabietas del primer año ya quedaban muy lejos.

Los meticulosos métodos educativos de Itard estaban diseñados para evitar frustraciones mentales innecesarias.

En cualquier caso, parece que el chico debía de entender una gran parte de lo que sucedía a su alrededor y de lo que se esperaba de él.

Una de sus tareas diarias era poner la mesa para monsieur y madame Guérin y para sí mismo.

En 1804 o 1805, monsieur Guérin enfermó gravemente y lo hospitalizaron en un centro distinto.

Victor le siguió poniendo un cubierto en la mesa, que todos los días madame Guérin le hacía quitar.

Monsieur Guérin no se recuperó. El día de su muerte, Victor le puso su cubierto igual que siempre.

Podemos imaginar el efecto que aquello debió de tener en madame Guérin.

Tras presenciar su despliegue de dolor, Victor entendió que era él quien lo estaba provocando.

Bien porque creía haber hecho algo malo, o porque entendió la razón auténtica del dolor de la mujer, Victor acabó viendo que su acción no era la correcta.

Por iniciativa propia, quitó el cubierto, lo volvió a guardar en el armario y no lo puso nunca más.

Itard se basa sobre todo en dos incidentes para retratar el desarrollo emocional de Victor.

Más o menos por la época de la muerte de su marido, madame Guérin tuvo que pasar dos semanas en cama con reumatismo grave y no pudo sacarlo a pasear.

Victor hizo un gran despliegue de alegría cuando la mujer por fin se recuperó, y saltó a la vista que se moría de ganas de visitar los jardines del Observatorio.

Sin embargo, el primer día en que madame Guérin salió del instituto no se pudo llevar a Victor.

Aquella noche, a la hora de la cena, cuando lo mandaron a la cocina para traer uno de los platos, el chico salió al jardín, se escabulló por entre las cancelas del instituto mientras pasaba un carruaje y se escapó a los campos.

La policía de una aldea alejada lo capturó y lo retuvo un par de semanas hasta que consiguieron identificarlo y devolverlo a París, donde lo pudo reclamar madame Guérin.

Al parecer, hubo varios testigos presenciales.

En cuanto Victor vio a su institutriz, se quedó pálido y perdió el conocimiento momentáneamente.

Cuando sintió que madame Guérin lo besaba y lo acariciaba, revivió rápidamente y manifestó su alegría en forma de chillidos agudos, movimientos convulsivos de las manos y una expresión radiante en la cara.

A los espectadores les pareció no tanto un fugitivo llevado por la fuerza al cautiverio como un hijo afectuoso que por iniciativa propia se lanzaba a los brazos de su madre.

No mostró menos sentimientos en su primer encuentro conmigo, a la mañana siguiente.

Todavía estaba en cama, pero nada más verme se incorporó hasta sentarse y extendió los brazos hacia mí.

Sin embargo, cuando vio que, en vez de acercarme a él, me quedaba allí plantado con porte frío y expresión descontenta, se volvió a sepultar bajo las mantas y rompió a llorar.

Mis duros reproches le hicieron redoblar sus sollozos.

Tras estimular sus sentimientos hasta el límite, fui a sentarme en su cama.

Aquella era siempre la señal del perdón.

Él lo entendió, dio los primeros pasos de la reconciliación y todo quedó olvidado.

Para ser un simple expediente científico, el libro está lleno de congoja.

Itard deja claro que las emociones fuertes de Victor no nacen del mero hecho de haberse visto privado de sus comodidades habituales durante unos días.

También confirma que Itard hablaba con Victor, aunque el chico únicamente entendía su tono de voz y sus actos.

El segundo incidente refleja con mayor profundidad la educación de Victor y los métodos de Itard, puesto que plantea la cuestión de qué ideas de lo correcto y lo incorrecto se estaban formando en la mente del chico.

Aquí vemos en juego los acuerdos tácitos que rigen nuestras vidas, el cemento que mantiene cohesionada una sociedad.

Itard empieza su crónica en un tono inusualmente discreto.

Poco a poco, sin embargo, se va animando hasta emprender una cálida celebración de la nobleza potencial del hombre.

Independientemente de cómo interprete uno estos incidentes, no veo razón alguna para ridiculizar las reacciones de Itard ni de Victor.

Cuando Itard se hizo cargo del Pequeño Salvaje, este no tenía ningún sentido de la propiedad.

Tomaba cualquier cosa a la que pudiera echar mano; sobre todo, cosas de comer.

Los castigos únicamente le enseñaron a ocultar sus acciones, es decir, a robar.

Sin cesar, birlaba comida de las cocinas.

Por tanto, Itard se vio obligado a mostrarle los fundamentos de una conducta moral a base de aplicarle la regla de oro invertida.

Si Victor robaba algo, Itard también le quitaba algo, a ser posible algún objeto que codiciara especialmente, como por ejemplo el pan que le habían dado como recompensa por algún buen trabajo.

Aquellas «represalias» enseñaban al chico que, del mismo modo en que robaba a otros, otros le podían robar a él. Así fue como dejó de hurtar cosas.

Pero Itard no estaba satisfecho. No podía determinar si Victor se había enmendado por simple miedo a las represalias, o bien movido por alguna «noción interior de justicia» o un «sentido desinteresado del orden moral».

No es fácil saber en qué medida esperaba Itard encontrar aquellos sentimientos tan elevados y sutiles al cabo de únicamente dos o tres años de educación.

¿Cuántos ciudadanos normales y corrientes, a los quince años o a cualquier otra edad, han desarrollado una noción genuina de la justicia y actúan guiándose por principios éticos y no porque tengan miedo de la ley?