Leer y escribir
Ahora Itard creía que Victor estaba listo para la siguiente fase de su formación.
Si eran correctas las teorías de Locke y Condillac, el chico se había formado mentalmente dos series distintas de nociones a raíz de la ejercitación y el desarrollo de sus sentidos.
Por un lado, tenía una «miríada de ideas nuevas» sobre el mundo y sobre sí mismo.
Por otro lado, poseía un conjunto de «signos» en potencia, y en particular de palabras compuestas de letras, que le permitirían representar esas ideas.
La tabula rasa ya estaba cubierta de marcas, aunque sin establecer todavía ninguna asociación sistemática entre ambas series.
Lait era una excepción, casi una chiripa.
El valor o significado de aquellos signos no pertenecía a los sentidos, sino a un nivel superior de actividad mental.
Aquel era el paso siguiente en el programa de Itard.
Hoy en día no explicaríamos las cosas de esta forma.
Tal como lo vemos ahora, no eran solo los sentidos de Victor, sino también su mente, los que habían estado operando de forma no lingüística antes incluso de su captura.
Las sensaciones y las impresiones no se organizan a sí mismas de forma espontánea; en las primeras fases de la vida humana ya parece haber algún potencial para interpretar las cosas, para organizar las impresiones en categorías de espacio, tiempo y causa-efecto.
El Pequeño Salvaje se las había apañado para sobrevivir sin ayuda en un entorno hostil.
Su mente no había estado del todo inactiva.
Para cuando lo capturaron en Saint-Sernin, ya había desarrollado un lenguaje de acciones rudimentario, expresando sus necesidades primarias a base de señalar y de representarlas.
Pero Itard no se equivocó ni mucho menos al descomponer el proceso educativo en fases a fin de asegurarse de que su pupilo aprendía todos los fundamentos.
Seguramente Victor estaba empezando a tener ideas que iban más allá de sus simples necesidades.
(Esto, por supuesto, es lo más difícil de averiguar.)
Sin embargo, era incapaz de transmitir aquellas ideas de ninguna forma adecuada.
En consecuencia, quizá se debió de sentir más solo que nunca.
El gesto de beber agua junto a la ventana quizá fuera una expresión de aquella soledad.
Meses antes, Itard había notado en Victor aquella intensificación de su aislamiento.
La primera vez que Victor produjo algo cercano al sonido lait, Itard comprendió que era más una «exclamación de placer» indistinta que una palabra.
«No establece ninguna relación, ninguna comunicación entre nosotros.»
Ahora, en cambio, después de varios meses de trabajar en la percepción y en la discriminación, Victor parecía listo para que Itard llevara a cabo un nuevo intento de establecer aquella comunicación.
Si el cálculo de Itard era correcto, el paso siguiente debería ser simple.
«Era necesario […] establecer entre cada objeto y su signo una conexión directa y una especie de identidad que los fijara en su mente.»
El método de Sicard para los sordomudos ya había producido unos resultados parciales y ahora se podía volver a usar.
Itard desplegó en una serie de estantes varios objetos, cada uno de los cuales se encontraba sobre una tarjeta que llevaba su nombre.
Victor ya había aprendido en ejercicios anteriores a distinguir todas aquellas palabras a simple vista; todavía no conocía sus significados.
Dos años antes, cuando se había esperado de Victor que hiciera corresponder objetos con palabras, el resultado había sido nulo.
Esta vez, en cambio, aprendió tan deprisa que Itard apenas cuenta cómo sucedió.
«Aquel sistema lo entendió deprisa. Tuve pruebas de ello cuando, tras cambiar el orden de las tarjetas, vi a mi alumno asignar la palabra adecuada a cada objeto.»
Ahora podía ver las palabras y asociarlas con cosas.
Aparecieron unos cuantos obstáculos. Itard empezó a mandar a Victor que saliera de la habitación para ir a buscar objetos cuyos nombres le señalaba.
Al principio, Victor necesitaba mantener el nombre a la vista para traer el objeto adecuado.
Sin aquel recordatorio, se olvidaba muy pronto de la palabra y le hacía falta volver para comprobarla.
Al cabo de un tiempo, sin embargo, llegó a dominar la técnica.
Podía subir al piso de arriba para traer cuatro cosas distintas a la vez, recordándolas con precisión y hasta demorándose por el camino para mirar por la ventana.
Y por fin sucedió algo completamente distinto.
«Vi que Victor, tanto en nuestros ejercicios como espontáneamente, hacía uso de las palabras que yo le había enseñado, pidiéndonos cosas, trayéndolas, o bien señalándolas cuando le mostrábamos la palabra, o bien señalando la palabra adecuada cuando le mostrábamos la cosa.»
Espontáneamente: parece la palabra clave de la frase.
Victor casi siempre trabajaba solo. A Itard le dio la sensación de que había «llegado finalmente al punto por el cual había desandado sus pasos y había tomado un desvío tan largo».
Era el paso de gigante. Había tardado dos años en llegar.
Por lo que cuenta Itard, nunca había un paso adelante sin retroceder de algún modo.
Un día en que estaban trabajando en su estudio, el médico decidió cerrar la puerta con llave para que Victor no pudiera entrar en su habitación, donde se encontraban todos los objetos que solía mandarle a buscar.
Podía encontrar los mismos objetos (libro, llave, cuchillo) en el estudio de Itard.
Sin embargo, aunque en el estudio tenía docenas de libros a su disposición, se negaba a elegir ninguno de ellos.
Quería el de siempre, que estaba bajo llave en su habitación.
Itard no consiguió convencerlo para que relacionara las palabras de las tarjetas con ninguno de los objetos que había en la habitación.
En su informe, cuenta que perdió toda la paciencia:
«Muchacho desdichado —le espeté, como si pudiera entenderme—. Como todo este trabajo ha sido en vano, vuélvete a tu bosque. O bien, como ahora estás a cargo de la sociedad, ¡haz frente a tu propia inutilidad y ve a vivir en la miseria y el tedio de Bicêtre!»
Si no hubiera conocido los límites de la inteligencia de mi pupilo, quizá habría creído que entendía hasta la última de mis palabras.
Porque apenas había terminado de hablarle cuando vi, como sucede en esos momentos de tristeza, que le empezaban a brotar sollozos del pecho, se le cerraban los ojos y le manaban las lágrimas de entre los párpados.
Itard reaccionó a aquella conducta haciendo algo que parece muy natural y a la vez muy calculado, como si pudiera ser al mismo tiempo un padre cariñoso y un empleado clínico desapegado.
Las experiencias anteriores lo habían convencido de que aquellas crisis emocionales eran «beneficiosas» para Victor.
El mismo shock que le había curado las pataletas durante su primera primavera allí había parecido mejorar el rendimiento de su aprendizaje.
Ahora Itard acudió a abrazar al chico y a reconfortarlo con palabras.
Victor dejó ir todos sus sentimientos. «Llevé sus emociones hasta el límite, y, por decirlo así, traté de tocar la fibra más íntima de su ser moral.»
Al cabo de un rato se pusieron a trabajar otra vez y el rendimiento mejoró.
Una tanda nueva de ejercicios enseñó a Victor a relacionar clases de objetos de acuerdo con sus propiedades y usos, en vez de diferenciar siempre entre cosas individuales.
Victor no tardó en aprender que LIbrO significaba no solo el libro concreto que habían estado usando, sino cualquier montón de papel impreso que hubiera sido encuadernado.
A raíz de esto, adoptó una actitud de exceso de corrección y de generalizarlo todo.
Confundía CEPILLO con ESCOBA y CUCHILLO con NAVAJA.
A fin de demostrarle esta última distinción, Itard se afeitó bajo la mirada de Victor.
Cuando le señalaban en la dirección adecuada, este era capaz de asociar objetos por semejanzas y de establecer distinciones, y a continuación de usar palabras como medio para recordar aquellas categorías de objetos.
En aquel momento, Victor se estaba superando a sí mismo.
Itard muestra su emoción en la sección siguiente, saliéndose momentáneamente de la narración y dirigiéndose de forma directa y por su título a «Su Excelencia», el ministro de Interior, para quien estaba redactando aquel segundo informe.
Itard insiste en que Victor había descubierto ahora la facultad de la imaginación:
No tengo dudas en otorgarle ese nombre al hecho de que se haya fabricado un soporte para las tizas.
Un día en mi apartamento usó aquel artefacto para aguantar pedazos de tizas.
Al cabo de unos días surgió la misma situación, estando en su habitación y sin soporte que usar.
Desafío a los hombres de mayor inventiva a que adivinen lo que hizo entonces; o incluso a que hagan ellos lo mismo.
Victor se hizo con un pequeño artilugio de la cocina que no tenía sitio en su habitación y por tanto había terminado en el fondo de un armario.
Era un lardoire, de los que se usan para meter grasa en los asados.
También podía cumplir el cometido que él quería, sin embargo, de manera que, en un segundo arranque de imaginación creativa, lo convirtió en un práctico soporte para tizas a base de reemplazar la corredera con varias vueltas de cordel.
Por favor, trate de entender, Su Excelencia, por qué le atribuyo tanta importancia a este logro.
Es necesario haber pasado por todo el penoso proceso de instrucción, haber seguido y guiado a esta planta humana durante su laborioso crecimiento, desde los primeros atisbos de atención hasta este destello pionero de imaginación, para hacerse una idea de la alegría que me causó.
Perdóneme por darle tanta importancia a un descubrimiento tan simple y ordinario.
Victor hizo acopio de todo su ingenio para hacer otros descubrimientos, como si el procedimiento básico de aprender a usar palabras con precisión hubiera capacitado al resto de su mente para lidiar con el mundo circundante.
A partir de aquel momento, empezó a poner en práctica de forma espontánea todo un conjunto de rutinas y hábitos que había aprendido en el desempeño de sus tareas.
Sin extraer conclusiones precipitadas, creo que se puede decir que aquella nueva forma de ver las cosas, así como sus nuevas aplicaciones, obligó a mi pupilo a escapar del círculo vicioso de las conductas automáticas o mecánicas.
Durante un tiempo, las cosas se movieron muy deprisa.
Victor aprendió los nombres de unas entidades bastante difíciles de entender, como habitación o persona.
Y no le costó nada asimilar el hecho de que las partes de una cosa podían tener nombres distintos al de su conjunto.
Luego llegaron adjetivos como grande y pequeño, blando y duro, caliente y frío, ligero y pesado, seguidos de muchas más cualidades y colores.
Por fin los verbos: tocar, arrojar, coger, soltar, beber, comer y demás.
Itard los combinaba con los sustantivos y asignaba a Victor las tareas que se generaban de esa forma.
El maestro ponía a su pupilo a corretear como un demonio por los pisos superiores del instituto.
Cuando las listas aleatorias de palabras resultantes producían combinaciones extrañas, como «romper piedra» o «comer escoba», a Victor no lo disuadía aquel absurdo; se limitaba a llevar a cabo alguna sustitución sensata.
Todo el proceso funcionaba de maravilla.
Victor seguía sin poder hablar ni entender el habla oral.
Ahora, sin embargo, el lenguaje vibraba en todas sus acciones.
E Itard seguía poniéndolo todo por escrito:
Solo voy a contar que, al cabo de unos meses, Victor sabía copiar las palabras cuyos significados ya conocía.
Poco después aprendió a reproducirlas de memoria y por fin a usar su escritura, tosca como era y como sigue siendo, para expresar sus necesidades y para pedir lo que quería.
De la misma forma podía entender las necesidades y deseos de los demás.
Aquí Itard no usa signos de exclamación ni tampoco cursivas como al final de su primer informe. No obstante, su tono es optimista. Por desgracia, no ha sobrevivido ninguno de los escritos de Victor.
A principios de 1803, según mi interpretación de la cronología, Victor ya dominaba los fundamentos de la lectura y la escritura.
Eso le permitía entablar espontáneamente una comunicación rudimentaria.
Por el camino se había encontrado casi por accidente con dos logros importantes.
Por un lado, en aquel nuevo escenario había empezado a operar la parte de su inteligencia que podemos denominar imaginación o inventiva.
Y por otro, había aprendido o recuperado la facultad de la imitación.
Para Itard, ya solo quedaba un objetivo que alcanzar: el habla.