El experimento prohibido 4. ¿Hombre-planta u hombre moral? #2
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4. ¿Hombre-planta u hombre moral? #2

No importaba cuánto quisiera Victor la leche: solo en el momento en que estaba acostumbrado a recibir un vaso, solo cuando se lo daban, decía la palabra, o, mejor dicho, la formaba con las letras metálicas.

En otras ocasiones, Victor no formaba la palabra a fin de obtener leche. Solo deletreaba LAIT cuando estaba seguro de que se la iban a dar. Había pasado exactamente lo mismo en sus intentos de articular el sonido lait.

Itard percibía dos problemas graves en el uso que hacía Victor de aquella primera palabra.

En primer lugar, Victor no podía separar la palabra de la presencia de aquello que significaba: de su «referente».

Sin esa separación, no existe realmente lenguaje.

En segundo lugar, no estaba nada claro lo que significaba lait para Victor.

Era evidente, sin embargo, que no significaba «líquido blanco producido por la hembra del mamífero, en cualquier momento y lugar».

Su conducta sugería un significado más parecido a «mi placer cuando bebo esta agua blanca, aquí y ahora».

Itard vio convertirse su triunfo en cenizas.

Llegué a la conclusión de que su uso de la palabra, en vez de ser una expresión de sus necesidades, no era más que una especie de ejercicio preliminar que el chico resolvía de forma mecánica antes de satisfacer su apetito.

Por consiguiente, íbamos a tener que desandar nuestros pasos y emprender un camino distinto.

Me resigné con todo el coraje que pude, convencido de que la culpa recaía en mí y no en mi pupilo.

Al plantearme las causas de aquel uso defectuoso de los signos escritos, no me quedaba otro remedio que admitir que mis primeros ejercicios con palabras e ideas no tenían la misma simplicidad extrema que había conducido al éxito de mis demás procedimientos didácticos.

Es decir, que, aunque para todos nosotros lait es un signo muy simple, quizá para Victor fuera una expresión confusa del nutritivo líquido, o bien del receptáculo en el que venía, o de su deseo de beberlo.

Cuesta saber con exactitud cuándo le vinieron a Itard aquellas dudas acerca del que había considerado el mayor triunfo de Victor.

Seguramente debió de ser a principios de 1802, más o menos por la época en que había llegado a enseñar a Victor a dibujar las letras y escribir las palabras que ahora sabía reconocer y formar con las piezas metálicas.

La decisión condujo a un incidente muy revelador.

Itard puso a Victor a su lado frente a una pizarra y le dio una tiza para que copiara los movimientos de su maestro.

Pero el ejercicio no funcionó, e Itard cuenta que ya se lo esperaba.

Victor no sabe imitar. Parecía carecer de esa facultad elemental que tan importante deviene en los niños: el proceso doble de contemplar una acción y hacer lo mismo.

Por supuesto, a Victor le costaba mucho ver lo mismo que vemos nosotros.

Aun así, hay muchos animales que imitan; todos los idiomas tienen expresiones en las que los monos y los loros lo hacen.

Si Victor hubiera poseído la capacidad y el deseo de imitar a quienes lo rodeaban, seguramente se habría educado por su cuenta mucho antes.

En su primer informe, Itard explicaba que la capacidad de imitación de Victor era «muy tenue pero no estaba del todo ausente».

Ahora descubría lo tenue que era en realidad.

Una vez más, Itard se propuso despertar en el chico unas respuestas que llevaban muchos años aletargadas.

«Tuve que desandar mis pasos y sacar sus facultades imitativas de la parálisis por medio del adiestramiento gradual. Inicié un programa de movimientos obvios para que el chico los reprodujera: levantar los brazos, adelantar un pie, sentarse, incorporarse,

abrir y cerrar la mano y una serie de movimientos simples de los dedos que después se podían combinar.»

Más adelante, con la vista puesta en su tutor, Victor cogía un palo con la mano y lo blandía como si fuera un lápiz enorme, fortaleciendo los músculos.

Parece un gesto infantil, y lo era: infantil y esencial.

Itard no dice cuánto tiempo duraron aquellos ejercicios; imagino que varios meses.

Por fin los dos pudieron trabajar juntos en la pizarra.

Esta vez, informa Itard, «el resultado de nuestro ejercicio fueron dos líneas paralelas».

La carta que escribe Sicard en mayo de 1802 se abre con una crónica de Victor reproduciendo tanto figuras de gran tamaño como letras pequeñas. Había aprendido una habilidad nueva.

Itard también trabajó con el sentido del tacto de Victor.

De inicio, Victor no podía distinguir una castaña de una bellota cuando le pedían que eligiera una u otra del fondo de una bolsa o de un bote.

Hicieron falta meses de ejercicios cuidadosamente graduales a fin de entrenar sus dedos para que distinguieran no solo objetos y formas, temperaturas y pesos, sino incluso las letras metálicas.

En aquel ámbito era un estudiante voluntarioso y rápido.

Itard decidió dejar de lado el sentido del olfato del chico por considerarlo suficientemente sensible.

En cambio, el gusto era otra cuestión. Por supuesto, un francés culto de 1800 pensaba que discernir la buena comida y disfrutar de ella constituía una parte vital de la civilización.

¿Acaso llegaría a eso el Pequeño Salvaje?

Itard debió de apreciar la ironía de lo que estaba intentando hacer, porque escribió que se proponía «desarrollar o bien pervertir» el órgano gustativo de Victor.

Esta vez Itard no describe los métodos educativos que diseñó, pero sí que comenta con cierto detalle los resultados.

Los dos pasajes al respecto forman una pareja casi perfecta.

Durante su aclimatación a los sabores y platos nuevos, Victor se mantuvo indiferente al licor.

Aquella indiferencia se convirtió en auténtica aversión como resultado de un error que cometió y que seguramente vale la pena contar.

Una noche Victor estaba cenando conmigo en la ciudad.

Al final de la cena cogió por iniciativa propia un decantador lleno de un licor fuerte que era incoloro y transparente.

Tras servirse un vaso de lo que había confundido con agua, se bebió medio vaso de un trago antes de que la sensación ardiente de su estómago le indicara lo que acababa de hacer.

Arrojó al suelo tanto el vaso como el decantador, salió de un salto por la puerta y se puso a correr aullando por los pasillos y escaleras del edificio, volviendo al comedor y arrancando otra vez desde el principio con el mismo rumbo, como un animal herido…

Itard le atribuye un significado especial a la preferencia de Victor por el agua:

Casi siempre, cuando termina de cenar, y aunque no sienta demasiada sed, Victor se llena el vaso de agua pura y asume un aire de gourmet que se prepara para probar un licor exquisito.

Da un sorbo lento y apura el agua gota a gota.

Pero lo que le añade todavía más interés a esta escena es el lugar en el que sucede.

Nuestro refinado bebedor camina hasta la ventana y se detiene con la mirada clavada en la campiña.

Es en ese momento de disfrute cuando nuestro hijo de la naturaleza quiere ver reunidas las dos únicas posesiones que han sobrevivido a su privación de libertad: beber agua limpia y la visión del sol y la campiña.

El pasaje se acerca a la poesía: un temperamento sensible observa a otro con profunda empatía. Apenas unas páginas antes, Itard estaba maldiciendo al chico por no haber conseguido aprender las vocales.

Uno de los productos secundarios de este largo periodo de formación de la sensibilidad acabaría siendo muy importante.

Después del fiasco del adiestramiento auditivo, la capacidad de Victor para prestar atención y permanecer alerta se desarrolló más allá del nivel que Itard había descrito en su primer informe.

El chico empezó a fijar la mirada en lo que estaba haciendo.

Y eso lo cambió todo. Recordando que la incapacidad del chico para concentrarse en nada «había llevado a la sospecha original de idiotez», Itard describe meticulosamente a Victor en pleno proceso de aprender a concentrarse.

Algunos de sus ejercicios de percepción lo absorbían por completo y provocaban que «se le extendiera por los rasgos una expresión seria, calmada y meditabunda».

Itard casi pinta al «Salvaje» como un filósofo en ciernes.