4. ¿Hombre-planta u hombre moral?
(de agosto de 1801 al verano de 1806)
Vuelta a los fundamentos
Itard no era un hombre dado a verlas pasar.
Siendo un médico en ciernes de veinticinco años, se propuso hacer lo que los expertos decían que no se podía hacer.
En nueve meses domesticó y entrenó al chico al que llamaban un idiota sin remedio.
En su informe, sin embargo, Itard no se jactaba demasiado de sus logros.
Simplemente se mostraba feliz y describía la educación de Victor sin embellecimientos y reconociendo plenamente su fracaso en ciertas áreas.
El informe de verano de 1801 contenía la demostración de sus conclusiones acerca del Pequeño Salvaje de Aveyron que necesitaba para sustentar su reputación.
Llegados a ese punto, podría haber afirmado con facilidad que su trabajo había concluido y haber entregado a Victor a otra persona, o a madame Guérin.
Pero el pasaje que acabo de citar revela la profundidad de sus sentimientos por el niño, que casi era más creación suya de lo que habría podido serlo un hijo biológico. Aquel soltero tenía un descendiente.
Y ahora a Itard se le presentaba la pregunta de cómo seguir adelante.
Vale la pena recordar la historia del Pequeño Salvaje tal como se la había imaginado Itard.
El chico había crecido hasta los seis años en circunstancias desconocidas.
Seguramente era normal, aunque quizá se hubiera visto gravemente desfavorecido o maltratado.
Al ser abandonado, se había asilvestrado por completo y había sobrevivido solo durante cinco o seis años en los bosques de las inmediaciones de Lacaune y Roquecézière.
Tras su captura, se había pasado cinco meses a cargo de Bonnaterre y Clair en Rodez.
Luego, pasado el interés inicial en su caso a su llegada a París, habían venido tres meses de abandono en el Instituto para Sordomudos.
Itard se hizo cargo del chico en ese momento y se había pasó nueve meses trabajando con él, hasta llegar al primer informe.
La siguiente fase de la historia abarca cinco años.
Durante la mayor parte de ese periodo, Itard no parece haber aflojado en sus esfuerzos para educar al chico ni haber perdido su fe básica.
Seguía en el instituto en calidad de médico residente.
El Gobierno pagaba el alojamiento y la manutención de Victor y los servicios de madame Guérin.
También le daba a Itard un estipendio anual muy modesto de quinientos francos.
Uno de los miembros del comité de Pinel, Degérando, escribió una reseña favorable del informe de Itard cuando se publicó en otoño de 1801.
Degérando expresaba unas dudas considerables acerca del diagnóstico de idiotez que había emitido Pinel y declaraba que el progreso que Itard había hecho con el chico reforzaba aquellas dudas.
También mencionaba que Itard «ha desarrollado una modalidad completamente nueva de educación» a fin de obtener aquel éxito.
Se trata únicamente de una pequeña voz, sin embargo.
El Pequeño Salvaje de Aveyron había desaparecido de las noticias y de los chismes de París.
Itard seguía trabajando prácticamente solo; aunque no del todo.
En mayo de 1802, y temiendo que un nuevo ministro de Interior interrumpiera el apoyo estatal a Victor, Sicard escribió una carta que describía la formación impartida por Itard al chico y prediciendo que se producirían más avances.
La carta representa un cambio sorprendente de postura por parte de Sicard: el director del Instituto para Sordomudos parece apoyar ahora a Itard y oponerse al dictamen original de Pinel según el cual el chico era un idiota imposible de educar.
Se ha perdido otro documento que escribió Itard y que acompañaba a la carta de Sicard.
La información incluida en la carta de Sicard, en combinación con el informe final de Itard de 1806, nos ofrece una versión bastante clara de los acontecimientos de la vida de Victor entre 1801 y 1806.
La euforia que Itard transmitía en el informe de 1801 no duró mucho.
Decidió desarrollar varios de los sentidos de Victor a la vez, en particular el oído, en tanto que «sentido que contribuye más directamente al desarrollo de nuestras facultades intelectuales».
Se refería al pensamiento y el habla. También se dio cuenta de que, si quería apartar a Victor de unas distracciones constantes, iba a tener que aislar aquel sentido individual y concentrarse en él.
En algún momento de finales de 1801, Itard le vendó los ojos a Victor y le dio una campana y un timbal.
Cada vez que Itard tañía el tambor o la campana, Victor tenía que hacer lo mismo.
El chico distinguía los sonidos sin dificultad.
Aquellas sesiones tan serias de juegos debían de ser una estampa extraña.
Más tarde, a base de extender el dedo adecuado, Victor demostraba que también era capaz de reconocer los sonidos de diversos instrumentos de viento y por fin toda la gama de entonaciones de la voz de Itard.
El chico no parecía tener ningún problema de oído.
Al contrario: le empezaban a encantar aquellas sesiones. Había encontrado su pasatiempo.
En efecto, quizá porque le encantaba el sonido de la voz humana, o bien porque le gustaba pasarse horas con la venda en los ojos, durante nuestros ratos de recreo a menudo acudía a mí con la venda en la mano,
se la sujetaba en torno a los ojos y se ponía a dar saltos de alegría cuando notaba que yo se la ataba detrás de la nuca.
Itard decidió promover lo que le parecía una serie de signos favorables y un día se puso a trabajar con las cinco vocales básicas del francés.
Victor tenía que levantar un dedo distinto para cada vocal.
Aquel proceso requería un nivel mucho mayor de concentración y de discriminación que cualquier otro que hubieran trabajado hasta el momento.
Sin embargo, Victor no paraba de prorrumpir en «ataques» de alegría y de risas.
Para él, no era más que un juego. No llegó a ninguna parte con las vocales y al final, desesperado, Itard le tuvo que quitar la venda de los ojos para tranquilizarlo.
Al instante, el chico empezó a interrumpir el ejercicio y a distraerse con todo lo que había en la sala y especialmente con cualquier movimiento.
Fue necesario volver a colocarle la venda.
Itard se puso muy serio y golpeó a Victor en los nudillos con una baqueta de tambor para detener sus risas absurdas y corregir sus errores constantes.
El efecto fue mayor de lo que había esperado Itard; también lo fue su propia reacción:
Le empezaron a caer las lágrimas por debajo de la venda y me apresuré a quitársela.
Sin embargo, ya fuera por vergüenza, por miedo o por encontrarse absorto en sus sentimientos, mantuvo los ojos cerrados aun después de que le quitara la venda.
No puedo describir la expresión afligida de su cara, con los ojos cerrados y las lágrimas saliéndole esporádicamente por entre los párpados.
¡Oh! En aquel momento, igual que en tantos otros en los que me sentí dispuesto a renunciar a la tarea que me había impuesto, y en los que creí haber desperdiciado todo mi tiempo, ¡cuánto me arrepentí de haber conocido a aquel niño,
y cuánto maldije la curiosidad inhumana y estéril de aquellos hombres que lo habían arrancado originalmente de una vida inocente y feliz!
Aquella nueva situación había puesto fin a la bulliciosa felicidad de mi pupilo.
Sin embargo, no tenía razón para alegrarme del resultado, porque únicamente había conseguido esquivar el primer obstáculo para toparme con otro.
El miedo había reemplazado a la alegría, y nuestros ejercicios se torcieron todavía más.
Cada vez que yo pronunciaba una letra, me tocaba esperar más de un cuarto de hora para recibir una respuesta.
Y aun cuando el chico me daba la respuesta correcta, lo hacía con tanta lentitud e incertidumbre que el más ligero movimiento o ruido por mi parte le hacían apartar el dedo.
Por miedo a equivocarse, probaba un dedo distinto con la misma aprensión lenta.
Después de aquellas largas sesiones, que continuaron ensayando esporádicamente durante los meses posteriores con la misma falta de éxito, el chico aprendió a reconocer únicamente unos pocos monosílabos que expresaban enfado, tristeza o cordialidad.
Probablemente Victor no estaba listo, o bien no era capaz de oír el lenguaje que le hablaban, y seguramente el miedo a los castigos reprimía su participación.
Aquel fracaso le planteaba a Itard un dilema.
¿Cómo iba Victor a aprender a hablar, si era incapaz de oír los sonidos que los niños normales parecían aprender sin esfuerzo?
Para Itard, el habla vocal era la prueba principal de todo el experimento de rehabilitación.
El chico no era sordo; ¿por qué no salía de su mutismo?
Era a base de trabajar con Victor como Itard había aprendido los distintos niveles de sordera, un conocimiento que más tarde aplicaría a la terapia para sordomudos.
Durante aquel tiempo, Itard había continuado el adiestramiento visual de Victor mediante letras metálicas.
«Al cabo de varios meses de trabajo, mi pupilo ya sabía leer y escribir de forma pasable una serie de palabras, algunas de las cuales diferían muy poco entre ellas.»
«Leer y escribir» es una afirmación excesiva.
Victor estaba juntando letras metálicas en forma de esos grupos que llamamos palabras, o bien reconociéndolas en una pizarra.
Pero no tenían significado para él; ni siquiera las sabía pronunciar. Lo cual está muy lejos de «leer».
Y ahora apareció otro factor que parecía relativizar lo que Itard había presentado en su primer informe como el mayor logro de Victor.
Cinco o seis usos correctos de las letras LAIT habían bastado, pensaba el médico, «para darle a Victor una idea de la relación entre la palabra y la cosa».
En la conclusión del informe inicial citaba aquel paso como «garantía» del progreso futuro del chico.
Más adelante, sin embargo, Itard presenció varias cosas inquietantes que lo obligaron a replanteárselo todo.
¿Cómo funciona el lenguaje para nosotros?
Se negaba a engañarse a sí mismo acerca de lo que su pupilo realmente estaba aprendiendo, y en su informe posterior incluía una lúcida declaración de los principios lingüísticos elementales: