El primer informe #3
Durante las últimas semanas, esta se ha manifestado de forma casi explosiva, y sus primeras expresiones cuestionan profundamente los orígenes de ciertos afectos del corazón que consideramos muy naturales.
He tenido que refrenarme de sacar conclusiones apresuradas.
Y sigo convencido de que solo el tiempo y las observaciones futuras podrán confirmar si todas esas consideraciones pueden en efecto destruir ciertos prejuicios u opiniones, muchos de ellos respetables, que se cuentan entre las ilusiones más atractivas y consoladoras de nuestra vida en sociedad.
¿A qué se refería exactamente Itard con esas palabras finales de su informe?
Nunca dio explicaciones al respecto, ni siquiera ante la Asociación de observadores del hombre, que le pidió una clarificación.
Las acciones de Victor parecen haber convencido a Itard de que en realidad los seres humanos necesitan aprender muchos elementos de la conducta sexual y del amor que nos parecían instintivos.
Es posible que eso de «chico conoce a chica» no suceda de forma natural; incluso en este ámbito, la educación lo es todo.
Esas frases enigmáticas con las que Itard cierra su informe sugieren una nota vagamente ominosa.
Le preocupa su pupilo y se le nota. Sin embargo, hay otros pasajes que aparecen antes en el texto, pese a que pertenecen a las últimas semanas de la educación de Victor, y que sugieren una mayor esperanza en sus respuestas emocionales.
Por lo general, Itard dedicó poco tiempo a describir su relación con el chico y el apego que se formó entre Victor y madame Guérin.
Al final de la sección tercera, sin embargo, tras contar lo difícil que era convencer a Victor para que probara juegos y actividades con que desarrollar su inteligencia, Itard habla de los paseos que daba madame Guérin con el chico hasta los jardines del Observatorio.
Los acontecimientos que explican ese pasaje eran recientes.
Aquellas interacciones y rituales debieron de fomentar la parte humana en construcción de Victor.
Tenía sentimientos hacia las dos personas que lo cuidaban y que le estaban devolviendo la condición humana.
El pasaje siguiente revela más que ningún otro la calidez que se había creado en aquella familia de tres miembros: Itard, madame Guérin y Victor.
Es la única vez que Itard cambia de esta forma al tiempo presente.
Se encuentran aquí tanto el núcleo como la conclusión no reconocida de su primer informe.
Una vez, tras escapársele a madame Guérin por la calle, derramó una gran cantidad de lágrimas al volver a verla.
Horas más tarde, seguía llorando y todavía tenía el pulso muy alto.
Entonces madame Guérin le hizo un reproche.
Victor entendió tan bien su tono de voz que rompió a llorar otra vez.
El sentimiento de amistad que ha tenido conmigo es mucho más tenue, como es lógico.
Todas las cosas que madame Guérin hace por él las puede apreciar de inmediato; en cambio, no puede ver la utilidad de lo que hago yo por él […]
. Pese a todo, a veces también soy bienvenido.
Y son las veces en que no intento llevar a cabo ninguna clase de instrucción.
Si, por ejemplo, voy a su habitación al caer la noche, cuando se acaba de acostar, su primer movimiento es incorporarse hasta sentarse para que yo lo pueda abrazar, y luego estirar de mí a base de cogerme los brazos y obligarme a sentarme en la cama.
A continuación, acostumbra a cogerme la mano; se la pone sobre los ojos, sobre la frente o en el pescuezo, y se la sostiene en esos lugares durante mucho rato.
En otras ocasiones se levanta entre risotadas y se me pone delante para poder acariciarme las rodillas a su manera especial.
Me las estruja y las frota con fuerza durante varios minutos en todas direcciones, y a veces las toca dos o tres veces con los labios.
La gente puede decir lo que quiera, pero admito que yo le sigo el juego con todas esas niñerías y que no me opongo.
Quizá se me entienda mejor si recordamos la gran influencia que tienen en una criatura esos interminables mimos y caricias, esas tiernas naderías que a una madre le salen con naturalidad del corazón y que provocan las primeras sonrisas y placeres de una vida humana.
6. En francés, el acento recae en la segunda sílaba y la r es casi muda.
Por tanto, el sonido de la o es muy marcado.
Al elegir aquel nombre, Itard también estaba identificando a su joven pupilo con el héroe de uno de los primeros y más longevos melodramas de la escena de París, Victor o El hijo del bosque, obra del joven dramaturgo Pixérécourt, adaptada de una novela popular.
Debido al éxito de público de aquellas dos obras, el nombre Victor ya estaba allí esperando al Pequeño Salvaje de carne y hueso.
El doctor Itard, benefactor del Instituto para Sordomudos. La litografía muestra a Itard aproximándose a la cuarentena, varios años después de abandonar su programa de educación del Pequeño Salvaje. (Imagen de la Bibliothèque Nationale.)
El Pequeño Salvaje de Aveyron, a los doce o trece años.
Se trata del único retrato auténtico que ha sobrevivido, y que Itard usó para el frontispicio de su primer informe de 1801.
El pie original de la imagen dice: «Se aprecia en la parte delantera de su cuello una cicatriz transversal causada por un intento criminal de quitarle la vida al chico». (Imagen de la Bibliothèque Nationale.)
«Se me presentó la oportunidad extraordinaria de dedicar mi tiempo a una investigación asociada con una serie nueva de intereses.
Se trataba de observar a un chico mudo, aunque no sordo, criado lejos de la sociedad humana, y evaluar los retrasos en el desarrollo del instinto de imitación, la influencia de la imitación en la adquisición del habla y la del habla sobre la formación y asociación de ideas.
Durante casi seis años, sacrifiqué gran parte de mis días a tan exigente experimento.
El chico, al que se llamaba el Salvaje de Aveyron, no obtuvo todas las ventajas que yo habría querido gracias a mis atenciones.
Aun así, las numerosas observaciones que tuve ocasión de hacer y los procedimientos instructivos que me sugirió la intratabilidad de sus órganos no fueron una pérdida total de tiempo, y más tarde los pude poner en práctica con otros niños cuya mudez derivaba de causas menos intratables […] .»
Manuscrito autógrafo de Itard sobre el Pequeño Salvaje.
En 1825, Itard escribió un informe a sus superiores del instituto, que incluía un escueto pasaje sobre el Pequeño Salvaje; se trata del único texto sobre el tema que ha sobrevivido de su puño y letra.
Veinte años después de los hechos, aporta la comedida opinión de Itard sobre el caso y sobre su contribución a la ciencia y la educación.
(Institut National de Jeunes Sourds, cortesía de L. Dessaint, director.)
El Pequeño Salvaje de Aveyron: grabado de la época. La mitología en torno a la captura del chico inspiró retratos imaginarios como este, que lo representan en plena naturaleza con unas uñas largas parecidas a zarpas, aunque vestido y sin pelaje. (Musée Fenaille, Rodez; imagen de Balsan.)