El experimento prohibido El primer informe #2
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El primer informe #2

Simplemente había leído en Condillac que las sensaciones se combinan de forma gradual para generar un conocimiento útil; se había entregado de forma concienzuda a su formación médica y había trabajado con un niño salvaje cuyo destino en la vida parecía el más bajo y desesperado que se pudiera

imaginar.

¿Cuál era la herencia de Victor? Nadie lo sabía, ni tampoco lo hemos averiguado nunca.

Itard contestó a la pregunta postulando que el caso del Pequeño Salvaje de Aveyron era un simple escenario de prueba en relación con la herencia; el mínimo denominador común, una especie de vaga masilla humana, en el sentido de que nunca había sido estimulado para desarrollar necesidades ni deseos.

La biología moderna nos dice que el código genético que hay escrito en todas las células es más complejo y poderoso que cualquier cosa que captara Itard.

Sin embargo, el joven médico tenía razones para pensar que Victor representaba una herencia reducida a mínimos, despojada de esas capas culturales que la recubren en casi todos nosotros.

Creía haber encontrado al perro escondido bajo el pellejo.

De todas estas ideas, así como del desarrollo educativo de Victor, Itard extrajo una conclusión revolucionaria para su época: que la educación lo es todo.

Que como individuo el ser humano tiene más potencial que lo que habitualmente admitimos.

Si se planifica con meticulosidad, una educación firme y aplicada, con la combinación adecuada de recompensas y órdenes, puede extraer unos resultados notables de unos materiales nada prometedores.

A base de aplicar este método con amor y comprensión, Itard transformó a un humanoide salvaje en un chico tratable y agradable, pese a que todavía no hablaba.

El joven médico sugería en su primer informe que la especie humana tiene una perfectibilidad casi infinita, o por lo menos una maleabilidad casi infinita.

Hoy en día un grupo de notorios e influyentes psicólogos declara en gran medida lo mismo.

Hablan de «condicionamiento operante» o bien de «modificación de conducta», un sistema casi mecánico de educación que se puede aplicar a cualquier individuo para cambiar su conducta, y, en especial, a los niños problemáticos y a algunos pacientes mentales.

A Itard se lo considera uno de los pioneros de la modificación de conducta, tanto en la teoría como en las técnicas que se implementan.

Sin embargo, a diferencia de los fanáticos modernos, Itard nunca perdió el contacto con los seres humanos que tenía a su cargo.

La diferencia es crucial y probatoria. La modificación de conducta, basada en los reflejos condicionados y relacionada con el lavado de cerebro, busca manipular las desviaciones individuales en favor de la norma elegida, habitualmente social.

Itard, en cambio, no perseguía esa clase de aplanamiento de la conducta a través de los reflejos condicionados.

Su objetivo era el individuo entero. En la quinta conclusión del primer informe, explica con convicción que la educación y la medicina moderna pueden cooperar de forma eficaz para perfeccionar a la especie humana «a base de valorar y apreciar las anomalías orgánicas e intelectuales que hay en todo

individuo y de determinar lo que debería hacer por él la educación y lo que puede esperar de él la sociedad» (las cursivas son mías).

El método formativo que Itard desarrolló para un individuo mermado en concreto, el Pequeño Salvaje de Aveyron, tiene una relación bastante lejana con la modificación de conducta en tanto que método.

Por otro lado, el trabajo de Itard constituye un importante precedente del área general de actividad que hoy se conoce como «educación especial».

Itard plasma su opinión sobre la educación y la «socialización» no solo al final de su primer informe, sino también en el prólogo. Hoy, ese párrafo inicial, con sus claros ecos del estado salvaje de Rousseau, nos puede sonar un poco florido, pero gracias a él Itard pone las cartas sobre la mesa:

Arrojado al mundo sin fuerza física ni ideas innatas, incapaz por sí solo de obedecer las leyes de la conducta organizada que lo elevarían por encima de las demás criaturas, el hombre únicamente alcanza la posición dominante que le está marcada en la naturaleza en el seno de un escenario social.

Sin sociedad civilizada, se contaría entre los más débiles y los menos inteligentes de los animales.

Aunque afirmada con frecuencia, esta verdad todavía no ha tenido una demostración rigurosa.

Los que llamamos pueblos «salvajes», continúa Itard, ya han sido elevados y educados en cierto patrón cultural.

No nos sirven para entender el estado completamente incivilizado del hombre.

Los supuestos niños salvajes o niños lobo que encontraban en los bosques en el siglo xvii nos sirven un poco más, pero la mayoría de las crónicas sobre ellos no son científicas ni fiables.

Hoy en día, en cambio, la medicina y la filosofía modernas han desarrollado unos métodos sólidos de observación y de formación, con lo cual deberíamos ser capaces de reeducar a uno de esos niños salvajes si lo encontráramos,

o por lo menos de medir esa «suma hasta ahora nunca calculada de conocimientos e ideas identificable como la educación de un hombre».

Esas son precisamente, de acuerdo con el prólogo, las metas con que Itard emprende la educación del Pequeño Salvaje de Aveyron.

Todavía es pronto, dice, para generar unos resultados finales que demuestren sus afirmaciones sobre la educación y la sociedad.

Al cabo de nueve meses, sin embargo, cree haber «demostrado» lo siguiente:

El chico con quien he obtenido estos primeros éxitos no es ni mucho menos, como se creía de forma general, un imbécil incurable; al contrario, es un ser interesante que merece una observación meticulosa y los cuidados especiales de un gobierno ilustrado y filosófico.

Esta es la réplica de Itard a los diagnósticos originales de Pinel y de Sicard. Los datos que ofrece en las páginas siguientes parecen apoyarla.

En los dos últimos párrafos, Itard menciona una cuestión que no ha tratado antes.

De acuerdo con los cálcu­los de la época, Victor debía de tener unos trece o catorce años.

En 1800 se hablaba poco de pubertad y menos aún de adolescentes.

Pubertad era la palabra que se solía usar para aquella fase del crecimiento.

Y no designaba un periodo largo de espera y de semidependencia, mientras uno estudia y se forma para tener un trabajo y hacerse un hueco en la sociedad.

Hacía alusión a esa línea clara que separa la infancia de la madurez, señalada de forma inconfundible por la aparición de características sexuales secundarias, tanto en chicos como en chicas.

Ni siquiera la ropa escondía aquel cambio.

Al contrario, a menudo lo subrayaba. No sucedía de la noche a la mañana, pero tampoco se extendía durante esos seis o siete años que abarca nuestra categoría actual del adolescente.

A menudo, el concepto de pubertad comprende un año o dos.

Todas las sociedades conocidas tienen formas de enfocar las energías físicas y mentales que libera la pubertad hacia unas formas aprobadas de trabajo, juego y conducta social.

Sin dichas restricciones, los jóvenes estarían completamente perdidos y la comunidad se resentiría.

A veces, pasada la pubertad, esos jóvenes disfrutan de un periodo de iniciación, permisividad o privilegio, «ritos de paso», o bien un periodo de «vivir la vida».

A continuación, sin embargo, las sociedades occidentales concentran todas las pulsiones —la económica, la emocional, la sexual, la reproductiva y la social— en una misma unidad: la familia.

Ninguna otra institución, salvo quizá la sucesión de centros educativos que nos acogen, compite con la familia en calidad de principio organizador de las energías humanas.

Al Pequeño Salvaje de Aveyron lo capturaron al inicio de la pubertad.

Cuando Itard empezó a instruirlo y a redirigir sus energías, el chico debía de estar experimentando ciertos cambios y trastornos físicos.

Al traer a madame Guérin, Itard colocó a Victor en una situación mucho más familiar.

Y parece que esa situación llevó a la creación de unos vínculos humanos y contribuyó a estabilizar la conducta de Victor.

Por desgracia, Itard no aborda hasta el final de su informe los efectos de la pubertad; entre líneas, eso sí, podemos intuir cuánta intranquilidad y exasperación le causaban.

También debió de resultar casi imposible distinguir la pubertad del chico de la mera animalidad; en francés, todo el mundo lo seguía llamando sauvage.

En cualquier caso, la pubertad de Victor, añadida al trauma original del abandono y a su aislamiento durante un periodo largo, eran factores añadidos de complicación que contribuían a dificultar su educación.

Otras fuentes aportan más información. En otoño dio la impresión de que Victor desarrollaba cierto apego hacia una chica a la que había conocido en los jardines del Observatorio.

Un semanario que siguió su caso describe su conducta hacia ella como una mezcla de devoción, miedo y obediencia, interrumpida por distracciones constantes.

Había ocurrido muy poco en su vida que pudiera orientar sus deseos o anhelos hacia «el otro sexo».

De hecho, todas las versiones sugieren que gozó de pocas oportunidades o incitaciones para hacerse siquiera una idea de que existía otro sexo, o para verse a sí mismo como un ser masculino.

El amor romántico, con su ideal de una emoción intensa concentrada en una sola persona, le resultaba claramente incognoscible.

Con unas pocas excepciones inevitables, Victor no sabía ni «de dónde venían los niños» ni tampoco conocía las formas sociales que rodeaban aquel hecho.

Después de nueve meses en la civilización, no parecía mostrar todavía ninguna vergüenza ni pudor acerca de sus funciones o actividades corporales.

Es bajo esta luz como debemos leer el último párrafo de Itard. El joven médico creía que la conducta de Victor en tanto que criatura todavía sin socializar ponía en duda algunas de nuestras creencias más sagradas sobre el amor y el sexo.

En esta evaluación del joven Victor, [la falta de datos] me ha impedido poner énfasis en el inicio de la pubertad.