El experimento prohibido El primer informe
50%

El primer informe

Aunque ya había sucedido antes, Itard se guarda la anécdota de la formación de la palabra francesa para leche hasta casi el final de su primer informe.

Otros cambios se habían producido más tarde, como por ejemplo los intentos titubeantes por parte de Victor de articular los sonidos gli y Oh, Dieu.

Sin embargo, de cara a evaluar el desarrollo completo de Victor tras meses de formación, para Itard nada se podía comparar con la hazaña de juntar cuatro letras para deletrear L-A-I-T.

Valoraba tanto ese «resultado final» que decidió usarlo a manera de conclusión sumaria de su informe.

En primer lugar, su programa educativo había enseñado a Victor a reconocer formas y letras y a entender que una serie de letras podía significar o nombrar algo específico.

La segunda consideración es todavía más importante.

Fuera de la rutina de sus ejercicios formativos, y movido por una asociación de ideas y de posibilidades que no le había sugerido nadie, Victor había elegido de forma espontánea cuatro letras y las había llevado a una situación completamente nueva a fin de componer la palabra que significaba leche.

Por primera vez, parecía que Victor se había adelantado a su maestro.

Había visto por sí mismo lo que se podía hacer con los materiales que lo rodeaban, como si se le hubiera ocurrido usar una silla para alcanzar algo que estaba demasiado alto para él.

Era evidente que Itard se había estado conteniendo en las partes anteriores del informe.

Aquella conducta espontánea de Victor lo había convencido de que su diagnóstico se había confirmado y de que la condición del chico no era incurable ni mucho menos.

Calculo que sería en junio o en julio cuando Victor usó las letras metálicas para deletrear L-A-I-T.

Y fue en junio, siete meses largos después del diagnóstico de idiotez que había hecho Pinel, cuando Itard asistió a una reunión de la Asociación de observadores del hombre con Sicard y fue interrogado con gran interés sobre su trabajo con el Salvaje de Aveyron.

Evitó responder a las preguntas, pero se comprometió a redactar un informe para la Asociación.

Hasta entonces no había declarado de forma pública su desacuerdo con Sicard y Pinel acerca de la condición del chico.

A lo largo de dos meses redactó con su caligrafía meticulosa las setenta y dos páginas del informe y el 26 de agosto de 1801 lo leyó ante el pleno de la Asociación.

En octubre, el texto ya se había impreso y presentado oficialmente ante la Asociación.

Pese a que las tres últimas páginas no resumen las fases del progreso de Victor, Itard llega a las siguientes conclusiones sobre su estado:

Que el chico conocido como el Salvaje de Aveyron disfruta del pleno uso de sus sentidos; que da muestras constantes de atención y de memoria; que es capaz de comparar, discernir y juzgar, y también de aplicar todas sus facultades de comprensión a los objetos empleados en su adiestramiento.

Lo que de entrada había llamado la atención de todo el mundo, y en especial de Pinel, era que el chico no mostraba interés por nada más que la comida.

Itard insiste muchas veces en la capacidad recién adquirida de Victor para prestar atención y en su estado alerta.

El resultado irónico de este cambio, por supuesto, es que eliminaba las características mismas que de entrada habían hecho que el chico resultara exótico y «salvaje».

En una larga nota al pie de la penúltima página, Itard señalaba que cualquiera que no hubiera observado a Victor a su llegada a París ahora no se quedaría en absoluto impresionado, sino que únicamente vería «a un niño casi ordinario, que no habla».

Lo que Itard quería decir es que ahora Victor se vestía, caminaba, miraba a su alrededor, reaccionaba y por lo general ya no se comportaba para nada como un «salvaje».

El hecho de haberse vuelto tan ordinario demostraba la «distancia realmente enorme» que había recorrido en nueve meses.

Itard invitaba a cualquier «observador ilustrado» a que fuera a comprobarlo por sí mismo.

Resulta extraño, al final de este primer informe, que Itard esconda en una nota a pie de página estas importantes afirmaciones acerca de su éxito con Victor.

La frase que abre el párrafo siguiente, sin embargo, supone un gran salto de confianza que revela las motivaciones reales de Itard.

«¡Piensen en las importantes conclusiones sobre la historia filosófica y natural del hombre que se derivan de esta tanda inicial de observaciones!»

Fijémonos en los signos de exclamación. Itard no tiene costumbre de emocionarse.

Afirmando que ha obtenido «pruebas materiales» de las ideas de Locke y de Condillac, Itard ofrece una lista de cinco «verdades importantes» que cree que el desarrollo de Victor ha demostrado.

Las reproduzco aquí en términos modernos:

1. En el estado salvaje, es decir, campando a sus anchas por el monte como estaba el chico, sin organización social tal como la conocemos, el hombre es inferior a muchos animales.

2. La superioridad del hombre solo se muestra en el estado de civilización, que lo eleva a base de apelar a su poderosa sensibilidad. Esa sensibilidad se manifiesta principalmente en forma de dos impulsos: el deseo de imitar y el deseo de innovar o aprender.

3. La facultad imitativa, factor esencial en el aprendizaje del habla, pierde fuerza a una edad temprana, sobre todo en condiciones de aislamiento.

4. La facultad innovadora se desarrolla en relación directa con el número de necesidades que experimenta el individuo. Por consiguiente, incrementar nuestras necesidades multiplica nuestras ideas y contribuye al desarrollo de un estado superior de conocimiento y civilización.

5. La medicina y las ciencias naturales deben promover la educación de estas facultades a fin de mejorar a la especie humana.

Itard llevó a cabo estas resonantes afirmaciones acerca de la naturaleza del hombre y de sus facultades básicas poco después de acabarse un siglo que había creído enel progreso y que, de hecho, casi creía haber inventado el progreso.

No solo le interesaba educar a Victor, sino también todo lo que aquella educación demostraba de la «perfectibilidad» de la especie humana.

El Pequeño Salvaje de Aveyron solo tenía dos necesidades básicas: comer y dormir.

Itard había decidido que se podía humanizarlo si desarrollaba otras necesidades: la de calor y confort, la de compañía e interacción humanas, o bien la de juegos y distracciones.

En otras palabras, Itard se dedicó de forma sistemática a corromper todo lo que había tenido de «natural» la forma de vida inicial del chico.

Y lo consiguió. Ahora Victor era otra persona: llevaba ropa, prestaba atención a su entorno y demostraba unos hábitos ordenados.

Después de aquel curso acelerado de nueve meses de conducta civilizada, también había desarrollado una sensibilidad limitada pero reconocible.

Las observaciones que Itard sigue haciendo sobre la imitación y la innovación son muy profundas.

En primer lugar, su afirmación de que la capacidad de imitar (y a través de ella la capacidad para aprender a hablar) se atrofia si no se ejercita y se refuerza anticipa las actuales teorías que establecen un «periodo crítico» o edad antes de la cual se deben desarrollar ciertas facultades mentales.

«Loro viejo no aprende a hablar.» Además, en el uso que hace Itard del término sensibilidad, calificándola de «poderosa fuerza motriz» en losseres humanos, veo un intento de definir el instinto de autoconservación humano como diálogo constante entre la imitación y la innovación,

entre el conformismo y la liberación.

La vida humana requiere ambas cosas enzarzadas en una relación dialéctica.

En su informe, de hecho, Itard prácticamente llega a sugerir que la búsqueda exclusiva de cualquiera de los dos extremos —el conformismo lleva a la parálisis y al tedio, y la liberación lleva al desarraigo y al exceso— representa una forma de destructividad,

de aquello que Freud llamaba la pulsión de muerte.

Su reflexión sobre la humanidad de Victor lleva a Itard a aguas profundas y nos arrastra a los lectores con él.

Hoy en día, el cuarto punto de Itard, el que defiende incrementar nuestras necesidades, nos parece desencaminado si lo llevamos demasiado lejos.

Cuando en una sociedad desarrollada todo el mundo «necesita» un automóvil y un televisor, eso significa que nos hemos alejado una distancia inconmensurable del estado de Victor.

Vemos el desborde de la población y el agotamiento de los recursos naturales y llegamos a la conclusión de que lo que necesitamos es reducir nuestras necesidades.

Sin embargo, estas consecuencias recientes de un siglo y medio de progreso tecnológico no deberían impedirnos ver la sensatez de las lecciones que extrae Itard del Pequeño Salvaje de Aveyron.

La reducción de nuestras necesidades a cero provoca una modalidad de muerte.

En cambio, la multiplicación de nuestras necesidades, dentro de ciertas restricciones sociales y personales, parece favorecer tanto la cultura como la realización personal.

El ajuste fino de nuestras necesidades y deseos al mundo que nos rodea resuena una y otra vez como un estribillo en los escritos de Montaigne, Rousseau, Goethe y Freud.

En 1800, la mayoría de los hombres todavía tendían a creer que los elementos básicos de la vida de una persona ya están fijados al nacer, que es la herencia la que decide nuestro temperamento, inteligencia, fibra moral y talentos, y seguramente también nuestro estatus social y económico.

Durante un siglo, sin embargo, muchos filósofos habían allanado el terreno para una nueva actitud, basada en el concepto de tabula rasa, que ponía énfasis en el entorno y en la educación por encima de la herencia.

Predicando la libertad, la igualdad y la fraternidad, los impulsores de la Revolución francesa se habían propuesto flexibilizar aquel estatus que parecía pender sobre cada vida humana.

Todavía estamos profundamente involucrados en esa lucha.

Itard no mostraba interés alguno en los ideales políticos o revolucionarios.