El experimento prohibido Tratamiento de choque #2
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Tratamiento de choque #2

Por consiguiente, elegí el método que me imaginé que sería el más aterrador para un ser que, en su nueva existencia, no había experimentado ninguna forma de peligro.

Un tiempo antes, madame Guérin había llevado a Victor a la azotea del Observatorio.

Es un lugar muy elevado. Cuando todavía se encontraba a cierta distancia de la barandilla, le cogió miedo y se echó a temblar.

Volvió corriendo con su institutriz, con la cara cubierta de sudor, y la arrastró del brazo hasta la escalera.

No se tranquilizó hasta que llegaron abajo.

¿Qué le había causado aquel pánico? Nunca lo intenté averiguar.

De cara a mis objetivos, lo único que necesitaba conocer eran sus reacciones.

El momento adecuado llegó pronto, cuando, al iniciar una vez más los ejercicios con los recortes de cartón, le provoqué una de sus rabietas más violentas.

Actuando a toda prisa, antes de que perdiera la conciencia, abrí de golpe la ventana, que estaba en la quinta planta y tenía una acera de piedra debajo.

Con el aspecto más furioso que pude, lo agarré a la fuerza por la cintura y lo sostuve con medio cuerpo fuera de la ventana y la cabeza directamente en el vacío.

Cuando lo volví a meter al cabo de unos segundos, estaba pálido, cubierto de sudor frío, lloroso y temblando un poco de lo que supuse que debía de ser miedo.

Lo llevé de vuelta a la mesa de trabajo.

Le hice recoger todos los recortes y emparejarlos de la forma correcta.

Lo hizo todo despacio, es cierto, y no demasiado bien, pero la impaciencia había desaparecido. Luego se echó en la cama a llorar.

Era la primera vez, al menos que yo supiera, que Victor lloraba…

El curioso tratamiento había surtido efecto; no del todo, pero sí en gran medida. Su resistencia al trabajo no desapareció del todo, pero por lo menos se redujo y no volvió a generar nunca la clase de reacción que ya he descrito.

Si se cansaba, o bien si le hacían trabajar a horas habitualmente reservadas a sus paseos o a sus comidas, no iba más allá de mostrar su incomodidad y su impaciencia y de emitir una especie de murmullo lastimero que solía acabar en lágrimas.

Este cambio a mejor nos permitió reanudar los ejercicios allí donde los habíamos dejado.

Empecé a modificarlos de nuevo a fin de reforzar sus poderes de raciocinio.

Cambié los recortes de figuras geométricas por dibujos de las mismas figuras.

A fin de evaluarlo sobre los colores, pasé a usar muestras de formas irregulares sin parecido con los pedazos de cartón de colores.

Estas nuevas dificultades no le causaron problema alguno.

Acababa de alcanzar mis objetivos a base de adoptar el método de la comparación directa.

Ahora tocaba reemplazarlo por una estrategia más instructiva, que resultaría del todo imposible de no haber preparado antes al alumno con los ejercicios que ya había llevado a cabo con éxito.

Debió de hacer falta valor, además de imaginación, para darle al chico aquel susto de muerte que lo curó de sus rabietas.

Aquel día Itard podría haber perdido su apuesta, transcurridos únicamente unos meses.

Pero el tratamiento de choque funcionó, por lo menos en cierta manera.

El juego seguía abierto, con las apuestas más altas que nunca.

Solo podemos imaginar los cambios psíquicos que debieron de operarse en la cabeza del chico como consecuencia de aquel shock.

Lo habían sometido. ¿Acaso Itard también había doblegado de alguna forma su voluntad?

Ni siquiera los acontecimientos posteriores nos dan una respuesta clara a esta pregunta.

La escena revela las profundas tensiones que habían crecido entre pupilo y maestro.

«Me sentía extremadamente irritado.» Es el lenguaje más fuerte que Itard ha usado nunca para describir sus sentimientos.

Ambos daban la impresión de estar completamente entregados a sus papeles.

Ahora Itard procedió a enseñarle al amedrentado Victor las letras del alfabeto.

Usaban un tablero dividido en veinticuatro compartimentos.

Las veinticuatro letras grandes de un alfabeto impreso especialmente se podían distribuir entre los compartimentos.

También había veinticuatro versiones troqueladas de las letras para que Victor las colocara en los compartimentos adecuados.

A Itard le impresionó mucho el hecho de que Victor aprendiera de inmediato un truco para hacer el ejercicio sin aprenderse las letras.

Cuando el chico sacaba las letras metálicas de sus compartimentos, repasaba con cuidado las distintas hileras y se las amontonaba con cuidado en la mano.

Para devolverlas a sus sitios, se limitaba a invertir el orden.

Si no se le caían, era capaz de rellenar el tablero entero de aquella manera.

Itard declara que esa «técnica» quizá implicara tanta inventiva por parte de Victor como aprender a reconocer las letras individuales.

Con el tiempo, sin embargo, sí que se aprendió las letras y era capaz de emparejarlas sin problema.

Eso sí: Itard siempre se aseguraba de cambiar el orden para que Victor no se limitara a memorizar las posiciones.

Llegados a ese punto, y más por curiosidad que porque esperara resultado alguno, Itard puso sobre la mesa las letras L-A-I-T.

Madame Guérin, después de mirarlas, le dio al chico un vaso de leche.

Luego Itard le entregó a Victor las cuatro letras en orden aleatorio y le ofreció un vaso de leche.

El chico procedió a componer la palabra, pero en orden inverso: TIAL.

La había visto del revés. Itard corrigió la palabra y le dio la leche.

Por mucho que cueste de creer, escribe Itard, Victor aprendió a deletrear la palabra LAIT al cabo de cinco o seis intentos, y también pareció entender «la relación entre palabra y cosa».

Itard creyó tener evidencias suficientes para realizar aquella afirmación.

Al cabo de una semana, y antes de salir rumbo a los jardines del Observatorio, Victor eligió por iniciativa propia aquellas cuatro letras y se las llevó consigo.

Cuando llegó a la casa de los Lemeri, sacó las letras y deletreó la palabra sobre la mesa.

Itard lo cuenta muy por lo bajo, sin fanfarrias.

Pero aquel día Victor debió de recibir cálidos abrazos y ánimos.

Al cabo de casi nueve meses había usado su primera palabra: no una simple exclamación de placer, sino una forma rudimentaria de decir algo con signos convencionales y sin parecido con el objeto designado. Parecía haber sobrepasado por fin el lenguaje de las acciones.