Tratamiento de choque
El chico llamado Victor suspendió el curso de habla y decepcionó a su maestro.
Pero Itard no podía rendirse; había aceptado la responsabilidad plena sobre el salvaje y había gente observándolo.
Además, todavía quedaba un último paso por dar en el plan educativo de Itard: desarrollar y ejercitar los procesos mentales del chico.
Lo cual implicaba trabajar en sus poderes de atención, memoria y raciocinio.
¿Acaso estaba perdiendo el tiempo Itard?
Llegados a ese punto, parece que eran sus simples hábitos mentales metódicos los que lo estaban salvando del desánimo.
Al principio de la sección quinta, Itard declara que, en términos de audición, Victor estaba «poco mejor que un sordomudo».
El instituto donde vivía albergaba a un centenar de sordomudos, que se pasaban el día hablando animadamente entre ellos con el lenguaje de signos.
Tenían vidas plenas, y a menudo mostraban inteligencia, humor y abundancia de recursos.
Por alguna razón, sin embargo, el médico asignado al instituto decidió no enseñarle aquellos signos al Pequeño Salvaje, o bien no se le ocurrió esa posibilidad.
En cualquier caso, Itard no la menciona.
Los modernos lingüistas y terapeutas del habla tienden a creer que Victor habría respondido bien a una sistematización de su lenguaje de acciones destinada a construir segmentos comunicativos precisos que pudiera compartir con los demás.
Lo que no podía oír en forma de palabras seguramente lo podría ver en los gestos.
Lo que no podía decir con su aparato vocal paralizado seguramente lo podría expresar con manos y brazos.
Sin embargo, en vez de elegir aquel camino, que hoy nos parece obvio, Itard probó otro.
Apenas hacía unos meses que Sicard, director del instituto, había publicado su libro sobre cómo había enseñado al sordomudo Massieu a escribir francés comprensible en el plazo de un año.
Leer y escribir parecía ser la explicación del enorme éxito que había tenido Massieu para encontrar una vida fuera del instituto.
Al cabo de cuatro o cinco meses de probar sus propios planes, ahora Itard decidió usar el método del distinguido hombre que se había negado a educar al Pequeño Salvaje.
Si Itard veía la ironía, no la menciona.
En el programa educativo de Sicard, el alumno aprende primero a emparejar unos pocos dibujos simples con los objetos que representan: por ejemplo, una llave, un martillo y unas tijeras.
Poco después, cuando le señalan uno de los dibujos, el alumno trae ese objeto.
En efecto: lo puede hacer un niño. Pero Victor era, o bien demasiado perezoso, o bien demasiado impaciente o demasiado astuto para jugar a aquello.
Cuando Itard le señalaba uno de los dibujos, Victor no hacía nada, o a veces traía los tres objetos juntos.
Parecía que allí había otro callejón sin salida.
Pero a Itard jamás se le acababan las ideas ni la esperanza.
Aprovechando la notable manía que había desarrollado Victor de guardar cada cosa en su sitio, Itard cambió de táctica.
Colgó en la habitación de Victor una serie de objetos debajo de unos croquis simples que los representaban.
Cuando llevaban allí colgados el tiempo suficiente para que Victor relacionara cada dibujo con su objeto, Itard bajó las cosas y se las dio a Victor para que las volviera a colgar.
De inicio, sus resultados fueron impecables, y repitió la gesta varias veces, colgando cada objeto debajo de su dibujo.
Luego Itard vio lo que estaba pasando. Cuando cambió la ordenación de los dibujos, no hubo diferencia alguna: Victor seguía el orden original y pasaba por alto los dibujos.
A continuación, vinieron varios días de firme disciplina por parte de Itard y de intentos impacientes de escabullirse por parte de Victor.
Porque el chico necesitaba aprender que no bastaba con memorizar cada serie de posiciones (esto lo podía hacer muy deprisa).
Tenía que mirar con atención y emparejar objeto con dibujo.
Era la primera vez que Itard conseguía obligar a Victor a que observara algo con cuidado y lo comparara.
¡Casi estaba pensando! Itard lo cuenta todo en unas pocas líneas que sepultan toda la difícil interacción humana que debió de tener lugar en aquella pequeña habitación entre un chico díscolo y un maestro firme.
Una imaginación despierta puede convertir esas pocas líneas en una conversación entera.
Su memoria estaba haciendo todo el trabajo por él.
Así que me concentré en eliminar cualquier posibilidad de que usara lo que recordaba.
Lo logré a base de sobrecargar la situación con un número cada vez mayor de dibujos y de cambiar el orden con frecuencia.
A partir de entonces, su memoria ya no lo pudo guiar para que colgara tantos objetos.
¡Qué paso tan difícil acababa de dar! No me cupo duda cuando vi a nuestro joven Victor mirar con atención un objeto tras otro, decidirse por uno y por fin elegir el dibujo correspondiente.
Pronto verifiqué el experimento a base de cambiar la secuencia de los dibujos.
Esta vez colgó los objetos en el orden nuevo.
El paso siguiente del programa de Sicard fue poner junto a cada dibujo la palabra correspondiente al objeto.
Una vez más, Itard abrevia lo que debieron de ser semanas enteras de trabajo exasperante en vano.
Victor no veía conexión alguna entre las formas desconocidas de las letras y los objetos o los dibujos.
Por fin Itard se dio cuenta de que estaba pidiendo demasiado y demasiado pronto.
Los sordomudos pueden dar el salto porque «son los más atentos y observadores de todos los chicos».
Pero Victor no. Debió de ser un duro golpe.
Victor no podía aprender a hablar. No podía competir en resultados con los sordomudos que aprendían a leer palabras simples.
¿Acaso era deficiente, a fin de cuentas?
Llegados a este punto, Itard ni siquiera se plantea esa posibilidad.
Pero sí que debió de tener unas dudas terribles acerca de si conseguiría acercar alguna vez al chico a la comunicación y la inteligencia.
Fueran cuales fueran sus pensamientos, Itard renunció al método de Sicard y desarrolló su «nuevo plan».
Los métodos y recursos que inventó Itard en aquel punto para adiestrar «las facultades todavía torpes» de Victor son seguramente la mejor demostración de su inventiva como maestro y de su voluntad de regresar a los fundamentos.
Se dio cuenta de que Victor no distinguía entre formas y colores simples.
Así pues, ¿cómo podía «ver» palabras, o incluso letras?
Itard le puso a su alumno una serie de ejercicios tan eficaces que todavía se siguen usando en jardines de infancia de todo el mundo.
Sobre un papel de sesenta centímetros por sesenta, Itard pegó un círculo rojo, un triángulo azul y un cuadrado negro.
Encima de cada una de aquellas tres cosas, colgó un recorte de cartón de exactamente la misma figura a color.
Al cabo de unos días, Itard descolgó los recortes y Victor los volvió a colgar en sus lugares adecuados sin problema.
Cambiar el orden de las figuras no lo desorientó.
Al cabo de unos días ya era capaz de emparejar tres figuras del mismo color, así como tres colores distintos de la misma figura.
Itard empezó a añadir más colores y formas: por ejemplo, un tono intermedio del azul y un paralelogramo.
Victor solo cometió unas pocas equivocaciones y pareció capaz de aprender objetos nuevos en pocos días. Itard estaba claramente emocionado:
Aquellos resultados me envalentonaron para introducir nuevos cambios, cada uno más difícil que el anterior.
Cada día añadía algunos elementos nuevos y quitaba otros.
Les daba vueltas y seguía insistiendo en introducir comparaciones y juicios nuevos.
Al final, los ejercicios se volvieron tan numerosos y complicados que empezaron a fatigar su atención y su voluntad de cooperar.
Llegados a este punto, Victor empezó a desplegar las mismas reacciones de impaciencia y de rabia que tan violentas se habían vuelto a su llegada a París, sobre todo cuando lo encerrábamos en su habitación.
Sin embargo, me pareció que había llegado el momento de no aplacar aquellos arranques de cólera a base de ceder ante él, sino de vencerlos por medio de la acción resuelta.
Decidí insistir en que hiciera lo que yo quería.
Así pues, Victor llegó a un punto en que, asqueado por una tarea cuyo propósito no entendía y que lo fatigaba de forma evidente, tiraba los pedazos de cartón con resentimiento al suelo y se retiraba a la cama con furia.
Al cabo de un par de minutos yo volvía a empezar con toda la calma posible.
Le hacía recoger todos los pedazos de cartón tirados por la sala y no paraba hasta que los colocaba todos de forma correcta.
Mi insistencia solo funcionó durante unos días, y su carácter independiente terminó por imponerse.
Sus rabietas se volvieron más frecuentes y violentas, hasta parecerse a los ataques de furia que ya he descrito.
Pero no iban dirigidos tanto a la gente como a las cosas.
En aquel estado destructivo, se rebelaba a base de masticar las sábanas y mantas, morder los manteles y tirar por toda su habitación morillos, cenizas y ascuas.
Luego le entraban convulsiones. Y, como si estuviera teniendo un ataque de epilepsia, perdía el conocimiento.
Cuando la situación alcanzaba aquel punto aterrador, me veía obligado a parar.
Pero mi rendición todavía empeoraba más las cosas.
Los ataques se presentaban más a menudo y podían partir de la más ligera frustración, a veces sin causa aparente.
Me sentía extremadamente irritado. No paraba de imaginarme que todo mi plan de instrucción únicamente conseguiría transformar al chico en un lastimoso epiléptico.
Unos pocos ataques más como aquellos y la pura fuerza de la costumbre establecería el patrón de una de las enfermedades más temibles e incurables.
Necesitaba encontrar sin demora un remedio; no una medicina de valor dudoso, ni tampoco la simple amabilidad, que ya se había demostrado ineficaz, sino alguna forma de tratamiento de choque, como el que usaba Boerhaave en el hospital holandés de Haarlem.
Y estaba convencido de que, si fallaba en mi primer intento, su enfermedad todavía empeoraría más y cualquier tratamiento similar resultaría inútil.