Un nombre por fin #2
Oí a Victor pronunciar con claridad, aunque muy toscamente, la palabra lait, que repitió de inmediato.
Era la primera vez que le salía de los labios un sonido articulado, y oírsela decir me produjo una satisfacción enorme.
La reflexión posterior, sin embargo, redujo la importancia de aquel éxito inicial.
Victor no había pronunciado la palabra lait hasta que yo, desesperando de obtener resultados, le había servido la leche en el vaso.
Y únicamente había repetido el sonido al servirle yo otro vaso a modo de recompensa.
Es fácil ver por qué aquella clase de resultados no me satisfacían.
La palabra que el muchacho había pronunciado, en vez de significar una necesidad o deseo, solo era una exclamación inútil de alegría asociada con el momento en que la había producido.
Si Victor hubiera dicho la palabra antes de recibir lo que quería, entonces yo habría alcanzado mi meta.
Mi alumno habría entendido la función verdadera del habla.
Se habría establecido un canal de comunicación entre él y yo, seguido de un progreso rápido.
Sin embargo, yo únicamente había obtenido una expresión de placer, sin significado específico para él e inservible para mí.
Como mucho, era un signo vocal generalizado de que el chico poseía algo.
Pero repito que no establecía ninguna relación entre nosotros, ninguna comunicación.
Pronto caería en desuso, ya que no servía a sus necesidades y dependía de demasiadas circunstancias arbitrarias, como por ejemplo la breve sensación de placer con que ahora la asociaba.
Los resultados posteriores de esta estrategia equivocada han confirmado mis miedos.
En general, por tanto, Victor solía decir la palabra lait cuando recibía leche.
Unas cuantas veces la había dicho antes y otras cuantas veces después, pero siempre sin propósito aparente, sin captar su significado.
Le atribuyo poca importancia al hecho de que en ocasiones repitiera de forma espontánea la palabra cuando se despertaba en plena noche, y es posible que todavía lo haga.
Después de esos primeros resultados, he renunciado por completo al método que usé para obtenerlos.
Mientras busco un método más eficaz, he abandonado por completo su desarrollo vocal por influencia de la imitación, que en Victor es muy tenue, pero no se halla del todo ausente, a juzgar por los pocos avances espontáneos que ha realizado poco después.
La palabra lait le ha servido a Victor como base para otros dos monosílabos: la y li.
Estos tienen todavía menos significado para él.
Recientemente ha modificado el segundo sonido, añadiéndole una segunda l y pronunciándolo como si fuera la palabra italiana gli, aproximadamente yi.
A menudo se lo oye repetir lli, lli en un tono de voz provisto de cierta dulzura.
Es asombroso que uno de los primeros sonidos que ha producido sea la l líquida, que es uno de los que más les cuesta pronunciar a los niños.
Tiendo a pensar que esta difícil hazaña de articulación es la forma que tiene Victor de avanzar hacia el nombre Julie.
Julie es la hija de doce años de madame Guérin, que pasa todos los domingos con su madre.
Durante ese día de la semana, la exclamación lli, lli se vuelve perceptiblemente más frecuente.
Según los informes de madame Guérin, incluso continúa haciendo el mismo ruido por la noche mientras parece estar profundamente dormido.
Es muy difícil esclarecer la causa y el significado de esto último.
A fin de hacerle justicia, vamos a tener que esperar a que su entrada futura en la pubertad nos proporcione más información.
El más reciente logro de sus órganos vocales tiene más sentido y se compone de dos sílabas, que en realidad son tres, por su forma de pronunciar la segunda palabra.
Se trata de la exclamación Oh, Dieu! [Oh, Dios].
Se la ha copiado a madame Guérin y la articula a menudo cuando se siente contento.
La pronuncia eliminando la u de Dieu y duplicando la i, de forma que uno oye claramente Oh, Diie!
Oh, Diie! La o de esta última expresión no es nueva para él, porque ya hacía tiempo que yo había conseguido hacérsela decir.
Esta es la situación actual del proyecto de adiestrar su voz.
Como pueden ver, en su repertorio de sonido ya están todas las vocales menos la u, además de tres consonantes: l, d y l líquida.
Se trata de logros pequeños en comparación con lo que se requiere para el desarrollo completo de una voz humana, pero me parecen suficientes para garantizar la posibilidad de ese desarrollo.
Ya he explicado por qué el proceso habrá de ser necesariamente largo y difícil.
Hay otro factor que tener en cuenta que no puedo dejar de lado.
Nuestro joven salvaje expresa con bastante facilidad sus necesidades básicas sin palabras.
Cualquier deseo por su parte se manifiesta en una conducta muy expresiva, en unas señales que tienen, en igual medida que nuestras palabras, sus valores relativos y sus sinónimos.
Cuando llega la hora de su paseo, va repetidas veces a su ventana y a la puerta de su habitación.
Si ve que su institutriz no está lista, saca todo lo que ella necesita y se pone tan impaciente que la ayuda a abrigarse.
A continuación, baja las escaleras por delante de ella y le hace señas al conserje para que abra la verja.
Cuando llega a los jardines del Observatorio, lo primero que hace es pedir leche [en casa de los Lemeri].
Lo hace a base de enseñarles su cuenco de madera, que siempre se acuerda de meterse en el bolsillo antes de marcharse.
La primera vez que lo hizo fue el díadespués de romper una taza de porcelana en la que los Lemeri le estaban dando leche […] .
¿Acaso Victor estaba actuando como un niño retrasado o con daños cerebrales?
No lo parece. Itard le estaba exigiendo mucho.
Tenía todo el derecho a alegrarse de sacarle cualquier sonido articulado a las cuerdas vocales paralizadas de Victor, sobre todo tras ver cómo producía y repetía de forma espontánea ciertos sonidos.
Pero Victor no experimentó ninguna revelación repentina de significado como la de Helen Keller.
Itard quería que el chico pidiera la leche antes de recibirla; lo que pasaba, en cambio, era que Victor respondía de forma vocal a una situación agradable relacionada con la leche.
Las expectativas de Itard eran tan altas que infravaloró el avance del chico.
En consecuencia, no consiguió mantenerse al tanto de los primeros sonidos de Victor y animarlo a que articulara más, que es lo que haría un padre emprendedor con su hijo pequeño.
Con el tiempo y la experiencia, Victor podría haber refinado el significado de aquellas palabras y haber pasado de nombrar lo que ya estaba presente a pedir algo por adelantado y a evocar un objeto o idea ausentes.
Las últimas palabras de esa sección del informe de Itard sugieren que entendió la necesidad de un enfoque gradual.
Porque comparaba a Victor con «un niño que empieza balbuceando la palabra papa sin tener una idea clara de su significado, diciéndola en cualquier lugar y momento, y después la usa con cualquier hombre que se le ponga delante.
Solo después de una serie de deducciones y abstracciones empieza a usar la palabra correctamente».
Sin embargo, Itard no aplica esa lección que él mismo ha resumido de forma tan concisa.
De momento, renuncia a enseñar a hablar a Victor.
Después del largo pasaje sobre el lenguaje ya citado, Itard continúa describiendo con el mismo estilo calmado una serie de cosas que Victor aprendió a hacer por su cuenta.
En su casa de los jardines del Observatorio, los Lemeri solían entretenerlo llevándolo en carretilla.
Si todo el mundo se olvidaba del juego, Victor entraba en la casa, cogía a alguien del brazo, lo llevaba hasta la carretilla y se metía en ella.
Cuando le entraba el hambre antes de la cena, ponía él la mesa y sacaba las fuentes de servir.
Cuando quería que se la sirvieran en la mesa, sostenía su plato en alto, golpeaba con el tenedor en la fuente de servir, y, si no le hacían caso, se vaciaba la fuente entera en su plato.
Si las visitas lo aburrían o lo molestaban, descubrió que podía hacer que se marcharan antes si les llevaba sus guantes y sombreros y los empujaba en dirección a la puerta.
La pantomima de Victor era al mismo tiempo expresiva y entretenida.
Itard insiste en que no se correspondía con una simple conducta animal, porque a Victor no necesitaban enseñarle los significados de las acciones.
A modo de prueba para el chico, un día Itard se alborotó el pelo a sí mismo.
Sin necesidad de más indicaciones, Victor fue a buscar un peine y se lo llevó a su tutor.
Analizando la importancia de este «lenguaje de acciones», Itard lo equipara con las formas más primitivas de comunicación humana, previas al habla y a las fases superiores de la cultura.
La facilidad que tenía Victor con el lenguaje de acciones seguramente ralentizó su adquisición del habla, porque siempre podía dar a conocer sus necesidades por medio de gestos.
Itard y madame Guérin también tendían a usar constantemente el lenguaje de las acciones en vez de hablar con él, igual que se hace con un bebé que está aprendiendo a hablar.
Itard tiene un momento vagamente nostálgico cuando describe a ese niño que aprende a decir papa.
Parece estar sugiriendo que quizá a Victor le falta poco para aprender esa palabra y aplicársela a su joven tutor.
Una de las primeras palabras que aprendió Helen Keller fue maestra, que en su caso era más un nombre propio que un concepto.
Itard no menciona nunca que le enseñara a Victor su propio nombre ni el de madame Guérin.
Sin embargo, el chico podía oír ciertos sonidos, tenía un patético conato de voz y sabía expresar un amplio espectro de emociones y deseos por medio del movimiento.
A modo de reconocimiento de aquella humanidad incipiente, Itard le dio un nombre: Victor.
Pero el chico tenía más bien poco de conquistador.
Le encajaba más el más humilde nombre de Joseph que le habían puesto en Saint-Affrique.