Un nombre por fin
Las dos últimas secciones del informe de Itard son más largas y sistemáticas que las tres anteriores.
Describen una fase de la educación que el maestro solo puso en marcha tras dedicar varios meses a intentar acostumbrar al Pequeño Salvaje a las convenciones de la sociedad humana; o por lo menos a la forma de vida que habían creado para él en el Instituto para Sordomudos.
Si nos centramos en lo que se le había pedido al chico durante aquellas primeras fases —que se fijara en su entorno, que reaccionara a la gente, que siguiera un horario—, hemos de concluir que las tareas que llevaba a cabo no eran mucho más difíciles que las de un buen perro pastor.
Llevaba ropa y se lo podía convencer para que comiera en compañía de otra gente.
Pero todavía faltaba el elemento principal: la comunicación con palabras.
A su alrededor, todo el mundo hablaba o usaba el lenguaje de signos.
Al parecer, sin embargo, hablar con él era una pérdida de tiempo.
Porque el chico no oía (ni veía) palabras, ni tampoco prestaba una atención especial a las voces, salvo al ruido o el tono.
Tampoco él emitía sonido alguno, a excepción de unos pocos ruidos y risas ahogados.
Llegados a este punto, Itard había descrito un progreso bastante firme y en ocasiones sorprendente, pese a la aparición de unos cuantos obstáculos. La sección cuarta, no obstante, se abre con una frase sombría que cambia por completo el tono de su narración:
Si quisiera plasmar aquí únicamente mis éxitos, habría dejado fuera de mi crónica toda esta cuarta fase de mi programa educativo.
Como es médico, y le preocupan el resultado de su caso y la eficacia de sus métodos formativos, Itard reflexiona largo y tendido sobre la cuestión de por qué el chico no aprendió a hablar tan deprisa como aprendió otras habilidades.
En primer lugar, hace hincapié en el hecho de que oír el sonido de la voz humana no es en absoluto lo mismo que captar las inflexiones del habla articulada y adjudicarles sentido.
Describe el habla como «una especie de música a la que ciertos oídos, por lo demás normales, son insensibles».
Esta sordera selectiva, declara, se encuentra en los «cretinos», es decir, en los idiotas.
¿Acaso el Pequeño Salvaje padece ese defecto?
Quiero incluir aquí la respuesta entera de Itard a esta pregunta y no citar únicamente fragmentos.
Porque se trata del corazón mismo de la historia.
Hemos llegado a una serie de incidentes que se corresponden con el momento de la vida de Helen Keller en que, con la mano debajo del grifo abierto, sintió que su maestra le trazaba una serie de marcas en la palma.
Es una de las escenas más conmovedoras de la historia de la enseñanza.
En aquel momento, algo específicamente humano, algo que nos une a todos, se le reveló a Helen de forma más repentina y espectacular que cuando le pasa a una criatura de dos años.
La niña entendió, de forma simultánea, la posibilidad de un código que significara nuestras nociones de las cosas del mundo y el sentido del signo concreto que Anne le estaba escribiendo en la palma: agua.
La vida del Pequeño Salvaje atraviesa este mismo territorio de significado por una senda distinta, y vale la pena tener presente esta comparación.
A diferencia de Helen Keller, no era ni ciego ni sordo; por lo menos, no de forma física.
A fin de contestar a la pregunta sobre un posible defecto mental, Itard se dedicó a observarlo con mucha atención:
Esto es lo que he visto. En sus primeros cuatro o cinco meses en París, el Salvaje de Aveyron solo reaccionaba a los ruidos relacionados con la comida y con el acto de escaparse.
En enero, ya parecía oír la voz humana, y cuando dos personas se ponían a conversar en el pasillo de delante de su habitación, a menudo iba a la puerta para comprobar si se la había dejado abierta y cerraba también las puertas dobles interiores, comprobando el pestillo con el dedo.
Poco después me fijé en que distinguía las voces de los sordomudos, o, mejor dicho, los ruidos guturales que hacían al jugar.
Parecía ubicar también el lugar de origen de los sonidos.
Si los oía mientras estaba en la escalera, por ejemplo, siempre echaba a correr hacia arriba si venían de abajo, o hacia abajo si venían de arriba, a fin de evitarlos.
En febrero observé algo todavía más interesante.
Un día en que estaba en la cocina hirviendo patatas, dos personas se pusieron a discutir acaloradamente detrás de él sin que pareciera que el chico les prestara ninguna atención.
Entró entonces una tercera persona que se sumó a la discusión, y que empezaba todas sus frases diciendo: «Oh, eso es distinto».
Me fijé en que, cada vez que aquella persona pronunciaba su expresión favorita —«¡Oh!»
—, el Salvaje de Aveyron volvía la cabeza en aquella dirección.
Aquella noche, cuando se estaba yendo a la cama, experimenté con varios sonidos y obtuve aproximadamente las mismas reacciones.
Ningún otro sonido vocálico parecía tener efecto alguno sobre él.
Aquella clara preferencia por el sonido de la o me llevó a buscarle un nombre que terminara con esa letra.
Elegí Victor.6 El nombre se le quedó, y, cuando lo usa alguien, casi siempre vuelve la cabeza y viene corriendo.
Quizá porque contiene el mismo sonido o, no tardó en entender el significado de la palabra no. Yo la usaba a menudo para corregir las equivocaciones de sus ejercicios.
En medio de estas lentas pero perceptibles mejoras en su audición, Victor seguía guardando un mutismo absoluto y se negaba a reproducir los sonidos articulados que su oído parecía discriminar.
Sin embargo, la estructura externa de sus órganos vocales no mostraba defecto alguno, y tampoco había evidencias de daños internos.
Es verdad que muestra una cicatriz bastante larga en la parte delantera del cuello, en la parte alta.
Ese detalle podría sugerir la existencia de daños en los órganos del interior, pero no es esa la apariencia de la cicatriz.
Sí que parece infligida con un instrumento afilado, pero es tan fina y recta que sugiere una incisión superficial que se curó deprisa.
Debió de ser obra de un aficionado asustado, no de un criminal curtido.
Seguramente el autor dejó a Victor en el bosque, dándolo por muerto, y el chico se recuperó naturalmente de la herida, cosa que habría sido mucho menos probable si hubieran quedado seccionados los músculos y el cartílago de los órganos vocales.
De estas consideraciones extraigo la conclusión de que el hecho de que el chico no repitiera los sonidos vocales que estaba empezando a oír no se explicaba por ninguna lesión orgánica, sino por las circunstancias adversas de su vida.
La falta total de uso hace que nuestros órganos sean incapaces de realizar sus funciones.
Si el desuso afecta en tan gran medida a unos órganos plenamente desarrollados, ¿qué les pasa a unos órganos en desarrollo que no se han ejercitado nunca?
Son necesarios por lo menos dieciocho meses de educación meticulosa para que una criatura pequeña tartamudee unas pocas palabras.
¿Cómo podemos esperar que aprenda a hablar una tosca criatura de los bosques, devuelta a la sociedad hace únicamente catorce o quince meses, y cinco o seis de ellos transcurridos entre sordomudos?
¡Imposible! A fin de llegar a ese importante punto de inflexión en su educación, requerirá mucho más tiempo y esfuerzo del que tardaría incluso el bebé más lento.
Puede que una criatura de entre dieciocho meses y dos años no sepa nada, pero sí que posee en muy gran medida la capacidad para aprenderlo todo: una tendencia innata a imitar, una gran flexibilidad y sensibilidad en todos sus órganos,
una movilidad constante de la lengua y una laringe de consistencia todavía gelatinosa.
Todo contribuye a la producción de un gorgoteo constante, un aprendizaje involuntario en la formación de la voz suplementado con toses, estornudos y demás.
Incluso el llanto ayuda. El llanto demuestra lo sensible que es el niño a sus propios estados.
También parece brotar de un fuerte y firme impulso por parte del bebé a desarrollar y coordinar respiración, sonidos vocales y habla justamente en los momentos oportunos.
Denme una criatura de pecho para trabajar con ella y podré garantizar resultados.
Pero Victor carecía de todas esas ventajas que acabo de mencionar.
Ya era adolescente. Aun así, hay que reconocer la abundancia de recursos con que la naturaleza proporciona medios alternativos de educación, cuando una serie de causas accidentales eliminan las originales.
Aquí, por lo menos, hay unos cuantos datos que justifican esta esperanza.
En el título de esta cuarta sección, dije que me proponía enseñar al chico a hablar a base de motivarlo a imitar por una cuestión de necesidad.
Las consideraciones expuestas más arriba, junto con otras circunstancias que relataré dentro de un momento, me convencieron de que debía esperar una respuesta muy lenta por parte de la laringe de Victor.
Iba a tener que estimulársela usando objetos que respondieran a sus necesidades.
Tenía razones para pensar que la vocal o, por ser la primera que había sido capaz de oír, sería también la primera que podría pronunciar.
Resultaba muy favorable a mi plan el hecho de que aquel sonido tan simple fuera el indicio de una de sus necesidades más comunes.
[En francés, agua es eau, que se pronuncia como una o corta.]
Sin embargo, fui incapaz de obtener ningún resultado de esa coincidencia afortunada.
Cada vez que le entraba una sed intensa, yo le ponía delante una jarra de agua y repetía el sonido eau, eau.
Mientras Victor miraba, yo le daba la jarra a una persona que pronunciaba la palabra y le pedía que la dijera él también de la misma forma.
El pobre chico se retorcía y agitaba los brazos hacia la jarra de forma casi convulsiva.
No paraba de emitir una especie de silbido por lo bajo, pero de él no salía ningún sonido articulado.
Cambié de tema, por así decirlo, sin cambiar de método.
La siguiente vez, probé con la palabra leche [lait, que se pronuncia aproximadamente lé].
El cuarto día de aquel segundo intento, tuve la gran satisfacción de certificar su éxito.