El experimento prohibido Quedarse en casa o salir
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Quedarse en casa o salir

Itard consiguió desarrollar de forma prodigiosa los sentidos del tacto y del gusto del chico.

Explica, sin embargo, que no tuvo tanto éxito con la vista ni el oído.

Seguramente era esa la impresión que daba: veía y oía bastante bien, pero a decir verdad no reconocía la mayoría de los objetos y situaciones que lo rodeaban en un edificio lleno de gente desempeñando sus actividades.

Y todo aquello que no reconocía le traía sin cuidado.

En cualquier caso, las dos primeras fases del programa de Itard —ayudar al niño a responder a la gente y adiestrar sus sentidos— produjeron resultados prometedores.

Itard explica de la siguiente forma la tercera fase de la educación del muchacho:

Ampliar la esfera de sus ideas a base de infundirle nuevas necesidades y de multiplicar sus relaciones con la gente que lo rodea.

En lugar de «ideas», hoy hablaríamos de «percepciones».

Itard quería que el chico no solo alcanzara a percibir una parte mayor de su entorno, sino también que mejorara su forma de relacionarse con cuanto lo rodeaba.

Cuando uno lee esta tercera sección del informe, y trata de imaginarse la conducta y el estado mental del chico, se da cuenta de que la tarea principal de Itard era estimularlo, persuadirlo para que prestara atención,

para que encontrara alguna clase de interés o forma de participar en su propia vida.

Como ya habían comentado Bonnaterre y Pinel, su rasgo más inquietante era la indiferencia que mostraba a nueve décimas partes de lo que consideramos el mundo, su entorno.

Itard puso sus esperanzas en captar su interés y atención mediante juegos y juguetes.

En la primera frase, sin embargo, admite que desde un primer momento se topó con obstáculos descorazonadores.

Al chico simplemente no le interesaban los juguetes, ni siquiera después de que Itard se pasara horas enseñándole a jugar.

Los trataba con impaciencia y, si le daban la oportunidad, los escondía o los rompía.

Una vez, a solas en su habitación, tiró un juego de bolos de madera a la chimenea y usó las llamas para calentarse.

Itard tardó en poder cambiar esta dinámica.

Quizá estuviera probando unos juegos demasiado avanzados para un niño que todavía disfrutaba de sensaciones simples, como el tacto del agua caliente o la textura de la pana.

Pero había una actividad que sí captaba su atención:

Le puse delante varias copas plateadas del revés. Debajo de una de ellas, coloqué un cacahuete. Convencido de haber captado su interés, levanté todas las copas, una tras otra, salvo la que ocultaba el cacahuete.

Como jamás perdía la oportunidad de comerse un cacahuete, el chico se aficionó al juego del trile.

Itard lo complicó usando más copas, que una y otra vez movía de un lado a otro.

El chaval casi siempre podía seguir los movimientos y elegir la copa correcta.

Temiendo que fuera únicamente la codicia lo que movía al chico a aplicarse al juego, Itard puso en lugar del cacahuete una piedrita o algún otro objeto no comestible.

El muchacho obtenía resultados igualmente buenos y seguía el juego con atención.

Itard reflexiona con tristeza sobre el hecho de que, sin el cacahuete original, quizá no habría logrado interesarlo nunca por el juego del trile.

Y menciona la importancia enorme que tienen los juegos infantiles para el desarrollo de la inteligencia.

La forma en que habla de su incapacidad para interesar al chico por otros juegos deja claro que se había encontrado con la primera derrota importante en su programa.

Y aquella derrota le llegaba justo cuando más prometedor parecía el desarrollo social y físico del paciente.

Decepcionado, pero no desanimado, Itard probó a ampliar por otros medios la percepción que tenía el chico de lo que estaba pasando a su alrededor.

Al llegar febrero, su conducta ya era bastante buena.

Ahora no se quitaba la ropa, había aprendido a usar el orinal, podía comer sentado a una mesa y no había que tenerlo sujeto con una correa.

Por tanto, el médico pudo llevárselo a cenar a casa de un amigo que vivía en la ciudad.

En aquella primera salida, al muchacho le gustó la comida tanto que, antes de marcharse, hurtó un plato de lentejas de la cocina y se lo intentó llevar al instituto.

Itard estaba encantado de ver que aquellos viajes a París se volvían muy importantes para el chico; casi una necesidad.

Siempre que Itard entraba en su habitación sobre las cuatro de la tarde, con sombrero, bastón y una camisa limpia para él, el chaval entendía lo que se avecinaba y se emocionaba mucho.

Es cierto, tal como declara Itard en este momento, que también los perros aprenden a reconocer las señales de que los van a alimentar o a sacar de paseo, y que se ponen a dar brincos igual que hacía el chico.

Sin embargo, para el Pequeño Salvaje, que había empezado muy por debajo del perro común, el juego de salir a cenar implicaba una conexión importante: la buena conducta social se recompensaba con comida excelente.

Aquel método práctico de adiestramiento llevó a algunas escenas divertidas que conocemos por testimonios distintos al de Itard.

Madame Récamier fue una de las mujeres más hermosas, inteligentes y ricas de aquella época de la historia de Francia.

Casi todos los hombres prominentes de París —entre ellos el gran escritor romántico Chateaubriand y el mismo Napoleón— visitaban su château en Clichy-la-Garenne, en las afueras de la ciudad.

Todavía no había cumplido treinta años, pero ya recibía a futuros reyes, ministros de Estado, generales, filósofos, actores, astrónomos, escritores, estadistas extranjeros y a unas cuantas mujeres selectas.

En aquel rutilante salón se esperaba que cada invitado hiciera su mejor interpretación y luego se regodeara por haberse colado en aquel templo interior de la fama y la exclusividad.

Se la solía representar pictóricamente reclinada como una princesa en su diván.

Cualquiera que fuera tema de conversación en París acababa siendo invitado o llevado a casa de madame Récamier.

Así funciona el mundo. Los ricos se enriquecen y los famosos conocen a otros famosos.

El Pequeño Salvaje de Aveyron ya llevaba tiempo siendo objeto tanto de curiosidad ociosa como de interés científico.

Ambas cosas desempeñaban un papel importante en el mundo de madame Récamier.

Hay una crónica maravillosa (aunque no del todo fiable) de la visita del Pequeño Salvaje a Clichy-la-Garenne, «acompañado por monsieur Yzard [en vez de Itard], que es una combinación de maestro, médico y benefactor».

Estaba muy claro cuál de los dos era el famoso.

Tras oír muchas historias exageradas sobre el Pequeño Salvaje, la elegante concurrencia estaba lista para cualquier cosa, desde el Buen Salvaje encarnado hasta un peligroso animal.

A Itard lo debió de poner nervioso el almuerzo; aquella no era su compañía habitual.

A su pupilo, en cambio, no lo inmutaba nada:

Madame Récamier hizo sentarse al chico a su lado, pensando que quizá la belleza que había cautivado a tantos hombres civilizados recibiría un homenaje parecido por parte de aquel hijo de la naturaleza.

Todavía no aparentaba quince años. Pero el chico no era tan galante como el indio hurón de la novela de Voltaire [L’ingénu], y estaba demasiado ocupado con la copiosa oferta gastronómica, que se dedicaba a devorar en cuanto le llenaban el plato.

A duras penas prestó atención a los hermosos ojos cuya atención había captado.

Cuando se sirvió el postre y terminó de llenarse los bolsillos con todas las exquisiteces que pudo hurtar, abandonó tranquilamente la mesa.

Nadie se dio cuenta […]. De pronto vino un ruido del jardín y monsieur Yzard supuso que la causa debía de ser su pupilo.

Se levantó y fue a verificar sus sospechas; a los demás nos picó la curiosidad y lo seguimos en busca del fugitivo, a quien pronto divisamos corriendo por el jardín con velocidad de conejo.

A fin de darse mayor libertad de movimientos, se había quedado sin más ropa que la interior.

Cuando llegó a la avenida principal del parque, flanqueada por unos castaños enormes, se arrancó la última prenda, como si estuviera hecha de gasa.

Trepó al árbol más cercano con agilidad de ardilla y se quedó en las ramas superiores.

Las mujeres, movidas tanto por el asco como por el respeto a la decencia, se quedaron atrás, mientras que los hombres se pusieron a intentar capturar otra vez al niño del bosque.

Monsieur Yzard empleó todos los medios que conocía para atrapar al chico, pero sin efecto alguno.

El salvaje, insensible a las súplicas de su maestro, o bien temeroso del castigo que creía que merecía su escapada, se dedicó a saltar de rama en rama y de árbol en árbol, hasta que llegó al final de la avenida y ya no le quedaron más árboles ni ramas por delante.

Al jardinero se le ocurrió entonces la idea de enseñarle una cesta llena de melocotones, y la naturaleza se rindió ante aquel argumento: el fugitivo bajó del árbol y se dejó capturar.

Ahora iba cubierto lo mejor posible con un vestidito que pertenecía a la sobrina del jardinero.

Vestido con aquel atuendo, lo metieron en el mismo carruaje que lo había traído y se alejó, dejando que los invitados de Clichy-la-Garenne trazaran un amplio y útil contraste entre la perfección de la vida civilizada y la triste imagen de la naturaleza sin domesticar.

Al Pequeño Salvaje no lo volvieron a invitar a casa de madame Récamier. Todavía no estaba listo para la alta sociedad.

Siempre que maestro y pupilo salían, el chico echaba a trotar tan deprisa que a Itard le resultaba más fácil llevarlo en carruaje que seguirle el ritmo.

Aquel medio de transporte producía todavía más emociones y revelaba otro cambio pronunciado.

En el viaje de Rodez a París, el chico apenas había reaccionado al viaje en diligencia; solo había prestado atención al morral de la comida.

Ahora, en cambio, estaba encantado de ir en carruaje, y dejaba clara su alegría con cada movimiento.

Un día en que Itard lo llevó a la campiña para visitar a un amigo en el encantador valle de Montmorency, apareció un nuevo elemento que trastornó la felicidad del chico:

Fue una visión muy curiosa, y ciertamente muy conmovedora, observar la felicidad que le aparecía en los ojos al ver los bosques y colinas de aquel agradable paisaje.

Casi pareció que se comía con la vista los escenarios del otro lado de las ventanillas del carruaje.

Se asomó primero por un lado y después por el otro, y se empezó a intranquilizar mucho cada vez que los caballos frenaban o se detenían.

Durante los dos días que pasaron en aquella casa del campo, al chico le volvió en tromba toda el ansia de regresar al bosque, y hubo que tomar precauciones especiales para impedirle que se escapara. Itard lo describe como «más impaciente y salvaje que nunca».

En consecuencia, Itard no lo volvió a llevar al campo.

A cambio, madame Guérin empezó a llevarlo casi todos los días a pasear o a correr por el jardín del Observatorio, que les quedaba al lado.

Allí tenía su casa una familia llamada Lemeri, y muchas tardes el hombre o su mujer le daban al chico un vaso de leche.

En general, el Pequeño Salvaje se empezaba a acostumbrar a su nueva vida.

«Al final —escribe Itard— le empezó a gustar.»

El chico había desarrollado un afecto genuino por madame Guérin.

Como Itard desempeñaba el doble papel de supervisor y capataz, los sentimientos del chico hacia él atravesaban muchos altibajos.

La crónica muestra que, en cuestión de meses, el chico ya había aceptado algo parecido a una vida familiar.

Sus laboriosos padres de acogida le planteaban exigencias y al mismo tiempo le daban seguridad y un nivel cada vez mayor de comodidad.

Incluso intentaban interesarlo por los dulces y el vino.

Aprendió a beber un poco de vino, pero siempre prefirió el agua.

A diferencia de los animales domesticados, no tocaba los dulces.

El «estado salvaje» persistía en esas formas inesperadas.