El experimento prohibido Adiestrar los sentidos
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Adiestrar los sentidos

La primera tarea que se impuso Itard fue conectar con aquella criatura que se pasaba el tiempo «acuclillada en un rincón del jardín» para «integrarla en la sociedad».

Madame Guérin y él iban a tener que darle al niño la capacidad de vivir con otra gente, de emerger de aquella existencia solitaria en la cual se limitaba a satisfacer unas cuantas necesidades biológicas.

Y, para ello, Itard confiaba en conectar con el chico, empezando por hacerle la vida agradable.

Necesitábamos hacerlo feliz en sus propios términos, a base de dejarle que se acostara al oscurecer, proporcionarle abundante comida que le gustara, dejarle estar ocioso si le apetecía y sacarlo a pasear al aire libre.

Aunque, más que pasear, lo suyo era correr, daba igual el tiempo que hiciera.

Aquellas excursiones al campo parecían hacerlo todavía más feliz cuando se producía un cambio de clima repentino y violento.

Parecería que los hombres, sin importar su condición, siempre están ávidos de sensaciones nuevas.

Durante aquella primera época, Itard y madame Guérin dejaron que manifestara todo tipo de estados de ánimo y reacciones:

Una mañana, empezó a nevar mucho antes de que saliera de la cama.

Al despertar, soltó un grito de felicidad, salió de un salto de la cama, corrió a la ventana y se puso a ir desenfrenadamente entre la ventana y la puerta.

Sin llevar apenas ropa, se escapó al jardín.

Allí, entre gritos tremendos y risotadas, se revolcó en la nieve y se puso a agarrarla a puñados.

Con un entusiasmo increíble, se regodeó en ella hasta hartarse.

Pero no todo el tiempo se dejaba llevar por la euforia y la emoción.

A menudo Itard le veía en los rasgos una expresión tranquila, casi meditabunda, y se imaginaba que el muchacho debía de estar albergando pensamientos melancólicos de pérdida y añoranza.

Esto sucedía sobre todo cuando el mal tiempo los obligaba a quedarse bajo techo.

El chico salía al jardín, daba varias vueltas al estanque y por fin se sentaba tranquilamente en el borde.

Cuando por la noche le entraba la luz de la luna en la habitación, a menudo se despertaba, según madame Guérin, y se pasaba horas levantado, mirando la campiña «en un estado parecido a la contemplación extasiada».

Durante varias semanas, Itard y madame Guérin se dedicaron a ganarse su confianza a base de dejarle hacer lo que le viniera en gana todo el día.

Era un sueño que no podía durar, claro, un Jardín del Edén especial que le habían preparado sus padres de acogida.

El trabajo de verdad empezaría después. Porque, si aquel animal se tenía que convertir en un ser humano, Itard y madame Guérin iban a tener que persuadirlo, mimarlo y obligarlo a recuperar el yo olvidado de sus primeros años.

De forma gradual tuve que limitar sus excursiones, reducir la cantidad y frecuencia de sus comidas, acortarle las noches y alargarle los días y dedicarlos de forma más práctica a su instrucción. A largo plazo, esto surtió efecto.

Durante las primeras fases de su educación, Itard se concentró en dos metas. Quería desarrollar los sentidos del chico para hacerlo más consciente de su entorno. Y quería interesarlo en juegos sencillos con gente y con objetos a fin de agudizar su atención y su coordinación.

Haciéndose eco de las crónicas de Bonnaterre, Pinel y Virey, la de Itard no deja nunca de insistir en la insensibilidad de la que parecía hacer gala.

Eran muchas las situaciones en las que no mostraba la menor reacción.

El clima frío y las patatas calientes reaparecen para demostrar que la temperatura apenas lo afectaba.

Ni siquiera el hecho de llenarse las fosas nasales con picadura de tabaco lo hacía estornudar.

Durante la peor fase de malos tratos y aflicción de sus primeros meses en el instituto, nadie lo vio llorar.

Salvo cuando estaban directamente relacionados con la comida, no parecía oír sonidos, o por lo menos no les prestaba atención.

Se movía y estaba vivo, pero permanecía ajeno a todo.

Respondía a la variedad del mundo exterior con una fracción mínima de sus facultades físicas y mentales.

El resto, por lo que podía ver Itard, era un lastre innecesario.

Itard empezó ordenando que se diera cada día un baño caliente de dos o tres horas, en vez de dejarlo deambular por los terrenos.

En el baño se comportaba con el mismo asombro y ganas de jugar que un bebé en pleno descubrimiento del agua.

Veía flotar los objetos a su alrededor y se reía feliz cuando le derramaban agua sobre la cabeza y le caía chorreando por los costados.

«Pronto —escribió Itard—, nuestro joven salvaje se volvió sensible al frío y empezó a usar la mano para probar la temperatura del agua, negándose a meterse en la bañera si no estaba lo bastante caliente.»

Esta nueva aversión al frío tuvo un doble efecto: hizo que dejara de mojar la cama y le infundió un interés renovado por ponerse la ropa; porque ahora era pleno invierno en París.

Incluso se empezaba a vestir por su cuenta cuando lo dejaban a solas en su habitación.

También parecía disfrutar de los masajes que le daban Itard o madame Guérin después del baño.

Cuando le frotaban el cuerpo menudo y lleno de cicatrices, sus cuidadores estaban realmente representando la escena de Pigmalión en que este intenta infundirle vida humana a la estatua.

Y podemos imaginar que el Pequeño Salvaje empezaba a cobrar conciencia de sus extremidades, del hecho de que había alguien dándole un masaje y haciendo ruidos relajantes, y de sí mismo reaccionando a ese alguien.

Entre aquellos placeres nuevos había instantes de irritación y de rabia.

Itard los anotaba con meticulosidad, porque le daba la sensación de que en aquellos momentos la inteligencia del chico daba un salto adelante y encontraba una fuerza inesperada.

Estaba reaccionando a algo. Cuando madame Guérin insistía en meterlo en una bañera con el agua demasiado fría, primero tenía una especie de pataleta y después, de improviso, le cogía una mano y la metía en el agua para demostrar su tesis.

Se trataba del mismo chico al que no se le había ocurrido usar una silla para alcanzar un objeto demasiado alto.

Había una historia en particular que Itard relataba con un placer especial.

Había empezado a invitar al muchacho durante breves periodos a su apartamento del instituto.

En el estudio tenía una botella de Leyden, una batería eléctrica primitiva capaz de producir leves descargas.

Tras haber experimentado sus efectos, el chico tenía mucho cuidado con aquel artefacto.

Un día, para observar las reacciones del muchacho, Itard le puso la botella de Leyden al lado, en el sofá y, a base de acercársela más y más, lo fue arrinconando en una esquina hasta que el chaval ya no pudo moverse y quedó encajonado ante una mesa que tenía delante.

Sentado al otro lado de la botella, Itard estiró el brazo para cogerle una mano al chico, que guardaba cautelosamente escondida dentro de la chaqueta.

Atrapado en lo que parecía ser una trampa, se movió tan deprisa que tomó a Itard por sorpresa.

Empujó la mano de Itard contra la botella y fue el médico quien se llevó la descarga en su lugar.

Una reacción así solo podía venir de una mente despierta y llena de recursos.

El muchacho empezó a usar una cuchara para sacar las patatas del agua hirviendo.

Un espejo de mano que reflejaba un rayo de sol por la habitación lo entretenía durante mucho rato.

Le encantaba pasar la mano por la tela de pana de la ropa de Itard.

Incluso su agudo sentido del olfato pareció mejorar, e Itard por fin lo vio estornudar. Todo un acontecimiento.

El miedo que le provocó me hizo pensar que era la primera vez que estornudaba. Justo después, se tiró en su cama.

¿Era posible que se hubiera pasado años sin estornudar?

Lo más notable de todo era que el chico se volvió pronunciadamente maniático con su comida y al mismo tiempo desarrolló un fuerte sentido de la limpieza.

Todas las crónicas previas cuentan que había estado contento viviendo entre porquería y comiendo porquería.

Ahora empezó a rechazar el plato lleno de comida si había en él alguna sustancia extraña.

Para un practicante de medicina como Itard, la prueba definitiva de que el chico había entrado físicamente en el estado de civilización fue el hecho de que cogiera un resfriado y después dos catarros de pecho.

(Bonnaterre había reaccionado de la misma forma un año antes.)

Tal como lo cuenta, Itard parece orgulloso, divertido y escandalizado por el hecho de haber hecho mella en su constitución de hierro.

Itard declara que todo esto tuvo lugar en un intervalo de tres meses.

El chico estaba despertando a su entorno.

El hecho de que aquel animal mugriento se estuviera volviendo un maniático de la limpieza debió de parecer un milagro.

Sin embargo, otros pequeños detalles en los que se detiene Itard le parecieron igualmente significativos.

Si alguien le hacía empujar algo o cargar con algo, por liviano que fuera, a veces se detenía de golpe y se miraba las yemas de los dedos. No era posible que se le hubieran lastimado o magullado, pero aun así se las metía cuidadosamente dentro de la camisa.

El chico se estaba descubriendo a sí mismo, cobrando conciencia de su cuerpo, poniendo a prueba sus partes y sintiendo hormigueos que no había sentido nunca. Todos hemos pasado por ese proceso, pero ya hace tanto tiempo que hemos olvidado lo mucho que significa.

A base de conectar todos estos incidentes, podemos empezar ya a imaginar lo que sucedía dentro de la mente del Pequeño Salvaje.

Estaba cobrando una conciencia nueva de algo.

En medicina hay una palabra para expresarlo.

La palabra en cuestión, sin embargo, no crea la comprensión del hecho; únicamente la afianza si ya lo entendemos de antemano. Así la define el diccionario:

Cenestesia, n. Sensación general de la existencia del propio cuerpo que nace de la suma del conjunto vago de sensaciones que un individuo posee de su cuerpo.

Sensaciones que un individuo posee de su cuerpo.

La miríada de acontecimientos minúsculos en nuestros nervios y mentes, que no dejan de avisarnos de que estamos vivos informándonos de nuestro estado.

Podemos hacer oídos sordos, sobre todo si nuestra supervivencia depende del hecho de que no los escuchemos.

Esa era la condición inicial del Pequeño Salvaje, que todavía se prolongó un tiempo después de salir del bosque.

Había existido sin estar vivo; sin ser consciente de ese hecho ni del milagro de su vida.

A fin de cuentas, no era tan improcedente que lo hubieran mandado al Instituto para Sordomudos.

Porque había estado sordo de la peor manera posible.

No se podía oír a sí mismo; no se oía vivir.

Durante tres meses, madame Guérin e Itard contemplaron cómo un chico de trece años cobraba vida frente a sus ojos, prácticamente bajo sus suaves masajes.