El experimento prohibido La apuesta de Itard
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La apuesta de Itard

Allá por noviembre de 1800, Itard tomó su decisión de educar al Pequeño Salvaje.

Aquel estudiante de medicina de veinticinco años se enfrentaba así en París a los dos hombres de quienes más dependía su carrera.

Pinel era uno de los profesionales más respetados de Francia, así como el principal representante de la especialidad médica que Itard deseaba ejercer.

Sicard era el responsable oficial del Pequeño Salvaje y de la institución a la que habían sido asignados tanto el chico como Itard.

¿Por qué se enfrentó Itard a ellos como un David contra dos Goliats?

Vale la pena reflexionar un poco sobre sus motivaciones.

Itard siempre se dedicó a su trabajo médico sin apenas distracciones.

Su única familia eran los sordomudos entre los que vivía.

En alguien como él, la compasión genuina por los más desposeídos se parecía mucho a un tipo de ambición.

San Vicente de Paúl y Albert Schweitzer compartían ese mismo impulso de forma mucho más dramática.

La ambición de Itard, en cambio, lo impulsaba a anhelar conocimientos e independencia intelectual y no dinero ni fama.

Estaba convencido de que el destino del hombre se podía mejorar y quería contribuir a ello.

Haciendo gala de una gran iniciativa, fue capaz de combinar dos aspectos importantes de su experiencia.

En primer lugar, las frecuentes visitas de Itard al Instituto para Sordomudos (antes de mudarse a él a principios de 1801) le permitieron observar con atención al Pequeño Salvaje, cuando los demás especialistas ya habían perdido interés.

Varios pasajes de sus informes posteriores sugieren que durante aquellas visitas algo —una expresión fugaz en la cara del muchacho, una reacción espontánea, o quizá sus plácidas meditaciones en cuclillas en el borde del estanque— lo llevó a atribuirle cierto potencial y una dosis de inteligencia.

En segundo lugar, Itard tenía una teoría.

Compartía la idea de Locke y de Condillac de que nacemos con la cabeza vacía, que nuestras ideas surgen de lo que percibimos y experimentamos.

Y dado que apenas había experimentado nada de la sociedad, creía que el niño de Aveyron había permanecido salvaje y solo necesitaba reedu­cación, prácticamente desde cero.

Quizá así se explique por qué Itard apostó por hacer algo con el chico.

No obstante, falta el elemento determinante.

Estoy convencido de que, sin llegar a expresarlo, Itard debió de tener una corazonada, una intuición que acabó por decidirlo y dio forma al resto de su carrera.

Y esa intuición debió de ser que el Pequeño Salvaje no era ningún idiota, sino un tipo especial de eslabón perdido, una criatura en la que se podría observar el proceso por el cual un ser humano no consigue desarrollarse en forma de adulto socializado por culpa de la falta de estímulos.

Si se le podían devolver a aquel «animal» o «criatura» las capacidades humanas de su grupo de edad, entonces la teoría de la tabula rasa del aprendizaje obtendría una prueba convincente.

Itard creía tener ante sí la oportunidad de llevar a cabo un experimento crucial; de hecho, el experimento prohibido.

Ya había un precedente; en calidad de cirujano, Itard debía de conocerlo y seguramente debía de haber leído sobre el caso en Condillac y en Voltaire.

En 1728, y por primera vez, a un ciego de nacimiento se le había devuelto la vista gracias a la cirugía.

El inglés William Cheselden logró aquella hazaña a base de operar las cataratas de un joven.

Sin embargo, aun después de la operación, el paciente curado seguía sin poder «ver».

Únicamente percibía una mancha en movimiento y casi dolorosa, que carecía de significado y no transmitía ninguna noción de un mundo real externo relacionado con el mundo que el paciente podía entender por medio del tacto.

Todo parecía irritarle los globos oculares.

Tardó mucho en aprender a coordinar sus percepciones sensoriales, a distinguir formas, juzgar tamaños relativos, separar partes de conjuntos y percibir el espacio y la profundidad.

El Pequeño Salvaje no tenía un problema congénito ni en los ojos ni en los oídos; simplemente usaba un segmento minúsculo de su aparato perceptivo.

Y al aprender gradualmente a percibir lo que a los demás nos parece evidente, iluminaría el proceso por el que desarrollamos las ideas, las facultades y los pensamientos, algo que no era fácil de observar en niños.

Itard intuía que, si un plan educativo especial conseguía devolver al chico a su grupo de edad, valdría la pena observar y registrarlo todo.

Creo que Itard esperaba que el muchacho cobrara vida como la estatua de Condillac, a base de grabarle sensaciones en la mente virgen.

Soñaba con lograr un milagro empírico. Las cosas resultaron ser más difíciles.

Aun así, aquellas teorías acerca de cómo formamos las ideas llevaron a Itard más allá de la psicología y la medicina, hasta llegar a la mitología.

Ya no era un simple médico tratando a un paciente al que a veces imaginaba como una estatua.

Se había convertido en Pigmalión, el legendario rey de Chipre que se enamoró de la estatua de marfil que estaba tallando.

En respuesta a sus oraciones, los dioses convirtieron la estatua en una hermosa doncella viva, a quien Pigmalión llamó Galatea.

La atracción científica y emocional que sentía Itard hacia el Pequeño Salvaje debió de ser una fuerza poderosa.

Se sentía atraído por la oveja negra, por la piedra que habían rechazado los constructores.

Había encontrado un alma perdida a la que rescatar.

A su manera, el científico Itard se había «enamorado» de aquella tosca criatura y la quería moldear para convertirla en un hombre a su imagen y semejanza.

En este proyecto vemos algo tan conmovedor y escandaloso como la plegaria de Pigmalión, o el deseo de Narciso por su reflejo; tan audaz como el robo del fuego, símbolo de la creación, por parte de Prometeo.

Porque Itard se atrevía a otorgar, si no vida, por lo menos inteligencia y humanidad.

Por suerte, las ambiciones de Itard no le impedían ver que era un hombre ocupado e iba a necesitar ayuda.

Entendía que el muchacho respondería bien a alguien como Clair, que había dedicado su tiempo a establecer alguna forma de relación humana con su pupilo.

Así pues, tuvo el buen juicio de elegir a una mujer, lo bastante maternal y madura como para que no la perturbara la conducta errática del chico.

Madame Guérin vivía con su marido en el instituto, en unos aposentos cercanos a las cocinas.

Sus hijos, que no vivían con ellos, los visitaban con regularidad.

Parece que el marido trabajaba en el mismo instituto.

Es probable que madame Guérin tuviera unos cuarenta años.

Y le iba a dedicar no solo los cinco siguientes, sino veintisiete años de su vida al muchacho, que ahora tenía padre y también madre de acogida.

Madame Guérin carecía de formación especializada, no conocía teorías pedagógicas y no quería hacer carrera, escribir libros ni obtener fama.

Era una persona «normal y corriente»; aunque al parecer también un ser humano excepcional.

Itard menciona muchas veces su determinación y eficacia.

Si nos planteamos la forma en que se repartían el horario y la importancia del apego natural que se desarrolla entre madre e hijo, debemos atribuir a madame Guérin el mismo mérito por el desarrollo del Pequeño Salvaje que a Itard.

El médico nunca podría haber conseguido sus objetivos sin ella.

Madame Guérin le informaba de la conducta del chico: de cómo dormía, de sus movimientos y respuestas y de las excursiones que empezaron a hacer a parques y jardines cercanos.

Siempre estaba presente, tanto física como emocionalmente.

Su papel en los acontecimientos posteriores debería celebrarse con los mismos honores que el de Itard.

Salta a la vista que él se habría mostrado de acuerdo.

El Pequeño Salvaje tenía una habitación propia en la quinta planta del instituto, separada de los internos sordomudos y situada encima del apartamento de los Guérin.

Comía con el matrimonio Guérin, y a veces parece que Itard se les sumaba pese a que los Guérin eran gente sencilla y con poca educación.

Es imposible averiguar por los documentos que han sobrevivido cómo de confinado se encontraba inicialmente el chico y cómo cambió su situación con el tiempo.

Las alusiones a cerraduras y llaves sugieren que pasaba periodos considerables encerrado en su cuarto.

Otros pasajes apuntan a que tenía libertad para ir y venir a su antojo.

Casi toda nuestra información sobre los meses siguientes procede de un informe que Itard redactó el verano siguiente para la Asociación de observadores del hombre.

Debido a que ordenó aquellas cincuenta páginas analíticamente, por temas, y no cronológicamente, siguiendo el orden de los acontecimientos, muchos detalles se desdibujan, se solapan o simplemente no se mencionan.

Por ejemplo, Itard nunca nos explica cómo enseñaron al niño a hacer sus necesidades.

Sabemos por otras fuentes que aprendió a usar un orinal que tenía en la habitación.

Itard no enumera como Bonnaterre el horario diario de comidas y de sueño y los ratos que transcurrían entre una cosa y otra.

Y aunque menciona la cuestión varias veces, en su conjunto el informe de Itard no describe la evolución de aquel animal huraño y receloso que llegaría a convertirse en una persona sensible y cuasi humana, a la que tanto madame Guérin como Itard se acabaron entregando.

Todo sucedió, tal como nos explica el mismo Itard, «en el breve espacio de nueve meses», entre noviembre y agosto.

Esa rapidez es la mejor demostración de que la reorganización que había llevado a cabo Itard de la vida del chico funcionó con eficacia para extraer sus facultades y sentimientos latentes.

Todo se hizo de acuerdo con un plan basado en Condillac y en Locke, y en el «tratamiento moral» que defendían Pinel y unos cuáqueros ingleses que habían abierto una residencia para locos. Hoy en día, en vez de tratamiento moral, seguramente lo llamaríamos psicoterapia. El plan tenía cinco objetivos:

1. Otorgarle la capacidad de responder a otra gente.

2. Adiestrar sus sentidos.

3. Ampliar sus necesidades físicas y sociales.

4. Enseñarle a hablar.

5. Enseñarle a pensar con claridad.

Estas metas se corresponden con las cinco secciones del informe de Itard.

Por desgracia, no conservamos los diarios de trabajo en los que debió de basar su informe.

Aun así, a base de leer entre líneas y de añadir unos cuantos datos, es posible reconstruir un relato bastante completo de cómo le fue al Pequeño Salvaje entre noviembre de 1800 y agosto de 1801.