3. Marcas sobre la tabula rasa
(de noviembre de 1800 a agosto de 1801)
Un nuevo comienzo y un padre de acogida
Tras su llegada a París en agosto de 1800, el Pequeño Salvaje vivió tres meses aterradores.
Los adultos responsables de él se dedicaban alternativamente a desatenderlo, incordiarlo o mimarlo.
A veces los jóvenes internos del instituto lo atacaban, obligándolo a huir a los rincones más remotos del jardín o a esconderse en partes abandonadas del edificio.
Después de pasar cinco meses a salvo en Rodez, al cuidado de Clair y Bonnaterre, en París el muchacho no tenía a nadie que lo protegiera de un entorno hostil.
Entretanto, tras examinarlo, sus benefactores se disponían a quitárselo de encima.
Como no lo podían volver a soltar en el bosque, se plantearon meterlo en esa jungla hecha por el hombre llamada manicomio.
¿Qué otra cosa podían hacer? El chico se había vuelto casi ingobernable y era una presencia claramente disruptiva en una institución cuyos internos requerían formación sistemática para lidiar con su sordera.
Al alcanzar la edad adulta podía volverse peligroso.
En términos generales, los expertos habían decidido que aquel caso tenía escasa relevancia para las ciencias sociales.
No solo en el informe de Pinel, sino también en los eventos decepcionantes de aquellos meses, se podía oír a la gente evadiendo toda responsabilidad en el caso.
Al parecer nadie se acordaba de Clair y de su ofrecimiento de volver a hacerse cargo del chico si hacía falta.
Entró en escena un elemento nuevo. En algún momento del verano o del otoño de 1800, Sicard necesitó a un médico nuevo en el instituto debido a un accidente.
El estudiante de medicina de veinticinco años que respondió a la convocatoria trabajaba como interno de cirugía en el hospital de Val-de-Grâce, en la misma calle.
A Sicard le cayó bien el joven y lo encontró competente.
Se hicieron amigos y el cirujano empezó a ir regularmente al instituto, tanto para visitar al director como para hacerse cargo de los alumnos.
También se interesó por el problema del tratamiento y la formación de los sordomudos.
El joven en cuestión se llamaba Jean-Marc Gaspard Itard.
Parece que Itard no estaba presente cuando Bonnaterre y Clair trajeron al instituto al Pequeño Salvaje de Aveyron.
Con el tiempo, sin embargo, fue teniendo más oportunidades para observar al muchacho y enterarse del destino que le aguardaba.
Seguramente Sicard le dijo a Itard durante el otoño que aquel no era lugar para el chico y que ni siquiera los maestros con más talento podían lograr que un imbécil indolente aprendiera el lenguaje de signos.
En un momento dado, Itard debió de interesarse por el caso; empezó a observar con atención al muchacho y quizá a poner a prueba sus reacciones.
A finales de noviembre o a principios de diciembre, Itard ya estaba trabajando regularmente con el chico, siguiendo algún plan propio y alterando las condiciones en que vivía.
Luego, el 29 de noviembre de 1800, la Asociación de observadores del hombre escuchó el informe de Pinel, que clasificaba al Pequeño Salvaje como idiota incurable y un caso sin esperanza.
Itard asistió a la reunión y se dedicó a anotarlo todo para poder recordar el informe entero.
Al cabo de un mes, el 31 de diciembre, se anunció oficialmente el nombramiento de Itard como funcionario médico residente del Instituto para Sordomudos, con un salario anual de sesenta y seis francos.
El cargo incluía un apartamento propio en el recinto del instituto y seguramente un acuerdo para que se hiciera responsable del presunto idiota.
Se puede apreciar lo confuso de esta cronología.
Justo cuando todo el mundo estaba listo ya para deshacerse de aquel muchacho, Itard propuso quedárselo en el instituto y desarrollar un programa especial de formación para él.
¿Cómo podemos interpretar esta disparidad de criterios?
¿Acaso fue simple arrogancia lo que hizo que el joven médico contradijera la opinión profesional de la máxima autoridad?
¿Estaba profundamente impregnado de filantropía dieciochesca?
¿Tenía alguna razón concreta para creer que no había que mandarlo al manicomio de Bicêtre, junto con los locos y demás marginados?
¿Acaso había vislumbrado en el caso algún interés médico o científico que lo estimulara?
La vida de Itard aporta unas cuantas pistas sobre este nuevo personaje.
Nunca lo habían abandonado ni había vivido en el bosque.
Aun así, era a todas luces un «solitario».
Nacido en 1774 en la aldea de Oraison, cerca de los Alpes, su familia lo mandó a estudiar a Marsella.
Sus padres esperaban que se dedicara a la banca, pero la Revolución y sus guerras concomitantes truncaron sus planes con diecinueve años.
En circunstancias normales lo habrían llamado a filas para ir a combatir contra ingleses y holandeses, pero su padre y su tío le consiguieron una plaza en los servicios médicos.
Allí Itard trabajó con un famoso cirujano, a quien siguió en 1796 hasta el hospital de Val-de-Grâce.
Debió de trabajar de firme, porque en poco tiempo ganó unas oposiciones competitivas a cirujano de segunda clase.
Terminó los estudios de medicina en 1803.
En sus últimos años de carrera cosechó grandes éxitos, pero permaneció soltero toda su vida y fue por lo general una persona antisocial.
Su labor en el Instituto para Sordomudos lo llevó a iniciar investigaciones médicas sobre la audición y el oído.
Rechazó un importante cargo en Rusia y en su lugar aceptó una medalla.
En 1821 ingresó en la Academia de Medicina.
La impronunciable especialidad médica que fundó todavía se imparte y se practica hoy: otorrinolaringología, el estudio y tratamiento del oído, la nariz y la garganta. Publicó varios libros.
La educación de Itard incluía cierta formación clásica: había estudiado con algunos de los mejores médicos de París.
Sabemos gracias a sus textos que había absorbido unas cuantas ideas básicas de filosofía de los siglos xvii y xviii, y en especial las teorías de Condillac.
Su carrera revela una mente muy viva y en absoluto satisfecha con la práctica rutinaria de la profesión médica de su tiempo.
Sin embargo, parece ser que fuera de sus contactos profesionales llevaba una vida muy recluida en su apartamento del instituto, y más tarde en el centro de París, y que era capaz de entregarse a largos y agotadores periodos de trabajo.
Como profesional tenía reputación de ser pragmático y ocasionalmente excéntrico.
A una mujer que se quejaba de que le zumbaban los oídos tras sobrevivir a un grave incendio la envió a vivir junto a una fábrica que hacía un estruendo terrible.
Se cuenta que aquella terapia irritante la curó.
El interés del doctor Itard no se limitaba a la anatomía ni al tratamiento de los tejidos; sus escritos demuestran que también entendía la diferencia entre los problemas orgánicos y los funcionales.
Quizá por esa razón asumió la responsabilidad del Pequeño Salvaje cuando nadie más la quería.
Itard murió con sesenta y pocos años, habiendo formado a muchos estudiantes.
Dejó un millar de francos para establecer un premio anual al mejor descubrimiento en el ámbito de la medicina práctica o terapéutica.
Y legó ocho veces aquella suma a los sordomudos con los que había trabajado toda la vida.
El dinero era para financiar una clase de lectura regular, destinada a que los estudiantes de lenguaje de signos y lectura de labios pudieran continuar su educación.
A los biógrafos de Itard les gusta compararlo con Enrique IV de Francia: un rey noble y bueno.
Este, pues, fue el hombre que se interpuso entre el Pequeño Salvaje y su encierro en un manicomio.
En la práctica, Itard se convirtió en su padre de acogida, aunque al parecer no se firmaron documentos legales de ninguna clase.
Ahora, sin embargo, Itard ocupaba un cargo oficial en el instituto, donde el chico continuaría residiendo.
Itard solo era diez años mayor que su pupilo; y una generación entera —treinta años— menor que los Observadores del hombre, aquellos eminentes científicos que habían reclamado originalmente al muchacho y después lo habían rechazado.
Es posible que Sicard y Pinel, las dos figuras principales del caso, tuvieran dudas a la hora de asignárselo a un médico desconocido, después de toda la publicidad.
Pero no parece que le plantearan obstáculo alguno a Itard.
Hemos de estarles agradecidos por su disposición a hacerse a un lado y dejar que otro continuara una investigación que ellos creían completamente estéril.
Los documentos muestran que a Itard se le dio libertad plena con el chico.