El experimento prohibido Sordomudos y locos
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Sordomudos y locos

La versión convencional de la Historia registra la sucesión de gobernantes, las instituciones de gobierno y —con todo lujo de detalle— las hazañas bélicas de los hombres.

Se trata de una crónica atroz, en la que muchos líderes aptos muestran un sórdido lado oscuro lleno de crueldad o megalomanía.

Y no abarca todo lo que se puede contar.

Contemplada en su totalidad, la Historia abunda en revelaciones acerca de cómo los distintos pueblos han venerado a sus divinidades, han jugado o han comido a lo largo de los siglos; cómo se han desarrollado sus artes y cómo ciertas ideas como la santidad,

la genialidad o la libertad han llegado a ejercer un poder tremendo.

Uno de los relatos más silenciados aunque importantes de todos es la forma en que las distintas sociedades han tratado a las personas que no encajaban, que por razones diversas no podían desempeñar un papel pleno en la vida en general.

Hasta el inicio de la modernidad en Europa, a todos los marginados se los metía en el mismo saco, con muy pocas discriminaciones, y se los confinaba en instituciones conocidas como albergues u hospitales.

A los que estaban obviamente enfermos se los cuidaba supuestamente por separado, pero a veces se los arrojaba con los demás desafortunados.

De esa forma los pobres, los desempleados, los deudores, los minusválidos, los locos, los retrasados, los alcohólicos y muchos criminales acababan encerrados juntos en edificios como el Bicêtre de París, que antaño se había usado para confinar a los leprosos.

(La terrible lacra de la lepra se había terminado allá por 1700, por razones desconocidas.)

Los casos más violentos —normalmente los locos— estaban encadenados.

Las condiciones eran atroces, tan escandalosas como para provocar que alguna que otra comisión real investigara el peligro que entrañaban aquellos lugares para la salud del resto de ciudadanos de la zona.

Aquellas instituciones se dejaban en manos de la policía.

Los reclusos, considerados subhumanos, no eran dignos de caridad ni de un tratamiento respetuoso.

Entre ellos estaban los mudos. En muchos idiomas hay una palabra que significa al mismo tiempo incapaz de hablar (seguramente por culpa de la sordera) y corto de luces.

En virtud de una antigua asociación incorporada al lenguaje, consideramos que cualquiera que carezca de habla es estúpido e inferior.

En español, una de las acepciones de «mudo» es «tonto», tal como recoge el Diccionario de la Real Academia.

El inglés dumb y el francés sourd también poseen esta doble acepción.

A principios del siglo xviii, a menos que los cuidara su familia o sus amigos o se les diera cierto adiestramiento social mediante gestos, los sordomudos terminaban con los demás marginados, sufriendo encierros horribles.

Alrededor de 1750, empezó a suceder algo distinto en París.

Un sacerdote español llamado Péreire, que de joven había estado enamorado de una chica sordomuda, abrió una escuela para educar a sordomudos.

Péreire les enseñaba a leer los labios y los movimientos del habla vocal.

Gran parte de su formación se basaba en el tacto; en tocar la garganta y los labios, en meter los dedos en la boca a fin de enseñar cómo articular los distintos sonidos.

(Helen Keller aprendió gracias a estos métodos.)

Poco después de Péreire, un abate francés, Charles-Michel de l’Épée, abrió una escuela en la que no enseñaba habla vocal, sino lengua de signos.

Al cabo de unos años empezó a escenificar exhibiciones públicas en las que dictaba con signos a sus alumnos y estos escribían en francés, latín, italiano y español.

Cientos de personas de toda Europa acudían a verlo, admirarlo y aprender.

Justo antes de la Revolución, el Ayuntamiento de París y el rey en persona empezaron a ayudar a L’Épée en sus buenas obras.

El sacerdote murió un año antes de que el Gobierno revolucionario convirtiera la escuela en Instituto Nacional en 1790.

Para entonces Sicard había sido nombrado director y había empezado a mejorar el sistema del lengua de signos de L’Épée.

Sicard se labró su reputación gracias a su alumno estrella, Massieu, que no solo sabía escribir al dictado, sino que era capaz de expresar sus pensamientos en francés escrito.

Durante las primeras fases de la Revolución, a Sicard lo metieron en la cárcel, y en varias ocasiones llegó a estar a punto de perder la vida a manos de la turba sedienta de sangre.

Massieu escribió valerosas peticiones e intercedió por su maestro, insistiendo en que Sicard era desesperadamente necesario como «padre» de los sordomudos del instituto.

Salvado en parte por su pupilo, Sicard se escondió del mundo y se consagró a la escritura de un importante libro sobre el método con que había enseñado lenguaje de signos a Massieu.

Lecciones analíticas para conducir a los sordomudos al conocimiento de las facultades intelectuales, al del ser supremo y al de la moral se publicó en 1800, justo cuando más se hablaba del Pequeño Salvaje.

Por un milagro aparente, ahora los mudos se podían comunicar entre ellos y hasta con la gente normal.

Se volvió habitual poner a prueba su inteligencia haciéndoles preguntas en público.

Massieu y unos cuantos sordomudos inteligentes más asombraban al mundo con sus respuestas precisas y a menudo ingeniosas.

¿Qué es la gratitud? «Es la memoria del corazón», respondía Massieu.

¿Qué diferencia hay entre deseo y esperanza?

«El deseo es un árbol con hojas; la esperanza es un árbol en flor; y el disfrute es un árbol que da fruto.»

Así pues, los mudos ya no solo podían hablar; ahora también producían bons mots, frases sentenciosas y poéticas de las que informaba la prensa, que circulaban de boca en boca y se publicaban en recopilaciones.

Los marginados se convirtieron en profetas y oráculos, redimidos por la visión y la paciencia de hombres como Péreire, L’Épée y Sicard.

Todas aquellas buenas obras llegaron por fin a los reclusos de Bicêtre, los desechos mismos de la sociedad.

Justo cuando Francia entraba en el periodo del Terror, el Gobierno revolucionario puso en la plantilla de Bicêtre no a un oficial de policía como antes, sino al distinguido doctor Philippe Pinel,

que más tarde trabajaría en el informe sobre el Pequeño Salvaje para la Asociación de observadores del hombre.

Nos han llegado muchas historias infundadas pero influyentes sobre las reformas que introdujo Pinel tras examinar a los reclusos y sus condiciones espantosas.

Se decía, por ejemplo, que había provocado un escándalo al desencadenar a los locos.

También empezó a clasificar e incluso a tratar los casos mentales.

Hay quienes consideran a Pinel el primer psiquiatra.

En el acervo de la psiquiatría y la terapia mental, hay una escena que se ha vuelto legendaria.

Uno de los hombres fuertes del Terror fue un abogado de provincias llamado Couthon, que inspiraba terror porque estaba lisiado y lo tenían que llevar de un lado a otro en una silla.

Cuando visitó Bicêtre para averiguar si había presos políticos allí escondidos, Pinel guio a los hombres que llevaban a Couthon hasta los pabellones donde les había quitado las cadenas a los locos.

Los reclusos respondieron a las preguntas de Couthon con insultos y chifladuras, sin mostrar respeto alguno por su persona.

Todo el mundo esperaba represalias, quizá contra Pinel.

Cuando lo sacaban de allí, Couthon se dirigió al médico.

«En fin, ciudadano, debe de estar usted loco para querer quitar las cadenas a esos animales.»

Pinel se mostró tan tranquilo como rabiosos habían estado sus pacientes.

«Estoy convencido, ciudadano —contestó—, de que son incontrolables por culpa de todo el tiempo que llevan despojados de aire y libertad.»

Conservó su trabajo y a los locos no se los volvió a encadenar.

Para denominar aquellas buenas obras llevadas a cabo por el abate L’Épée, Sicard y Pinel, alguien en el siglo xviii acuñó el término filantropía.

Así como «filosofía» significa amor por la sabiduría, «filantropía» significa amor a la humanidad (anthropos).

Mientras imperara la creencia en que las cualidades más importantes del carácter y de la mente se heredaban junto con el nivel social y de riqueza, había pocas razones para intentar cambiar la suerte de los hombres.

Pero la doctrina del empirismo de Locke no solo socavaba los privilegios hereditarios de reyes y nobles; también ofrecía una justificación para la filantropía.

Porque se podía rescatar a la escoria de la tierra —a los locos, los malvados o los cortos de luces— a base de mejorar las condiciones en las que vivían y aprendían.

Los individuos más comprometidos, y el Gobierno mismo, empezaron a intentar mejorar el destino de los parias de la sociedad, no tanto por una cuestión de caridad cristiana como por la creencia filosófica en que nuestras condiciones de vida determinan en qué nos convertimos.

5. Montaigne escribió el comentario más conciso al respecto hace trescientos años.

«Creo que un niño criado en soledad completa, apartado de toda interacción (cosa que supondría un experimento difícil), poseería alguna clase de lenguaje para expresar sus ideas, porque no es probable que la naturaleza nos despojara de ese recurso cuando se lo ha otorgado a otros muchos animales […

]. Sin embargo, todavía no se ha averiguado qué lengua hablaría esa criatura; y las conjeturas que se han hecho no parecen muy probables.» Ensayos, II, 12.