El experimento prohibido La sabiduría del siglo xviii
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La sabiduría del siglo xviii

Los campesinos de las inmediaciones de Roquecézière aceptaron con bastante facilidad la condición salvaje del chico, que ni los molestaba ni cuestionaba su forma de vida.

Incluso Bonnaterre se mostró comprensivo con el Pequeño Salvaje y le adjudicó una clasificación, homo ferus.

Siempre nos inquieta aquello que no podemos reconocer o nombrar.

Pero en París se sucedían una serie de acaloradas controversias acerca del origen y la naturaleza del hombre.

En 1800, cuando apareció el Pequeño Salvaje, Inglaterra y el continente europeo llevaban ciento cincuenta años de actividad filosófica intensa.

Además, la filosofía todavía englobaba muchos de los ámbitos que hoy llamamos ciencias naturales, políticas y sociales.

El gran debate filosófico que nos interesa en relación con el Pequeño Salvaje se inició en el siglo xvii con un francés llamado Descartes.

Descartes proclamaba que rechazaba toda autoridad previa y que se basaba únicamente en su propia experiencia y entendimiento, reforzados por las matemáticas.

Era una afirmación muy atrevida y se lo consideró un pensador peligroso.

Una de las bases de su filosofía era que la mente tiene una existencia más allá del cuerpo (que él representaba como una máquina) y no está regida ni por este ni por el mundo material que nos rodea.

La mayoría adoptamos ese punto de vista cuando aludimos al libre albedrío, o a nuestras decisiones, o a la fuerza de voluntad.

Sin embargo, por mucho que se correspondiera con la forma en que pensamos y hablamos de forma habitual, aquella división entre mente y cuerpo era uno de los aspectos incómodos del dualismo de Descartes.

¿Cómo se pasaba de una cosa a otra? También daba por sentado que nuestras mentes están provistas de unas «ideas innatas», principios o capacidades universales que no adquirimos mediante la experiencia.

El concepto que tenía Descartes de la mente, y que sus críticos han llamado «el fantasma en la máquina», no encaja con facilidad en ningún modelo mecánico simple de las cosas.

En este sentido, no seguía las tendencias científicas de su época.

Aun así, Descartes se deshizo de muchas convenciones apolilladas y absurdas.

Se lo conoce con razón como el fundador de la filosofía moderna.

Medio siglo después de Descartes, un inglés pragmático llamado John Locke formuló una filosofía que se movía en una dirección muy distinta.

Rechazaba todo conocimiento innato, junto con la idea de una mente humana separada de su cuerpo material.

Nuestro entendimiento, que «es en su mayor parte pasivo» y se parece a un «papel en blanco» o a un «cuarto a oscuras», recibe sus ideas de las sensaciones y nuestras reflexiones sobre dichas sensaciones.

Sí que aceptaba las «facultades naturales» del entendimiento y la voluntad.

Locke nunca explicó de forma satisfactoria cómo se convierten las sensaciones en ideas, porque no quería integrar en el proceso nada que no fuera material.

Ahí, por supuesto, residía el atractivo de su sistema: que derivaba todo lo conocido de la materia física, sin recurrir a la mente, la voluntad ni las ideas innatas.

Su sistema se llama sensacionalismo o empirismo.

A fin de explicar su filosofía, Locke y otros pensadores del siglo xviii desarrollaron varias comparaciones casi poéticas, al estilo de nociones como los años luz o los agujeros negros habituales en la astronomía moderna.

A los filósofos les gusta usar la expresión latina tabula rasa.

Quiere decir tablilla o pizarra en blanco o cinta sin grabar.

Representa el estado de nuestras mentes al nacer: vacías pero listas para recibir o registrar información.

Otra de sus figuras retóricas favoritas era el hombre máquina.

Como corría la época en que se estaban perfeccionando los relojes y las máquinas automáticas, parecía apropiado reducir todo lo que hay en el hombre, la anatomía, el pensamiento y la conciencia misma, a un modelo mecánico.

Condillac, un sacerdote francés, iba todavía más allá.

A fin de sugerir una mente inactiva que se limita a registrar sensaciones, tomó prestada la metáfora de una estatua que iba cobrando vida de forma gradual por medio de las impresiones sensoriales y a la que solo le faltaba el lenguaje.

Tampoco explicaba el cómo. Por encima de todo, quería ir más allá de Locke y demostrar que nacemos sin facultades ni ideas innatas.

Condillac creía que las percepciones sensoriales moldeaban tanto la mente como el carácter.

La influencia del empirismo de Locke fue enorme, sobre todo en Francia e Inglaterra.

Sus teorías hacían que todo pareciera todavía más simple que en el sistema dualista cartesiano de mente y cuerpo.

La mente, para Locke, era una simple materia que operaba en los seres humanos como parte de sus procesos naturales.

Diversas formas de determinismo invadieron la filosofía escudándose en que la mente se limitaba a recibir impresiones y no hacía nada con aquellos estímulos externos.

Muchos filósofos describían al hombre como un producto de su entorno.

En la actualidad, los psicólogos todavía piensan en esos términos cuando postulan que el «condicionamiento» es el motor principal de nuestra conducta.

La mayoría de los sociólogos aún consideran sus métodos empiristas.

En tiempos recientes, y sobre todo gracias a la obra de Noam Chomsky en el terreno de la adquisición del lenguaje, la teoría de las capacidades humanas innatas ha regresado con fuerza para oponerse a la de la tabula rasa.

Si nuestros órganos corporales ya están articulados al nacer, ¿acaso es probable que nuestras mentes estén vacías y sin forma?

Sin embargo, la filosofía de Locke tuvo otra consecuencia distinta.

Si eran las circunstancias físicas de la vida las que determinaban cómo vivíamos, entonces nuestras vidas se podían reformar cambiando las circunstancias.

Era pura lógica. (Por supuesto, el argumento presenta una enorme laguna: ¿cómo y por qué iba el sujeto a desear implementar aquellos cambios?)

Esta doctrina estimuló la política del siglo xviii y en particular su deseo de mejorar la vida de los hombres.

Por tanto, la misma doctrina empirista que convertía a algunos en deterministas inspiró a otros a hacerse reformistas y activistas. La filosofía está llena de paradojas.

La tendencia reformista afectó a ciertas categorías de personas que hasta entonces habían recibido un trato atroz y habían acabado siendo prácticamente expulsadas de la especie humana.

El razonamiento era el siguiente: si los criminales no nacen, sino que se hacen, entonces se los puede rehabilitar a base de rehacerlos, o por lo menos se los puede ayudar.

El mismo razonamiento se aplica a los locos.

No hay que limitarse a recluirlos en manicomios, sino que debemos darles tratamientos y esperanzas.

Y, por encima de todo, hay una clase de marginados, a los que se confunde a menudo con locos y se encierra con ellos, que merece un trato especial, porque su minusvalía no es ni mental ni moral, sino física: los sordomudos.

Las reformas no podían curar su defecto físico, pero un nuevo entorno donde pudieran usar un lenguaje de signos les devolvería su lugar en la sociedad. De eso trata la sección siguiente.

Durante aquella época, unos cuantos individuos animados por las ideas filosóficas recientes empezaron a interesarse por los marginados de la sociedad y a intentar ayudarlos.

Así fue como llegó a América en 1830 el famoso Tocqueville.

Su misión era inspeccionar las prisiones, y su viaje inspiró un gran libro sobre la recién nacida democracia.

Nuestra moderna preocupación por los enfermos mentales y los sordos se remonta al siglo xviii.

Cuando apareció el Pequeño Salvaje, parecía ser sordomudo.

Por eso el abate Sicard estaba dispuesto inicialmente a hacerse responsable de él.