¿Con qué derecho?
Cuando los adultos oyen hablar del caso del Pequeño Salvaje, suelen preguntar cómo acabó.
Quieren saber qué le pasó y si llegó a vivir alguna clase de vida útil y feliz.
En cambio, los niños, cuando oyen hablar del chico, preguntan cómo era, y, sobre todo, cómo se las apañaba para vivir solo en el bosque.
Son las dos cosas que quiere saber la gente de edades parecidas a la que tenía cuando lo capturaron.
Sin embargo, a menudo hacen otra pregunta más profunda: ¿qué derecho tenía nadie a capturarlo?
Teniendo en cuenta la terrible situación de los centros para niños abandonados, ¿por qué no lo habían dejado en el bosque?
Una respuesta práctica e histórica deberá referirse al interés científico que desarrollaron las personas cultas de los siglos xvii y xviii por las variedades y conductas de la especie humana.
La Asociación de observadores del hombre representaba esta curiosidad científica, así como el «derecho a conocer» todos los fenómenos y por encima de todo a conocernos a nosotros mismos.
Constans-Saint-Estève, el comisionado de Saint-Sernin, se había visto expuesto a esta actitud en París.
Entendía que el Pequeño Salvaje prometía un avance del conocimiento.
Por tanto, se convirtió en un caso científico con una velocidad sorprendente.
En realidad, sin embargo, la cuestión de si se debería haber dejado al chico en el bosque es moral; moral en el sentido etimológico (del latín mores, costumbres), relativo a las convenciones de conducta de una sociedad determinada, pero también moral en el sentido moderno,
el que invoca los principios de lo que está bien y está mal.
La pregunta podría catapultarnos con facilidad a una discusión filosófica enorme sobre las metas de la vida, la naturaleza del hombre, los derechos naturales y la relación entre el ser humano individual y la sociedad que lo cuidaba.
Así pues, voy a intentar explicarlo de forma simple.
La primera vez que lo avistaron cerca de Lacaune, el Pequeño Salvaje se dedicaba a correr por el bosque y huir de los seres humanos.
Iba sucio y desnudo, estaba completamente aislado de la sociedad humana y no respondía a ninguna forma de comunicación.
Las cicatrices le cubrían el cuerpo. No poseía fuego, herramientas, armas ni lo que consideramos un refugio «adecuado».
Aun así, todas las crónicas coincidían en que había sobrevivido a varios inviernos, posiblemente a cinco o seis, de aquella existencia inclemente.
Se había adaptado a su entorno, pese a que seguramente lo habían abandonado en el bosque para dejarlo morir, o bien se había perdido y lo habían acabado dando por muerto.
Además, estaba razonablemente sano, aunque malnutrido.
Se había vuelto autosuficiente a base de vivir de plantas y raíces y quizá pequeñas alimañas.
Era inofensivo. Nadie informaba de que hubiera hecho incursiones en granjas ni hubiera atacado a niños.
No causaba terror en la campiña. Desde muchos puntos de vista materiales y morales, lo verían como alguien con más fortuna y mejor conducta, por ejemplo, que un niño que viviera en los bajos fondos de una gran ciudad europea de aquella época.
Un niño realmente desamparado y abandonado de los barrios bajos, tanto en 1800 como hoy, no estaría mejor alimentado que el Pequeño Salvaje, podría transmitir enfermedades y seguramente se encontraría corrompido por el vicio, el crimen y la miseria.
¿Acaso tenía emociones? ¿Había sido feliz a solas en el bosque?
¿Cómo podemos saberlo? ¿Lo sabemos en el caso de los animales, de los perros, los caballos o los pájaros?
Emitía ruidos extraños y hacía algo parecido a reírse.
En sus términos, fueran cuales fueran, parecía satisfecho de su destino.
Se ocupaba de sus asuntos y no quería nada más que alimentar su apetito y dormir cuando estaba cansado.
Cualquier cosa que no fuera eso había que imponérsela.
Hemos aprendido lenta y dolorosamente que debemos tener cuidado con las consecuencias si interferimos con el medio ambiente, si trastornamos el equilibrio existente en la naturaleza.
A base de no llamar la atención y no desplazarse apenas, el Pequeño Salvaje había encontrado un equilibrio, por limitado que fuera.
¿Qué derecho, o deber, tenía nadie para extraer a aquel niño de la vida que se había labrado?
Había pasado la primera prueba fundamental: la supervivencia.
Durante años, nadie lo había ayudado. Su situación parecía merecer la respuesta más básica: vive y deja vivir.
¿Acaso cualquier otra respuesta, cualquier deseo de cambiar la vida del chico, no revela lo peor que hay en nosotros: la presuntuosidad, la arrogancia, la curiosidad ociosa y la crueldad?
Nada que pueda añadir yo eliminará ni disminuirá la urgencia de estas preguntas.
Son muy reales. La fuerza que las impulsa ayuda a explicar por qué las historias más antiguas, desde los mitos egipcios y las fábulas de Esopo hasta las películas de Walt Disney, tratan de animales.
Cada generación ha tenido a su Tarzán y se ha emocionado con historias de niños lobo.
Anhelamos un nuevo Edén. Las preocupaciones nos suponen una gran carga.
Aun así, debemos plantearnos estos asuntos con mayor detenimiento.
Antes y ahora existen sociedades en las que los padres exponen a sus hijos a riesgos, a fin de poner a prueba su resistencia.
Y ahí está justamente la diferencia. Si sobreviven, a esos niños no los dejan abandonados en el bosque.
Los llevan de vuelta a la sociedad y los «educan» —habitualmente sus padres— para que ocupen un lugar pleno y responsable en la comunidad.
Si los padres del Pequeño Salvaje hubieran aparecido o se los hubiera identificado, se los podría haber castigado por su negligencia.
Pero se habría considerado que estaban en su derecho, y en su obligación, de reclamarlo y educarlo para que saliera de su estado animal.
En ausencia de padres, sin embargo, es la sociedad la que suele reclamar a una criatura así, para cuidarla y esperar que contribuya a la vida de la comunidad.
Constans-Saint-Estève nunca dio explicaciones de su conducta; aun así, algo lo movió a tomar la decisión que tomó.
Vio con claridad que el niño había sobrevivido y que podría seguir viviendo en estado salvaje.
Asimismo, percibió que el niño había sido despojado de aquello que todos los padres otorgan a sus descendientes: los beneficios del intercambio social y un lugar en la vida colectiva.
Igual que todos nosotros, Constans actuaba en función de unos poderosos presupuestos implícitos.
Sin necesidad de planteárselo, creía que las experiencias y recompensas de la vida social excedían las de la simple supervivencia animal.
Los campesinos de la región de Laval-Roquecézière estaban dispuestos a tolerar aquello a lo que Constans había puesto fin: un alejamiento claro del orden social.
Tal como veía la situación Constans, el aislamiento completo había desposeído al chico de sus derechos naturales de ser humano.
¿Qué haríamos el resto si, por ejemplo, encontráramos a un muchacho en apariencia «salvaje» atrapado con vida debajo de un árbol caído en un bosque remoto?
Es una situación improbable, pero no imposible.
Imaginemos que el chico solo tiene un impulso: escapar.
La solución más simple sería liberarlo. Sin embargo, quizá nos convenga replanteárnoslo.
Cuando llegue a la edad adulta, ¿acaso representará un peligro para el resto de la población?
¿Y acaso en circunstancias similares no tenemos el deber de ayudar a nuestros congéneres a convertirse en seres humanos plenamente desarrollados?
Quizá sea un presupuesto irreflexivo. O quizá refleje una actitud lentamente adquirida de respeto y amor a los demás.
Censuramos a la gente que obedece únicamente a motivaciones materialistas, cuyo egoísmo no conoce otros límites que la satisfacción de sus apetitos.
El hombre tiene unas capacidades superiores.
¿Acaso el egoísmo no era la condición del Pequeño Salvaje, porque nunca hubo nadie que lo ayudara o a quien pudiera ayudar?
Todo ser humano tiene un padre o una madre, biológico o de acogida, por lo menos hasta los cinco o los seis años, y habitualmente hasta la pubertad.
Si a un niño no lo crían unos padres para que encuentre su lugar en la sociedad, damos por sentado que le han fallado o que ha habido algún problema.
¿Acaso la sociedad debería dejar ese daño sin reparar?
La reacción habitual —ayudar a la criatura— no tiene por qué resultarnos falsa ni arrogante.
Estas cuestiones deberían hacernos entender lo difícil que habría sido dejar que el chaval corriera libre. Y estoy convencido de que, una vez capturado, habría sido una equivocación. En su caso, también hay aspectos especiales que no se pueden pasar por alto.
Para cuando llegó a Saint-Sernin y se puso a fisgar en el huerto del curtidor, la adaptación del chico a la sociedad ya había empezado.
Las dos ocasiones en las que fue atrapado y retenido en Lacaune sin que mediaran malos tratos, echaron a andar aquel proceso.
Luego el muchacho había seguido mudando de hábitos y de actitudes durante los seis meses en los que había subsistido de la caridad de los campesinos en las inmediaciones de Roquecézière.
Por iniciativa propia, parece que llegó a acercarse a las viviendas de la gente y a tolerar a los seres humanos.
No hay indicios de que se resistiera con violencia a su captura en Saint-Sernin; simplemente quería escapar al bosque cuando se le presentara la oportunidad.
Pocas semanas después, a Bonnaterre y Clair ya no les costó manejarlo.
En cuanto lo prendieron y se informó de su caso a las autoridades, la posibilidad de abandonar otra vez al chico ya resultó impensable.
Su misma presencia y sus hábitos cercanos a los animales se convirtieron en un desafío a las ideas dominantes sobre la condición humana y a la misma sociedad que originalmente lo había expulsado.
Era un extraño total, un forastero entre los hombres.
Sin embargo, la religión, la ley civil y los intereses del saber científico hacían imposible devolver al muchacho a la naturaleza.
Una vez iniciada su educación, era necesario continuar hasta que dejara de responder y mejorara.
Por tanto, su destino estaba fijado desde el inicio, desde la primera vez que lo habían hecho cautivo.
Solo viéndolo desde la distancia, doscientos años más tarde, y a base de añadir ideas desconcertantes sobre la felicidad, el libre albedrío y el equilibrio medioambiental, podemos cuestionar lo que sucedió.
¿Tenemos buenas razones para denunciar los motivos que movieron al curtidor, a Constans-Saint-Estève, a Bonnaterre y a los demás a convertirlo en prisionero de la cultura y la sociedad?
A mi entender, no. Porque todos somos esa clase de prisionero desde que nacemos.
Una parte de nosotros sabe que, para ser humanos, necesitamos esas mismas restricciones que soñamos con quitarnos de encima.