Un lugar y una época
A fin de ubicar y entender estos acontecimientos y lo que sigue, hay que conocer algo del mundo en el que había nacido el Pequeño Salvaje, de la región donde se había criado y de las profundas sacudidas que había experimentado la Historia durante su infancia.
Si hubiera aparecido cien años antes, o diez años antes, o incluso diez semanas antes, todo habría sido distinto; seguramente nunca habríamos oído hablar de él.
Daba la impresión de que el mundo había estado esperando al Pequeño Salvaje y que, al aparecer, no había sabido qué hacer con él.
La aldea de Saint-Sernin se encuentra en la ladera de una colina de Aveyron, un distrito francés que toma su nombre del río Aveyron.
Situado a ciento treinta kilómetros de la frontera con España, está más cerca del Mediterráneo que del Atlántico.
En verano, los campos se llenan del dorado del trigo maduro y las ovejas pastan en las laderas más abruptas.
Al nordeste encontramos los profundos y espléndidos desfiladeros del río Tarn y la aldea de Roquefort, cuyo suculento queso con vetas azules ya era famoso en Roma en el tiempo de los Césares.
Más recientemente, en las cuevas de piedra caliza de Lascaux, al noroeste, los lugareños descubrieron algunas de las pinturas prehistóricas más antiguas y mejor conservadas del mundo.
Los colores de los bisontes, ciervos y caballos se habían mantenido tan nítidos que al principio muchos arqueólogos pensaron que debían de ser falsificaciones.
Ciento cincuenta kilómetros más al sudoeste, los romanos habían fundado la bulliciosa ciudad fluvial de Toulouse.
Establecida en mitad de aquel antiguo paisaje, Saint-Sernin era en 1800 una aldea tranquila, poblada por un centenar de campesinos y comerciantes, con casas de piedra, una iglesia vetusta y un molino de harina impulsado por el río que pasaba por debajo.
El paisaje y la aldea apenas han cambiado desde entonces.
Sin embargo, más allá de los valles deforestados y cultivados, las montañas todavía eran muy agrestes; no había carreteras, solo sendas de leñadores.
Los cazadores se encontraban a menudo con lobos, jabalíes, algún oso y muchos animales de menor tamaño.
Los densos bosques eran en su mayoría de árboles de hoja caduca, entre ellos robles productores de bellotas y castaños.
Aunque situada al sur, la región tiene un clima bastante duro, sobre todo a mayor altura: veranos calurosos e inviernos crudos con heladas frecuentes por las noches y nieves moderadas.
El Pequeño Salvaje, por tanto, había sobrevivido en condiciones difíciles.
A finales de la Edad Media, aquella hermosa región desarrolló una cultura propia y recibió el nombre de Languedoc, por el rítmico idioma que se hablaba allí.
En el siglo xii apareció una especie de democracia aristocrática, un estilo de vida que tendía a la confraternización cómoda entre clases sociales, a la tolerancia hacia las creencias religiosas foráneas y al ejercicio de las artes, en especial la poesía y la música, cultivadas en forma de canción.
Los trovadores, poetas que cantaban canciones de amor a sus damas idealizadas y a menudo ausentes, influyeron en el espíritu lírico de muchas partes de Europa.
Los reyes mismos se hicieron poetas. Durante un tiempo, Dante, el gran poeta italiano, planeó escribir la Divina comedia en el idioma del Languedoc, o provenzal, tal como se llama también.
Se trata de un rincón de la historia con aroma propio.
En aquel entorno floreció una secta herética cristiana.
Sus doctrinas venían en parte de fuentes orientales; en parte, encarnaban la resistencia al poder temporal y a la corrupción generalizada de la Iglesia católica.
Los cátaros (a veces llamados albigenses, por la ciudad de Albi) no creían que el universo lo hubiera creado un Dios benévolo y omnipotente, sino que el mundo material, incluidos los cuerpos humanos, lo habían creado las fuerzas del mal.
La fe de los cátaros más dedicados los llevaba a renunciar a las maldades del mundo físico y a los placeres del cuerpo.
Se dedicaron a predicar vigorosamente y a ganar conversos hasta que su fe empezó a suplantar a la Iglesia de Roma en todos los niveles de la sociedad de aquella región y a poner en peligro la autoridad del papa.
En 1208, el papa Inocencio III proclamó la única cruzada de la historia en contra de una herejía nacida dentro de la cristiandad.
Por razones políticas, además de religiosas, los poderosos nobles del norte de Francia convergieron en el Languedoc.
A lo largo de una serie de sangrientos conflictos que se alargaron cuarenta años, exterminaron la herejía albigense.
Aquella amable cultura desapareció y el Languedoc se integró en Francia.
Es fácil idealizar aquel interludio medieval de trovadores, herejes y nobles demócratas.
Si el Pequeño Salvaje aprendió a hablar durante sus primeros años, antes de su abandono, seguramente debió de aprender un dialecto más próximo al provenzal que al francés.
En 1800, la Edad Media seguía presente en el paisaje de Saint-Sernin, pero eran los acontecimientos recientes los que afectarían más directamente al Pequeño Salvaje.
Cuando, a principios de enero de 1800, salió del bosque, Francia contenía la respiración, como si estuviera atenta al inicio del nuevo siglo.
Porque el chico acababa de entrar en un asombroso remanso temporal.
Aquella calma repentina en la historia de Europa, antes de que el viento empezara a soplar otra vez desde una nueva dirección, ayuda a explicar por qué recibió una atención inmediata y por qué no se le permitió volver a desaparecer en la campiña de Aveyron.
Se había producido una revolución; el Pequeño Salvaje había nacido en sus albores.
Durante una década, y hasta tres semanas antes de su captura, Francia había estado en guerra consigo misma y con la mayor parte de Europa.
Aquella contienda había durado el tiempo suficiente para que Francia guillotinara a su desdichado rey entre grandes ostentaciones de aflicción, se liberara del dominio de la Iglesia católica,
sobreviviera al Reinado del Terror y se diera a sí misma un nuevo calendario con una semana de diez días destinada a aumentar la productividad laboral.
Al llegar 1799 (o año VIII según el nuevo calendario), sin embargo, el país se acercaba al agotamiento.
Parecía aproximarse alguna clase de final.
Luego, en los tres últimos meses del siglo xviii, el escenario político cambió rápidamente.
Un general de los Ejércitos deslumbrantemente triunfal, de apenas treinta años, regresó a París y se hizo con el poder sin derramar ni una gota de sangre.
Napoleón Bonaparte tenía ambición, coraje y una mente rápida y lúcida.
Después de su golpe de Estado del 18 de brumario («el mes de las brumas»), hizo una proclama:
¡Franceses!:
Os presento aquí una Constitución que pondrá fin a las incertidumbres introducidas por el Gobierno provisional […]
. Esta Constitución se basa en los principios verdaderos del gobierno representativo y en los derechos sagrados a la propiedad, la igualdad y la libertad.
Los poderes que instituye serán fuertes y estables […] .
Ciudadanos: la Revolución obedecía a los principios que la fundaron, y ya tocó a su fin.
El documento tenía apenas dieciséis líneas.
Después de diez años de violencia, aquel héroe joven y galante necesitó menos de una página para garantizar la paz y el regreso a la vida normal.
Cierto: aquella paz no iba a durar. Pero por entonces nadie sabía que se avecinaban más derramamiento de sangre, gloria y humillación en forma del Imperio napoleónico.
En diciembre de 1799, Francia y la mayor parte de Europa dejaron escapar un suspiro de alivio.
Ya tocó a su fin. Parecían unas palabras autoritarias, casi mágicas.
El pueblo de Francia votó en masa a favor de la Constitución de Napoleón.
Durante la calma que siguió, los ciudadanos empezaron a mirar otra vez a su alrededor.
Los periódicos y las revistas, que tanto tiempo llevaban reprimidos por la censura, se volvieron a publicar con regularidad.
Viendo el terreno despejado, científicos y académicos intentaron poner su trabajo al día.
En diciembre de 1799, a la sombra del plebiscito de Napoleón, un grupo de sesenta médicos, naturalistas, exploradores, zoólogos y filósofos fundaron la Asociación de observadores del hombre.
Al cabo de unas semanas, se empezaron a publicar artículos de prensa sobre el Pequeño Salvaje de Aveyron.
Debido al momento que era, el caso llamó la atención de toda Francia, y sobre todo de la Asociación de observadores del hombre.
El chico había entrado en escena justo cuando estaba pasando el ojo del huracán.
El Pequeño Salvaje y Napoleón nunca llegaron a conocerse.
El encuentro de aquel salvaje mudo y sin cultura con el «emperador de los franceses» que conquistaría y reorganizaría Europa entera podría haber generado una escena atractiva.
Por supuesto, Napoleón debió de oír hablar del Pequeño Salvaje.
El funcionario a cargo de decidir si el Estado quería tener algo que ver con aquella criatura desconcertante fue su hermano Lucien, que ejerció de ministro de Interior durante un breve periodo.
El caso llegó a las instancias superiores del Gobierno casi tan deprisa como si fuera una emergencia militar.
Durante los diez años siguientes, tuvieron dificultades para decidir cómo tratarlo.