2 . Tema de conversación en Europa
El experimento prohibido: la naturaleza humana
Lo que llamo el experimento prohibido es aquel capaz de revelarnos qué es realmente la «naturaleza humana», por debajo de las capas superpuestas de la sociedad y la cultura.
O por lo menos aquel experimento capaz de decirnos si existe una naturaleza humana distinta de la cultura y la herencia individual.
Hoy en día discutimos con mayor vehemencia sobre estas cuestiones que hace mil años, cuando todo el mundo estaba de acuerdo en que la humanidad había sido creada a imagen de Dios y había «caído» en un estado de pecado original.
Seguimos necesitando una idea clara de cuál debe ser la constitución básica para criar a nuestros hijos y tratar con desconocidos y con nosotros mismos.
Si creemos que la gente es básicamente egoísta, deshonesta y agresiva, entonces deberemos implantar una serie estricta de restricciones y de leyes a fin de regular la conducta y protegernos los unos de los otros.
Si, por el contrario, creemos que en condiciones favorables la gente es pacífica y cooperativa (tal como presupone el sistema democrático), entonces deberemos proporcionar a cada individuo tanta libertad de las restricciones externas como nos resulte posible.
Sin embargo, no hemos sido capaces de demostrar ni de aceptar ninguna de esas posturas.
Seguimos sintiéndonos incómodos con nuestra percepción de nosotros mismos.
En el siglo xviii, naturalistas y filósofos se aplicaron a la cuestión de la naturaleza humana, convencidos de que el tema debía reformularse y recibir una respuesta nueva.
La ciencia experimental, la revolución política y la filosofía «librepensadora» afirmaban haber derrocado los dogmas de la religión establecida y el sistema de clases de la aristocracia hereditaria.
El hombre empezaba a ser visto ya no como un ser especial creado a imagen de Dios; había que redefinirlo en términos de su lugar en el mundo natural.
En 1735, el gran naturalista sueco Carlos Linneo publicaba Systema naturæ, un intento de clasificar a todos los seres vivos, plantas y animales, y de regularizar los nombres en latín (incluyendo el suyo, que se cambió a Linnaeus).
En su enorme tabla periódica basada en la continuidad entre especies, los seres humanos no son en absoluto especiales.
Forman parte de la categoría de los mamíferos cuadrúpedos y del orden de los primates, junto con los monstruos, los monos y una especie nueva llamada homo ferus: el hombre salvaje.
Esta clasificación pone al hombre «en su sitio» y al mismo tiempo implica toda una serie de preguntas.
¿Qué distingue al ser humano del animal?
¿Y acaso hay eslabones perdidos que nos acerquen todavía más a los animales? ¿Cuál es la «naturaleza del hombre»?
A la hora de plantearse estas preguntas, a los librepensadores del siglo xviii les interesaban especialmente tres ámbitos: los animales superiores próximos al hombre (no solo los simios, sino también los trogloditas, los hotentotes y los pigmeos, que siempre se habían considerado animales);
los hombres fallidos (como Selkirk y Pedro de Hamelín; véase Apéndice II); y el hombre «en estado de naturaleza».
Este último concepto, una especie de ficción legal o de incógnita algebraica, se refería a la condición hipotética de los seres humanos antes de que se unieran para formar sociedades.
Simplificando de forma conveniente una serie de ideas muy diversas, podemos decir que había una visión que imaginaba al «hombre en estado natural» como un «buen salvaje», provisto de una disposición noble y pacífica;
la visión opuesta lo imaginaba como una criatura brutal y cruel que siempre estaba en guerra.
La primera de estas visiones se suele asociar con Jean-Jacques Rousseau; la segunda, con Thomas Hobbes.
En una época que buscaba deshacerse de antiguas constricciones, el optimismo de Rousseau era más popular que el pesimismo de Hobbes.
Cuando a finales del siglo xviii se encontró al Pequeño Salvaje de Aveyron, se esperó que proporcionara a la comunidad científica alguna revelación especial sobre la naturaleza humana.
Además, era un salvaje nativo de la patria: ni amarillo ni negro ni rojo, solo sucio.
En calidad de ser humano que había recaído en el estado animal, debía encarnar al hombre en estado de naturaleza.
En las semanas siguientes a la aparición del chico, se publicaron en varias revistas de París sesudos artículos filosóficos sobre esta cuestión, firmados por Degérando y otros.
Pero el caso del Pequeño Salvaje planteaba de forma más directa la cuestión del experimento prohibido.
En teoría, siempre ha sido posible llevar a cabo el experimento prohibido.
Solo hace falta separar a un bebé de su madre y dejar que se desarrolle en la naturaleza, sin contacto humano, sin educación y sin ayuda.
Muchos filósofos han hablado de ese proyecto de producir artificialmente a un ser humano desprovisto de educación.
Normalmente, lo que les interesa es saber si la criatura poseerá la capacidad del habla.
5 Supuestamente, el experimento se ha realizado unas cuantas veces, no tanto por curiosidad científica como para demostrar una idea o defender una causa.
El historiador Heródoto informa de que en el siglo vii a.
C., el faraón egipcio Psamético aisló a dos niños pequeños en una choza de la montaña y los puso al cuidado de una sirvienta.
Como el propósito del experimento era averiguar qué idioma hablaban los hombres de forma «natural», sin educación, a la sirvienta se le ordenó bajo pena de muerte que no hablara para nada con las criaturas.
La primera palabra que articularon supuestamente fue «pan» en frigio.
No sabemos qué lengua hablaba o se refrenaba de hablar la sirvienta.
Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano, repitió el experimento, también con la esperanza de descubrir el «lenguaje natural» del hombre.
Los niños murieron sin producir ningún habla reconocible.
Luego, a principios del siglo xvi, Jacobo IV de Escocia, deseoso de demostrar que su país tenía raíces en la Antigüedad, organizó supuestamente el experimento por tercera vez.
Tal como se había predicho —y probablemente preparado—, los niños escoceses empezaron a hablar «muy buen hebreo».
El cientificismo desencaminado que acecha detrás de estos torpes «experimentos» se repite de forma distinta entre los psicólogos modernos que deciden criar a sus hijos sometiéndolos a observación atenta en entornos especialmente diseñados —a veces en compañía de simios de la misma edad—,
a fin de producir datos fiables sobre los seres humanos en general.
Antes de los tiempos de Montaigne, a mucha gente no le habría resultado problemático el hecho de aislar a dos bebés en una choza.
Pasaban cosas peores todo el tiempo, incluyendo la práctica de matar o abandonar a la descendencia no deseada.
Por todo el mundo, las clases dirigentes no consideraban plenamente humanos a sectores amplios de la población.
Esclavos, sirvientes, campesinos y mujeres eran simples propiedades de las que uno se podía deshacer casi como le viniera en gana.
Hizo falta una bula papal en 1537 para convencer a muchos colonos de que los «salvajes» americanos eran realmente humanos, y por tanto merecedores de ser convertidos al cristianismo.
Las enseñanzas de Cristo no habían modificado de forma muy profunda las costumbres de los hombres.
A inicios del siglo xix, sin embargo, se había producido un cambio por toda Europa.
El artículo de prensa anónimo que describe la llegada del Pequeño Salvaje a París se refiere específicamente al experimento de aislar a una criatura que «desean» algunos filósofos; el autor, sin embargo, sugiere claramente que dicho experimento está prohibido por razones humanitarias.
(Véase Apéndice I.) Los dos siglos de «ilustración» habían extendido la santidad de la vida humana a todos los individuos y le habían añadido —tal como atestiguan la Declaración de Independencia y la Constitución americanas— el concepto de los derechos individuales.
La vida de una persona era de su propiedad y no podía ser expropiada ni explotada por nadie más, ni siquiera alegando razones científicas.
Un adulto era libre de incurrir en riesgos graves para su integridad, siempre y cuando no pusiera en peligro a otros.
Pero no se podía despojar a nadie, y mucho menos a una criatura inmadura, de sus derechos naturales, que incluían una socialización y una educación básicas.
Eric Lenneberg, uno de los expertos en desarrollo del lenguaje más inteligentes de nuestra era, cuestiona esa prohibición con impaciencia: «El estudio de la base biológica de la conducta del hombre se ve gravemente limitado por la imposibilidad de realizar experimentos cruciales que interferirían
de forma sistemática con la fisiología, el crecimiento estructural y el desarrollo».
Estos impedimentos que hemos construido en torno a ciertos tipos de investigación (nuclear, genética, médica) sugieren que nunca hemos perdido de vista la idea de un conocimiento prohibido.
En vista de aquellos tabúes gradualmente adquiridos que bloqueaban las ambiciones crecientes del conocimiento científico, el regreso a la sociedad del Pequeño Salvaje se percibió como un intento natural de reemplazar al experimento prohibido.
Creo que ya podemos apreciar el desconcierto y la decepción con que Virey lo describe unas semanas más tarde:
No busca hacer daño, porque no sabe lo que es […]. Se queda ahí sentado como un genuino inocente […]. Por tanto, no es posible afirmar que el Niño de Aveyron sea ni bueno ni malo; es simplemente dócil […] y no guarda relación alguna con nosotros.
En otras palabras, el niño no resolvió el debate sobre el hombre en estado de naturaleza. El caso parecía un fiasco, y, de no ser porque alguien nuevo entró en la historia y cambió su dirección, las ciencias morales habrían perdido interés.