Diagnosticando el diagnóstico
Tras seguir sus principios científicos y filantrópicos y traer al Pequeño Salvaje a París, la Asociación de observadores del hombre le dio la espalda.
Al diagnosticarlo como idiota incurable, Pinel y sus colegas acabaron con cualquier esperanza de encontrar en él a un «buen salvaje».
Seis meses más tarde, tal como veremos, habrían tenido que modificar su opinión si se la hubieran vuelto a pedir.
¿Acaso obtendría mejores resultados un grupo parecido hoy en día, poniendo en juego pruebas modernas y un conocimiento médico y psicológico más avanzado?
La respuesta es que probablemente tendríamos varios diagnósticos en vez de uno solo.
Eso es exactamente lo que ha pasado cuando en años recientes los psicólogos han vuelto a la historia del chico y han dado sus opiniones basándose en la documentación existente.
Bruno Bettelheim ha pasado la mayor parte de su vida trabajando con niños tan traumatizados emocionalmente, o bien tan desprovistos de amor y de atención en una fase crítica de su desarrollo,
que se retraen por completo a su interior o bien desarrollan lo que a nosotros nos parecen unos medios completamente grotescos para lidiar con el mundo.
No responden a otras personas, experimentan unas dificultades tremendas para aprender a usar el retrete y habitualmente no pueden hablar.
Parecen vivir encerrados en unos patrones rígidos de conducta.
El término psicológico que define su aflicción es autismo, un espectro que entre otras cosas se caracteriza por la incapacidad para ver o pensar más allá de uno mismo: ensimismamiento.
A menudo a esas criaturas autistas se las diagnostica como idiotas incurables, tal como se hizo con el Pequeño Salvaje.
Sin embargo, a base de ubicarlos en un entorno de amor y comprensión, Bettelheim parece haber curado a algunos de esos incurables.
También ha presentado audaces teorías que aseguran que las conductas más extrañas de esas criaturas no son inhumanas ni signos de locura, sino una respuesta defensiva plenamente humana a una situación imposible.
En su libro La fortaleza vacía (que es su imagen de la fachada puramente exterior de una persona, sin carácter y sin comunicación), habla del caso del Pequeño Salvaje de Aveyron y llega a la conclusión de que seguramente era un niño autista, y no un idiota tal como declaró el comité de Pinel.
Bettelheim no deja claro, sin embargo, si cree que el chico ya mostraba rasgos autistas desde la más tierna infancia y por eso lo abandonaron, o bien si los manifestó con mayor claridad durante los años que pasó solo en la naturaleza salvaje. 4
Louis Gayral, psiquiatra francés, ha examinado con mayor meticulosidad el caso y estudiado todo el material disponible sobre los primeros contactos del chico con la gente de Lacaune, Roquecézière y Saint-Sernin.
Gayral hace hincapié en la rapidez con que aprendió ciertas habilidades durante su primer cautiverio y en la facilidad con que parecía responder a otros seres humanos.
No se mostraba retraído, encerrado en su propio mundo, ni incapaz de adaptar sus acciones a las de otras personas.
Gayral, por tanto, rechaza el diagnóstico de autismo.
Su opinión es que la ausencia de estímulos sociales y mentales durante cinco o seis años cruciales ya basta para explicar el retraso que sufría.
Un niño autista, sugiere Gayral, igual que un idiota, seguramente no habría sobrevivido.
Octave Mannoni, otro psicólogo francés, no intenta realmente emitir un diagnóstico, sino que se dedica a reprender a todo el mundo que sí lo ha hecho.
Cree que el Pequeño Salvaje dio indicios de una «inteligencia» mucho mayor de la que se le reconoce, incluyendo sus extraños sonidos líquidos lli.
Y Mannoni propone que, si lo hubieran llevado al bosque y hubieran intentado vivir allí una temporada con él, Sicard, Pinel y todos los demás habrían cambiado de opinión sobre las capacidades mentales del chico.
De esa forma podrían haber averiguado qué era lo que sabía realmente.
Cuando dice esto, sin embargo, Mannoni decide pasar por alto las diferencias entre la inteligencia animal y la humana.
Obviamente, el niño debió de necesitar alguna forma de inteligencia casi instintiva para sobrevivir.
¿Pero acaso era algo más que un animal? ¿Acaso podía reflexionar de alguna forma sobre su propia vida?
¿Podía formar ideas y distinguir el pasado del futuro?
Todos estos cuestionamientos del poco convincente informe de Pinel no nos llevan muy lejos.
Incluso hoy en día, un comité de distinguidos expertos en medicina y psicología, usando electroencefalogramas y pruebas psicomotrices y de inteligencia, tendría dificultades para decidir si el estado del chico se debía a una deficiencia orgánica identificable o al entorno de sus años de formación.
Harlan Lane, psicólogo y lingüista americano, ha publicado un tratado académico en forma de libro acerca del Pequeño Salvaje y del trabajo de Itard con él.
Lane llega a la conclusión de que los síntomas de mutismo y de retraso general eran «resultado de su aislamiento en la naturaleza salvaje».
En otras palabras, que la conducta que el chico había desarrollado con éxito para sobrevivir en el bosque era exactamente la que le parecía anormal o idiota a la gente «normal» como Sicard o Pinel.
Thierry Gineste, brillante psiquiatra francés y autor del libro mejor documentado sobre el tema, descubrió muchos documentos nuevos sobre el caso y ha rellenado muchas lagunas históricas.
Gineste afirma de forma convincente que todavía hoy no sabemos lo bastante como para intentar hacer un diagnóstico fiable.
Hay muchos más aspectos importantes del caso que tener en cuenta, como por ejemplo la cuestión de por qué el Pequeño Salvaje respondió tan bien a su educación durante un periodo limitado y de cómo debía de ver el mundo en su mente.
La actitud de Gineste es la más fiable de las que he mencionado.
Sin embargo, no puedo evitar pensar, pese a no poder demostrarlo, que el Pequeño Salvaje no sufría daños orgánicos, sino que fueron los años de aislamiento los que le causaron un retraso funcional.
Durante aquel tiempo se adiestró a sí mismo para ser en la práctica un animal.
Si ese es el caso, entonces lo que le pasó en los siguientes seis años se vuelve todavía más significativo que su tiempo en el bosque.
Porque creemos que los daños funcionales se pueden reparar al menos en parte, y que lo que ha provocado un entorno lo puede modificar otro.
Su progresión de animal a persona humana supone la mejor demostración de cuál había sido su condición original.