El experimento prohibido Examen y diagnóstico
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Examen y diagnóstico

Había que hacer algo. En una de sus primeras decisiones oficiales, la Asociación de observadores del hombre había reclamado al Pequeño Salvaje de Aveyron para la ciencia y para la humanidad.

Alguien se había dirigido al hermano de Napoleón para solicitar que se confiara al chico a Sicard.

Sin embargo, cuando este y sus colegas se enfrentaron con el espécimen, parece ser que encontraron muy poco que «observar», salvo sus hábitos inmundos y su falta de respuesta a los célebres métodos de Sicard para educar a los ineducables.

Aun así, tenían una responsabilidad, oficial, científica, incluso humana.

A menos que acudieran de nuevo a las autoridades para solicitar que se retiraran las órdenes —una admisión humillante de derrota—, iban a tener que encontrar alguna forma de gestionar el caso.

La Asociación de observadores del hombre respondió de la misma forma en que respondería una organización parecida hoy en día.

Nombraron a un comité o comisión de cinco miembros para que estudiara la situación y elaborara un informe.

En tanto que la persona más próxima al caso, Sicard necesitaba formar parte del comité: nadie cuestionaba su competencia.

Otra plaza le fue asignada a un joven anatomista llamado Cuvier, que apenas había cumplido la treintena y ya tenía por delante una carrera brillante.

A Cuvier se lo recuerda tanto por su trabajo clasificando animales como por su inesperada oposición a la teoría de la evolución continua en favor del «catastrofismo», la teoría que explica el registro fósil de la Tierra a partir de una serie de grandes catástrofes.

También fueron nombrados miembros de la comisión Degérando, «filósofo moral» o psicólogo, y Jauffret, naturalista.

El miembro más distinguido de todos era Pinel, médico especialista en enfermedades mentales.

Su cargo como jefe médico de La Salpêtrière, el manicomio principal de París, era todavía más importante que el de Sicard.

Dos años antes, Pinel había publicado Compendio de la nosografía filosófica, un análisis largo y sistemático de las enfermedades a partir de sus síntomas.

A finales de 1800 apareció su libro más influyente, Tratado médico-filosófico de la enajenación mental o manía.

Con cincuenta y cinco años, Pinel estaba en la cúspide de su carrera, y la comisión lo eligió de forma natural como portavoz y líder.

Los libros de historia describen a Pinel como uno de los fundadores de la psiquiatría y un pionero de la medicina clínica.

Es difícil determinar cómo abordó su trabajo durante el otoño de 1800 aquella comisión de cinco observadores.

Está claro que todos debieron de examinar al chico en el instituto, algunos de ellos varias veces, cabe suponer.

En tanto que especialista en anatomía comparada, Cuvier debió de tomarle las medidas, pero no ha sobrevivido ninguna documentación.

Nadie le hizo ninguna prueba sistémica. Nadie sabe si era diestro, zurdo o ambidextro.

Con minuciosidad, y en cualquier situación aparente en la que el chico se encontrara durante sus visitas, los miembros del comité estudiaron su capacidad para prestar atención prolongada, su forma de usar los cinco sentidos para guiarse, el significado de sus gestos y los sonidos que emitía.

Quizá porque todo el mundo daba por sentado que iba a ser inútil, al parecer no comprobaron si el chico realizaba series de tareas para obtener recompensas o para evitar castigos.

No averiguaron qué habilidades especializadas podía haber adquirido en el bosque.

Nadie intentó descubrir cómo de bien podía jugar, imitar o competir.

No se mencionaban más defectos ni malformaciones que la cicatriz de su garganta.

Al menos en un sentido corporal, el chico parecía estar entero.

Por consiguiente, cuando en noviembre de 1800 Pinel escribió su informe para la comisión, no malgastó su tiempo y fue directamente al grano de lo que consideraba importante: el estado mental del paciente.

Empezaba diciendo que el chico no tenía nada que ver con salvajes; ni con la modalidad no científica de la que hablaba Bonnaterre cuando proponía añadir al Pequeño Salvaje de Aveyron a los supuestos casos de homo ferus,

ni tampoco con los salvajes auténticos que vivían en tierras lejanas y que describían los viajeros.

Pinel consiguió colar su veredicto final en el primer párrafo:

Varios meses en el Instituto para Sordomudos no han producido ningún progreso aparente ni tampoco señales de perfectibilidad. Por mucho que haya que ser circunspecto a la hora de hacer pronósticos, no vemos nada que sugiera un futuro más prometedor.

A continuación, Pinel divide su informe de diez páginas en cuatro partes: el estado y conducta físicos del chico; una breve descripción de varios casos de lesiones cerebrales o retraso mental observados en las dos instituciones donde Pinel visitaba a pacientes;

una comparación del estado del Pequeño Salvaje con aquellos casos; y las conclusiones o «cierre».

El esquema mismo del informe ya sugiere sus conclusiones.

Es cierto que la primera parte aporta cierta información nueva acerca de cómo actuaba el chico en determinadas circunstancias, aunque repitiendo mucho de lo que ya habían descrito Bonnaterre y los demás.

Su vista está tan poco desarrollada que no parece notar la diferencia entre un objeto pintado y el modelo real, y estira el brazo de la misma manera para agarrar ambos.

Pinel estaba tan impresionado por esto que lo menciona tres veces. La segunda vez añade:

Llama la atención la ausencia de coordinación entre la vista y el sentido del tacto, que es un rasgo que he observado entre los niños retrasados que han vivido en reclusión.

Esta declaración se contradice claramente con la descripción que hace Bonnaterre de la conducta del chico frente al espejo.

Todas las demás crónicas insisten en su gran destreza física, por lo menos a la hora de manejar o hurtar comida.

Las observaciones de Pinel no siempre resultan verosímiles. A veces parece mostrar prejuicios:

Cuando alguien hace un ruido fuerte, se vuelve […]. Si se repite el mismo ruido, ya no presta atención. Es totalmente insensible a la música […]. ¿Hay alguna razón para no decir que en este sentido incluso los elefantes le sacan ventaja?

Por la forma que tiene el chico de probar la comida, se podría concluir perfectamente que posee un sentido del olfato muy delicado y cultivado, si no fuera por el hecho de que defeca y se orina en la cama.

Esta conducta parece situarlo por debajo de todos los animales, tanto salvajes como domésticos.

A la hora de medir la inteligencia de los simios, la psicología moderna se ha basado en gran medida en la capacidad para diseñar y usar herramientas.

Pinel evaluó la conducta del chico bajo aquella luz y pasó a comentar aquellos sonidos grotescos que hacía y que no guardaban parecido alguno con el habla o ni siquiera con el pensamiento.

Este supuesto salvaje ni siquiera tiene el instinto de subirse a una silla cercana para alcanzar algo, y solo sigue esa estrategia después de que le enseñen a hacerlo.

Cuando lo encierras en una habitación con otra gente, parece recordar que para abrir la puerta debe girar la llave en una dirección concreta.

Sin embargo, en los meses que he pasado observándolo, jamás ha conseguido girarla de la forma adecuada.

Derrotado por la dificultad de la tarea, se dedica a llevar a alguien hasta la puerta para que se la abra.

Uno siente la tentación de atribuir a algún recuerdo repentino o a alguna ráfaga de imaginación vívida los chillidos agudos y las risotadas inmoderadas que suelta de vez en cuando sin causa aparente y que le iluminan la expresión facial.

Pero puedo afirmar que esos estallidos de hilaridad o de delirio se ven a menudo en los niños y adultos idiotas que tenemos confinados en nuestros hospitales […]

. Hace mucho tiempo que yo los considero ataques pasajeros de locura […]

y a veces son consecuencia de una ausencia total de ideas.

En la segunda parte, Pinel describía a varios niños «idiotas», incluyendo a un sordomudo, un albino y dos epilépticos.

(Hoy en día a la mayoría de ellos no se los clasificaría como idiotas; ni siquiera como retrasados.)

Luego pasaba a analizar los casos de niños aparentemente normales que perdían sus facultades después de un ataque de convulsiones o de haberlo pasado especialmente mal con la dentición, o bien por culpa de que su madre había estado muy asustada durante el embarazo.

La tercera parte declaraba que la conducta del Pequeño Salvaje se parecía a aquellos casos de idiotez o de locura.

Después de todo esto, a Pinel ya no le quedaba gran cosa que decir en su «cierre» más que repetir su estimación de la idiotez del pequeño y criticar a Bonnaterre por haberse tomado un interés tan grande en el caso.

La posibilidad de que Sicard lo educara era impensable.

Nada lo podía ayudar. Había que encerrarlo junto a los demás.

En cuanto a la causa del estado del chico, Pinel excluía la epilepsia y proponía que debía de ser una de las tres que ya había explicado: convulsiones, mala dentición o una madre asustada durante el embarazo o el parto.

Y especulaba con que unos padres insensibles debían de haber reaccionado a su incapacidad para desarrollarse abandonándolo en el bosque, quizá a raíz de un periodo de hambruna.

Allí quizá deambulara «durante años, reducido a los instintos puramente animales».

Aunque la frase final del informe tiene forma de pregunta, Pinel deja claro que no ve esperanza para el muchacho, ni siquiera con una «instrucción larga y metódica».

Por alguna razón, no fue Pinel quien presentó su propio informe.

Lo leyó Jauffret en la reunión mensual de la Asociación de observadores del hombre, el 29 de noviembre de 1800.

Omitió las conclusiones —aunque la opinión de Pinel ya estaba clara sin ellas— porque otros miembros de la comisión también querían contribuir al informe final.

El de Pinel, sin embargo, es el único documento escrito que tenemos del grupo.

Cuvier no disintió. Sicard ya había decidido que el chico era un idiota incurable.

Solo Degérando pareció mostrar reservas sobre el veredicto de Pinel en discusiones posteriores de sociedades científicas.

Pinel había reunido y organizado sus notas con cierta prisa.

De haber planeado publicarlas, seguramente habría eliminado las repeticiones y los argumentos erráticos.

También mostraba una marcada irritación hacia Bonnaterre, seguramente porque el libro de Bonnaterre había despertado un interés generalizado por el futuro y la educación del muchacho.

Aquello ponía en una situación incómoda a Sicard, a la Asociación que lo había llevado a París e incluso al mismo Pinel.

El aspecto más notable del informe es que Pinel dejaba sin examinar las posibles causas «orgánicas» o «funcionales» del estado del Pequeño Salvaje.

La moderna medicina muestra reticencias a la hora de usar estos términos; aun así, nos pueden ayudar a clarificar el «problema» del chico.

Si el origen de su conducta mental fuera orgánico, eso significaría que sufría alguna malformación del cerebro o del sistema nervioso que le causaba una conducta anormal o idiota y le impedía desarrollarse con norma­lidad.

Una malformación así se la podría causar un defecto de naturaleza genética o un daño físico causado antes o después del nacimiento.

Por ejemplo, podía faltarle el gen que regía el crecimiento del tejido que unía ciertos segmentos del cerebro; o bien podía haberse caído de cabeza.

Normalmente, la locura o la idiotez orgánicas no tenían «cura».

A menudo no se podía encontrar su causa exacta; se encontraba escondida en las profundidades del cuerpo.

Si, en cambio, el origen de la aflicción del Pequeño Salvaje era funcional, eso significaba que su condición genética y física habían sido normales y se habían encontrado intactas al nacer, y que habían sido su crianza y sus experiencias las que habían afectado a su conducta y sus respuestas.

Un shock mental, un entorno profundamente hostil, la ausencia de estímulos cuando más los necesitaba su sistema nervioso en crecimiento, o bien la atrofia de la mente por culpa de la falta de uso:

cualquiera de aquellas circunstancias podía causar un fallo psicológico o mental grave sin producir daños físicos detectables.

Asimismo, era posible que no hubiera básicamente ningún «problema» con un niño incapaz de aprender a leer salvo el hecho de que su vida entera le había enseñado a escudarse de aquella tarea.

La distinción se parece a la que se establece de forma tradicional entre herencia y entorno.

Salvo la cicatriz de su cuello, que podría ser señal de daños en las cuerdas vocales, el Pequeño Salvaje no parecía tener marcas de heridas graves ni deformidades físicas.

Sus demás cicatrices eran superficiales.

Parecía un muchacho normal y corriente; igual que también lo parecían muchos de los pacientes más locos de Pinel, seguro.

En su informe, Pinel atribuía esa conducta salvaje o idiota a una de tres causas posibles de daño orgánico, ninguna de las cuales era demostrable entonces ni lo es ahora.

Ni siquiera especulaba acerca de dos posibilidades más, igualmente significativas: que fuera un idiota hereditario; o que fuera un chico «normal» cuyo sorprendente estado se pudiera atribuir a los años que había pasado en el bosque, aislado de la sociedad humana, es decir,

que tuviera un retraso funcional.

Una comparación de los síntomas externos, como la que había llevado a cabo Pinel, condujo a un diagnóstico provisional que satisfizo a la mayor parte de la comisión especial y a la Asociación, pero no a todo el mundo.

Los pacientes mentales a los que Pinel había tratado con cierto éxito eran aquellos que podían hablar y trabar alguna clase de relaciones, por enfermas o distorsionadas que fueran, con la gente que los rodeaba.

¿Qué podía hacer con un niño sucio que ni siquiera parecía darse cuenta de que las demás personas eran algo más que instrumentos para alimentarlo y mantenerlo en cautividad?

El muchacho no tenía ninguna noción adulta de estar en el mundo.

Carecía de noción de sí mismo como persona relacionada con otras personas.

Pinel lo clasificaba como idiota incurable.

El diagnóstico no resulta sorprendente. Sin embargo, nosotros hemos de tener más cuidado con los datos y las teorías del que pudo tener Pinel en 1800.