París
Al llegar junio de 1800, Sicard y la Asociación de observadores del hombre de París ya se estaban impacientando.
Durante cinco meses, Bonnaterre, respaldado por el Comisionado Central, había mantenido a su pupilo a ochocientos kilómetros de distancia, en Rodez.
Pero el Pequeño Salvaje de Aveyron se había convertido en objeto de gran interés para las «ciencias morales», lo que nosotros llamaríamos las ciencias sociales.
Cuando llegó un directivo del ministro de Interior, trayendo 740 francos para que Bonnaterre escoltara al chico hasta la capital, ya no hubo forma ni razón para retrasar más el viaje.
A mediados de julio de 1800, Bonnaterre y Clair hicieron las maletas y trataron de vestir al niño para la capital.
Para entonces, Clair ya le había cogido un cariño genuino.
Nada nos sugiere que les causara problemas, pese a que se había escapado y había tenido que ser nuevamente apresado cuatro o cinco veces.
En aquellos tiempos, el viaje de Rodez a París se alargaba aproximadamente una semana, en una diligencia que se detenía en posadas para hacer un alto y tomar las comidas.
Solo podemos preguntarnos cómo debieron de reaccionar los demás pasajeros a aquel trío, que incluía a un niño extrañamente ataviado y sujeto con correa.
Bonnaterre y Clair le habían preparado una mochila especial que contenía sus comidas favoritas.
Sabían que las posadas no siempre las tendrían disponibles.
El pequeño no tardó en darse cuenta del propósito de la mochila, e insistía en tenerla siempre a su lado en el asiento cuando iba en la diligencia: «Cada vez que llegábamos a una posada, se quedaba esperando frente a la puerta y se negaba a cruzarla,
a menos que el objeto de sus mayores afectos hubiera entrado antes».
De camino a París, el chico enfermó de viruela, una enfermedad bastante común en los tiempos previos a la vacuna.
No era un caso grave. Se demoraron diez días, seguramente en Moulins, y llegaron a París tras dieciocho días de trayecto.
El pequeño todavía tenía marcas recientes de la viruela en la cara.
Seguramente Bonnaterre aprovechó aquel tiempo para trabajar en su Reseña histórica del Salvaje de Aveyron.
Todo el mundo se había imaginado que los escenarios del viaje causarían impresión en el niño.
No fue así, en absoluto. Únicamente prestó atención a su propia comodidad y alimentación regular, y apenas se asomó a la ventanilla.
Cuando el 6 de agosto de 1800 la diligencia entró por fin en París, ni siquiera pareció ver las calles abarrotadas y los edificios magníficos que deslumbraban a la mayoría de la gente del campo.
Bonnaterre acudió directamente al Instituto para Sordomudos para encontrar a Sicard y entregarle en mano al chico.
Dos días más tarde, un artículo anónimo de la Gazette de France informaba de que ahora llevaba ropa y de que había aprendido a estrechar la mano.
El mismo artículo, sin embargo, afirma que «no ha dado ni un solo paso hacia la civilización».
Seguramente el chico debía de estrechar la mano más como si fuera un perro que como un ser humano.
En cualquier caso, y de acuerdo con la Gazette, «el padre de los sordomudos» acogió al Salvaje en el seno de su «interesante familia».
Aquella era una versión optimista de la llegada del niño.
Seguramente el artículo lo debió de escribir el mismo Sicard. (Véase Apéndice I.) 3
El Instituto para Sordomudos ocupaba varios acres de terreno elevado situados enfrente mismo de los Jardines de Luxemburgo, cruzando el bulevar.
Entre otras cosas, era famoso por un olmo enorme de más de treinta metros que crecía en su patio central.
El olmo en cuestión se llamaba «el Penacho de la Colina de Sainte-Geneviève» y era visible desde todo París.
Al parecer, lo había plantado el financiero de la Corona Sully en 1600.
En 1800, aquella parte de la ciudad, al sur de la Sorbona y del Barrio Latino, todavía era semirrural.
Al otro lado de las tapias altas cacareaban los pollos y mugían las vacas.
Todavía hoy el paisaje de los terrenos del instituto es prácticamente campiña: árboles, flores, huertos, casitas dispersas y un estanque.
El Gobierno revolucionario le había entregado a Sicard el antiguo seminario católico, y durante una década habían vivido y se habían escolarizado sordomudos de ambos sexos en sus edificios de piedra de cinco plantas.
Pocos años después de la llegada del Pequeño Salvaje, ya solo se aceptaba a muchachos; a las chicas las mandaban a otra parte.
El lugar tenía una atmósfera muy especial, casi inquietante para el recién llegado.
En clase, durante las comidas, en sus juegos en el patio y en los dormitorios, los alumnos hablaban con las manos y con los cuerpos.
Escuchaban con los ojos y a veces emitían sonidos extraños.
Algunos eran muy listos; otros eran diablillos.
Los reclusos del instituto eran, de hecho, más vivaces que los chicos ordinarios.
A pesar de su bienvenida oficial, al chico básicamente lo abandonaron en el instituto.
Sicard estaba ocupado con sus estudiantes, administrando una organización de gran tamaño y escribiendo los primeros libros sobre la lengua de signos.
Dos semanas después de la llegada del Pequeño Salvaje, Sicard y Bonnaterre lo llevaron en visita oficial a ver al hermano de Napoleón, que todavía era ministro de Interior.
En una crónica periodística carente de credibilidad, se afirmaba que el chico se había sentido entusiasmado al ver la magnífica suite de oficinas del ministro.
Bonnaterre se quedó en París el tiempo justo para organizar la publicación de una obra que podríamos traducir como Reseña histórica del Salvaje de Aveyron.
Luego Clair y él volvieron a Rodez. Al marcharse, Clair se ofreció para hacerse cargo del niño si alguna vez necesitaba un hogar.
Hoy en día apenas tendríamos conocimiento de lo que le sucedió a continuación si no hubiera aparecido otra persona para continuar con la crónica.
El filósofo y antropólogo J. J. Virey acababa de terminar una ambiciosa obra, la Historia natural del jénero [sic] humano, que incluía explicaciones en detalle sobre los monos, los esquimales, los hotentotes, los indios y otros «salvajes».
Ahora decidió también añadir una sección sobre el Pequeño Salvaje de Aveyron y lo visitó muchas veces tras su llegada.
También entrevistó a Clair. En el resto de su libro, Virey repetía muchas historias ridículas sobre criaturas a las que nunca había visto.
Sin embargo, acerca del Pequeño Salvaje escribió en calidad de observador inteligente y fiable, y extendió en varias direcciones la crónica de Bonnaterre.
Ahora el niño había engordado, le encantaba que le hicieran cosquillas, se reía con facilidad y al parecer soñaba cuando dormía.
Los movimientos espasmódicos que mencionaba Bonnaterre parecían haber desaparecido.
Como si fuera un animal doméstico, había aprendido a hacer sus necesidades de puertas afuera, aunque todavía de forma impúdica.
Virey no podía esconder su decepción en relación con dos cuestiones.
En primer lugar, «lamento ver que el hombre en estado natural es tan egocéntrico».
Incapaz de escapar, únicamente le preocupaba satisfacer su apetito de comida.
«Da la impresión de que su ser entero se ubica en su estómago; es el centro de su vida».
En segundo lugar, aparte de su glotonería, el chico se comportaba con apatía absoluta.
Su mente parecía completamente vacía, indiferente a todas las cosas y personas que lo rodeaban.
Una visita ceremonial del emperador en persona con su atuendo más magnífico no habría provocado reacción alguna en el chico.
Nada captaba su atención durante más que unos segundos.
De vez en cuando chupaba briznas de hierba para divertirse o intentaba coger algún objeto reluciente.
Evitaba a los chicos y chicas de su edad.
«Salvo por la cara humana, ¿qué lo distingue de un mono?»
Aun así, Virey insiste una y otra vez en la falta de maldad o de travesuras.
Es el perfecto inocente, incapaz de desearle mal a nadie.
La palabra francesa que Virey elige para calificar a tan extraño ser humano es doux: dócil, dulce, inofensivo, dotado de una buena disposición.
Se la aplica al niño igual que se la aplicaría a una perfecta mascota infantil.
«No he visto ninguna señal clara de idiotez en este chico.»
Virey pone una gran fe en los planes de Sicard para educar al chico.
Pese al estilo pomposo, su último párrafo muestra unos sentimientos reales de piedad y de esperanza:
Sigue tu camino, joven infortunado, por este penoso mundo, y disuelve tu simpleza indocta en los vínculos de la existencia social […]
. La senda de tu educación va a estar salpicada de lágrimas […]
. ¡Que vivas con felicidad entre tus compatriotas!
Que despliegues, oh, criatura simple, las virtudes sublimes de un alma generosa y les transmitas a las generaciones futuras tan honorable ejemplo, como prueba eterna de lo que puede hacer un hijo de la naturaleza inocente.
Gracias a la crónica de Virey conocemos el estado y las circunstancias del chico hasta principios de septiembre.
Luego le perdemos la pista y los fragmentos de información que sobreviven parecen contradecirse.
Un autor se queja de lo difícil que es calcular el desarrollo mental del niño, porque vive «entre restricciones constantes, siempre tentado de escapar y tan controlado que lo llevan a todas partes con una correa en torno a la cintura».
Según otros testimonios, da la impresión de que podía deambular con bastante libertad por los edificios y los terrenos.
Pero cuesta creer que no podría haber encontrado formas de escalar los muros y escapar.
Todas las evidencias sugieren que su estado se deterioró tanto en septiembre y octubre que casi regresó al estado «salvaje».
Al parecer empezó a ensuciar la cama. La dulzura que había percibido Virey dio paso a la mezquindad.
Después de que lo visitaran observadores científicos como Virey, empezaron a aparecer buscadores de curiosidades para ver a aquel fenómeno de la naturaleza.
Muchos de ellos consiguieron entrar en el instituto, seguramente a base de sobornar a algún enfermero o de usar sus influencias.
Quizá esperaran un espectáculo edificante; lo que vieron fue un animal repulsivo.
Empezaron otra vez sus movimientos convulsivos.
Mordía y arañaba a los enfermeros. El médico del instituto describía así el mal estado del muchacho:
Incordiado y maltratado durante sus tres primeros meses en el instituto por los ociosos cazadores de curiosidades de París, y por los supuestos observadores, que lo molestaban en la misma medida; deambulando por los pasillos sin calefacción y por los jardines en los meses más fríos del año,
revolcándose en una suciedad repugnante, a menudo pasando hambre…
¿Y qué pasaba con Sicard? Se suponía que el famoso educador iba a hacerse cargo del Pequeño Salvaje de Aveyron en el nombre de la nación francesa y de la Asociación de observadores del hombre, restaurar su humanidad y devolverlo a la sociedad.
Al final del breve libro en el que había descrito la estancia del chico en Rodez, Bonnaterre afirmaba directamente que ahora todo dependía de aquel «instructor filosófico».
Se esperaban milagros de Sicard, porque a base de responder a preguntas escritas ante grandes públicos algunos de sus pupilos sordomudos se habían labrado la reputación de tener gran inteligencia e ingenio.
No hay constancia de por qué Sicard no llegó a trabajar con el chico.
Aunque tampoco es difícil de imaginar. Seguramente desanimado por la conducta completamente incivilizada del chico y por la falta de respuesta a sus métodos, debió de decidir que nunca podría educar a aquella criatura bestial.
No le convenía arriesgar su reputación con un caso obviamente imposible.
De forma que se dejó que el Pequeño Salvaje corriera como un animal por el instituto, sin amigos, sin nadie que lo cuidara, escondiéndose de las visitas fisgonas y de los alumnos sordomudos, que seguramente lo provocaban y lo fustigaban hasta el límite.
No he encontrado indicios de malos tratos sistemáticos, solo de un abandono insondable.
Era un destino curioso para un chico que se había convertido en la comidilla de la nación entera menos de un año antes y que había sido puesto oficialmente a cargo del Estado.