La vida en estado salvaje
Las observaciones de Bonnaterre no tienen precio.
Sin ellas, nos faltaría una parte vital de la historia.
Si se hubiera quedado en Rodez, el niño habría sufrido un trauma mucho menor que en París.
Y yo tendría una historia mucho menos interesante que contar.
Resultaba, sin embargo, que tanto Bonnaterre como el comisionado de distrito querían descubrir tanto como pudieran de los orígenes del chico.
Bonnaterre veía la oportunidad de publicar el primer libro sobre el Pequeño Salvaje de Aveyron.
Al parecer, el comisionado comprendió que ahora era oficialmente responsable, tanto de un procedimiento civil de identificación y custodia como de un asunto potencialmente explosivo, bajo la mirada atenta de las comunidades científica y filosófica, tanto de París como de otros lugares.
A fin de cuentas, quizá el Pequeño Salvaje no fuera un muchacho criado en la naturaleza, sino un fugitivo o un idiota abandonado que había deambulado unas pocas semanas por el bosque antes de plantarse en Saint-Sernin.
Sin embargo, otras circunstancias tendían a conferir autenticidad al caso.
Los funcionarios de Saint-Affrique y de Rodez acababan de identificar a aquel chico con otro «niño salvaje» apresado seis meses antes cerca de otra aldea más al sur, en una sierra vecina.
Los hechos habían tardado un tiempo en traspasar aquella frontera montañosa entre distritos.
El comisionado mantuvo correspondencia con las autoridades civiles de Saint-Affrique, de Saint-Sernin y de Albi, la capital del distrito vecino de Tarn.
También nombró investigador a un funcionario de Saint-Affrique llamado Guiraud.
Ahora, tras haber preparado un informe preliminar dos días antes de que el chico llegara a Rodez, Guiraud hizo las maletas y partió a caballo hacia las montañas.
Era un buen detective. El rastro lo llevó hasta más de ciento sesenta kilómetros al sur, por terrenos escarpados, hasta la aldea de Lacaune, en el distrito de Tarn.
Resultaba que en los dos o tres años anteriores se había avistado varias veces a un chico, desnudo y corriendo como un salvaje, que se alimentaba de bellotas y raíces.
Lo habían capturado al menos una vez, quizá dos.
La gente de Lacaune estaba al corriente y nunca le había dado demasiada importancia.
Guiraud compuso la siguiente crónica. A principios de 1798, los campesinos que vivían en las inmediaciones de un puerto de montaña situado al sur de Lacaune avistaron a un chico desnudo que corría por el bosque y «huía cuando se le acercaba alguien».
Tras capturarlo y llevarlo a la aldea, lo exhibieron en la plaza pública para satisfacer la curiosidad de los lugareños.
No tardó en escaparse y desaparecer durante más de un año.
Luego, en junio de 1799, tres cazadores se cruzaron con su rastro y consiguieron atraparlo.
Lo confiaron a una viuda, que le dio de comer pan de centeno y le enseñó a cocinar patatas y otras verduras en el fuego.
A la semana se escapó, presumiblemente en camisa, ya que todavía llevaba puestos jirones de ella a su llegada a Saint-Sernin.
Para entonces, su conducta y su actitud hacia la gente parecía haber cambiado.
El informe oficial de Guiraud explicita lo que sucedió durante los ocho últimos meses que el niño pasó en estado salvaje en las montañas de entre Lacaune y Saint-Sernin:
Durante el día se acercaba a las granjas, entraba con total familiaridad en las casas y esperaba en silencio y sin miedo a que le dieran comida.
La lástima que despertaba y las costumbres hospitalarias de los habitantes de aquellas montañas le propiciaban una actitud acogedora.
Por todas partes los lugareños le ofrecían cosas de comer que le gustaban.
Luego se volvía a marchar y se escondía en los lugares más aislados.
Se pasó mucho tiempo rondando por el monte Roquecézière.
En particular, visitaba con asiduidad una granja cerca de la aldea, donde lo trataban con especial amabilidad.
Arrojaba a las brasas las patatas que le daban y, antes de que estuvieran cocidas del todo, las sacaba y se las comía casi ardiendo.
Poco a poco se fue familiarizando con la gente y sus facultades intelectuales experimentaron un desarrollo gradual.
La crónica de Guiraud resulta verosímil.
Las evidencias indicaban, dejando poco lugar a duda, que el Pequeño Salvaje de Lacaune (Tarn) era también el Pequeño Salvaje de Saint-Sernin (Aveyron).
Además, ahora se podía estimar que el niño llevaba viviendo como un salvaje por lo menos tres años, tal vez el doble.
Al parecer Guiraud no encontró nada que sustentara las historias de que al chico lo había cuidado una loba o algún otro animal.
Cuando lo pusieron bajo custodia en Saint-Sernin en enero de 1800, no se mostró feroz ni del todo incivilizado.
Por lo menos durante el periodo posterior a su segunda captura y huida, parece haber pasado de una vida de soledad a un estado casi socializado.
Dejaron de darle miedo los hombres y a su vez estos tampoco lo temían a él.
Lo ayudaban sin pedir nada a cambio, salvo que no los molestara.
Aunque iba desnudo y mugriento y no hablaba, ni tampoco aceptaba restricciones a su libertad absoluta, los campesinos lo reconocían como humano.
Para ellos no era ni un animal ni un criminal.
A su vez, parece que el chico reconocía a los campesinos que visitaba en sus casas como más o menos congéneres suyos, o por lo menos más emparentados con él que los animales.
Durante seis meses de 1799, mientras el otoño se enfriaba hasta convertirse en invierno, el niño y los habitantes de aquellas colinas remotas llegaron a un arreglo, a un modus vivendi, que le permitía correr libre entre ellos.
Estaba menos domesticado que un perro o un caballo, pero aun así era inconfundiblemente humano.
Ni lo encerraban ni insistían en ponerle ropa.
La mayoría de las aldeas tenían por lo menos un tonto y no se molestaban en ocultar aquellos casos de humanidad defectuosa.
Los idiotas no transmitían ninguna infección tan aterradora para la población como la lepra o la peste.
El niño no hacía daño a nadie y nadie en aquella región rural escasamente poblada quería asumir la responsabilidad de atraparlo y domesticarlo.
Así pues, su condición «indomesticada» adquirió un reconocimiento social provisional. Tenía un lugar en el mundo.
Cuando el chico cruzó la frontera y se adentró en el distrito de Aveyron, los ciudadanos sorprendidos de Saint-Sernin no tenían forma de saber que aquella criatura fuera otra cosa que un salvaje, o incluso un monstruo, y posiblemente peligroso.
Con el tiempo, quizá también ellos lo habrían dejado campar a sus anchas.
Pero Saint-Sernin era una población más cosmopolita que Lacaune, aunque no más grande, y Constans-Saint-Estève había ido pitando a la oficina del comisionado, consciente de sus responsabilidades civiles y científicas.
A partir de aquel momento, el chico ya nunca más se volvería a fugar; solo protagonizaría unas cuantas escapadas breves en Rodez y en París.
Empezó a vivir en el seno de la sociedad civilizada y no en sus márgenes.
Guiraud añade unos cuantos detalles del breve periodo en el que los campesinos de los alrededores del Roquecézière habían tratado al niño casi como si fuera una mascota de la comunidad.
Había aprendido a desenterrar patatas y otras verduras de los cultivos de los campesinos, incluso cuando estos se encontraban trabajando cerca.
Lo veían bañarse (no nadar) en los arroyos y se maravillaban de la agilidad con que trepaba a los árboles.
Los rayos y truenos no lo asustaban de la forma en que espantaban a muchos animales.
Sin embargo, Guiraud dedica un párrafo entero a describir lo ansioso e intranquilo que parecía ponerlo el viento del sur, provocándole movimientos corporales extraños y contracciones faciales.
Guiraud atribuye esta reacción a un reumatismo grave en la pierna derecha; seguramente el viento del sur le debía de causar «explosiones de dolor».
En todas estas historias cuesta saber dónde empiezan los cuentos de viejas.
Por ejemplo, la evidencia posterior de que el chico tenía miedo a las alturas arrojaba dudas sobre su talento fenomenal para trepar a los árboles.
Aun así, la serie de circunstancias, tomada en su conjunto, implica algo más que no deberíamos pasar por alto.
Antes de aquel periodo, sobre todo antes de que lo apresaran por segunda vez y lo llevaran a Lacaune durante una semana, debió de ser mucho más bárbaro, un verdadero salvaje que no dejaba que se le acercara nadie, autosuficiente y posiblemente feroz.
Solo durante su cautividad descubrió que los hombres no le hacían daño y que incluso le daban de comer, y que la carne se podía hacer más tierna si la cocinabas.
Antes de que estas revelaciones modificaran su conducta, debió de vivir como un animal aterrado, amedrentado por sus peleas con otras bestias, pero sin los instintos de los animales para guiarlo.
Guiraud no consiguió seguir el rastro del Pequeño Salvaje hasta el pasado.
No localizó crónicas ni testimonios, ni tampoco a padres o ayas.
Durante sus primeros cuatro o cinco años de vida, el chico debió de criarse en alguna clase de entorno humano, por mucho que se tratara de una jaula o un cuarto oscuro.
Pero esa parte de la historia permanece envuelta en misterio.
Nadie lo reclamó ni tampoco lo pudo identificar antes de Lacaune.
Por supuesto, Guiraud, Bonnaterre y todos los demás que investigaron el caso se encontraron con una abundante colección de rumores y de leyendas locales.
La mayoría de las crónicas se basan en alguna forma de crueldad o directamente de crimen.
Bonnaterre se mostraba dispuesto a creerse una de aquellas historias, aunque no podía aportar detalles porque había gente viva involucrada:
Según una información muy reciente que me ha proporcionado gente de confianza, y según unas historias que circulan por el cantón de _______, este niño es hijo de un tal D______ N______ de M______.
Dicen que nació de matrimonio legítimo, pero sus inhumanos progenitores lo abandonaron al cabo de unos seis años porque no tenía el don del habla.
Al cabo de unos años, el texto de Bonnaterre se reimprimió en Rodez junto con otros documentos y una obra teatral completa firmada por un tal Vaisse-de-Villiers.
Basada en una historia parecida de inhumanidad, la obra describe a un marido celoso que contrata a otro hombre para que se deshaga de su hijo no deseado.
En vez de matar al niño, el otro lo abandona en el bosque y luego, empujado por su conciencia, se arroja desde la escarpada cima del monte Roquecézière y muere brutalmente.
(Bonnaterre, que había muerto dos años atrás, no tuvo nada que ver con el emparejamiento de su sobrio informe con esta fantasiosa historia de terror.)
Al final, debemos aceptar al niño tal como apareció en Lacaune y más tarde en Saint-Sernin: una bestia tosca cuya historia de tristeza y felicidad apenas estaba empezando.