El experimento prohibido El padre Bonnaterre, sacerdote y naturalista #2
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El padre Bonnaterre, sacerdote y naturalista #2

Clair desempeñaba los papeles simultáneos de carcelera, madre de acogida, criada y tutora; se pasaba prácticamente día y noche con su pupilo.

Mientras llevaba a cabo sus tareas de alimentar al chico, limpiarlo y vestirlo, seguramente debía de hablarle igual que la gente habla con los bebés o con los animales, y trataba de adiestrarlo para que hiciera las cosas que hacía por sí mismo un niño criado de forma normal.

Pero no no sabemos a ciencia cierta si Clair aplicó algún programa sistemático de reeducación.

Bonnaterre sí que nos hace un esbozo del horario del chico.

Tenía el sueño ligero, solía despertarse al amanecer y luego permanecía ocioso en su habitación, sentado en la cama con la cabeza tapada con una manta hasta que a las nueve llegaba la hora de desayunar.

Entonces iba a la habitación de Clair, contigua a la suya, para comer patatas asadas, castañas o alubias con pan de centeno, que al parecer sí que aceptaba.

Cuando hacía frío, se calentaba en cuclillas frente al fuego.

Hasta más adelante no empezó a sentarse en sillas.

Ya casi a mediodía volvía a su habitación y almorzaba a base de sopa, pan y a veces carne o patatas.

Le costó cuatro meses cogerle gusto a la carne, «que comía cruda o cocinada; le era indiferente».

Sus comidas favoritas eran los guisantes, las judías verdes y las nueces verdes.

Solo bebía agua. Cuando se derramaba un poco de sopa en las manos, se las secaba no con un trapo, sino con ceniza que cogía de la chimenea.

Cuando hacía buen tiempo, lo sacaban a pasear con correa a primera hora de la tarde.

Después se quedaba en su habitación, acostado hasta que llegaba la hora de cenar, sobre las seis.

Cuando llega la hora de acostarse, nada lo puede detener. Coge un candelero, señala la llave de su habitación y monta en cólera si no lo obedecen.

Todos los días come aproximadamente un kilo de pan de centeno y la misma cantidad de verduras y patatas.

Su ropa de invierno consiste en una camisa, una chaqueta y una falda corta que le llega a las rodillas. Lleva todo el invierno sin calzado ni gorro.

Bonnaterre informa de que en aquellos meses el chico creció deprisa y solo cogió un resfriado persistente.

«Tose a menudo y no esputa nunca.» Muy poco a poco empezó a aprender a hacer sus necesidades ya no en cualquier parte (Bonnaterre dice que nunca mojaba ni ensuciaba la cama), sino fuera, en el patio.

Para Clair debió de ser como vivir con un mono. Pero Bonnaterre se asegura de describir ciertos tipos de conducta que podrían sugerir algo más que simple animalidad en el chico.

Su necesidad constante de comida multiplica sus conexiones con los objetos que lo rodean y aviva en él cierto grado de inteligencia.

Durante su estancia en Rodez, su única ocupación consistía en desvainar alubias, y llevaba a cabo aquel trabajo con eficiencia de persona experimentada.

Como sabía que las alubias formaban parte habitual de su menú, en cuanto veía un puñado de tallos de alubia secos se iba a buscar la olla.

Montaba su lugar de trabajo en mitad de la sala, desplegando los distintos artículos de la forma más conveniente posible.

Con la olla a su derecha y los tallos de alubias a la izquierda, se dedicaba a abrir una vaina tras otra con increíble destreza.

Las que se encontraban en buen estado las echaba en la olla, rechazando las que tenían moho o se habían puesto negras.

Si se le escapaba alguna, no le quitaba la vista de encima, la recogía y la ponía con las demás.

A medida que vaciaba las vainas, las iba dejando a un lado, en un montón simétrico.

Cuando terminaba, recogía la olla, la llenaba de agua y la ponía en el fuego, que avivaba echándole las vainas secas.

Si se apagaba el fuego, cogía la pala y se la daba a Clair, haciéndole señas para que fuera a buscar brasas por el vecindario.

En cuanto empezaba a hervir la olla, manifestaba por señas su deseo de comer.

Y no quedaba más remedio que echarle en el plato las alubias a medio cocer. Se las comía con ansia.

Hoy muchos psicólogos dirían que se puede adiestrar a un simio para hacer algo por el estilo.

Bonnaterre, sin embargo, está indicando no solo que el chico había aprendido a desvainar alubias, sino también que lo hacía de una forma sistemática, meticulosa y en apariencia inteligente.

Quizá el chico comiera como un animal, pero trabajaba como una criatura racional.

¿Acaso un niño que se ha criado en la naturaleza tiene un sentido innato del orden en estado latente capaz de manifestarse?

Bonnaterre deja que los detalles del caso hablen por sí solos.

Y hay varias parábolas más, igual de claras que esta.

Durante aquellos cinco meses, el chico se alojó en los edificios de la Escuela Central del pueblo de Rodez.

Un día Bonnaterre decidió llevárselo a visitar a un amigo suyo de la campiña.

La visita social no alteró para nada la conducta del chico.

Solo mostró interés por la comida. Cuando hubo comido lo suficiente, se echó las sobras encima de la falda, salió al jardín y, «con esa previsión común a los animales a los que más adelante les puede faltar la comida», las enterró en el suelo.

En casa, también había desarrollado gran habilidad y astucia a la hora de hurtar comida de la cocina.

Bonnaterre le enseñó un espejo para ver cómo reaccionaba; era una prueba habitual que se les ponía a los salvajes y los idiotas.

En apariencia el chico vio a una persona, pero no se reconoció en ella.

No se había formado ninguna imagen de sí mismo.

Intentó traspasar el espejo con la mano para coger una patata que vio en él; pero la patata la estaba sosteniendo alguien detrás de su cabeza.

Por fin, al cabo de unos cuantos intentos, y, sin volver la cabeza, estiró la mano por encima de su hombro y cogió la patata.

Aparentaba tener una coordinación visomotora excelente.

Bonnaterre parecía escéptico de que el chico se hubiera pasado varios inviernos en las montañas sin ropa, fuego ni cobijo. Decidió probar un experimento.

Una noche, cuando el termómetro había bajado bastante de cero, lo desvestí por completo; pareció encantado de escapar de su ropa.

Luego le hice creer que lo iba a llevar fuera.

Lo conduje de la mano por los largos pasillos que daban a la puerta principal de la Escuela Central.

En vez de mostrar la más ligera reticencia a salir, se dedicó a tirar de mí desde el otro lado de la puerta.

De todo esto saqué la conclusión de que ambas cosas no son incompatibles.

Puede ser indiferente al frío y al mismo tiempo regocijarse en calentarse junto al fuego, porque salta a la vista que los gatos y los perros tienen los mismos hábitos.

Unos meses antes, aquel mismo sacerdote y naturalista había acudido al Comisionado Central para ofrecerse a investigar a la criatura aparecida en su distrito.

Ahora, pese a toda su formación y sus conocimientos, no sabía qué pensar de aquel chico que actuaba en gran medida como un animal, pero parecía un ser humano.

Bonnaterre tenía que asumir otra posibilidad, que mucha gente debió de sugerirle desde un principio:

Todos esos pequeños detalles y otros muchos que podríamos añadir demuestran que este niño no está completamente desprovisto de inteligencia, reflexión y poder de raciocinio.

Sin embargo, nos vemos obligados a decir que, en todos los casos no relacionados con sus necesidades naturales o con la satisfacción de sus apetitos, solo se perciben en él conductas animales.

Si posee sensaciones, estas no dan luz a ninguna idea.

La impresión que produce es que no hay conexión entre su alma o su mente y su cuerpo, y que no puede reflexionar sobre nada.

En consecuencia, no tiene discernimiento ni mente verdadera ni memoria.

2 Este estado de imbecilidad se le ve en los ojos, que nunca miran un solo objeto, y en los sonidos de su voz, que son inarticulados y discordantes.

Se advierte incluso en su forma de andar, que es siempre un trote o un galope, y en sus actos, que carecen de propósito o de explicación.

Al cabo de varios meses de cuidados, el chico sigue siendo más animal que humano.

Bonnaterre parece desanimado. Casi se ve obligado a creer que Sicard, ese educador milagroso de niños discapacitados, es el único que puede devolver al redil a la criatura.

Movido por la sinceridad personal y el rigor científico, añade: «Siempre y cuando la imbecilidad que hemos descrito no obstruya su educación». Solo quedaba París.