El experimento prohibido El padre Bonnaterre, sacerdote y naturalista
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El padre Bonnaterre, sacerdote y naturalista

Según un informe, durante el tiempo que el chico pasó recluido en Saint-Affrique sus cuidadores le pusieron nombre: Joseph.

Habría resultado conveniente y también un reconocimiento de su estatus humano, pero el nombre nunca se llegó a registrar ni a usarse de forma oficial.

El chico debió de sufrir una fase de depresión o de enfermedad en Saint-Affrique, porque los informes reflejan que no emitió sonido alguno en dos semanas. También aportan otros detalles:

Acostumbrado a todas las penurias del invierno en la intemperie a gran altitud, el chico no soportaba ninguna clase de ropa.

En cuanto lo vestían, se la quitaba, y si no podía se la arrancaba […]

. A su llegada al centro, mostró una gran aversión al hecho de dormir en una cama.

Sin embargo, se fue acostumbrando gradualmente, y más adelante mostraba placer cada vez que le cambiaban las sábanas.

Seguía olisqueando la comida con recelo y sin aceptar casi nada más que patatas.

Tras probar un bocado de pan blanco, lo escupió de inmediato.

En dos ocasiones se escapó y volvió a ser capturado con gran dificultad.

El director del orfanato y otro testigo afirman que en una ocasión vieron al chico ponerse a cuatro patas cuando estaban a punto de cazarlo.

Pero el informe no es de fiar. Lo habitual era que corriera como un chico normal —«à toutes jambes»—, tan deprisa como se lo permitían las piernas.

No tenemos más información sobre los cambios profundos que debió de vivir allí.

Entretanto, estaban produciéndose novedades importantes que lo afectarían, tanto a nivel local como en París.

El comisionado Constans-Saint-Estève, el primero en hacerse cargo del chico en Saint-Sernin, lo había mandado al orfanato con una carta que afirmaba que probablemente fuera sordomudo.

Demostrando que conocía bien París, escribió que «el Gobierno decidirá sin duda que hay que confiarle este muchacho al célebre y respetado Sicard».

El ambicioso y talentoso sacerdote Sicard se había labrado una reputación internacional a base de enseñar a niños sordomudos el lenguaje de signos y la escritura, y también como director del Instituto para Sordomudos de París.

Constans estaba en lo cierto; el abate Sicard iba a tener un papel importante en esta historia.

El director del orfanato de Saint-Affrique, un tal Rainaldis Nougairoles, entendió de inmediato el interés potencial que tenía el caso tanto para los hombres instruidos como para los ciudadanos ordinarios.

Al día siguiente se sentó y redactó una carta en la que añadía más detalles de la historia y las costumbres del niño.

Nougairoles afirmaba que no era sordo, y en dos ocasiones lo denominaba «fenómeno» y aseguraba que el Gobierno debería hacerse cargo de él.

Mandó la carta de Constans y la suya al Journal des débats de París, donde se publicaron ambas, catorce días después.

(Véase Apéndice I.) De esa forma la noticia viajó con celeridad asombrosa a París y de allí a otras ciudades.

La comunidad académica local prestó una atención inmediata. Y, como es natural, reapareció en la prensa todo el antiguo corpus mitológico sobre los hombres salvajes:

Por toda la República circularon historias sobre el chico.

Como de costumbre, se les añadieron los detalles más extraordinarios.

Había quienes decían que era peludo como un oso; otros, que nadaba y se zambullía bajo el agua como un pato; otros, que podía saltar de árbol en árbol como una ardilla, etcétera.

Muchos periódicos cubrieron la historia. Todo París hablaba del Salvaje de Aveyron. Sin embargo, la administración central del distrito todavía no había recibido ningún informe oficial sobre el tema.

El autor de estas palabras era Pierre-Joseph Bonnaterre, un sacerdote y naturalista que vivía en Rodez, la capital del distrito de Aveyron, a ochenta kilómetros al norte de Saint-Affrique.

Había pasado los años previos a la Revolución de París estudiando zoología y contribuyendo con sus artículos sobre el tema a una enciclopedia.

En tanto que miembro de la Iglesia, había tenido que huir del Terror de París a su Aveyron natal.

Tras restaurarse la paz, su competencia y su reputación le granjearon un cargo en la nueva Escuela Central que había abierto el nuevo gobierno revolucionario en Rodez.

Dos semanas después de la captura del chico, Bonnaterre fue en persona a ver al Comisionado Central de Aveyron, en Rodez, y le ofreció ir a Saint-Affrique para obtener información de primera mano sobre el caso.

El comisionado se interesó personalmente por la historia y fue incluso más lejos.

Ordenó que llevaran al chico a Rodez y se lo confiaran a Bonnaterre.

Unos diez días más tarde, el 4 de febrero, el chico llegó, «rodeado de una multitud enorme que lo exasperaba tanto que mordía a todo aquel que se le acercaba».

Bonnaterre no fue el único que respondió a las noticias sobre el «Salvaje de Aveyron».

Seguramente, cuando Sicard, director del Instituto para Sordomudos de París, leyó las dos cartas publicadas a finales de enero de 1800 en el Journal des débats, o bien oyó hablar de ellas, vio una nueva oportunidad para aplicar sus talentos.

En el pasado le habían llevado a varios chicos a los que se consideraba retrasados o idiotas y él había demostrado que se trataba de sordomudos, capaces de aprender a entender y hablar por medio del lenguaje de signos.

La educación pública de los sordos era su misión.

Un mes antes, Sicard había contribuido a fundar una asociación científica llamada la Asociación de observadores del hombre (Société des observateurs de l’homme, en francés).

En cuanto oyó hablar del Pequeño Salvaje de Aveyron, se puso manos a la obra.

En primer lugar, hizo que el director de la recién fundada Asociación escribiera a Saint-Affrique solicitando la custodia del niño con propósitos científicos.

Asimismo, consiguió despertar el interés del nuevo ministro de Interior, el hermano de Napoleón.

Lucien Bonaparte firmó una escueta carta dirigida al comisionado de Rodez: «Quiero al chico aquí y lo conmino a usted a que lo mande sin dilación».

Podría haber sido una situación delicada.

Justo después de que el chico llegara a Rodez y fuera entregado a Bonnaterre, el comisionado soportó una presión enorme para mandar al chico a las autoridades superiores de París.

Su respuesta al ministro fue sensata y quizá un poco interesada.

Midiendo las palabras y respetando plenamente los protocolos, solicitó permiso para quedarse al chico hasta que lo hubieran visto una serie de padres que buscaban a sus hijos perdidos.

También manifestó dudas acerca de la autenticidad del caso, lo que implicaba que el asunto podía ser alguna clase de engaño al que por el momento las autoridades no deberían dar demasiado crédito.

«Parece evidente —informaba el comisionado— que no es un verdadero salvaje.»

Aunque ¿cómo podía saberlo? Sicard y el ministro de Interior aceptaron esperar.

El chico se pasó cinco meses y medio en la Escuela Central de Rodez, bajo los cuidados de Bonnaterre.

Sí que aparecieron unos cuantos padres nerviosos, pero ninguno reconoció ni reclamó al chico. Entretanto, Bonnaterre se dedicaba a observar y a tomar notas con las que pronto podría escribir su crónica. Su descripción es meticulosa y en apariencia objetiva.

Por fuera, no se distingue de los demás chicos.

Mide metro veinticinco de altura; aparenta unos doce o trece años.

Tiene una piel blanca y delicada, la cara redonda, pestañas largas, la nariz alargada y ligeramente puntiaguda, una boca de tamaño medio, barbilla redonda, rasgos por lo general agradables y una sonrisa encantadora.

Más allá del pelo apelmazado y la conducta extravagante, el chico no tenía apariencia de salvaje.

Pero Bonnaterre continúa informando de que tenía el cuerpo entero cubierto de cicatrices, lo cual sugiere quizá que habría sufrido malos tratos antes de ser abandonado, o bien que había sobrevivido a grandes penurias en el bosque.

Cuando levanta la cabeza, se le puede ver en el extremo superior de la arteria traqueal, justo al lado de la glotis, una cicatriz de unos cinco centímetros de largo.

Parece la herida que dejaría un instrumento afilado.

¿Podría ser que una mano bárbara, tras llevar a aquella criatura al bosque, hubiera vuelto en su contra un arma asesina a fin de hacer que su desaparición fuera más segura y final?

El niño tenía algunos dientes de abajo un poco sueltos y amarillos, pero no sufría ninguna malformación aparente de la boca ni de las cuerdas vocales que explicara su mudez.

Al caminar, la pierna derecha se le curvaba un poco hacia dentro, pero no de forma pronunciada.

Bonnaterre concluyó que «no había defectos básicos en su constitución exterior». Aun así, su conducta era extraña:

Cuando está sentado, e incluso cuando come, hace un ruido gutural, un murmullo bajo; también mece el cuerpo de derecha a izquierda o bien de atrás hacia delante, con la cabeza y el mentón en alto, la boca cerrada y los ojos mirando a la nada.

En esa posición a veces sufre espasmos, movimientos compulsivos que podrían indicar que tiene el sistema nervioso afectado.

Tras una serie de exámenes cuidadosos, Bonnaterre declaró que el chico no tenía ningún problema en sus cinco sentidos, aunque el orden de importancia o sensibilidad de estos parecía haberse visto modificado.

Se guiaba antes que nada por el olfato, y después por el gusto.

Su sentido del tacto ocupaba el último lugar.

Su visión era afilada; su oído parecía bloquear muchos sonidos a los que la gente que lo rodeaba prestaba atención.

No le interesaba nada más que comer y dormir.

Bonnaterre llegó a la melancólica conclusión de que «sus deseos no van más allá de sus necesidades físicas», y que el cariño que el chico desarrollaba hacia la persona que lo cuidaba era egoísta y no reflejaba ningún sentimiento de gratitud.

La persona que realmente cuidaba del chico era una vieja campesina llamada Clair, que trabajaba de jardinera de la escuela.

A Clair no se la menciona apenas, pero todo sugiere que durante aquellos cinco meses en Rodez debió de ver al chico más que nadie.

Siempre que tenía tiempo, Bonnaterre observaba y ponía a prueba al chico.