1 . Recluso sin crimen
(de enero a noviembre de 1800)
La salida del bosque
Antes del alba del 9 de enero de 1800, una criatura extraordinaria emergió del bosque de Saint-Sernin, en el sur de Francia.
Nadie lo esperaba. Tampoco nadie lo reconoció.
Tenía forma corporal humana y caminaba erguido.
Todo lo demás sugería un animal. Iba desnudo, salvo por los jirones de una camisa, y no mostraba ningún pudor ni tampoco conciencia de sí mismo como persona humana emparentada con quienes lo habían capturado.
No podía hablar y solo emitía unas exclamaciones extrañas y sin sentido.
Aunque de muy baja estatura, parecía ser un chico de unos once o doce años, con la cara redonda y el cabello negro y apelmazado.
Durante la noche se había acercado a la parte baja del pueblo, donde el río Rance formaba un estrecho valle arbolado y discurría por debajo de un puente de piedra.
Se había colado en el huerto escalonado de un curtidor y se había puesto a desenterrar verduras.
Era allí donde lo había sorprendido el curtidor.
Los escasos testimonios que sobreviven no nos permiten saber con cuánto vigor se resistió a su captura.
Seguramente el curtidor no supo qué hacer con aquel extraño cautivo.
La noticia se extendió rápidamente por el pueblo y no tardó en llegar al comisionado local, un prominente ciudadano llamado Constans-Saint-Estève.
En un informe oficial redactado tres semanas más tarde, el comisionado ofrece un primer testimonio de primera mano.
El Pequeño Salvaje parece tener al menos cierta familiaridad con la gente:
El vecindario entero se enteró enseguida y todo el mundo fue a ver al niño.
La gente lo tildaba de salvaje. Yo también fui a toda prisa para decidir por mí mismo hasta dónde debía creerme las historias.
Me lo encontré sentado al calor de un fuego, que parecía gustarle, aunque de vez en cuando mostraba señales de incomodidad, seguramente debido a la gran multitud que lo rodeaba.
Me dediqué a mirarlo un rato sin decir nada.
Cuando por fin lo hice, no tardé en descubrir que era mudo.
Poco después, al ver que tampoco reaccionaba a las diversas preguntas que le formulé, tanto en voz bien alta como baja, decidí que debía de ser sordo.
Cuando lo cogí afectuosamente de la mano para llevarlo a mi casa, se resistió enérgicamente. Pero una serie de caricias, y en particular dos abrazos que le di, junto con una sonrisa amigable, le hicieron cambiar de opinión, y a partir de aquel momento pareció confiar en mí.
Cuando llegamos a casa, supuse que debía de tener hambre.
[…] A fin de averiguar qué quería, hice que mi criada le trajera una bandeja grande de porcelana con carne tanto cruda como cocinada, pan de trigo y de centeno, manzanas, peras, uvas, nueces, castañas, bellotas, patatas, nabos y una naranja.
Eligió las patatas con determinación y las tiró al fuego para asarlas.
Luego cogió los demás alimentos uno por uno, los olió y los rechazó.
[…] Con la mano derecha sacó las patatas de las brasas encendidas y se las comió casi ardiendo.
No hubo forma de persuadirlo para que las dejara enfriarse un poco.
Emitió unos ruidos bruscos e inarticulados, aunque no pareció quejarse porque la comida le estuviera quemando.
Cuando le entró la sed, examinó la sala.
Fijándose en la jarra, me cogió la mano sin darme más indicación y me condujo hasta ella; su forma de pedirme agua fue darle a la jarra unos golpecitos con la mano izquierda.
Le trajeron vino, pero lo rechazó y mostró su impaciencia por lo mucho que estaba tardando yo en darle el agua.
Cuando terminó su frugal comida, se puso de pie y salió corriendo por la puerta. A pesar de mis gritos, no paró de correr y me costó bastante alcanzarlo. Cuando lo traje de vuelta, no pareció ni complacido ni contrariado. Aquella desdichada criatura ya había despertado mi interés más profundo.1
Durante el primer par de horas, el atento comisionado Constans debió de percibir otra cosa que no menciona en su informe.
El niño tampoco sabía usar el baño. Se aliviaba donde y cuando le placía, acuclillándose para orinar y defecando de pie.
Constans debió de meditar mucho sobre «aquella desdichada criatura» y por fin llegó a una conclusión: «Desde la más tierna infancia, este chico ha vivido en el bosque, y desconoce las necesidades y hábitos sociales».
Desde la más tierna infancia. Constans no tenía forma de saber cómo había vivido el chico durante los últimos seis u ocho años.
Sus palabras sugieren que incluso en una aldea remota la conducta de aquella criatura le resultaba completamente extraña.
Pero tampoco mencionaba en ninguna parte la posibilidad de que el niño fuera un idiota, pese a que hace doscientos años los idiotas eran el pan de cada día en aquella región.
¿Y cómo se explicaba que llevara una camisa hecha jirones?
Los aldeanos de Saint-Sernin se congregaron para satisfacer su curiosidad natural.
Veían a un niño-animal, quizá a un subnormal fugitivo, o incluso a un trasgo, algo subhumano o sobrenatural.
En casi todas las aldeas del mundo lo habrían recibido así.
Sin embargo, la reacción de Constans fue más allá de la simple curiosidad.
El aislamiento de Saint-Sernin y la ausencia de comunicaciones rápidas habrían hecho que le resultara fácil no hacer caso de todo aquel asunto o bien olvidarlo.
Al cabo de unos días, lo más seguro era que el chico se hubiera vuelto a escapar al bosque.
Pero Constans tenía una buena educación, había leído un poco de ciencia y de filosofía y en 1792 había viajado a París durante unos meses para representar a su distrito en las asambleas republicanas posteriores a la Revolución francesa.
Ahora estaba a cargo de la administración local.
Tal como muestran sus cartas, Constans sentía que estaba lidiando con un espécimen poco habitual, un caso que tenía la responsabilidad de registrar y notificar a las autoridades superiores.
Un par de días después, la policía local transportó al niño todavía desnudo hasta un orfanato, u hospicio, situado a cuarenta kilómetros, en la población de Saint-Affrique.
Allí vivió casi un mes antes de seguir su viaje a la civilización.
Es sorprendente que sobreviviera, porque en aquel momento los centros para niños abandonados sufrían una masificación atroz, estaban asolados por las epidemias y tan desprovistos de fondos que solo podían ofrecer una comida diaria y no disponían de ataúdes.