Chapter 25
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El silencio dentro de la librería se volvió absoluto.
La lluvia seguía golpeando suavemente los cristales exteriores y el reflejo amarillento de la lámpara antigua apenas temblaba sobre las páginas abiertas de La Divina Comedia , pero durante varios segundos nadie pareció capaz de moverse.
IRENE ALARCÓN.
Escrito cuidadosamente a tinta negra sobre una anotación antigua en el margen inferior de la página.
Cuanto más lo miraba, más evidente resultaba algo profundamente inquietante.
Aquello no acababa de ser reciente.
La tinta estaba ligeramente apagada, integrada en el desgaste amarillento del papel como si hubiera envejecido junto a él.
No parecía una inscripción añadida días atrás para impresionar a nadie.
Formaba parte del propio libro, como si hubiera esperado pacientemente entre aquellas páginas durante años.
Irene permanecía completamente inmóvil frente a la mesa mientras sentía cómo una presión fría comenzaba a extenderse lentamente bajo el pecho.
Aquello cambiaba todo.
Ya no era solo vigilancia.
Ni obsesión reciente.
Implicaba tiempo.
Muchísimo tiempo.
—Eso no puede estar ahí desde hace años... —murmuró Hugo finalmente.
Pero incluso mientras lo decía parecía no creérselo del todo.
Lucía se acercó despacio hasta la mesa y observó la página con una atención casi quirúrgica.
—La oxidación de la tinta es distinta a la de las anotaciones más recientes —susurró—. Aquí no puedo asegurarlo con absoluta certeza... pero sí, parece antigua.
Clara permanecía unos pasos detrás de ellos contemplando el nombre de Irene escrito sobre el papel con una expresión cada vez más pálida.
—¿Cómo podía saber quién eras?
La pregunta apenas fue un murmullo.
Nadie respondió.
Porque todos pensaban exactamente lo mismo y era precisamente eso lo insoportable.
Irene apartó lentamente la vista del libro y volvió a observar la librería.
Las estanterías.
El polvo removido.
La lámpara encendida.
El silencio inmóvil del local.
Cada detalle parecía ocupar el lugar exacto que le correspondía, como si alguien hubiera evitado durante años cualquier cambio importante. Ya no tenía la sensación de encontrarse en una escena preparada apresuradamente para ellos.
Aquello se parecía mucho más a un lugar cuidadosamente preservado.
Como si alguien hubiera esperado pacientemente a que ella regresara.
La inspectora tragó saliva antes de hablar.
—Yo estuve aquí una sola vez.
Hugo volvió inmediatamente hacia ella.
—¿Estás segura?
—Sí.
La respuesta llegó sin vacilar.
Irene intentaba reconstruir aquella tarde perdida entre recuerdos demasiado antiguos: el caso que la había dejado emocionalmente agotada, la lluvia cayendo sobre Madrid, la necesidad absurda de caminar sin rumbo y, finalmente, aquella puerta negra apareciendo frente a ella casi por casualidad.
Después recordaba el silencio.
La calma extraña del interior.
Y una sensación persistente que entonces no supo explicar.
La impresión de que el lugar la observaba con la misma intensidad con la que ella observaba los libros.
Cerró lentamente los ojos durante un instante.
No buscaba información.
Solo dejaba que la memoria avanzara con la misma lentitud con la que avanzan ciertos olores o determinadas músicas olvidadas.
Y entonces apareció otra imagen.
Difusa.
Lejana.
Pero real.
Un hombre sentado al fondo del local leyendo bajo una lámpara amarillenta.
No era un anciano.
Era bastante más joven de lo que había recordado al principio. Permanecía completamente inmóvil, absorto en la lectura, y aun así Irene tuvo la sensación de que sabía perfectamente cuándo había entrado ella en la librería.
—No le vi bien la cara —susurró finalmente—, pero recuerdo algo muy extraño.
Hugo dio un paso hacia ella.
—¿Qué cosa?
Irene abrió lentamente los ojos.
La imagen seguía allí.
No era un recuerdo completo.
Más bien una sensación adherida a aquel instante.
—Cuando salí de aquí...
Guardó silencio apenas unos segundos.
—...tuve la impresión que aquel hombre sabía algo sobre mí que yo todavía no sabía.
Las palabras quedaron suspendidas entre las estanterías.
Clara sintió un escalofrío visible recorriéndole lentamente los brazos.
Porque aquella frase sonaba inquietantemente cercana a todo lo que Alicia Berenguer y ella misma habían descrito durante los últimos días.
La sensación de que alguien parecía comprenderlas antes incluso de que ellas empezaran a comprenderse.
Lucía habló entonces muy despacio.
—Irene... hay otra cosa.
La analista señalaba el interior del libro.
Entre las páginas amarillentas sobresalía apenas un borde oscuro.
No parecía un marcapáginas.
Era algo más grueso.
Más rígido.
Una fotografía.
Irene sintió inmediatamente cómo el corazón volvía a golpear con demasiada fuerza dentro del pecho.
No sabía por qué.
Pero antes incluso de extraer la imagen ya tenía la sensación de conocer lo que iba a encontrar.
Introdujo lentamente los dedos entre las páginas y sacó la fotografía con el mismo cuidado con el que se manipula una prueba demasiado frágil.
El aire pareció detenerse alrededor de todos.
La imagen mostraba la entrada de la propia librería bajo la lluvia.
Frente a la puerta aparecía una mujer mucho más joven, empapada, con el abrigo oscuro pegado al cuerpo y la mano extendida hacia el tirador de madera.
Era ella.
Un segundo antes de entrar por primera vez en El Umbral .
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Parte 2
El silencio dentro de la librería se volvió casi irreal mientras Irene sostenía la fotografía entre las manos.
La lluvia seguía cayendo al otro lado de los cristales y el sonido lejano del agua deslizándose sobre la calle parecía llegar desde muy lejos, amortiguado por el aire inmóvil y antiguo del local.
Pero Irene ya apenas escuchaba nada, seguía mirando la imagen.
Era ella mucho más joven, empapada por la lluvia, con el cabello pegado al rostro y la expresión cansada de alguien que todavía no había aprendido a convivir del todo con ciertos cadáveres.
Y estaba a punto de entrar en la librería.
La fotografía había sido tomada apenas unos segundos antes que empujara aquella puerta negra por primera vez.
El corazón le golpeó lentamente dentro del pecho.
Porque aquello significaba algo insoportable.
La habían observado desde el principio.
—Dios mío... —susurró Clara.
Hugo se acercó lentamente detrás de Irene mientras Lucía permanecía completamente inmóvil junto a la mesa.
—Eso es imposible.
Pero nadie parecía creer realmente aquellas palabras.
Porque la fotografía estaba allí.
Real.
Antigua.
Desgastada por el tiempo igual que el libro.
Y cuanto más la observaba Irene, más detalles comenzaban a regresar desde aquella tarde enterrada tantos años atrás.
La lluvia.
El frío.
El agotamiento emocional.
Y aquella necesidad absurda de entrar en cualquier lugar donde pudiera quedarse quieta unos minutos sin pensar en el caso que acababa de dejar atrás.
Entonces recordó otra cosa.
Muy pequeña.
Muy concreta.
Una voz.
La inspectora levantó lentamente la cabeza.
—Me habló.
El silencio cayó inmediatamente otra vez sobre la librería.
Hugo frunció el ceño.
—¿Quién?
Irene seguía contemplando la fotografía mientras intentaba reconstruir el recuerdo completo.
No era fácil.
La memoria no regresaba como una película, volvía por capas, por sensaciones, por pequeños fragmentos que poco a poco empezaban a unirse.
—El hombre de la tienda.
Lucía dio apenas un paso más hacia ella.
—¿Qué te dijo?
Irene cerró lentamente los ojos.
Y entonces regresó.
La lámpara amarillenta.
Las estanterías interminables.
El olor a papel antiguo.
El hombre sentado al fondo del local observándola con una tranquilidad difícil de explicar mientras ella sostenía aquel libro entre las manos.
No recordaba su rostro, ni siquiera estaba segura de haberlo mirado realmente.
Lo que recordaba era su voz.
Serena.
Sin afectación.
Como si hablara desde una certeza que no necesitaba imponerse.
Y después aquella frase.
Pronunciada con una calma extraña, casi afectuosa.
"Las personas que buscan respuestas demasiado tiempo terminan encontrando preguntas peores."
Irene abrió lentamente los ojos.
La lluvia golpeó otra vez los cristales y el aire pareció enfriarse alrededor de todos.
Porque aquella frase sonaba exactamente igual que las del asesino.
La misma estructura.
El mismo ritmo.
La misma manera de decir algo que parecía sencillo y, sin embargo, escondía siempre un segundo significado.
Clara tragó saliva.
—Irene...
Pero la inspectora ya apenas la escuchaba.
Porque otra idea muchísimo más inquietante acababa de abrirse paso lentamente dentro de ella.
¿Y si no había un único hombre detrás de todo aquello?
Volvió lentamente la vista hacia las estanterías.
Los libros.
El símbolo.
Las frases.
La vigilancia.
Todo parecía demasiado antiguo.
Demasiado paciente y cuidadosamente construido para pertenecer únicamente a un asesino que hubiera desarrollado sus obsesiones en soledad.
Aquello tenía raíces.
Y las raíces siempre eran anteriores al árbol.
Lucía debió de recorrer exactamente el mismo camino mental, porque habló muy despacio, como si temiera romper el equilibrio frágil de aquella idea.
—Quizá el "umbral de la mirada" no empezó con él.
El silencio posterior fue absoluto.
Hugo negó inmediatamente con la cabeza.
—No me jodáis. ¿Ahora hablamos de una especie de organización?
Lucía no respondió enseguida.
Observó durante unos segundos las estanterías, los cientos de volúmenes perfectamente ordenados y la lámpara que seguía iluminando únicamente aquella mesa, como si el resto de la librería pudiera permanecer eternamente en penumbra.
—No lo sé —susurró finalmente—. Pero alguien ha pasado muchos años reuniendo libros, símbolos y personas alrededor de la misma idea.
Irene volvió lentamente la vista hacia el interior del local.
Y entonces comprendió algo que hasta ese momento había permanecido oculto incluso para ella.
La librería no transmitía la sensación de un escondite.
Tampoco la de un santuario.
Se parecía mucho más a un archivo.
Un lugar donde alguien hubiera ido conservando pacientemente pensamientos, nombres, conversaciones y vidas humanas alrededor de una única obsesión.
Como si aquellas estanterías no guardaran únicamente libros, guardaran memoria. La memoria de personas que, de un modo u otro, habían terminado cruzando el mismo umbral.
El silencio volvió a extenderse por el local.
Fuera seguía lloviendo.
Dentro, el tiempo parecía haberse detenido.
Entonces algo crujió suavemente sobre sus cabezas.
No fue un ruido fuerte, apenas el sonido seco de una madera antigua soportando un peso, pero bastó para que los cuatro levantaran la vista al mismo tiempo.
Hugo llevó inmediatamente la mano al arma.
—Irene...
La inspectora ya estaba mirando hacia el fondo de la librería.
Entre dos estanterías aparecía una escalera estrecha de madera que ascendía hacia un piso superior casi oculto por la oscuridad. Hasta ese momento apenas había reparado en ella.
Ahora le parecía imposible no verla.
La observó en silencio.
La barandilla gastada.
Los peldaños hundidos por el paso de los años.
La penumbra espesa que esperaba arriba.
Y entonces ocurrió, una luz débil y amarillenta acababa de encenderse lentamente en el piso superior.
Como si alguien hubiera estado aguardando exactamente el momento en que ellos encontraran el libro.