El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 26
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Chapter 26

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La luz permanecía encendida arriba.

Pequeña.

Amarillenta.

Temblando débilmente al final de la escalera estrecha como si alguien acabara de cruzar apenas unos segundos antes hacia una habitación invisible desde abajo.

Nadie habló.

La librería entera parecía haber contenido el aliento de repente.

Irene podía escuchar con claridad el leve zumbido eléctrico de la lámpara del piso superior mezclándose con el sonido lejano de la lluvia golpeando los cristales de la fachada.

El aire olía a polvo húmedo, papel envejecido y madera antigua, una mezcla que producía una sensación extraña, casi física, de tiempo detenido.

Hugo avanzó despacio hasta colocarse junto a ella mientras mantenía la mano cerca del arma.

—Dime que no estás pensando subir ahí arriba sola.

La inspectora no respondió inmediatamente.

Seguía observando la escalera.

El recuerdo de la fotografía encontrada dentro del libro aún latía incómodamente dentro de ella, mezclándose con aquella sensación cada vez más perturbadora de que el lugar no estaba simplemente abandonado ni utilizado como un refugio ocasional.

Todo parecía preparado.

Como si alguien hubiera sabido exactamente que terminarían allí aquella noche.

Lucía permanecía junto a la mesa donde seguía abierto el ejemplar de La Divina Comedia , alternando la mirada entre el nombre de Irene escrito en el margen y la luz encendida del piso superior.

Clara, en cambio, no apartaba los ojos de la escalera.

Había algo en su expresión, difícil de definir, que Irene ya había visto antes en Alicia Berenguer: esa mezcla peligrosa entre miedo y fascinación que nace cuando una persona empieza a sentir que una respuesta importante la espera al otro lado de una puerta.

—No creo que quiera hacernos daño aquí —murmuró la periodista.

Hugo giró inmediatamente la cabeza hacia ella.

—¿Perdona?

Clara tragó saliva antes de continuar, manteniendo aún la vista fija en la luz.

—Todo esto... la librería, las fotografías, los mensajes... no parece construido para matarnos. Parece construido para que lleguemos hasta aquí.

El silencio volvió a asentarse lentamente entre ellos mientras la lluvia continuaba cayendo sobre Madrid al otro lado de los cristales.

Irene sabía que Clara tenía razón.

Y precisamente por eso la sensación resultaba todavía más inquietante.

Un asesino convencional habría borrado huellas, destruido pruebas o desaparecido por completo. Allí, en cambio, cada detalle parecía dispuesto con una precisión casi íntima: el libro abierto, la fotografía antigua, el nombre escrito años atrás.

Como si aquel hombre hubiera imaginado ese momento una y otra vez durante mucho tiempo.

La inspectora respiró hondo.

Después comenzó finalmente a subir la escalera.

Los peldaños de madera crujieron suavemente bajo sus botas mientras ascendía despacio hacia la luz amarillenta del piso superior. Hugo la siguió inmediatamente detrás, y Lucía y Clara comenzaron a subir unos segundos después sin romper el silencio.

A medida que ascendían, el olor a humedad empezó a mezclarse con otro más tenue.

Más reciente.

Café.

Irene sintió cómo el corazón daba un golpe lento dentro del pecho.

No era un olor antiguo.

No pertenecía a una habitación cerrada durante años.

Alguien había preparado café allí hacía muy poco.

Y la diferencia entre aquella fragancia reciente y el aire detenido del resto de la librería hacía que la presencia de otra persona resultara casi tangible.

La escalera desembocaba en una estancia estrecha cubierta de estanterías todavía más antiguas que las de la planta inferior.

El techo inclinado y la luz cálida de una lámpara de escritorio daban al lugar una apariencia inesperadamente acogedora, casi doméstica, como si alguien hubiera vivido allí durante mucho tiempo sin necesidad de abandonar nunca los libros.

Había volúmenes abiertos sobre varias mesas.

Cuadernos repletos de anotaciones manuscritas.

Periódicos antiguos cuidadosamente clasificados dentro de archivadores metálicos.

Nada parecía colocado al azar.

Todo transmitía la impresión de un trabajo lento y meticuloso desarrollado durante años.

Pero lo que hizo que Irene se detuviera por completo fue la pared del fondo.

Estaba cubierta de fotografías.

Decenas de ellas.

Laura Varela.

Marta Urrutia.

Alicia Berenguer.

Clara Montes.

Y también ella.

Las imágenes estaban ordenadas cronológicamente formando una especie de archivo obsesivo construido con paciencia infinita.

Algunas mostraban escenas completamente cotidianas: entrando en una cafetería, caminando bajo la lluvia, hablando por teléfono o saliendo de la Brigada.

Otras parecían tomadas desde distancias absurdamente cercanas, tan próximas que resultaba imposible comprender cómo nadie había advertido jamás aquella presencia.

Irene sintió cómo una presión fría comenzaba a extenderse lentamente por todo el cuerpo mientras avanzaba hacia la pared.

Había fotografías suyas de mucho antes del caso.

Muchísimo antes de Laura Varela.

Una la mostraba abandonando la academia de policía con apenas veintitantos años.

Otra caminando sola junto al río después de un turno nocturno.

En una más reciente aparecía fumando bajo la lluvia frente al depósito judicial tras uno de sus primeros homicidios especialmente violentos.

Todas habían sido tomadas sin que ella lo supiera.

Todas pertenecían a momentos que siempre había creído completamente suyos.

—Dios santo... —susurró Hugo.

Pero Irene apenas alcanzó a escucharlo.

Seguía recorriendo lentamente aquella pared con la mirada mientras una comprensión mucho más profunda comenzaba a abrirse paso dentro de ella.

Porque acababa de entender algo infinitamente peor que sentirse vigilada.

Aquello no era una observación reciente.

Era una vida entera contemplada pacientemente desde las sombras.

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Parte

El silencio dentro de la habitación se volvió insoportablemente denso.

La lluvia seguía cayendo sobre Madrid y el sonido lejano del agua golpeando los cristales apenas conseguía romper la sensación de encierro que emanaba de aquel lugar.

Irene permanecía inmóvil frente a la pared cubierta de fotografías mientras sentía cómo algo frío y lento comenzaba a asentarse dentro de ella.

No era miedo exactamente, era una sensación mucho más perturbadora.

La de descubrir que una parte de su vida había transcurrido bajo una mirada invisible sin que ella llegara siquiera a sospecharlo.

Las imágenes continuaban extendiéndose por toda la pared como una cronología íntima y obsesiva. Algunas parecían tomadas desde edificios cercanos; otras, desde coches detenidos al otro lado de la calle. Había inviernos, veranos, noches de lluvia y mañanas grises.

Años enteros observados desde la distancia.

Y siempre ella.

Irene levantó lentamente una mano enguantada hacia una de las fotografías más antiguas.

La mostraba sentada sola en un banco frente al Manzanares después de una guardia especialmente dura.

Recordaba perfectamente aquella noche.

Había permanecido allí más de una hora intentando arrancarse de la cabeza la imagen de una niña asesinada.

Creía haber estado sola.

La inspectora tragó saliva mientras una presión incómoda comenzaba a cerrarse lentamente alrededor del pecho.

—Esto no es un archivo policial —murmuró Lucía desde atrás.

Irene no apartó la vista de las imágenes.

—No.

Aquello no parecía un dossier criminal. Se parecía mucho más a la paciente reconstrucción de una vida.

Como si alguien hubiera dedicado años enteros a comprenderla pieza por pieza, observando no solo sus movimientos, sino también las pequeñas transformaciones invisibles que iban produciéndose dentro de ella con el paso del tiempo.

Hugo avanzó despacio por la estancia examinando los archivadores metálicos y las mesas cubiertas de papeles. El suelo crujía suavemente bajo sus pasos y el olor reciente a café seguía suspendido en el aire con una normalidad inquietante.

—Ha estado aquí hace muy poco.

Clara permanecía inmóvil junto a la entrada observando la pared con una expresión que Irene ya empezaba a reconocer.

No era solo horror.

Era comprensión.

Una comprensión que parecía dolerle incluso más que el miedo.

—No os dais cuenta... —susurró.

Irene volvió lentamente la cabeza hacia ella.

La periodista mantenía la vista fija sobre las fotografías más antiguas.

—¿De qué? —preguntó Hugo.

Clara tardó varios segundos en responder.

Parecía ordenar cuidadosamente lo que estaba descubriendo mientras hablaba.

—No empezó observándola porque fuera policía.

El silencio cayó otra vez sobre la habitación.

Irene sintió un escalofrío incluso antes de escuchar el resto.

—Entonces ¿por qué? —preguntó muy despacio.

Clara levantó finalmente la vista hacia ella.

—Porque ya eras igual que él en algunas cosas.

La frase quedó suspendida en el aire mientras la lluvia seguía golpeando los cristales de la librería.

Hugo soltó inmediatamente un resoplido de incredulidad.

—No digas gilipolleces.

Pero Irene no respondió.

Porque una parte de ella acababa de comprender exactamente lo que Clara intentaba expresar.

No hablaba de violencia.

Ni de crueldad.

Hablaba de otra cosa.

De la necesidad de mirar demasiado tiempo determinadas heridas humanas.

De esa incapacidad para apartar los ojos del dolor ajeno incluso cuando empieza a quedarse viviendo dentro de uno.

De pasar tantos años caminando cerca de la oscuridad que llega un momento en que resulta imposible recordar cuándo comenzó realmente esa convivencia.

"La diferencia entre mirar la oscuridad y entenderla..."

La frase regresó lentamente a su memoria.

Y por primera vez empezó a comprender por qué le producía una incomodidad tan profunda.

No porque insinuara que pudiera parecerse al asesino, sino porque señalaba un territorio donde la distancia entre quien observa el abismo y quien termina habitándolo nunca resulta tan evidente como uno desearía creer.

Entonces Lucía abrió lentamente uno de los archivadores metálicos.

El sonido del cajón deslizándose rompió brevemente el silencio de la habitación.