El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 24
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Chapter 24

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Madrid parecía casi desierta cuando el coche abandonó finalmente las avenidas principales y comenzó a internarse en calles cada vez más estrechas y silenciosas del casco antiguo.

La lluvia seguía cayendo débilmente sobre los edificios antiguos y convertía los escaparates apagados en superficies oscuras donde las luces de la ciudad se deformaban lentamente como reflejos sobre agua negra.

Irene permanecía inmóvil en el asiento del copiloto observando el exterior mientras la sensación de cercanía crecía lentamente dentro de ella.

No era miedo exactamente.

Era algo mucho más difícil de describir.

La impresión de estar aproximándose a un lugar que llevaba demasiado tiempo esperándola.

El nombre de la librería seguía resonando en su cabeza con una claridad incómoda.

El Umbral.

Y cuanto más intentaba recordar aquella tarde de hacía años, más fragmentos comenzaban a regresar lentamente: la lluvia, el cansancio, el olor a papel húmedo y aquella sensación extraña de silencio absoluto al cruzar la puerta, como si el exterior hubiese quedado muy lejos de repente.

—Estamos llegando —murmuró Hugo.

El coche giró lentamente la última esquina.

Entonces apareció el edificio.

La librería permanecía situada entre dos locales cerrados, casi oculta bajo una fachada antigua ennegrecida por la humedad y el paso del tiempo. El rótulo había desaparecido hacía años, pero aún podía distinguirse la marca rectangular más clara sobre la pared donde antes habían estado las letras.

Y debajo, apenas visible bajo la lluvia nocturna, seguía la puerta.

Negra.

Estrecha.

Cubierta parcialmente por una verja metálica oxidada.

Clara observó el lugar desde el asiento trasero sin decir nada.

Lucía apagó lentamente la pantalla del teléfono.

Nadie parecía dispuesto a romper el silencio, porque incluso desde el interior del coche había algo profundamente incómodo en aquel edificio.

No parecía abandonado del todo, parecía dormido.

Hugo detuvo el vehículo junto a la acera mojada y el motor quedó en silencio.

Durante unos segundos ninguno se movió.

Después Irene abrió lentamente la puerta.

El aire húmedo golpeó inmediatamente su rostro mientras la lluvia fina comenzaba a empapar otra vez la cazadora negra. Permaneció inmóvil frente al edificio observándolo bajo la luz amarillenta de las farolas antiguas.

Entonces lo recordó.

La campanilla sobre la puerta.

El sonido metálico, suave, cuando entró aquella tarde.

La sensación de que alguien la observaba desde el fondo de las estanterías incluso antes de ver a nadie.

El corazón le golpeó lentamente dentro del pecho.

—Irene... —preguntó Hugo acercándose.

La inspectora tardó unos segundos en responder.

—Sí... estuve aquí.

La lluvia seguía cayendo sobre la calle vacía mientras avanzaban lentamente hacia la entrada de la librería. La verja metálica permanecía cerrada con un candado oxidado, pero Irene notó inmediatamente algo extraño al acercarse.

La puerta interior estaba entreabierta.

Muy poco.

Apenas unos centímetros entre la madera y el marco.

Hugo también lo vio.

—Joder...

Lucía levantó inmediatamente la vista hacia el interior oscuro del local.

—Pensaba que estaba vacío.

Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda.

Aquello no parecía una entrada forzada reciente.

Parecía una invitación.

La inspectora se acercó lentamente hasta la puerta y observó el espacio oscuro que se abría apenas unos centímetros delante de ella. El olor llegó inmediatamente, incluso antes de entrar.

Papel viejo.

Humedad.

Polvo.

Madera antigua impregnada por años de lluvia.

Y debajo de todo aquello... algo familiar.

No un aroma concreto.

Una memoria.

La clase de recuerdo que no regresa primero a través de las imágenes, sino del cuerpo.

Durante un instante tuvo la sensación de que bastaría con empujar aquella puerta para que los años desaparecieran y volviera a ser la joven inspectora que, sin saber muy bien por qué, había decidido refugiarse allí una tarde cualquiera.

Notó cómo los dedos se tensaban ligeramente alrededor del borde de la puerta.

No quería abrirla todavía, necesitaba comprender por qué aquel lugar seguía produciéndole la impresión de haber permanecido esperándola.

Como si el tiempo hubiera seguido transcurriendo para el resto de Madrid, pero no para aquella librería.

—No me gusta nada esto.

La voz de Hugo llegó amortiguada a su espalda.

Irene no respondió.

Porque la sensación que crecía dentro de ella resultaba demasiado difícil de explicar.

No parecía estar entrando en un escenario desconocido.

Parecía regresar a un lugar que llevaba años aguardando silenciosamente detrás de una puerta entreabierta.

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Parte 2

La lluvia seguía cayendo suavemente sobre la calle desierta mientras Irene permanecía inmóvil frente a la puerta entreabierta de la antigua librería.

Nadie habló.

El olor a papel viejo y humedad escapaba lentamente desde el interior oscuro como el aliento de algo dormido desde hacía demasiado tiempo.

Hugo mantenía la mano cerca de la funda del arma sin apartar la vista de la entrada, mientras Lucía y Clara permanecían apenas unos pasos detrás de ellos bajo la lluvia fina.

Irene apoyó lentamente la mano enguantada sobre la madera y empujó.

La puerta se abrió con un sonido suave, cansado, casi resignado, que hizo que un escalofrío le recorriera inmediatamente la espalda.

La campanilla seguía allí.

Todavía colgada sobre el marco.

Al moverse emitió el mismo tintineo metálico que Irene recordaba de hacía años.

El corazón le golpeó lentamente dentro del pecho.

De pronto el recuerdo regresó con una claridad mucho mayor: la lluvia de aquella tarde, el silencio imposible del local y la sensación constante de estar siendo observada desde algún lugar entre las estanterías.

No recordaba haber visto entonces a nadie durante los primeros segundos.

Solo aquella impresión persistente que la librería parecía consciente de su presencia incluso antes de que ella lo estuviera de la suya.

Entró despacio.

El interior permanecía casi completamente a oscuras salvo por una débil luz amarillenta procedente del fondo del local.

Las estanterías seguían llenas de libros antiguos cubiertos por capas de polvo y humedad, y el aire parecía inmóvil, espeso, detenido en otro tiempo, como si las horas hubieran dejado de avanzar allí hacía mucho y únicamente la lluvia siguiera recordando que el mundo continuaba existiendo al otro lado de aquellas paredes.

Pero había algo profundamente inquietante en todo aquello.

El lugar no parecía abandonado.

Tan solo mantenido.

Como si alguien siguiera entrando allí con cierta frecuencia para impedir que el tiempo terminara de adueñarse por completo de la librería.

Hugo avanzó detrás de ella observando lentamente cada rincón.

—Esto no lleva cerrado tres años ni de coña.

Lucía pasó los dedos por una de las estanterías y observó el leve surco limpio que acababa de dejar sobre el polvo.

—Hay zonas removidas, alguien ha estado aquí hace poco.

Clara permanecía cerca de la puerta mirando el interior con una expresión cada vez más incómoda.

Irene percibía que no observaba únicamente los libros o las estanterías.

Parecía escuchar el lugar, como si toda aquella atmósfera le resultara dolorosamente familiar, después de tantas conversaciones con Alicia y de todo lo que había empezado a comprender sobre el asesino.

La inspectora continuó avanzando muy despacio entre los pasillos.

Filosofía.

Psicología.

Religión.

Ediciones agotadas.

Tratados antiguos sobre la percepción, la memoria, el sufrimiento y la transformación interior.

No eran libros colocados al azar.

La librería parecía construida alrededor de una única obsesión, comprender hasta dónde podía cambiar una persona después de atravesar determinadas experiencias.

Aquello no era una colección.

Era un pensamiento convertido en estanterías.

Entonces lo vio al fondo.

Una pequeña mesa iluminada por una lámpara antigua cuya luz amarillenta parecía desafiar la oscuridad inmóvil del resto del local.

Sobre ella descansaba un único libro abierto.

Irene sintió inmediatamente cómo algo se tensaba lentamente dentro del pecho.

Porque aquel libro no estaba olvidado.

Estaba esperando.

Hugo lo vio también.

—Irene...

Pero ella ya caminaba hacia la mesa con una lentitud casi involuntaria.

La lluvia seguía golpeando los cristales exteriores mientras el resto de la librería permanecía sumido en un silencio absoluto. Un silencio tan profundo que incluso el sonido de sus propios pasos parecía pertenecer a otro lugar.

Cuando llegó hasta la mesa, reconoció inmediatamente la cubierta.

Era un ejemplar antiguo de La Divina Comedia .

La misma edición encontrada junto al cuerpo de Marta Urrutia.

La misma que había desaparecido del apartamento de Clara.

La misma que llevaba semanas apareciendo una y otra vez como si el asesino necesitara que todos acabaran regresando siempre al mismo libro.

Irene apoyó lentamente las manos sobre la mesa.

El volumen permanecía abierto por una página cuidadosamente señalada.

La tinta negra destacaba sobre el papel envejecido con una nitidez casi reciente.

"La verdadera oscuridad no comienza cuando dejamos de ver. Comienza cuando algo empieza a mirarnos desde dentro."

Nadie habló.

El aire pareció volverse ligeramente más frío alrededor de ellos.

Clara dio un paso involuntario hacia atrás.

Lucía permanecía inmóvil contemplando la página sin atreverse todavía a acercarse.

Pero Irene apenas podía apartar la vista de otra cosa.

En la esquina inferior, casi oculta entre antiguas anotaciones escritas con caligrafías diferentes, aparecía un nombre.

El suyo.

IRENE ALARCÓN.

La inspectora sintió cómo el corazón golpeaba una vez con demasiada fuerza dentro del pecho.

Se inclinó apenas unos centímetros.

La tinta no conservaba el brillo de una escritura reciente. Había envejecido junto al papel. Se había integrado en él con el paso del tiempo.

Aquello llevaba escrito allí mucho antes de que comenzara la investigación.

Mucho antes de Laura.

Mucho antes de Alicia.

Mucho antes, incluso, que ella sospechara que una librería olvidada pudiera volver a cruzarse en su vida.

Hugo llegó lentamente a su lado.

—¿Qué coño es esto...?

Pero Irene apenas alcanzó a escucharle.

Seguía contemplando su nombre escrito sobre aquella página antigua mientras una sensación fría y profundamente incómoda comenzaba a crecer lentamente dentro de ella.

Por primera vez desde el inicio del caso comprendió algo que resultaba mucho peor que sentirse observada, la posibilidad que alguien hubiera sabido desde hacía años, en quién iba a convertirse ella exactamente.