Chapter 23 #3
La misma posibilidad que todos estaban empezando a formular poco a poco sin atreverse todavía a decirla en voz alta.
Quizá aquello llevaba mucho más tiempo acercándose a Irene de lo que nadie podía imaginar.
—¿Por qué entraste en esa librería? —preguntó Lucía.
La inspectora frunció ligeramente el ceño.
Y entonces recordó otra cosa.
La lluvia aquella tarde.
Una discusión.
El cansancio.
La necesidad casi física de caminar sin rumbo durante horas antes de regresar a casa.
—Venía de un caso complicado —murmuró finalmente—. Uno de los primeros cadáveres que realmente me afectaron.
Hugo bajó lentamente la mirada.
No hizo falta que dijera nada.
Todos los policías recuerdan el primer cuerpo que consigue quedarse dentro de ellos.
No porque sea el más violento ni el más difícil de investigar, sino porque, sin saber muy bien cuándo ocurre, deja de ser únicamente un expediente y empieza a ocupar un lugar silencioso desde el que acompaña todos los casos posteriores.
—Llovía también —continuó Irene casi para sí misma—. Entré para refugiarme un momento.
La lluvia seguía deslizándose sobre el parabrisas mientras aquella escena antigua adquiría poco a poco una nitidez inesperada.
Recordaba la campanilla de la puerta al abrirse, el olor a madera envejecida mezclado con papel húmedo y la calma extraña que envolvía el interior del local, una calma tan densa que el ruido de la calle parecía quedarse detenido al otro lado del escaparate.
No recordaba haber sentido miedo.
Lo que había sentido era algo mucho más difícil de explicar.
La impresión de que aquel lugar llevaba esperándola mucho antes de que ella decidiera entrar.
Irene abrió lentamente los ojos.
Y esa idea resultó tan absurda que estuvo a punto de rechazarla inmediatamente.
Pero no pudo.
Porque la sensación seguía allí.
Como si aquella librería hubiera permanecido durante años en algún rincón olvidado de su memoria esperando exactamente este momento para regresar.
Lucía volvió rápidamente a revisar información en el teléfono.
—Hay algo más sobre la librería.
Irene levantó apenas la cabeza.
—¿Qué?
La analista tragó saliva antes de responder.
—El local sigue existiendo.
Hugo frunció el ceño.
—Pensaba que había cerrado.
—Y cerró oficialmente, pero el edificio sigue vacío... o eso parece.
La lluvia golpeó otra vez el techo del coche.
—¿Qué quieres decir con "parece"? —preguntó Irene.
Lucía giró ligeramente la pantalla hacia ellos.
—Hace seis meses hubo una denuncia por luces encendidas durante la madrugada. Los vecinos pensaban que alguien había entrado ilegalmente.
El corazón de Irene golpeó lentamente una vez dentro del pecho.
—¿Y?
—La policía local revisó el edificio. No encontraron a nadie.
Clara habló entonces muy despacio desde el asiento trasero.
—Pero las luces estaban encendidas.
Nadie respondió.
Porque todos pensaron exactamente lo mismo.
El asesino parecía moverse constantemente en lugares situados justo entre la presencia y la ausencia. Espacios donde nunca terminaba de existir una prueba definitiva de nada, donde siempre quedaba la sensación de haber llegado apenas unos minutos demasiado tarde.
Como si necesitara permanecer un paso por delante de quienes intentaban seguir su rastro.
Entonces Irene tomó una decisión.
Se incorporó lentamente en el asiento y volvió la vista hacia Hugo.
—Vamos allí.
El subinspector la observó unos segundos.
—Son casi las dos de la mañana.
La inspectora miró otra vez la lluvia cayendo sobre Madrid.
Después respondió con una serenidad que sorprendió incluso a ella misma.
—Precisamente.
El silencio regresó al coche.
Lucía cerró lentamente el teléfono mientras Clara levantaba apenas la cabeza desde el asiento trasero.
Y por primera vez desde el inicio del caso, Irene sintió algo distinto bajo el miedo, el cansancio y la incertidumbre.
No era esperanza.
Tampoco confianza.
Era la sensación íntima de que, después de tantas semanas siguiendo huellas dispersas, mensajes y fotografías tomadas desde la distancia, el camino comenzaba a estrecharse alrededor de un lugar concreto.
La librería.
El Umbral.
Quizá allí no encontrarían al asesino.
Quizá solo hallarían otra puerta abierta hacia preguntas todavía más antiguas.
Pero también comprendía que, si decidían no cruzarla ahora, aquella oportunidad desaparecería igual que habían desaparecido tantas otras desde el comienzo de la investigación.
Hugo arrancó nuevamente el motor.
El coche se incorporó despacio a la avenida mientras la lluvia seguía acompañando el recorrido con una persistencia casi hipnótica.
Entonces Clara habló casi en un susurro.
—¿Y si él quiere exactamente eso?
Irene mantuvo la vista fija hacia delante.
Las luces húmedas de Madrid continuaban deslizándose sobre el cristal y, durante unos segundos, dejó que la pregunta permaneciera suspendida entre todos sin intentar responderla.
Porque la verdad era que ella también llevaba pensando lo mismo desde que pronunciaron por primera vez el nombre de aquella librería.
Y quizá esa era la pregunta más peligrosa de toda la investigación.
No si iban hacia una trampa.
Sino si llevaban caminando hacia ella desde hacía muchos años.