Chapter 23 #2
Un recuerdo antiguo que acababa de abrirse completamente dentro de ella después de años enterrado bajo demasiados casos, demasiadas noches y demasiada oscuridad acumulada.
El símbolo.
El mismo círculo atravesado por aquella línea imperfecta.
Lo había visto mucho antes de Laura Varela y de Alicia Berenguer, antes incluso de que existiera aquella investigación.
Y esa certeza comenzaba a producirle una sensación fría y desagradable detrás del pecho.
—¿Qué libro era? —preguntó Hugo finalmente.
La voz sonó baja dentro del coche.
Irene tardó varios segundos en responder.
—No lo recuerdo con seguridad.
Lucía levantó lentamente la vista desde el asiento delantero.
—Pero recuerdas el símbolo.
La inspectora asintió apenas.
La lluvia seguía resbalando sobre la ventanilla junto a su rostro mientras intentaba ordenar los fragmentos dispersos de memoria que comenzaban a regresar lentamente.
La librería.
El olor a humedad y papel viejo.
Las estanterías estrechas.
La sensación constante de silencio.
Y aquel libro, oscuro, antiguo, con anotaciones escritas a mano entre algunas páginas.
—Creo que era filosofía —murmuró finalmente—. O psicología. No estoy segura.
Clara permanecía completamente inmóvil en el asiento trasero observándola con una atención casi frágil.
Porque todos comprendían ya lo mismo.
El caso acababa de acercarse peligrosamente a Irene de una forma que ninguno esperaba.
—¿Y qué pasó con el libro? —preguntó Lucía.
La inspectora cerró lentamente los ojos un instante, y entonces apareció otra imagen.
Su antiguo apartamento.
Una caja de libros acumulados junto a una pared.
Mudanzas.
Años pasando demasiado deprisa.
Después oscuridad.
—No lo sé —susurró—. Hace mucho tiempo de eso.
Hugo soltó aire lentamente.
—Necesitamos encontrarlo.
Sí.
Irene también lo sabía.
Porque cuanto más pensaba en ello, más incómoda se volvía otra posibilidad creciendo lentamente dentro de su cabeza.
¿Y si aquello no había comenzado con Laura Varela?
¿Y si el asesino —o alguien relacionado con todo aquello— llevaba años observando a determinadas personas sin que ellas lo supieran?
La lluvia golpeó más fuerte el parabrisas durante unos segundos.
Lucía volvió rápidamente a revisar información desde el móvil.
—La dirección de la librería sigue registrada a nombre de una sociedad desaparecida hace dos años, pero hay algo raro.
Irene abrió lentamente los ojos.
—¿Qué?
—El propietario legal nunca apareció públicamente.
Hugo frunció el ceño.
—¿Cómo que nunca apareció?
Lucía giró ligeramente la pantalla hacia ellos.
—La sociedad estaba administrada por intermediarios. No hay fotografías ni entrevistas, no hay prácticamente nada.
El silencio volvió a asentarse dentro del coche.
Porque aquello encajaba demasiado bien con el resto del caso.
Presencias invisibles.
Gente observando desde la distancia.
Identidades diluidas detrás de otras.
Como si toda aquella estructura hubiera sido diseñada precisamente para permanecer en los márgenes sin llamar nunca demasiado la atención.
Entonces Irene recordó algo más.
Pequeño.
Casi insignificante.
Una frase.
La había leído escrita a lápiz sobre la primera página interior del libro y, al recordarla, sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda.
—Dios...
Hugo volvió inmediatamente la cabeza hacia ella.
—¿Qué pasa?
Irene tragó saliva antes de responder.
Porque la frase acababa de regresar completa.
Y era exactamente el tipo de lenguaje que el asesino utilizaba ahora.
—En la primera página ponía:
"Hay puertas que solo aparecen ante quienes llevan años buscando sin saberlo."
El silencio dentro del coche se volvió absoluto.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid.
Y durante unos segundos nadie dijo nada.
Porque todos acababan de comprender otra posibilidad muchísimo más inquietante.
Quizá Irene nunca había sido elegida al azar.
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Parte 2
La lluvia seguía golpeando suavemente el coche mientras el silencio permanecía suspendido entre todos después de las palabras de Irene.
"Hay puertas que solo aparecen ante quienes llevan años buscando sin saberlo."
La frase parecía haber abierto algo invisible dentro del vehículo. No sonaba como una simple cita escrita al azar en un libro antiguo. Sonaba exactamente igual que los mensajes encontrados en las fotografías, en las paredes y en la habitación del hospital.
El mismo lenguaje.
La misma idea constante.
Puertas.
Umbrales.
Personas destinadas a mirar algo que otros nunca soportarían comprender.
Y eso hacía que todo resultara muchísimo más inquietante.
Hugo apoyó lentamente ambas manos sobre el volante mientras observaba la lluvia resbalar por el parabrisas.
—¿Cuántos años tenías cuando compraste ese libro?
Irene tardó varios segundos en responder.
Porque el recuerdo seguía reconstruyéndose lentamente dentro de ella, como una habitación antigua iluminándose poco a poco después de demasiado tiempo cerrada.
—Veintisiete... quizá veintiocho.
Lucía levantó inmediatamente la vista.
—Eso fue antes de Homicidios.
—Sí.
La inspectora permaneció unos segundos observando las luces húmedas de la ciudad antes de continuar.
—Todavía estaba en Delitos Violentos. Apenas llevaba unos años en la policía.
Clara seguía escuchando en silencio desde el asiento trasero, pero Irene percibía perfectamente que la misma idea comenzaba a abrirse paso también dentro de ella.