Chapter 23
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La lluvia había comenzado a disminuir cuando Irene Alarcón salió del hospital universitario pasada la medianoche, pero Madrid seguía cubierta por esa humedad gris que parecía adherirse a los edificios, a las luces y a las personas desde hacía días.
El aire nocturno olía a asfalto mojado y electricidad mientras las ambulancias permanecían inmóviles frente a la entrada principal bajo destellos intermitentes de azul y blanco.
Nadie habló inmediatamente.
Hugo caminaba unos pasos por delante hacia el coche con expresión cansada.
Lucía seguía revisando datos desde el móvil mientras Clara permanecía en silencio junto a Irene, todavía afectada por la desaparición de Alicia Berenguer y por la sensación creciente de que todas ellas comenzaban a moverse dentro de un juego construido mucho antes de comprender sus reglas.
Pero Irene apenas percibía ya nada de eso.
Seguía pensando en la palabra escrita sobre el cristal.
"MÍRAME."
Y cuanto más la recordaba, más incómoda se volvía la sensación de que el asesino estaba intentando algo mucho más complejo que provocar miedo o demostrar superioridad.
Parecía intentar establecer intimidad.
Como si necesitara ser visto por alguien capaz de entenderlo realmente.
La inspectora abrió la puerta del coche sin decir nada y permaneció unos segundos inmóvil antes de entrar. La lluvia seguía resbalando lentamente sobre el techo y el parabrisas mientras el resto ocupaba sus asientos.
Entonces Clara habló desde atrás.
—Creo que le gustas.
El silencio dentro del vehículo fue inmediato.
Hugo levantó lentamente la vista hacia el espejo retrovisor.
Lucía dejó de escribir.
Irene permaneció inmóvil varios segundos antes de volver apenas la cabeza hacia la periodista.
—¿Qué has dicho?
Clara tragó saliva.
—No me refiero a algo normal.
La inspectora sostuvo su mirada unos segundos y no respondió.
Porque una parte de ella había empezado a sospechar exactamente lo mismo hacía rato.
No deseo.
Ni atracción simple.
Algo mucho más oscuro.
La sensación era que el asesino veía en Irene a alguien capaz de acercarse emocionalmente a lugares donde otras personas jamás entrarían.
—No le interesan los policías normales —continuó Clara muy despacio—. Le interesan las personas que viven cerca de ciertas cosas demasiado tiempo.
Y aquella frase produjo una incomodidad inmediata dentro del coche porque conectaba demasiado bien con el mensaje encontrado detrás de la fotografía.
"Las personas que viven cerca de la oscuridad terminan olvidando cuándo empezaron a formar parte de ella."
Hugo arrancó lentamente.
—No me gusta esta conversación.
Irene seguía observando la lluvia deslizándose sobre la ventanilla.
Empezaba a comprender algo que resultaba todavía más perturbador que cualquier escena ritual o cualquier mensaje escrito sobre una pared.
El asesino no parecía querer destruirla, parecía querer acercarla poco a poco hacia su manera de mirar el mundo, y esa posibilidad empezaba a resultar peligrosamente difícil de ignorar.
El coche avanzó varios minutos en silencio a través de las calles nocturnas de Madrid hasta que el teléfono de Lucía vibró otra vez sobre sus piernas.
La analista frunció inmediatamente el ceño al leer la pantalla.
—Irene.
La inspectora levantó apenas la vista.
—¿Qué ocurre ahora?
Lucía tardó unos segundos en responder.
—He encontrado algo relacionado con Laura Varela.
El cansancio desapareció ligeramente del rostro de Irene.
—Habla.
La analista giró el móvil hacia ellos.
—Revisando movimientos bancarios antiguos encontré pagos periódicos a una librería de segunda mano del centro. Muy frecuentes durante los seis meses anteriores a su desaparición.
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—¿Y?
Lucía sostuvo la mirada fija en la pantalla.
—La librería cerró hace tres años.
Irene sintió inmediatamente aquella presión fría en la nuca que aparecía cada vez que algo importante empezaba a encajar.
—¿Nombre?
La analista tragó saliva antes de responder.
—"El Umbral."
El silencio cayó inmediatamente dentro del coche.
Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada.
Porque todos comprendieron al mismo tiempo que aquello no podía ser casualidad.
No después del símbolo.
No después del umbral de la mirada.
No después de las frases constantes sobre puertas, ventanas y lugares interiores cerrados.
Hugo redujo lentamente la velocidad mientras observaba a Irene a través del retrovisor.
—Dime que estás pensando exactamente lo mismo que yo.
La inspectora contempló varios segundos la ciudad húmeda deslizándose detrás del cristal. Las luces de Madrid aparecían deformadas por la lluvia y parecían avanzar lentamente junto a ellos como recuerdos flotando sobre agua oscura.
Entonces respondió.
—Creo que acabamos de encontrar el lugar donde empezó todo.
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Parte 2
La lluvia continuaba cayendo suavemente sobre Madrid mientras el coche avanzaba a través de calles casi vacías. El nombre de la librería seguía suspendido dentro del vehículo como una presencia incómoda.
“El Umbral.”
Irene permanecía inmóvil observando las luces húmedas reflejadas sobre la ventanilla mientras sentía cómo las piezas del caso comenzaban a desplazarse lentamente hacia un lugar todavía más oscuro.
Porque aquello ya no parecía únicamente una obsesión personal del asesino.
Empezaba a parecer algo construido durante años.
—¿Qué sabemos de la librería? —preguntó finalmente.
Lucía seguía revisando datos desde el móvil.
—Muy poco. Era una librería de segunda mano especializada en filosofía, religión, psicología y textos raros. Cerró oficialmente hace tres años por problemas económicos.
Hugo soltó aire lentamente.
—Seguro.
La analista levantó apenas la vista.
—Eso pensé yo también. Hay algo extraño en los registros. El local desaparece prácticamente de internet después del cierre. Muy pocas referencias. Casi ninguna fotografía.
Irene frunció ligeramente el ceño.
—¿Dirección?
Lucía le mostró la pantalla.
La inspectora sintió inmediatamente una pequeña presión, conocía aquella calle. No por el caso, por otra cosa.
—He estado ahí antes —murmuró.
Hugo la miró inmediatamente.
—¿Cuándo?
Irene tardó varios segundos en responder.
Porque el recuerdo estaba llegando de forma extraña, fragmentada, como una imagen olvidada durante demasiado tiempo.
—Hace años… antes incluso de entrar en Homicidios.
El silencio cayó otra vez dentro del coche.
La lluvia golpeaba suavemente el techo mientras Madrid seguía deslizándose húmeda y silenciosa al otro lado de los cristales.
—¿Entraste en la librería? —preguntó Clara desde el asiento trasero.
Irene apoyó lentamente la cabeza contra el respaldo.
Y entonces recordó el olor a papel viejo, madera húmeda, polvo y una sensación muy concreta, la de estar dentro de un lugar donde el tiempo parecía avanzar de forma distinta.
—Sí —susurró finalmente.
Lucía levantó lentamente la vista hacia ella.
—¿Qué recuerdas?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
—Muy poco. Solo que era un sitio extraño. Silencioso. Había un hombre mayor trabajando allí… o eso creo.
Hugo frunció el ceño.
—¿Podría ser él?
Irene negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Pero una parte de ella ya empezaba a sospechar algo todavía más inquietante.
Quizá el asesino no había creado toda aquella filosofía desde cero, quizá había heredado algo.
El coche se detuvo finalmente frente a un semáforo en rojo y durante unos segundos el interior quedó iluminado por una luz rojiza y húmeda.
Entonces Clara habló muy despacio.
—¿Y si el símbolo no pertenece solo a una persona?
Nadie respondió inmediatamente.
Porque todos pensaron exactamente lo mismo.
Lucía volvió rápidamente a la pantalla del móvil.
—No he encontrado ninguna organización formal, pero algunos de los textos donde aparece el “umbral de la mirada” hablan de pequeños círculos privados de pensamiento. Gente obsesionada con experiencias emocionales extremas, percepción y transformación psicológica.
Hugo soltó un ruido seco de cansancio.
—Perfecto, una secta filosófica. Maravilloso.
Pero Irene seguía pensando en otra cosa.
Porque cuanto más avanzaba el caso, más empezaba a sentir una incomodidad distinta creciendo lentamente dentro de ella.
La sensación de cercanía.
Como si el asesino hubiera estado orbitando alrededor de su vida mucho antes que ella conociera siquiera el nombre de Laura Varela.
Entonces recordó algo más, un recuerdo pequeño, antiguo, el de un símbolo dibujado en tinta negra sobre una página interior de un libro. Un círculo atravesado por una línea vertical imperfecta.
Irene abrió lentamente los ojos.
El corazón acababa de golpearle una vez con demasiada fuerza dentro del pecho.
—Para el coche.
Hugo volvió inmediatamente la cabeza hacia ella.
—¿Qué pasa?
—Para el coche.
El subinspector obedeció junto a la acera mojada.
La lluvia seguía cayendo suavemente sobre Madrid cuando Irene permaneció inmóvil varios segundos mirando hacia ninguna parte.
Y entonces habló muy despacio.
—Yo ya había visto ese símbolo antes.
El silencio dentro del vehículo se volvió absoluto.
Lucía levantó lentamente la cabeza.
—¿Dónde?
Irene tragó saliva antes de responder.
Porque el recuerdo acababa de abrirse completamente dentro de ella.
—En un libro que compré en esa librería hace muchos años.
La lluvia golpeó el cristal.
Y por primera vez desde el inicio del caso, Irene sintió una certeza profundamente incómoda creciendo dentro de ella.
Quizá el asesino no acababa de entrar en su vida, igual llevaba mucho más tiempo cerca de lo que jamás había imaginado.
Capítulo 22 — El libro marcado
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Parte 1
El coche permanecía detenido junto a la acera mientras la lluvia seguía cayendo suavemente sobre Madrid. El sonido del agua deslizándose sobre el techo y los cristales parecía envolver el interior del vehículo en una especie de aislamiento silencioso donde nadie se atrevía ya a moverse demasiado.
Irene continuaba mirando hacia delante, pero no estaba viendo la calle estaba viendo otra cosa.