El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 21
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Chapter 21

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La lluvia seguía cayendo sobre Madrid cuando la sala de reuniones quedó sumida en un silencio cada vez más denso alrededor de la imagen ampliada del funeral de Laura Varela.

El rostro del hombre seguía siendo imposible de distinguir completamente debido a la distancia y al agua deslizándose frente al objetivo de la cámara, pero ya no importaba demasiado.

El anillo metálico visible en la mano izquierda bastaba para confirmar lo que Irene llevaba demasiado tiempo empezando a sospechar.

Había estado allí desde el principio. Observando. Esperando.

La inspectora permanecía inmóvil frente a la pantalla mientras el resto de la brigada intentaba procesar lentamente lo que acababan de descubrir.

El reflejo azulado del monitor iluminaba tenuemente las fotografías distribuidas sobre la pared y hacía que las imágenes de Laura, Alicia, Clara y Marta parecieran todavía más silenciosas bajo aquella luz fría y cansada.

—¿Cuándo se tomó exactamente esta fotografía? —preguntó Irene sin apartar la vista de la pantalla.

Iván revisó rápidamente varios archivos abiertos sobre la mesa.

—La mañana del entierro. Aproximadamente cuarenta minutos después de terminar la ceremonia.

Hugo soltó aire lentamente.

—Eso significa que estaba observando incluso a quiénes acudían al funeral.

Pero Irene seguía pensando en algo todavía peor.

Porque el asesino no parecía moverse impulsivamente alrededor del dolor ajeno. Parecía estudiarlo con paciencia. Como si cada pérdida humana fuera una oportunidad para detectar nuevas grietas emocionales donde entrar lentamente después.

Clara permanecía sentada junto al extremo de la mesa con el rostro pálido y agotado. Desde hacía varios minutos no apartaba la vista de la imagen ampliada.

—Recuerdo esa sensación… —murmuró de pronto.

Irene volvió lentamente hacia ella.

—¿Qué sensación?

La periodista tardó unos segundos en responder.

—La de no estar sola, aunque no pudiera explicar por qué.

El silencio volvió a asentarse dentro de la sala, porque aquella frase resumía perfectamente todo el caso.

No era miedo inmediato ni persecución evidente.

Era algo mucho más íntimo y psicológico, la sensación progresiva de ser observada desde algún lugar imposible de localizar.

Lucía cerró lentamente el portátil y levantó la vista hacia Irene.

—He seguido revisando referencias sobre el “umbral de la mirada”.

La inspectora la observó en silencio.

—¿Y?

La analista dudó apenas un instante antes de continuar.

—En varios textos aparece relacionado con la idea de “despertar” . Como si ciertas personas estuvieran destinadas a atravesar una verdad emocional que el resto evita durante toda su vida.

Orduña soltó un ruido seco de cansancio.

—Perfecto, ahora resulta que además de ser un asesino cree estar iluminando a la gente.

Pero Irene no estaba segura de que aquello fuera tan simple.

Cuanto más analizaban el comportamiento del hombre, más evidente resultaba que sus actos no parecían impulsados únicamente por crueldad o placer violento. Había algo mucho más estructurado detrás. Una necesidad obsesiva de construir significado alrededor del sufrimiento ajeno.

Y eso lo hacía todavía más peligroso.

La inspectora caminó lentamente hasta la ventana principal de la sala. Madrid aparecía difuminada detrás de la lluvia y las luces nocturnas parecían flotar dentro de la oscuridad como reflejos distantes sobre agua negra.

—No creo que vea a las víctimas como víctimas —murmuró finalmente.

Hugo levantó la cabeza.

—¿Entonces qué son para él?

Irene tardó varios segundos en responder, porque la conclusión empezaba a resultar inquietantemente clara dentro de su cabeza.

—Creo que las ve como personas capaces de entender algo que el resto nunca llegará a mirar.

La lluvia golpeó suavemente el cristal.

Y por primera vez desde el inicio del caso, Irene sintió una incomodidad distinta creciendo lentamente dentro de ella, porque empezaba a preguntarse algo que hasta ese momento había evitado formular claramente:

¿Y si el asesino también la había elegido a ella por una razón concreta?

La inspectora cerró lentamente los ojos un instante.

Recordó la fotografía tomada desde fuera del coche, la frase escrita detrás, la manera en que las palabras parecían dirigidas específicamente a ella y no solo a la policía.

“Las personas que viven cerca de la oscuridad terminan olvidando cuándo empezaron a formar parte de ella.”

Aquello no sonaba casual, sonaba personal.

Entonces el teléfono de Hugo vibró bruscamente sobre la mesa.

El subinspector lo observó apenas un segundo antes de fruncir el ceño.

—Irene…

Ella volvió lentamente la cabeza hacia él.

—¿Qué ocurre?

Hugo sostuvo la mirada fija en la pantalla del móvil varios segundos antes de responder.

—No encuentran a Alicia Berenguer.

El silencio dentro de la sala se congeló inmediatamente.

Clara levantó la cabeza y Lucía dejó de escribir.

Irene sintió una presión fría descendiendo lentamente por la espalda incluso antes de escuchar lo siguiente.

—Creen que está viva —continuó Hugo—. Pero ha desaparecido del hospital donde la dejamos, hace menos de una hora.

Y entonces añadió las palabras que terminaron de hundir el aire dentro de la sala:

—Y ha dejado un mensaje para ti.

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Parte 2

El silencio permaneció suspendido dentro de la sala durante varios segundos después de las palabras de Hugo.

La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas de la Brigada Central de Homicidios y el reflejo húmedo de Madrid continuaba vibrando detrás del cristal, pero Irene apenas percibía ya nada de aquello. Su atención se había quedado fija en una sola idea.

Alicia Berenguer había desaparecido, otra vez.

—¿Qué mensaje? —preguntó finalmente.

Hugo levantó lentamente la vista del teléfono.

—Lo encontraron escrito en una de las paredes de la habitación del hospital.

La presión fría detrás de los ojos de Irene aumentó lentamente.

—¿Qué decía?

El subinspector tardó apenas un instante en responder.

—“Ella ya ha comenzado a mirar.”

El silencio posterior cayó sobre todos como una losa.

Clara sintió cómo el color desaparecía lentamente de su rostro. Lucía dejó de escribir y levantó la cabeza muy despacio hacia Irene. Incluso Orduña permaneció completamente inmóvil junto a la puerta de la sala durante unos segundos.

Porque todos entendieron inmediatamente lo mismo.

El mensaje no hablaba de Alicia, hablaba de Irene.

La inspectora permaneció inmóvil frente a la ventana mientras la lluvia seguía descendiendo lentamente sobre la ciudad.

Notaba la fotografía dentro del bolsillo de la cazadora como un peso incómodo adherido al cuerpo y, por primera vez desde el inicio del caso, sintió algo peligrosamente parecido a la sensación de estar entrando exactamente en el terreno que el asesino quería construir para ella.

No solo investigarlo, comprenderlo.

Y esa diferencia comenzaba a resultarle profundamente inquietante.

—¿Cómo desapareció del hospital? —preguntó finalmente.

Hugo revisó rápidamente la información del móvil.

—Nadie lo tiene claro todavía. Una enfermera entró hace veinte minutos y la habitación estaba vacía. No hay signos de forcejeo ni cámaras que capten nada extraño.

Orduña soltó aire lentamente.

—Perfecto, una mujer psicológicamente destruida desaparece de un hospital vigilado y deja un mensaje místico en la pared. Esto ya parece una maldita pesadilla.

Pero Irene seguía pensando en otra cosa.

“Ella ya ha comenzado a mirar.”

No sonaba como una amenaza, tampoco como una provocación, sonaba como alguien describiendo un proceso ya iniciado, y eso era precisamente lo peor.

Lucía cerró lentamente el portátil.

—Irene…

La inspectora volvió apenas la cabeza hacia ella.

—¿Sí?

La analista dudó unos segundos antes de continuar.

—Creo que el mensaje también significa otra cosa.

Hugo frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

Lucía sostuvo unos segundos la mirada fija en la pared cubierta de fotografías antes de responder.

—Que Alicia probablemente no huyó.

El silencio posterior fue inmediato.

Porque la posibilidad resultaba mucho más perturbadora que cualquier secuestro.

—No digas tonterías —murmuró Orduña—. Esa mujer estaba aterrorizada.

—Sí —respondió Lucía lentamente—. Pero también vinculada emocionalmente a él.

Nadie habló.

Porque todos recordaban perfectamente las palabras de Alicia dentro de la iglesia:

“Empecé a necesitarlo.”

Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda.

Entonces comprendió algo que llevaba demasiado tiempo creciendo silenciosamente bajo el caso.

El asesino no destruía únicamente la estabilidad emocional de las personas, conseguía que una parte de ellas quisiera seguir acercándose a él incluso después de comprender el peligro, como una fascinación construida lentamente sobre heridas invisibles.

La inspectora apoyó ambas manos sobre la mesa intentando ordenar las ideas que comenzaban a acumularse dentro de su cabeza.

Laura Varela. Marta Urrutia. Alicia Berenguer. Clara Montes.

Todas parecían haber atravesado el mismo recorrido emocional, primero curiosidad, después comprensión, más tarde dependencia, y finalmente aislamiento.

Como si el asesino construyera lentamente una nueva realidad privada entre él y cada una de ellas antes de empujarlas hacia el borde.

Entonces Clara habló muy despacio desde el otro lado de la sala.

—Creo que nunca quiso matarlas al principio.

Irene levantó lentamente la vista hacia ella.

La periodista parecía agotada ahora. Tenía el cabello todavía húmedo por la lluvia y los ojos enrojecidos por el cansancio, pero había algo distinto en su expresión desde hacía unos minutos.

Como si ciertas piezas hubieran terminado finalmente de encajar dentro de ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Irene.

Clara tragó saliva antes de responder.

—Creo que al principio solo quería que lo entendieran.

La lluvia golpeó otra vez los cristales.

Y el silencio posterior resultó todavía más inquietante porque Irene sospechaba que Clara acababa de decir algo peligrosamente cercano a la verdad.