El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 20
62%

Chapter 20

──────── ✠ ────────

El silencio permaneció suspendido dentro de la sala de reuniones después de las palabras de Clara.

La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas exteriores de la Brigada Central de Homicidios y el reflejo azulado de las pantallas iluminaba tenuemente las fotografías distribuidas sobre la pared principal, pero durante unos segundos nadie pareció capaz de decir nada.

“Hay personas que siguen vivas mucho tiempo después de desaparecer.”

Irene sintió cómo la frase comenzaba a encajar lentamente dentro del caso con una precisión incómoda.

Porque ya no sonaba únicamente poética o inquietante, sonaba calculada.

Como si el asesino hubiera comprendido desde el principio algo esencial sobre Laura Varela y sobre las personas que dejaba atrás.

—¿Estás segura que fue él? —preguntó Hugo finalmente.

Clara tardó unos segundos en responder.

—Ahora sí.

La periodista bajó lentamente la vista hacia la mesa mientras intentaba reconstruir recuerdos que probablemente hasta ese momento había considerado irrelevantes.

—Aquella noche no me pareció extraño, había mucha gente en el cementerio. Profesores, periodistas, conocidos de Laura… él simplemente apareció caminando a mi lado cuando salíamos.

Irene permanecía completamente inmóvil escuchándola.

Porque empezaba a comprender que el asesino llevaba muchísimo más tiempo infiltrándose en la vida de las personas de lo que habían imaginado.

No irrumpía.

Esperaba.

Observaba.

Elegía cuidadosamente el momento exacto en que alguien comenzaba a romperse por dentro.

—¿Recuerdas cómo iba vestido? —preguntó Lucía.

Clara negó lentamente con la cabeza.

—No, solo recuerdo su voz.

La inspectora levantó apenas la vista.

—¿Por qué?

La periodista respiró hondo antes de responder.

—Porque hablaba como alguien que ya supiera exactamente cómo te sientes antes de que abras la boca.

Otra vez aquello, la misma sensación descrita por Alicia Berenguer, la misma idea de comprensión emocional inmediata.

Irene sintió un leve escalofrío recorriéndole lentamente la espalda mientras observaba las fotografías sobre la pared.

Quizá ahí estaba el verdadero núcleo del caso.

No la violencia ni los rituales.

Ni siquiera las muertes.

Sino la capacidad del asesino para detectar exactamente qué vacío existía dentro de las personas antes de acercarse a ellas.

Orduña soltó aire lentamente desde el fondo de la sala.

—Necesito saber quién coño es este hombre antes de que vuelva a acercarse a alguien más.

Pero Irene seguía pensando en otra cosa.

Porque cuanto más avanzaban, más evidente resultaba un detalle profundamente perturbador, el asesino nunca parecía tener prisa y eso significaba confianza y, la confianza solo aparece cuando alguien cree controlar completamente la situación.

La inspectora se acercó lentamente al panel principal mientras la lluvia continuaba deslizándose sobre los cristales de la brigada.

Laura Varela.

Marta Urrutia.

Alicia Berenguer.

Clara Montes.

Cuatro mujeres distintas, cuatro vidas distintas y sin embargo el mismo patrón emocional aparecía una y otra vez.

Soledad.

Desgaste.

Necesidad de ser escuchadas.

Entonces algo llamó de pronto su atención.

Irene entrecerró ligeramente los ojos observando una de las fotografías ampliadas del funeral de Laura colocadas sobre el panel lateral. La imagen mostraba a varias personas abandonando el cementerio bajo paraguas oscuros mientras la lluvia caía sobre las lápidas húmedas.

Al fondo allí estaba, casi fuera de foco.

Una figura masculina observando desde cierta distancia.

La inspectora sintió cómo algo se tensaba inmediatamente dentro de ella.

—Espera.

Hugo levantó la vista.

—Irene, ¿qué pasa?

Ella se acercó lentamente a la fotografía.

El hombre aparecía parcialmente cubierto por otros asistentes al funeral y la lluvia dificultaba distinguir claramente el rostro, pero había algo reconocible en la postura tranquila y en la manera de mantenerse ligeramente apartado del resto.

Como alguien acostumbrado a mirar sin participar realmente.

—Amplía esta imagen —dijo.

Lucía se acercó rápidamente con el portátil mientras Iván tomaba la fotografía original del panel.

Durante varios segundos solo se escuchó el sonido del teclado y la lluvia exterior.

Después la imagen apareció ampliada sobre la pantalla.

Y el silencio cayó inmediatamente sobre la sala.

Porque, aunque el rostro seguía siendo difícil de distinguir, la mano izquierda del hombre permanecía parcialmente visible junto al paraguas oscuro.

En uno de los dedos brillaba débilmente el mismo anillo metálico, el mismo círculo atravesado por aquella línea vertical imperfecta, el umbral de la mirada.

Clara dio un paso involuntario hacia atrás.

—Irene…

Pero la inspectora apenas la escuchó.

Seguía observando la imagen ampliada mientras una sensación lenta y profundamente incómoda comenzaba a crecer dentro de ella.

El asesino no había empezado a observarlas recientemente, había estado allí incluso antes de que la investigación existiera, mirando en silencio desde el borde mismo del dolor de las personas.