Chapter 19 #2
Clara permanecía inmóvil junto a la entrada de la Brigada escuchando en silencio. La lluvia había oscurecido ligeramente su cabello y el cansancio empezaba a marcarle el rostro de una manera que Irene no había visto antes.
Entonces la periodista habló muy despacio.
—Laura Varela me dijo algo parecido una vez.
La atención de Irene regresó inmediatamente hacia ella.
—¿Qué cosa?
Clara tardó varios segundos en responder. Parecía buscar cuidadosamente el recuerdo entre una niebla emocional cada vez más espesa.
—Dijo que al principio él conseguía hacerte sentir especial.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid.
—Como si fueras una de las pocas personas capaces de comprender algo importante.
Irene sintió cómo una presión fría comenzaba a instalarse detrás de los ojos.
—¿Te dijo eso exactamente?
Clara asintió apenas.
—Y también dijo otra cosa.
La inspectora permaneció inmóvil observándola.
—¿Qué?
La periodista levantó lentamente la vista.
—Que cuanto más hablaba con él, más difícil se volvía distinguir si ciertas ideas habían empezado en su propia cabeza o en la de él.
El silencio posterior fue absoluto.
Porque todos comprendieron inmediatamente lo que aquello significaba.
El asesino no solo manipulaba emocionalmente a las personas.
Se infiltraba lentamente dentro de su manera de pensar.
Como una voz que termina mezclándose con la propia hasta volverse indistinguible.
Orduña se pasó una mano cansada por el rostro mientras observaba la lluvia.
—Necesito perfiles completos de todas las mujeres relacionadas con el caso. Rutinas, relaciones, antecedentes psicológicos, cualquier cosa que nos ayude a entender cómo las elige.
Lucía asintió inmediatamente.
—Ya estoy cruzando patrones comunes.
Pero Irene seguía observando a Clara.
Y cuanto más la miraba, más incómoda se volvía otra idea creciendo lentamente dentro de ella.
Porque Clara no parecía únicamente asustada.
Parecía alguien empezando a recordar demasiadas cosas de golpe.
La inspectora se acercó despacio.
—Clara.
La periodista levantó la vista.
—¿Sí?
Irene dudó apenas un instante antes de preguntar.
—¿Cuántas veces hablaste realmente con él?
La lluvia golpeó con más fuerza el asfalto.
Clara bajó lentamente la mirada.
Y cuando volvió a hablar, su voz apenas fue un susurro cansado.
—Creo que muchas más de las que quiero admitir.
Capítulo 18 — El hombre que escucha
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Parte 1
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid cuando Irene Alarcón entró finalmente en la Brigada Central de Homicidios con la fotografía todavía dentro de la funda transparente entre las manos.
El edificio estaba casi vacío a aquellas horas de la noche y el eco distante de teléfonos, pasos y conversaciones apagadas parecía llegar desde muy lejos, amortiguado por el cansancio acumulado de toda la jornada.
Clara caminaba detrás de ella en silencio.
La periodista había dejado de intentar aparentar serenidad hacía ya bastante rato. Irene podía percibir perfectamente el modo en que observaba cada rostro, cada pasillo y cada reflejo en los cristales interiores de la brigada, como si todavía esperara encontrarlo observándola desde algún rincón.
Y quizá esa era precisamente la intención del asesino.
No provocar terror inmediato.
Sino instalar una presencia constante dentro de la mente de las personas hasta que ya no pudieran sentirse completamente solas ni siquiera en espacios seguros.
Lucía abrió rápidamente la puerta de la sala de reuniones mientras Iván seguía trabajando sobre varias ampliaciones impresas de las fotografías encontradas hasta ahora.
La pared principal estaba cubierta de imágenes:
Laura Varela, Marta Urrutia, Berenguer, Clara, las frases escritas, los lugares vigilados, las fechas, y ahora también la fotografía de Irene dentro del coche.
La inspectora se detuvo unos segundos observando el conjunto completo.
Y por primera vez tuvo la sensación incómoda de estar viendo no una investigación criminal, sino el mapa emocional de alguien obsesionado con estudiar lentamente la intimidad humana.
Como si cada víctima fuera una pieza dentro de una idea mucho más grande.
—Hay algo que no deja de darme vueltas —murmuró Hugo entrando detrás de ellas.
Irene apartó lentamente la vista del panel.
—¿Qué?
El subinspector señaló varias de las fotografías colocadas sobre la pared.
—Nunca aparecen personas cercanas alrededor de las víctimas.
El silencio se asentó lentamente dentro de la sala.
Lucía levantó la vista del portátil.
—¿A qué te refieres?
Hugo se acercó despacio al panel.
—Laura estaba prácticamente aislada cuando desapareció. Marta había roto contacto con casi todo el mundo. Alicia canceló pacientes y se encerró en sí misma. Clara llevaba meses alejándose de gente cercana sin darse cuenta.
La periodista levantó lentamente la cabeza y no dijo nada porque sabía que era verdad.
Irene sintió cómo algo empezaba a ordenarse lentamente dentro de su cabeza.
No era casualidad, nunca lo había sido.
—Necesita espacios vacíos —murmuró finalmente.
Hugo la miró.
—¿Qué quieres decir?
La inspectora sostuvo unos segundos la vista fija en las fotografías antes de responder.
—No entra en vidas completas. Necesita personas emocionalmente aisladas o heridas, porque así puede convertirse poco a poco en la voz más importante dentro de ellas.
Lucía soltó aire lentamente.
—Como una dependencia.
—Exacto.
La lluvia golpeó suavemente las ventanas exteriores de la brigada mientras el silencio volvía a llenar la sala.
Porque aquello hacía que el caso resultara todavía más perturbador.
El asesino no parecía buscar únicamente víctimas.
Parecía buscar personas emocionalmente vulnerables a las que pudiera reconstruir lentamente desde dentro.
Clara permanecía inmóvil observando las imágenes sobre la pared cuando habló casi en un susurro.
—Ahora entiendo algo.
Irene volvió lentamente hacia ella.
—¿Qué cosa?
La periodista tardó unos segundos en responder.
—Nunca me preguntaba directamente por mis artículos o por el caso. Siempre preguntaba cómo estaba yo.
Nadie habló.
Porque aquella frase explicaba muchísimo más de lo que parecía.
El hombre no comenzaba generando fascinación intelectual.
Comenzaba generando intimidad emocional.
—¿Recuerdas dónde lo conociste exactamente? —preguntó Irene.
Clara frunció ligeramente el ceño intentando reconstruir el recuerdo.
—Sí… creo que sí.
La inspectora percibió inmediatamente el cambio en su expresión.
—¿Dónde?
La periodista apoyó lentamente las manos sobre la mesa antes de responder.
—En el funeral de Laura Varela.
El silencio posterior fue absoluto.
Hugo levantó inmediatamente la cabeza.
Lucía dejó de escribir.
Incluso Orduña, apoyado junto a la puerta de la sala, permaneció inmóvil durante varios segundos.
Porque aquello cambiaba completamente la perspectiva temporal del caso.
El asesino no había aparecido después, había estado allí desde el principio.
Observando incluso el dolor posterior a la muerte de Laura.
—¿Te habló aquella noche? —preguntó Irene muy despacio.
Clara asintió apenas.
—Muy poco. Solo recuerdo que me dijo algo cuando salíamos del cementerio.
La lluvia continuaba golpeando suavemente los cristales.
Irene sintió una presión fría creciendo lentamente detrás de los ojos.
—¿Qué te dijo?
Clara levantó lentamente la vista hacia ella.
Y cuando respondió, su voz apenas fue un susurro roto por el cansancio.
—“Hay personas que siguen vivas mucho tiempo después de desaparecer.”