Chapter 19
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Irene Alarcón no permitió que Clara Montes se quedara sola en el apartamento.
Después que científica terminara las primeras fotografías y recogiera la hoja escrita a mano encontrada sobre la mesa del salón, la inspectora tomó la decisión casi de forma instintiva.
No hubo realmente discusión. Clara intentó insistir en que podía quedarse con algún agente vigilando el edificio, pero Irene negó inmediatamente.
—No.
La periodista sostuvo su mirada unos segundos bajo la luz tenue del apartamento todavía alterado por la presencia invisible del asesino.
—¿Y qué hago entonces?
Irene tardó apenas un instante en responder.
—Vienes con nosotros.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid cuando abandonaron finalmente el edificio.
El aire nocturno estaba impregnado de humedad y el sonido constante del agua deslizándose sobre las aceras parecía envolver toda la ciudad en una especie de silencio gris y cansado.
Clara ocupó el asiento trasero del coche mientras Hugo arrancaba sin decir nada y la Brigada Central de Homicidios quedaba todavía a varios minutos de distancia entre calles mojadas y reflejos urbanos.
Durante gran parte del trayecto nadie habló.
Irene observaba la ciudad a través de la ventanilla del copiloto mientras la lluvia deformaba lentamente las luces exteriores sobre el cristal.
Sentía todavía la presencia del apartamento de Clara adherida a la piel: el hueco vacío de la estantería, la hoja escrita a mano, la sensación insoportable de que alguien había entrado allí no para robar ni para destruir nada, sino para instalar una conversación.
Y eso resultaba muchísimo más perturbador.
Irene sintió cómo una presión fría comenzaba a instalarse otra vez en su nuca incluso antes de llegar al edificio.
Cuando finalmente el coche se detuvo frente a la Brigada Central de Homicidios, varios agentes permanecían reunidos bajo el alero principal observando algo situado junto a la entrada de cristal.
Las luces azuladas de los vehículos policiales se reflejaban sobre el asfalto mojado mientras la lluvia seguía descendiendo lentamente sobre Madrid.
Irene salió del coche inmediatamente.
El aire húmedo golpeó su rostro y durante unos segundos tuvo la sensación extraña de estar caminando exactamente hacia aquello que el asesino esperaba que encontrara.
Un agente uniformado se apartó apenas verla acercarse.
La fotografía seguía apoyada cuidadosamente junto a la puerta principal, protegida dentro de una funda transparente para evitar que la lluvia la dañara.
Irene se detuvo frente a ella.
Y sintió cómo algo se endurecía lentamente dentro de su pecho.
La imagen la mostraba claramente sentada dentro del coche de Hugo pocos minutos antes, observando distraídamente la lluvia a través de la ventanilla del copiloto mientras atravesaban la Castellana.
La fotografía estaba tomada desde el exterior del vehículo, desde una distancia absurdamente cercana, probablemente en uno de los semáforos donde habían permanecido detenidos durante unos segundos bajo la lluvia.
Irene recordó perfectamente aquel momento.
El limpiaparabrisas moviéndose lentamente.
La ciudad húmeda alrededor.
Su propia mirada perdida detrás del cristal.
Y alguien observándola desde apenas unos metros sin que ella lo percibiera.
Clara llegó hasta el alero detrás de Hugo y se quedó completamente inmóvil al ver la imagen.
—Dios mío…
La inspectora recogió lentamente la fotografía usando guantes. El papel aún conservaba pequeñas gotas de lluvia sobre la superficie.
Le dio la vuelta.
Y encontró inmediatamente la frase escrita con aquella caligrafía limpia y obsesiva que ya comenzaba a reconocer demasiado bien.
“Las personas que viven cerca de la oscuridad terminan olvidando cuándo empezaron a formar parte de ella.”
La lluvia golpeó suavemente el plástico transparente de la funda.
Irene permaneció inmóvil varios segundos leyendo las palabras mientras una sensación profundamente incómoda comenzaba a crecer lentamente dentro de ella.
Porque aquello no sonaba como una amenaza, sonaba como alguien describiéndola.
—Está hablando contigo directamente ya —murmuró Hugo.
La inspectora no respondió inmediatamente.
Porque empezaba a comprender algo todavía peor: el asesino no parecía interesado únicamente en asustarla. Había algo mucho más complejo detrás de aquellas frases, como si intentara arrastrarla lentamente hacia una conversación privada que solo existía entre ambos.
Orduña apareció entonces desde el interior de la Brigada acompañado por dos agentes más. El cansancio endurecía todavía más las líneas de su rostro bajo la lluvia nocturna.
—Dime que tenemos algo útil.
Iván negó desde la entrada.
—Nada claro todavía. Solo sabemos que dejó esto hace apenas unos minutos.
El comisario observó la fotografía entre las manos de Irene y después la frase escrita detrás.
—Ese hijo de puta se está acercando demasiado.
Irene levantó lentamente la vista hacia él.
—No está acercándose ahora, lleva mucho tiempo cerca.
El silencio posterior fue breve pero pesado, porque todos empezaban a comprender lo mismo. El asesino no acababa de entrar en sus vidas, probablemente llevaba observándolos desde mucho antes de que ellos empezaran siquiera a buscarlo.
La lluvia seguía cayendo sobre la entrada de la Brigada cuando Lucía apareció apresuradamente desde el interior del edificio con el portátil todavía abierto entre las manos.
—He encontrado algo sobre el símbolo.
Todos se volvieron inmediatamente hacia ella.
La analista respiró hondo antes de continuar.
—No aparece en ninguna organización oficial ni religiosa… pero sí encontré referencias antiguas en varios textos filosóficos y místicos bastante marginales.
Irene frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué clase de referencias?
Lucía dudó apenas un instante.
—El símbolo representa “el umbral de la mirada”.
El silencio cayó otra vez sobre la lluvia.
—¿Qué demonios significa eso? —preguntó Hugo.
La analista bajó lentamente la vista hacia la pantalla.
—Según esos textos… es la idea de atravesar una verdad emocional o espiritual de la que ya no puedes regresar siendo la misma persona. Como abrir una puerta interior que normalmente permanece cerrada.
Irene sintió cómo algo frío recorría su espalda.
Porque de pronto todo parecía encajar demasiado bien, las ventanas, las puertas, la necesidad de mirar, las víctimas aislándose, la transformación psicológica, las frases sobre atravesar algo oscuro.
No era lenguaje improvisado.
Era un sistema completo de creencias.
Y eso hacía que el hombre al que perseguían resultara muchísimo más peligroso.
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Parte 2
La lluvia continuaba cayendo sobre la entrada de la Brigada Central de Homicidios mientras el grupo permanecía reunido bajo el alero principal escuchando las explicaciones de Lucía.
El sonido constante del agua golpeando el asfalto, los vehículos policiales y las fachadas oscuras de los edificios cercanos producía una sensación extraña de aislamiento, como si el resto de Madrid hubiera quedado muy lejos de allí.
Irene seguía sosteniendo la fotografía entre las manos.
Su propia imagen observando distraídamente la lluvia desde el interior del coche parecía pertenecer ahora a otra persona. Cuanto más tiempo la miraba, más perturbadora resultaba la proximidad desde la que había sido tomada.
El asesino había estado a pocos metros de ella.
Quizá detenido en el mismo semáforo.
Incluso observándola tranquilamente bajo la lluvia, mientras ella ni siquiera sospechaba su presencia.
Y aquello no terminaba de parecerse al miedo, se parecía más a una invasión silenciosa.
A la sensación de descubrir que alguien ha estado ocupando un espacio demasiado cercano durante demasiado tiempo.
Lucía volvió lentamente la vista hacia el portátil.
—Los textos donde aparece el símbolo son bastante antiguos y difíciles de rastrear. Algunos hablan del "umbral de la mirada" como una especie de transformación interior.
Hugo frunció el ceño.
—¿Transformación hacia qué?
La analista dudó apenas un instante.
—Hacia una verdad emocional que la mayoría de las personas prefieren evitar durante toda su vida.
La lluvia siguió cayendo sobre la entrada de la Brigada.
Nadie habló durante unos segundos.
Porque todos entendieron inmediatamente cómo encajaba aquello con el comportamiento del asesino: las víctimas aislándose lentamente, las conversaciones obsesivas, la necesidad constante de mirar más allá de determinadas barreras emocionales.
No parecía considerar sus actos como asesinatos.
Parecía creer que estaba guiando a las personas hacia algún tipo de revelación.
—Es un sistema de creencias completo.
La voz de Irene sonó baja.
Orduña soltó aire lentamente.
—Perfecto. Un filósofo asesino. Justo lo que necesitábamos.
Pero la inspectora apenas escuchó la ironía cansada del comisario.
Porque algo seguía moviéndose lentamente dentro de su cabeza.
Alicia Berenguer.
Laura Varela.
Clara Montes.
Todas describían el mismo proceso. Primero aparecía la sensación de ser comprendidas. Después el aislamiento. Más tarde llegaba esa dificultad creciente para distinguir dónde terminaban sus propias ideas y dónde comenzaban las de él.
La lluvia resbalaba por el borde del alero mientras Irene observaba la calle vacía.
—No creo que quiera únicamente controlar a las víctimas.
Hugo volvió la vista hacia ella.
—¿Entonces qué?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
Porque cuanto más pensaba en ello, más perturbadora resultaba la conclusión.
—Creo que necesita que participen emocionalmente en el proceso.
El silencio cayó otra vez entre ellos.
Y era precisamente eso lo que hacía que el caso resultara tan difícil de comprender utilizando patrones criminales normales.
El asesino no actuaba únicamente desde el dominio físico.
Parecía obsesionado con construir una especie de vínculo emocional profundo antes de destruir completamente a las personas.
Como si necesitara ser aceptado antes de convertirse en monstruo frente a ellas.