Chapter 18
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El apartamento quedó en silencio mientras la imagen ampliada permanecía congelada sobre la pantalla del portátil.
La lluvia seguía golpeando suavemente las ventanas y el reflejo azulado de las luces de la calle se deslizaba lentamente por el techo del salón, pero Irene apenas percibía ya nada de aquello. Su atención seguía fija en el símbolo grabado sobre el anillo del hombre.
El círculo atravesado por aquella línea vertical imperfecta.
La misma marca que aparecía repetidamente entre las notas encontradas en la habitación oculta.
La misma sensación de puerta entreabierta, de umbral, como si algo permaneciera esperando pacientemente al otro lado.
—No es una improvisación.
La voz sonó baja dentro del salón.
Hugo apartó lentamente la vista de la pantalla.
—No.
La inspectora continuó observando unos segundos más la imagen congelada antes de volver a hablar.
—Lleva ese símbolo encima y lo utiliza como parte de sí mismo.
La lluvia descendía lentamente por los cristales mientras aquella idea terminaba de asentarse dentro de su cabeza.
Porque hasta ese momento todavía había considerado la posibilidad de que los mensajes, las frases y los rituales formaran únicamente una construcción privada desarrollada alrededor de las víctimas.
Pero aquello parecía ir mucho más lejos.
El símbolo tenía demasiado peso dentro del comportamiento del asesino para ser un simple adorno.
Parecía pertenecer a una idea mucho más antigua, algo que existía antes incluso de las víctimas.
Clara seguía inmóvil junto a la cocina observando la pantalla con una expresión cada vez más pálida.
—Nunca le vi ese anillo.
Irene volvió lentamente la vista hacia ella.
—Porque probablemente no querías verlo.
La frase salió más suave de lo que había pretendido.
Clara levantó inmediatamente la mirada y durante un instante algo incómodo pasó entre ambas.
No era tensión exactamente, más bien la comprensión silenciosa de una verdad desagradable.
El asesino no se había ocultado completamente.
Simplemente había aprendido a ocupar el espacio exacto donde las personas dejan de prestar atención.
El lugar donde algo deja de parecer una amenaza y comienza a parecer normal.
Lucía cerró lentamente el portátil.
—Voy a cruzar el símbolo con bases de datos de grupos religiosos, organizaciones filosóficas, asociaciones culturales... lo que sea.
Hugo soltó aire despacio.
—No creo que tengamos tanta suerte.
—Lo sé.
Lucía se pasó una mano por el cabello.
—Pero algo así no aparece de la nada.
Irene volvió lentamente hacia el hueco vacío de la estantería.
El espacio donde había estado La Divina Comedia parecía casi una ausencia física dentro del apartamento. Cuanto más tiempo permanecía observándolo, más claro se volvía el patrón que el asesino construía alrededor de las víctimas.
Libros.
Frases.
Conversaciones.
Observación progresiva.
Todo parecía formar parte de una misma arquitectura emocional cuidadosamente levantada durante meses.
Como si primero necesitara crear un lenguaje compartido antes de comenzar a destruir los límites interiores de las personas.
—No quiere asustarlas desde el principio.
La frase surgió casi sin darse cuenta.
Hugo levantó la vista.
—Quiere que bajen la guardia.
Irene negó lentamente.
—No exactamente.
El subinspector frunció ligeramente el ceño.
La inspectora caminó despacio hasta una de las ventanas del salón mientras la lluvia seguía deslizándose sobre el cristal. Madrid aparecía deformada detrás del agua y las luces lejanas parecían moverse lentamente dentro de la noche, como reflejos flotando bajo una superficie oscura.
—Quiere que crean que han encontrado a alguien capaz de comprenderlas.
El silencio posterior resultó incómodo.
Porque todos sabían lo peligroso que podía llegar a ser algo así.
El miedo hace que las personas huyan.
Sentirse profundamente comprendido suele conseguir lo contrario.
Clara bajó lentamente la mirada hacia el suelo.
—Creo que al principio me gustaba hablar con él.
La confesión quedó suspendida dentro del apartamento con una fragilidad extraña.
Irene no respondió inmediatamente.
Porque comprendía que Clara necesitaba decir aquello en voz alta para empezar a entender lo que había ocurrido realmente.
—No parecía alguien intentando manipularme.
La periodista hablaba muy despacio ahora.
—Parecía... alguien que escuchaba de verdad.
Un escalofrío recorrió lentamente la espalda de Irene.
Exactamente las mismas palabras que Alicia Berenguer había dicho sentada frente al altar de la iglesia.
Escuchaba.
Siempre comenzaba ahí.
—¿Te habló alguna vez del símbolo?
Clara tardó varios segundos en responder.
—No directamente.
Permaneció pensativa un instante.
—Pero recuerdo una conversación extraña hace unas semanas.
La atención de Irene regresó inmediatamente hacia ella.
—¿Qué conversación?
La periodista respiró hondo antes de continuar.
—Dijo que las personas pasan la vida construyendo puertas dentro de sí mismas. Lugares que mantienen cerrados incluso cuando saben que detrás está aquello que más necesitan mirar.
La lluvia golpeó otra vez el cristal.
Hugo se pasó lentamente una mano por el rostro cansado.
—Ese cabrón convierte cada conversación en una especie de sermón psicológico.
Pero Irene ya no estaba escuchándolo del todo, porque algo acababa de encajar lentamente dentro de su cabeza.
Puertas.
Ventanas.
Umbrales.
Mirar.
Atravesar.
Todo el lenguaje del asesino giraba constantemente alrededor de la misma idea.
Cruzar hacia algo que las personas normales prefieren evitar.
Como si estuviera construyendo una filosofía privada basada en el acto de atravesar determinadas fronteras interiores.
Y por primera vez empezó a preguntarse si aquel símbolo no representaba únicamente una firma.
Quizá representaba una creencia.
Entonces el teléfono de Lucía vibró bruscamente sobre la mesa.
La analista lo miró apenas un segundo.
Y se tensó inmediatamente.
—Irene...
La inspectora se volvió hacia ella.
—¿Qué pasa?
Lucía levantó lentamente la vista de la pantalla.
La expresión de su rostro bastó para que el silencio regresara de golpe al apartamento.
—Acaban de encontrar otra fotografía.
Nadie habló durante unos segundos.
La lluvia continuaba cayendo detrás de las ventanas.
—¿Dónde?
La pregunta de Hugo sonó más grave de lo habitual.
Lucía tragó saliva antes de responder.
—En la puerta de la Brigada Central de Homicidios.
Irene sintió cómo algo frío descendía lentamente por su espalda incluso antes de escuchar la siguiente frase.
—Y esta vez sales tú.