Chapter 17
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La lluvia continuaba deslizándose lentamente sobre los cristales del apartamento de Clara Montes mientras los técnicos de científica comenzaban a desplegar focos y material alrededor del salón.
El sonido de los guantes de látex, las cámaras fotográficas y las conversaciones apagadas de los agentes llenaba el aire con esa actividad silenciosa y contenida que siempre aparecía cuando una escena empezaba a transformarse en prueba policial.
Pero Irene apenas percibía nada de eso.
Seguía observando la hoja escrita a mano sobre la mesa.
“Las personas más fáciles de encontrar son las que creen estar buscando a otros.”
La frase parecía haberse instalado en el centro exacto del apartamento como una presencia física. No era únicamente una amenaza. Había algo más complejo detrás de aquellas palabras. Una especie de conversación privada que el asesino parecía empeñado en construir poco a poco con Clara.
Y eso era precisamente lo más peligroso.
—Nadie vio entrar a nadie en el edificio —murmuró Hugo mientras observaba el salón—. He hablado con los vecinos del rellano y no recuerdan nada raro.
Irene levantó lentamente la vista hacia él.
—Porque probablemente no parecía raro.
El subinspector guardó silencio unos segundos.
Ambos sabían ya cómo funcionaba aquel hombre. No irrumpía violentamente en los espacios. Se deslizaba dentro de ellos con una normalidad cuidadosamente construida, casi invisible. La clase de presencia que el cerebro aprende a ignorar porque no activa ninguna alarma inmediata.
Clara permanecía inmóvil junto a la cocina americana observando su propio apartamento como si estuviera intentando reconocerlo de nuevo.
La inspectora percibió inmediatamente la tensión en la manera en que cruzaba los brazos sobre el pecho y evitaba mirar demasiado tiempo ciertos rincones de la casa.
Ya había empezado.
Aquella pérdida progresiva de seguridad sobre el propio espacio.
—¿Quieres sentarte? —preguntó Irene acercándose a ella.
La periodista tardó un instante en responder.
—No.
La voz salió demasiado rápida y tensa.
Irene comprendió inmediatamente que Clara temía quedarse quieta. Como si detenerse demasiado tiempo dentro del apartamento hiciera más real la sensación de invasión que empezaba a extenderse por todas partes.
—No recuerdo haber dejado esa hoja ahí —murmuró finalmente Clara mirando la mesa—. Ni siquiera recuerdo cuándo desapareció el libro.
La inspectora siguió lentamente su mirada hacia el hueco vacío de la estantería.
La Divina Comedia.
Otra vez el mismo símbolo, la misma idea de atravesar algo oscuro para alcanzar una verdad distinta al otro lado.
El asesino parecía obsesionado con construir una especie de viaje emocional, que compartía con sus víctimas antes de destruirlas completamente o transformarlas.
Porque Alicia Berenguer seguía viva.
Y eso seguía siendo la pieza más inquietante de todo el caso.
Lucía apareció desde el pasillo con el portátil todavía abierto entre las manos.
—Acabo de revisar las cámaras de la calle.
Irene se volvió inmediatamente hacia ella.
—¿Hay algo?
La analista dudó apenas un instante antes de responder.
—Sí, pero no mucho.
Colocó el portátil sobre una mesa auxiliar y reprodujo un fragmento de vídeo captado por una cámara de tráfico situada al final de la calle. La imagen mostraba la entrada del edificio bajo la lluvia dos horas antes de la llamada de Clara.
Varias personas cruzaban la acera protegidas bajo paraguas oscuros.
Después apareció él.
Irene sintió un escalofrío inmediato incluso antes de que Lucía pausara el vídeo.
El hombre caminaba despacio bajo la lluvia con un paraguas negro ligeramente inclinado hacia delante. La calidad de la grabación no permitía distinguir claramente el rostro, pero algo en la serenidad del movimiento resultaba profundamente perturbador.
Porque no parecía esconderse.
Parecía simplemente alguien regresando tranquilamente a casa.
—Amplía la imagen.
Lucía obedeció.
La figura quedó ligeramente más definida bajo el ruido digital de la lluvia.
Abrigo oscuro, complexión delgada, movimiento tranquilo y entonces Irene notó algo.
—Espera.
Lucía detuvo el vídeo por completo.
La inspectora se acercó lentamente a la pantalla.
—La mano izquierda.
Hugo frunció el ceño.
El hombre sostenía el paraguas con la derecha, pero la izquierda permanecía visible unos segundos junto al cuerpo mientras cruzaba frente a la cámara.
Llevaba un anillo metálico oscuro y grueso. Con un símbolo apenas perceptible grabado sobre la superficie.
Lucía amplió todavía más la imagen.
Y el silencio cayó inmediatamente sobre el apartamento.
Porque, aunque la calidad seguía siendo mala, el dibujo podía distinguirse lo suficiente.
Era el mismo símbolo circular encontrado repetidamente entre las notas del asesino.
El mismo que aparecía dibujado junto a algunas de las carpetas ocultas en el apartamento de Elisa Montero.
Un círculo atravesado por una línea vertical imperfecta.
Como una puerta parcialmente abierta.
Clara dio un paso involuntario hacia atrás.
—Dios…
Irene permaneció inmóvil observando el símbolo ampliado sobre la pantalla mientras una idea lenta y desagradable comenzaba a abrirse paso dentro de su cabeza.
Porque aquello ya no parecía únicamente una firma privada.
Parecía algo que el asesino llevaba consigo constantemente.
Como una identidad.
Como si aquel símbolo significara algo mucho más importante de lo que todavía alcanzaban a comprender.