El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 16
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Chapter 16

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La lluvia golpeaba suavemente el parabrisas mientras Hugo conducía a través de las calles mojadas de Madrid con una velocidad contenida que apenas conseguía disimular la tensión acumulada dentro del coche.

Irene permanecía inmóvil en el asiento del copiloto con el teléfono todavía pegado al oído, escuchando la respiración irregular de Clara Montes al otro lado de la línea mientras las luces húmedas de la ciudad se deshacían sobre los cristales como manchas líquidas.

Ninguno de los dos había hablado durante casi un minuto porque ya no hacía falta.

La fotografía encontrada frente a la puerta de Clara lo había cambiado todo.

—No la toques —dijo finalmente Irene con voz baja y firme—. ¿Me entiendes? No entres otra vez en casa y no toques absolutamente nada.

—Está fechada hace dos noches… —murmuró Clara, como si todavía no terminara de comprender lo que estaba viendo—. Irene… yo no recuerdo haber visto a nadie allí.

La inspectora cerró lentamente los ojos un instante.

Eso era precisamente lo más perturbador.

La naturalidad.

La forma en que aquel hombre conseguía instalarse en la vida de las personas sin producir alarma inmediata, como si la sensación de familiaridad fuera parte esencial de su método.

—Escúchame —dijo—. ¿Hay alguien cerca de ti ahora mismo?

Clara tardó unos segundos en responder.

—No… creo que no.

La duda en aquella frase hizo que Hugo apretara ligeramente las manos sobre el volante.

La lluvia seguía cayendo sobre Madrid y el coche avanzaba dejando atrás edificios húmedos y escaparates apagados mientras Irene observaba las calles casi vacías intentando contener la sensación cada vez más desagradable que crecía dentro de ella.

Porque empezaba a comprender otra cosa todavía peor.

El asesino no solo seguía a Clara, había conseguido entrar emocionalmente en ciertos espacios de su vida mucho antes de que ella sospechara siquiera que existía un peligro.

—¿Qué más hay junto a la fotografía? —preguntó.

Hubo un pequeño ruido al otro lado de la línea, como si Clara se inclinara ligeramente hacia el suelo del rellano.

Después silencio.

Y entonces una respiración contenida.

—Hay algo escrito detrás.

—Léelo.

La voz de Clara tembló apenas al pronunciar las palabras.

—“Algunas puertas solo se abren cuando dejamos de temer lo que hay detrás.”

El interior del coche quedó en silencio.

La frase parecía encajar demasiado bien con todo lo demás: las ventanas, la observación, la necesidad de mirar, las grietas emocionales convertidas lentamente en caminos de entrada.

Hugo soltó aire lentamente sin apartar la vista de la carretera.

—Ese hijo de puta lleva meses construyendo esto.

Irene no respondió.

Porque empezaba a sospechar que Hugo incluso se quedaba corto.

Tal vez llevaba años.

El teléfono seguía abierto entre ella y Clara mientras el coche atravesaba una avenida casi desierta bajo la lluvia.

—¿Entró en mi casa? —preguntó de pronto la periodista.

Aquella pregunta quedó suspendida unos segundos entre ambas.

La inspectora eligió cuidadosamente la respuesta.

—No lo sé todavía.

Pero las dos sabían que probablemente sí.

Y eso era precisamente lo insoportable.

La sensación de invasión invisible.

De presencia silenciosa.

De alguien capaz de acercarse tanto sin ser percibido.

—Estoy aquí fuera y siento que no conozco mi propia casa — susurró Clara.

La frase produjo una punzada extraña dentro de Irene.

Porque entendía exactamente lo que significaba perder la sensación de seguridad sobre un espacio íntimo. Había visto aquello antes en víctimas de acoso prolongado. El momento exacto en que las paredes dejaban de sentirse propias y comenzaban a parecer escenarios observados desde fuera.

Y una vez ocurría eso, el miedo ya no desaparecía fácilmente.

—Ya casi estamos llegando —dijo.

Clara no respondió inmediatamente.

Después habló muy despacio.

—Ahora recuerdo otra cosa.

Irene volvió lentamente la vista hacia el teléfono.

—¿Qué?

La lluvia golpeó más fuerte el techo del coche mientras atravesaban un semáforo en ámbar.

—Hace unas semanas encontré un libro delante de mí puerta. Pensé que alguien de la editorial lo había dejado allí.

—¿Qué libro?

Hubo otro silencio breve.

—La Divina Comedia.

Hugo giró inmediatamente la cabeza hacia Irene.

Porque ambos recordaron al mismo tiempo el ejemplar encontrado junto al cuerpo de Marta Urrutia.

La misma edición.

Las mismas anotaciones.

La misma frase subrayada.

“Quien atraviesa la oscuridad sin apartar la mirada ya no vuelve a ser el mismo.”

La lluvia seguía deslizándose sobre el parabrisas cuando Irene comprendió finalmente algo que llevaba demasiado tiempo creciendo bajo el caso sin terminar de mostrarse por completo.

El asesino no se limitaba a observar a las personas, construía lentamente un lenguaje privado entre él y ellas antes de que siquiera supieran que estaban participando en él.

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Parte 2

Cuando Irene y Hugo llegaron al edificio de Clara Montes, la lluvia había vuelto a intensificarse sobre Madrid.

El agua descendía por las fachadas antiguas y convertía las luces de las farolas en reflejos líquidos que temblaban sobre el asfalto oscuro.

La periodista seguía esperando en el rellano de su apartamento, inmóvil junto a la puerta abierta, con el teléfono todavía pegado a la mano y una expresión extraña entre el miedo y la incredulidad.

Irene la vio antes incluso de subir completamente las escaleras, y comprendió inmediatamente que algo había cambiado en ella.

No era únicamente el susto lógico después de encontrar la fotografía. Había otra cosa más profunda detrás de aquella mirada fija y silenciosa. La sensación de que ciertas piezas estaban comenzando a encajar demasiado deprisa dentro de su cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó Hugo al acercarse.

Clara tardó un instante en responder.

—No lo sé.

La inspectora avanzó lentamente hasta el rellano mientras observaba la fotografía apoyada todavía sobre el suelo, justo delante de la puerta.

La imagen mostraba claramente a Clara entrando sola en la iglesia de San Nicolás dos noches atrás.

La lluvia caía alrededor de ella y la toma estaba realizada desde cierta distancia, probablemente desde el otro lado de la plaza.

La misma paciencia.

La misma mirada silenciosa.

Irene se puso los guantes antes de recogerla cuidadosamente.

Detrás seguía escrita la frase:

“Algunas puertas solo se abren cuando dejamos de temer lo que hay detrás.”

El papel aún estaba ligeramente húmedo por la lluvia.

—No he entrado desde que me llamaste —murmuró Clara.

Irene levantó lentamente la vista hacia ella.

—Bien.

La periodista observó unos segundos la fotografía entre las manos de la inspectora antes de hablar otra vez.

—Empiezo a sentir que llevo mucho tiempo dentro de algo sin haberme dado cuenta.

La frase quedó suspendida en el rellano mientras el eco lejano de la lluvia subía desde la calle.

Irene comprendía perfectamente aquella sensación.

El caso entero parecía funcionar precisamente así: no irrumpía violentamente en la vida de las personas desde el principio, se infiltraba lentamente en sus rutinas, en sus pensamientos y en sus grietas emocionales hasta que un día descubrían que ya estaban dentro.

Hugo abrió despacio la puerta del apartamento mientras Iván y dos agentes de científica comenzaban a subir las escaleras detrás de ellos.

—Vamos a revisar todo —dijo—. Nadie toca nada hasta que termine científica.

Clara permaneció inmóvil junto al pasillo de entrada observando su propia casa como si fuera un lugar ajeno. Irene la miró unos segundos antes de entrar lentamente en el apartamento.

El interior estaba completamente en silencio.

La luz tenue del salón permanecía encendida y el olor a café frío y libros llenaba el aire. A simple vista nada parecía fuera de lugar, y precisamente eso hacía que todo resultara todavía más inquietante.

Porque el asesino no dejaba caos detrás de él, dejaba presencia.

Irene caminó despacio por el apartamento mientras el sonido amortiguado de la lluvia seguía entrando desde las ventanas. Sobre una mesa del salón había varios artículos abiertos, fotografías antiguas del caso Laura Varela y una libreta llena de anotaciones escritas rápidamente.

Clara había estado trabajando en el caso incluso antes de comprender que el caso también trabajaba sobre ella.

La inspectora avanzó lentamente hasta una de las estanterías del fondo.

Entonces se detuvo.

Había un hueco vacío entre varios libros.

Pequeño, muy concreto.

—Clara.

La periodista apareció despacio detrás de ella.

—¿Qué?

Irene señaló el espacio vacío.

—Aquí estaba el ejemplar de La Divina Comedia que encontraste hace semanas.

Clara frunció lentamente el ceño.

—Sí.

—¿Dónde está ahora?

La periodista permaneció inmóvil unos segundos.

Después volvió lentamente la vista hacia el resto del salón.

—No lo sé.

El silencio que siguió resultó profundamente incómodo.

Porque Irene comprendió inmediatamente lo que significaba.

El libro había desaparecido y eso quería decir que alguien había entrado allí después de dejarlo.

Hugo también lo entendió al instante.

—Joder…

La lluvia golpeó más fuerte las ventanas del apartamento mientras científica comenzaba a desplegar material detrás de ellos.

Clara apoyó lentamente una mano sobre el respaldo de una silla.

—No recuerdo haberlo movido.

Irene la observó en silencio.

Y entonces notó algo más.

Sobre la mesa del salón, entre las notas y fotografías antiguas de Laura Varela, había una hoja arrancada de una libreta que ninguno había visto al entrar.

La inspectora se acercó lentamente.

La hoja estaba escrita con la misma caligrafía limpia y obsesiva encontrada en las escenas anteriores.

Solo había una frase.

“Las personas más fáciles de encontrar son las que creen estar buscando a otros.”

El apartamento quedó en silencio absoluto.

Clara sintió cómo el color desaparecía lentamente de su rostro mientras observaba la hoja desde el otro lado de la mesa.

—Eso no estaba ahí antes —susurró.

Irene levantó lentamente la vista hacia ella.

Y por primera vez desde el inicio del caso comprendió algo que resultaba todavía más peligroso que cualquier escena ritual construida hasta ahora.

El asesino ya no se conformaba con observar a Clara Montes, había empezado a hablar directamente con ella.