El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 15
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Chapter 15

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Cuando Irene Alarcón salió de la iglesia de San Nicolás, la lluvia había empezado a disminuir otra vez sobre Madrid, dejando una niebla húmeda suspendida entre las luces nocturnas de la ciudad.

Durante unos segundos permaneció inmóvil bajo las escaleras de piedra observando cómo el agua descendía lentamente por las aceras vacías mientras el eco de las palabras de Alicia Berenguer seguía resonando dentro de su cabeza con una claridad cada vez más incómoda.

“Empecé a necesitarlo.”

Aquello era lo verdaderamente perturbador.

No las velas.

Ni las frases en las paredes.

Ni siquiera las fotografías ocultas.

Lo insoportable era la posibilidad que, el asesino consiguiera ocupar lentamente un espacio emocional real dentro de las personas antes de destruirlas.

Hugo apareció a su lado ajustándose el abrigo húmedo mientras varios agentes continuaban entrando y saliendo de la iglesia detrás de ellos.

—No me gusta nada cómo habla de él.

Irene no apartó la vista de la calle.

—Porque no habla como una víctima normal.

El subinspector guardó silencio unos segundos antes de asentir lentamente.

Ambos habían visto suficientes casos de manipulación psicológica para reconocer ciertos patrones, pero aquello parecía moverse en un territorio mucho más complejo.

Alicia no describía únicamente miedo. Describía dependencia, comprensión emocional y algo todavía más difícil de aceptar: la sensación de haber sido vista profundamente por alguien.

Y las personas pueden soportar muchas cosas antes que sentirse invisibles.

Lucía salió entonces de la iglesia con el portátil protegido bajo el abrigo y expresión cansada.

—He revisado los movimientos de Alicia durante los últimos meses —dijo acercándose a ellos—. Empezó a cancelar pacientes progresivamente desde hace unas seis semanas.

Irene frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

—No lo sabemos, pero hay algo raro, su agenda muestra encuentros recurrentes en cafeterías, librerías y exposiciones culturales… siempre en lugares distintos y sin ningún nombre asociado.

Hugo soltó aire lentamente.

—Él.

Lucía asintió.

—Y cuanto más avanzan los encuentros, más aislada parece volverse.

La inspectora volvió lentamente la vista hacia la fachada iluminada de la iglesia. Las palabras de Alicia seguían reconstruyéndose dentro de su cabeza bajo una forma cada vez más peligrosa.

“No intentaba impresionarme. Escuchaba.”

Aquello requería tiempo y paciencia.

Capacidad real de comprensión emocional.

Y eso hacía que el asesino resultara mucho más inquietante que un simple psicópata impulsivo.

—No creo que el control empezara desde la violencia —murmuró Irene.

Hugo la miró.

—No.

La inspectora observó unos segundos más la lluvia fina cayendo sobre la plaza antes de continuar.

—Creo que empieza haciendo que las víctimas sientan que, por primera vez alguien las comprende completamente.

El silencio posterior fue incómodo.

Porque todos entendieron inmediatamente el poder real que podía tener algo así sobre personas emocionalmente agotadas, solitarias o llenas de heridas invisibles.

Lucía bajó lentamente la mirada hacia el portátil.

—Hay otra cosa.

Irene se volvió hacia ella.

—¿Qué pasa?

La analista dudó un instante antes de responder.

—He cruzado las fechas de Alicia con las carpetas encontradas en el apartamento de Elisa Montero.

La lluvia parecía haberse detenido casi por completo alrededor de ellos.

—¿Y?

Lucía levantó lentamente la vista.

—Durante el mismo periodo en que Alicia empezó a verlo, Marta Urrutia dejó de aparecer en registros públicos.

El silencio cayó inmediatamente sobre los tres.

Marta Urrutia.

La mujer encontrada rodeada de velas frente al ventanal del apartamento turístico.

Otra mujer que había pasado meses desapareciendo lentamente de su propia vida antes de morir.

Irene sintió cómo algo frío comenzaba a instalarse detrás de sus pensamientos.

Porque empezaba a dibujarse un patrón todavía más perturbador que las propias muertes.

El asesino no secuestraba de inmediato.

Primero aislaba.

Reducía el mundo de las víctimas lentamente hasta convertirse en la única voz capaz de alcanzar ciertas partes de ellas.

—Dios… —murmuró Hugo.

La inspectora cerró un instante los ojos.

Y entonces apareció otra idea todavía peor.

Clara Montes.

Abrió inmediatamente los ojos y sacó el teléfono del bolsillo.

Marcó sin apartar la vista de la calle húmeda frente a la iglesia.

Un tono, dos.

Después la voz de Clara respondió desde el otro lado.

—¿Sí?

Irene soltó aire lentamente sin darse cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo la respiración.

—¿Dónde estás?

—En casa. ¿Por qué?

La inspectora tardó apenas un instante en responder, pero ese instante bastó para que Clara percibiera algo extraño en el silencio.

—¿Irene?

La lluvia comenzaba otra vez, muy suave ahora, casi como un murmullo sobre Madrid.

—Necesito que me escuches con atención —dijo finalmente la inspectora—. Quiero que me digas si en los últimos meses has empezado a aislarte más de lo habitual. Si has dejado de ver gente. Si has cancelado cosas sin saber muy bien por qué.

Hubo un silencio inmediato al otro lado de la línea.

Demasiado largo.

Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda incluso antes de escuchar la respuesta.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Clara.

La pregunta llegó muy despacio.

Y fue precisamente la forma en que la pronunció lo que hizo que la sensación de peligro se volviera real.

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Parte 2

El silencio al otro lado de la línea pareció extenderse varios segundos más de lo normal.

Irene permaneció inmóvil bajo la lluvia tenue observando la plaza casi vacía frente a la iglesia mientras el eco de la respuesta de Clara seguía asentándose lentamente dentro de ella.

"¿Cómo sabes eso?"

La inspectora cerró los ojos un instante antes de volver a hablar.

—Porque empieza así.

Hugo levantó inmediatamente la vista hacia ella, comprendiendo por la expresión de Irene que algo acababa de cambiar otra vez dentro del caso.

Lucía permanecía inmóvil sujetando el portátil contra el pecho mientras la lluvia comenzaba a deslizarse lentamente sobre los coches aparcados alrededor de la plaza.

—Clara —continuó Irene con calma—. Necesito que pienses bien lo que voy a preguntarte. ¿Has estado viendo a alguien de forma regular estos últimos meses? Alguien que apareciera aparentemente por casualidad al principio.

No hubo respuesta inmediata, solo una respiración contenida al otro lado de la línea.

Después Clara habló muy despacio.

—No sé…

La inspectora sintió una presión fría detrás de los ojos, porque aquella duda sonaba demasiado parecida a lo que acababan de escuchar dentro de la iglesia.

—Inténtalo.

La periodista guardó silencio varios segundos más antes de responder.

—Había un hombre.

La lluvia pareció intensificarse otra vez sobre Madrid.

Hugo soltó aire lentamente y bajó la mirada hacia el suelo mojado mientras Irene permanecía completamente inmóvil.

—¿Desde cuándo? —preguntó.

—No estoy segura. Quizá… desde hace meses.

La voz de Clara sonaba extraña ahora, parecía confusa, como si estuviera reconstruyendo piezas... que hasta ese momento nunca había unido realmente.

—Al principio coincidíamos en sitios distintos. Cafeterías, presentaciones de libros, una exposición cerca del Reina Sofía. Pensé que simplemente era alguien interesado en mis artículos.

Irene notó cómo algo se endurecía lentamente dentro de ella.

Exactamente igual que Alicia.

Exactamente igual que Laura Varela.

El mismo acercamiento gradual, la misma sensación de coincidencia natural.

—¿Te hablaba del caso Laura Varela?

Otro silencio.

—Sí.

La inspectora sostuvo el teléfono con más fuerza.

—¿Qué te decía?

La lluvia golpeaba ahora suavemente los paraguas de varios peatones cruzando la plaza mientras la voz de Clara llegaba amortiguada desde el otro lado de la ciudad.

—Que yo había sido la única persona que entendió que aquella investigación estaba mal cerrada.

Irene sintió un escalofrío lento, porque aquello ya no parecía únicamente manipulación. parecía selección emocional.

El asesino no elegía a las personas únicamente por quiénes eran. Elegía aquello que necesitaban escuchar sobre sí mismas.

—¿Cómo era? —preguntó.

Clara tardó varios segundos en responder.

—Normal.

La palabra quedó suspendida entre la lluvia y el silencio de la plaza.

—Eso es lo peor, si intento recordarlo… no hay nada llamativo en él. No parecía peligroso ni extraño, solo… tranquilo.

Irene cerró lentamente los ojos un instante.

Eso también encajaba.

Las personas más peligrosas rara vez llegan mostrando monstruosidad desde el principio. A menudo entran en la vida de otros bajo una apariencia precisamente diseñada para no activar ninguna alarma.

—¿Y después? —preguntó suavemente.

La respiración de Clara se volvió ligeramente inestable.

—Después empezó a aparecer justo cuando peor estaba.

Aquello hizo que Irene levantara lentamente la vista hacia la lluvia.

Porque ahora ya podía ver el mecanismo completo desplegándose delante de ellas como una red construida con años de paciencia.

Observación.

Aislamiento.

Comprensión emocional.

Dependencia.

Y después la caída.

—Clara —dijo con firmeza—. Quiero que abras la puerta de tu casa y salgas ahora mismo.

—¿Qué?

—Hazlo.

La periodista dudó.

—Pero…

—Ahora.

El tono fue suficiente para que Clara obedeciera sin discutir más. Irene escuchó el sonido del movimiento al otro lado de la línea: pasos rápidos, llaves, una puerta abriéndose.

Después silencio.

Y entonces la voz de Clara regresó convertida casi en un susurro.

—Dios mío…

La inspectora sintió cómo el corazón le golpeaba lentamente dentro del pecho.

—¿Qué ves?

No hubo una respuesta inmediata, solo respiración contenida.

Finalmente, Clara habló.

—Hay una fotografía en el suelo.

La lluvia seguía cayendo sobre Madrid.

Hugo observó inmediatamente el rostro de Irene mientras la inspectora permanecía completamente inmóvil bajo la luz húmeda de la plaza.

—¿Qué clase de fotografía? —preguntó.

La voz de Clara tembló ligeramente al responder.

—Es… es una imagen mía.

Irene cerró lentamente la mano libre.

—¿Dónde estás?

La periodista tardó apenas un segundo en contestar.

—Aquí, en la puerta de casa.

—No, en la fotografía.

Hubo un silencio abrupto.

Y cuando Clara volvió a hablar, su voz ya no sonaba únicamente asustada.

Sonaba quebrada.

—Estoy entrando en la iglesia de San Nicolás, hace dos noches.