Chapter 14
──────── ✠ ────────
La lluvia continuaba golpeando suavemente las vidrieras de la iglesia mientras Alicia Berenguer permanecía sentada frente al altar con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Las velas proyectaban reflejos temblorosos sobre la piedra antigua y el silencio del lugar parecía envolver cada palabra con una gravedad extraña, casi confesional.
Irene observaba el rostro agotado de la psicóloga intentando separar el miedo real de algo mucho más complejo y perturbador.
Porque cuanto más hablaba Alicia, menos parecía describir a un depredador convencional y, más empezaba a parecer alguien que había construido lentamente una relación emocional con ella antes de destruirla desde dentro.
—¿Cómo era cuando hablabais? —preguntó Irene con calma.
Alicia tardó varios segundos en responder. Sus ojos seguían fijos hacia el altar, como si todavía le resultara difícil mirar directamente a otra persona mientras hablaba de él.
—Tranquilo —susurró finalmente—. Nunca levantaba la voz. Nunca intentaba impresionarme. Simplemente… escuchaba.
Irene sintió un leve escalofrío.
Escuchaba, otra vez aquella misma idea.
El asesino no parecía seducir a sus víctimas desde el dominio o la intimidación, lo hacía desde la comprensión emocional, como si primero necesitara descubrir exactamente qué vacío habitaba dentro de cada una de ellas antes de empezar a ocuparlo lentamente.
—¿Te habló alguna vez de las otras mujeres? —preguntó.
Alicia negó despacio con la cabeza.
—Nunca directamente.
—¿Entonces?
La psicóloga cerró los ojos un instante antes de continuar.
—A veces decía cosas… frases sueltas. Como si hablara de personas que habían llegado más lejos que otras.
El silencio volvió a asentarse entre los bancos vacíos de la iglesia.
Hugo permanecía inmóvil junto a una de las columnas observando a Alicia con expresión cada vez más sombría. Lucía había dejado de mirar el teléfono hacía varios minutos y escuchaba ahora completamente concentrada.
—¿Qué clase de frases? —preguntó Irene.
Alicia respiró hondo.
—Decía que algunas personas se pasan la vida entera huyendo de sí mismas. Que prefieren llenar el ruido de trabajo, relaciones o rutina antes que quedarse solas frente a ciertas preguntas.
La inspectora notó cómo algo se tensaba lentamente dentro de ella.
Porque, por primera vez desde el inicio del caso, empezaba a percibir claramente el mecanismo psicológico que aquel hombre utilizaba para entrar en la vida de sus víctimas. No comenzaba hablando de muerte ni de violencia, empezaba hablando de vacío.
Y las personas rotas suelen reconocer muy rápido a quien parece comprender sus grietas.
—¿Qué preguntas? —murmuró Irene.
Una expresión dolorosa cruzó lentamente el rostro de Alicia.
—Las que nadie quiere hacerse demasiado tiempo.
La lluvia golpeó otra vez las vidrieras y durante unos segundos el sonido pareció llenar toda la nave central. Irene observó a la psicóloga intentando mantener el rostro impasible, aunque algo incómodo comenzaba a crecer lentamente dentro de ella.
Porque algunas de aquellas frases resultaban peligrosamente fáciles de entender.
Alicia levantó lentamente la vista hacia la inspectora por primera vez desde que había comenzado a hablar realmente.
—Él decía que las personas más solas no son las que no tienen a nadie… sino las que sienten que nadie podría comprender realmente lo que llevan dentro.
El silencio posterior se volvió pesado, y por un instante Irene tuvo una sensación profundamente desagradable, la de estar escuchando algo demasiado humano para pertenecer únicamente a un monstruo.
Quizá Hugo percibió el cambio en su expresión, porque intervino inmediatamente desde el fondo de la iglesia.
—¿Te amenazó alguna vez?
La pregunta rompió algo en el ambiente.
Alicia tardó un momento en responder.
—No.
—¿Te tocó?
—No.
—¿Intentó hacerte daño?
La psicóloga bajó lentamente la vista hacia sus manos.
—No al principio.
Aquello hizo que Irene sintiera una presión fría detrás de los ojos.
Porque ya empezaba a comprender que el verdadero peligro no había comenzado mediante la violencia física.
Había comenzado mucho antes, en conversaciones aparentemente inofensivas, en encuentros repetidos, en esa sensación progresiva de sentirse comprendida por alguien que parecía mirar exactamente allí donde otros nunca llegaban.
—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó suavemente.
Alicia permaneció varios segundos en silencio antes de responder. Cuando volvió a hablar, su voz sonó rota por un cansancio mucho más profundo que el miedo.
—Empecé a necesitarlo.
La frase quedó suspendida dentro de la iglesia como una confesión imposible de retirar.
Irene sintió otro escalofrío mientras observaba a la mujer frente a ella, porque aquello ya no se parecía únicamente a manipulación psicológica, empezaba a parecer una dependencia emocional cuidadosamente construida durante meses.
—¿Y él lo sabía?
Una lágrima descendió lentamente por el rostro de Alicia.
—Creo que era exactamente lo que estaba esperando.
El eco distante de las palabras permaneció flotando entre las columnas antiguas mientras la lluvia seguía cayendo sobre Madrid. Irene bajó lentamente la mirada hacia el suelo de piedra de la iglesia intentando ordenar todo lo que acababan de escuchar.
Y entonces comprendió algo que resultaba todavía más inquietante que las escenas rituales o las habitaciones llenas de fotografías.
El asesino no solo observaba a las personas.
Aprendía a convertirse en aquello que más necesitaban antes de destruirlas.