Chapter 13
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El interior de la iglesia permanecía sumido en un silencio casi irreal, mientras la lluvia seguía golpeando suavemente las vidrieras exteriores.
Irene observaba a Alicia Berenguer desde el banco frente a ella intentando mantener la expresión serena, aunque una sensación cada vez más incómoda comenzaba a crecer lentamente bajo su piel.
Porque la mujer no parecía estar delirando y eso era precisamente lo perturbador.
Había visto suficientes crisis nerviosas, brotes traumáticos y estados de shock durante su carrera para reconocer el desorden cuando lo tenía delante.
Pero aquello era distinto. Alicia parecía agotada emocionalmente, profundamente alterada incluso, y sin embargo conservaba una claridad extraña en la mirada. Como si hubiese atravesado algo que todavía seguía intentando comprender por sí misma.
Las velas junto al altar proyectaban reflejos cálidos sobre el rostro húmedo de lágrimas de la psicóloga mientras el eco lejano de la lluvia llenaba los espacios vacíos de la iglesia.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó Irene con suavidad.
Alicia tardó varios segundos en responder. Sus ojos permanecían fijos hacia algún punto impreciso del crucifijo situado detrás de la inspectora, como si todavía le costara regresar completamente al presente.
—No lo sé —murmuró finalmente—. Nunca me dijo su nombre.
Hugo permanecía unos pasos más atrás junto a una de las columnas laterales observando la escena con el ceño ligeramente fruncido.
Lucía, cerca de la entrada principal, revisaba discretamente varias notas desde el móvil mientras dos agentes uniformados mantenían cerradas las puertas de la iglesia al exterior.
Irene volvió lentamente la vista hacia Alicia.
—¿Cuándo lo conociste?
La psicóloga cerró los ojos un instante antes de responder.
—Hace unos cuatro meses… quizá cinco, no estoy segura.
La inspectora percibió inmediatamente el modo en que la mujer hablaba del tiempo. Difuso. Alterado. Como si los acontecimientos posteriores hubieran deformado la percepción normal de las semanas y los días.
—¿Dónde?
Alicia respiró hondo antes de contestar.
—En una conferencia sobre trauma y memoria emocional. Él esperó hasta el final para acercarse.
La lluvia golpeó con más fuerza una de las vidrieras laterales y durante unos segundos el sonido pareció llenar toda la iglesia.
—¿Qué quería?
Una tristeza extraña cruzó lentamente el rostro de Alicia.
—Hablar.
La respuesta hizo que Irene guardara silencio un instante. Porque ya empezaba a imaginar perfectamente la escena: un hombre tranquilo, educado, inteligente, capaz de escuchar durante horas y detectar exactamente qué grietas emocionales escondía cada persona detrás de su aparente normalidad.
No necesitaba imponerse físicamente, le bastaba con comprender dónde mirar.
—¿Y qué ocurrió después?
Alicia bajó lentamente la vista hacia sus propias manos.
—Al principio pensé que simplemente era alguien muy culto. Muy observador. Hablaba de literatura, filosofía, religión… de cómo las personas pasan la vida evitando ciertas preguntas porque temen lo que podrían encontrar detrás.
Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda. Otra vez el mismo patrón. La misma obsesión alrededor de la idea de mirar demasiado profundamente dentro de uno mismo.
—¿Volviste a verlo?
La psicóloga asintió apenas.
—Muchas veces.
Y aquello cambió algo en el ambiente de la iglesia.
Porque hasta ese momento Irene todavía había imaginado encuentros breves, contactos ocasionales o conversaciones aisladas. Pero la manera en que Alicia pronunció aquellas palabras transmitía otra cosa mucho más íntima y peligrosa.
Una relación progresiva, un acercamiento lento, casi una dependencia emocional construida cuidadosamente con el tiempo.
—¿Te seguía?
Alicia levantó lentamente la mirada hacia ella.
—No.
La respuesta llegó con una convicción inmediata que hizo que Irene sintiera otro escalofrío aún peor.
—Entonces ¿cómo aparecía siempre?
La mujer tardó varios segundos en responder.
Porque incluso ahora parecía debatirse entre el miedo y la necesidad de proteger algo que aún no comprendía completamente.
—Era como si él supiera cuándo iba a necesitar hablar con alguien.
El silencio posterior se volvió profundo dentro de la iglesia.
Hugo intercambió una breve mirada con Irene desde el fondo de la nave central, pero ninguno de los dos dijo nada.
Porque aquello empezaba a encajar demasiado bien con todo lo que habían encontrado en las carpetas ocultas.
Años de observación. Horarios. Rutinas. Estados emocionales analizados meticulosamente.
El asesino no improvisaba sus acercamientos.
Los preparaba durante meses.
Alicia volvió lentamente la vista hacia el altar mientras varias lágrimas descendían otra vez por sus mejillas.
—Al principio me hacía sentir comprendida —susurró—. Creo que eso es lo peor de todo.
Irene permaneció inmóvil escuchándola, porque entendía exactamente a qué se refería.
Las personas más peligrosas no siempre entraban en la vida de otros mediante el miedo. Algunas lo hacían ofreciendo precisamente aquello que más necesitaban escuchar.