El Evangelio del Asesino (Irene Alarcón 1) Chapter 12 #3
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Chapter 12 #3

Orduña tardó un instante en responder.

—Según la patrulla que acudió, repite constantemente la misma frase.

La lluvia golpeó más fuerte el cristal.

—“Ya no puedo dejar de verlo.”

Nadie habló.

Irene cerró lentamente los ojos un instante mientras las palabras parecían asentarse dentro de ella con un peso desagradable.

El asesino llevaba semanas, quizá años, hablando de lo mismo: mirar, comprender, atravesar ciertas verdades sin apartar los ojos.

Y ahora aparecía una mujer viva repitiendo algo que sonaba peligrosamente parecido a una consecuencia.

Como si el proceso no terminara necesariamente con la muerte.

—Tenemos que verla ahora mismo —dijo.

Orduña asintió inmediatamente.

No tardaron más de unos minutos en abandonar el apartamento.

Cuando Irene salió nuevamente a la calle, la lluvia fría de Madrid le golpeó el rostro y durante un instante permaneció inmóvil junto a los coches policiales observando el reflejo húmedo de las luces sobre el asfalto.

Había noches en que la ciudad parecía contener algo oculto bajo su superficie, una sensación silenciosa de grieta abierta entre las personas normales que seguían viviendo sus vidas y aquello otro que avanzaba lentamente entre ellas sin ser visto todavía.

Y aquella noche Madrid parecía llena de sombras observando detrás de las ventanas.

El trayecto hasta la iglesia transcurrió en silencio. Hugo conducía mientras la lluvia golpeaba rítmicamente el parabrisas y Lucía revisaba información sobre Alicia Berenguer desde el asiento trasero.

—Trabajaba sobre trauma y procesos de duelo complejos — murmuró la analista—. Bastante conocida dentro de su ámbito. Publicó varios artículos sobre memoria traumática y percepción emocional.

Irene volvió lentamente la vista hacia ella.

Otra vez el mismo patrón, mujeres acostumbradas a mirar dentro de las heridas de otras personas.

—¿Hay relación con Clara Montes o Laura Varela? —preguntó.

Lucía negó con la cabeza.

—Nada directo de momento.

Pero Irene ya no confiaba demasiado en la palabra “directo”. A esas alturas del caso empezaba a sospechar que las conexiones reales no se encontraban en la superficie visible de las víctimas, sino en algo mucho más abstracto y difícil de rastrear.

La manera en que miraban el mundo.

Cuando llegaron a la iglesia de San Nicolás, varias patrullas permanecían estacionadas frente a la fachada iluminada tenuemente bajo la lluvia.

La plaza estaba casi vacía y el sonido de las campanas lejanas mezclado con el agua cayendo sobre la piedra antigua producía una sensación extrañamente irreal.

Irene subió lentamente las escaleras de entrada mientras el aire frío y húmedo de la noche parecía adherirse a la piel.

Un agente uniformado los esperaba junto a la puerta principal.

—Está dentro y no se ha movido desde que llegamos.

La inspectora cruzó el umbral de la iglesia y el silencio la envolvió inmediatamente.

El interior estaba apenas iluminado por varias lámparas antiguas y algunas velas encendidas junto al altar lateral. El olor a incienso viejo y piedra húmeda llenaba el aire mientras el eco distante de la lluvia parecía llegar amortiguado desde el exterior.

Y allí, frente al altar principal, estaba la mujer. Sentada sola sobre uno de los bancos de madera. Inmóvil.

Las manos descansaban sobre el regazo y la mirada permanecía fija hacia algún punto indeterminado del crucifijo iluminado por las velas. No parecía aterrorizada. Ni confundida. Había algo mucho más inquietante en su expresión.

Una especie de agotamiento emocional absoluto.

Irene avanzó lentamente por el pasillo central de la iglesia mientras el sonido de sus propios pasos resonaba suavemente entre las columnas antiguas. Conforme se acercaba, empezó a distinguir mejor el rostro de Alicia Berenguer.

Tenía los ojos completamente enrojecidos como si llevara horas llorando, pero lo peor era otra cosa.

La manera en que seguía mirando hacia delante sin pestañear apenas, como si algo invisible continuara desarrollándose todavía frente a ella.

—Alicia —dijo Irene con suavidad.

La mujer no respondió inmediatamente.

Solo después de varios segundos giró lentamente la cabeza hacia la inspectora.

Y entonces Irene sintió un escalofrío inmediato.

Porque reconoció aquella expresión, ya la había visto antes en algunas víctimas de secuestros prolongados, en supervivientes de experiencias extremas.

En personas que habían atravesado algo emocionalmente devastador y aún no habían conseguido regresar del todo, pero nunca había visto exactamente aquella mezcla de miedo y fascinación al mismo tiempo.

—¿Alicia? —repitió Irene acercándose un poco más.

La mujer tardó varios segundos en hablar.

Y cuando finalmente lo hizo, su voz apenas fue un susurro roto.

—Él tenía razón.

El silencio de la iglesia pareció volverse todavía más profundo.

Irene se sentó lentamente en el banco frente a ella.

—¿Quién tenía razón?

Alicia cerró los ojos un instante.

Dos lágrimas descendieron lentamente por su rostro antes de responder.

—El hombre que me enseñó a mirar.