Chapter 12 #2
Porque ya no estaba segura de cuál era realmente el objetivo del asesino.
Esa era precisamente la parte más inquietante de todo aquello.
No actuaba como alguien impulsado por placer, rabia o necesidad inmediata.
Se movía con la serenidad de quien cree estar desarrollando algo importante, y eso hacía que cualquier lógica habitual resultara insuficiente.
Lucía seguía revisando las carpetas cuando volvió a quedarse completamente inmóvil frente a la pantalla.
—Irene...
La inspectora giró inmediatamente hacia ella.
—¿Qué pasa ahora?
La analista tragó saliva antes de responder.
—Creo que sé cómo encuentra a algunas de las víctimas.
El salón volvió a quedar en silencio.
Lucía giró lentamente el portátil hacia ellos.
Sobre la pantalla aparecía una sucesión de artículos digitales, conferencias, publicaciones culturales y archivos universitarios.
Todos relacionados con las mujeres observadas.
—Está siguiendo publicaciones académicas y culturales.
La atención de todos permaneció fija sobre la pantalla.
—Artículos, clases abiertas, entrevistas, conferencias... Todas las víctimas tenían algún tipo de exposición pública.
Hugo frunció ligeramente el ceño.
—¿Crees que las selecciona desde ahí?
—Creo que empieza observándolas desde ahí.
Irene volvió lentamente la vista hacia las fotografías de Clara Montes.
Y entonces comprendió algo más, algo que llevaba días moviéndose bajo la superficie sin llegar a mostrarse del todo.
—No busca únicamente inteligencia.
Todos volvieron la mirada hacia ella.
La inspectora caminó despacio hasta el centro del salón mientras intentaba ordenar aquella sensación creciente.
Las fotografías parecían observarla desde las paredes, los nombres seguían extendidos sobre la mesa y, poco a poco todas las piezas comenzaban a acercarse unas a otras.
—Busca personas acostumbradas a enfrentarse emocionalmente a determinadas cosas.
La atención recorrió lentamente las imágenes de Laura Varela, Elisa Montero, Marta Urrutia y Clara Montes.
—Mujeres que pasan demasiado tiempo observando aquello que otros prefieren evitar.
El silencio posterior resultó incómodo.
Porque todos comprendieron inmediatamente a qué se refería.
Profesoras.
Periodistas.
Psicólogas.
Mujeres acostumbradas a interpretar dolor, memoria, pérdida, oscuridad o conflicto humano. Personas que, de una forma u otra, dedicaban parte de su vida a descender allí donde la mayoría prefiere apartar la mirada.
Como si el asesino estuviera convencido que solo determinadas personas podían soportar aquello que intentaba mostrarles.
—Es una especie de secta individual.
Hugo habló sin demasiada convicción.
—No.
Irene negó lentamente y la lluvia golpeó otra vez las ventanas del apartamento.
—Es peor.
Nadie dijo nada.
Porque todos comenzaban a percibir la misma idea creciendo lentamente bajo la investigación.
Aquel hombre no se veía a sí mismo como un asesino, se veía como alguien despertando algo en los demás.
Entonces el teléfono de Orduña comenzó a sonar.
El comisario respondió inmediatamente mientras se apartaba unos pasos hacia el pasillo.
Escuchó apenas unos segundos y se quedó completamente inmóvil.
Cuando regresó al salón, Irene comprendió antes incluso de escucharlo que algo acababa de cambiar otra vez.
—Acaban de encontrar a otra mujer.
La frase cayó sobre el apartamento como una piedra.
—¿Muerta?
La pregunta de Hugo quedó suspendida entre ellos.
Orduña sostuvo la mirada de Irene durante unos segundos antes de responder.
—No.
La lluvia continuó cayendo al otro lado de las ventanas.
—Pero lleva horas sentada sola en una iglesia vacía.
Nadie habló.
El comisario terminó la frase en voz más baja.
—Y no deja de repetir que ya empezó a entenderlo.
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Parte 2
Nadie habló durante varios segundos después de escuchar las palabras de Orduña.
La lluvia seguía golpeando las ventanas del apartamento de Elisa Montero y el reflejo azul de los coches policiales continuaba deslizándose lentamente sobre las paredes del salón, pero la sensación dentro de la habitación había cambiado otra vez.
Irene lo percibió inmediatamente. Hasta ese momento todavía estaban investigando escenas construidas después de la muerte.
Ahora acababa de aparecer algo distinto.
Alguien vivo y eso hacía que todo resultara mucho más peligroso.
—¿Dónde está? —preguntó finalmente.
—Iglesia de San Nicolás —respondió Orduña—. La encontró el sacristán hace casi una hora sentada frente al altar principal. No presenta heridas visibles, pero está en un estado mental bastante extraño.
Hugo frunció el ceño.
—¿Identificada?
—Sí. Alicia Berenguer. Treinta y nueve años. Psicóloga clínica.
Lucía levantó inmediatamente la vista desde el portátil.
—Está en la lista.
El silencio volvió a endurecerse dentro del apartamento.
Irene sintió cómo el cansancio desaparecía lentamente bajo esa claridad fría que aparecía cuando un caso comenzaba a desplazarse hacia un territorio completamente nuevo.
Porque aquello ya no parecía únicamente una secuencia de homicidios ritualizados.
Empezaba a sentirse como algo mucho más amplio y difícil de controlar.
—¿Qué ha dicho exactamente? —preguntó.