Chapter 12
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Durante unos segundos nadie habló dentro del salón.
La lluvia seguía golpeando las ventanas del apartamento y el reflejo azul de las luces policiales se deslizaba lentamente sobre las paredes húmedas mientras Irene observaba las fotografías extendidas sobre la mesa.
El edificio de la Brigada Central aparecía capturado desde distintos ángulos y en distintas horas del día: agentes entrando con café en la mano, coches oficiales atravesando la entrada del aparcamiento, policías fumando bajo la lluvia durante los descansos nocturnos.
Y entre ellos, ella.
Irene cruzando la calle frente a la brigada con la cazadora de cuero negra empapada por la tormenta. Irene hablando con Hugo junto a un coche patrulla y entrando sola en un bar cercano al edificio.
Todas las imágenes estaban tomadas desde la distancia. Con la misma paciencia silenciosa. La misma mirada inmóvil.
Orduña soltó lentamente el aire mientras observaba las fotografías.
—¿Desde cuándo nos está mirando?
Nadie respondió inmediatamente.
Porque la pregunta ya no parecía dirigida únicamente a Irene.
Ahora era toda la brigada la que empezaba a sentirse observada.
Iván pasó lentamente otra fotografía hacia el centro de la mesa.
—Hay más.
Esta vez la imagen mostraba claramente el interior de la cafetería situada frente a la Brigada Central. Irene aparecía sentada sola junto a la ventana revisando documentos mientras la lluvia empañaba el cristal detrás de ella.
La fecha escrita en el borde inferior hizo que Hugo frunciera inmediatamente el ceño.
—Eso fue hace más de un año.
Irene permaneció inmóvil observando la fotografía.
Y sintió algo profundamente incómodo creciendo lentamente dentro de ella. Porque empezaba a reconocer ciertas cosas.
La sensación ocasional de una presencia detrás entre la multitud. Miradas que desaparecían demasiado rápido. Coincidencias pequeñas que siempre había atribuido al cansancio o a la paranoia natural del trabajo.
De pronto todo regresaba bajo otra luz.
—No comenzó con Elisa Montero —murmuró finalmente.
Lucía levantó lentamente la vista hacia ella.
—No. Creo que tú tampoco empezaste con Elisa Montero.
El silencio que siguió fue inmediato.
Orduña observó a Irene durante varios segundos antes de hablar.
—¿Crees que iba detrás de ti desde antes?
La inspectora tardó un momento en responder.
Porque cuanto más lo pensaba, menos clara parecía la línea que separaba el inicio real del caso de todo lo que había ocurrido después.
—No lo sé.
Y era verdad.
Aquello era precisamente lo más inquietante.
La posibilidad de que el asesino hubiera estado orbitando alrededor de ciertas personas mucho antes de decidir intervenir directamente en sus vidas.
Como si pasara años estudiando. Esperando. Eligiendo.
Iván abrió entonces otra carpeta situada junto a las fotografías de Irene.
Dentro había varias páginas llenas de anotaciones manuscritas. La misma letra impecable. La misma calma enfermiza.
“Ella todavía no comprende por qué continúa mirando.”
“La fatiga empieza a abrir grietas.”
“Las personas que viven demasiado tiempo cerca de la oscuridad terminan confundiéndose con ella.”
Irene sintió cómo el apartamento parecía encogerse lentamente alrededor de aquellas frases.
Porque no describían únicamente vigilancia.
Describían observación psicológica.
Como si aquel hombre hubiese pasado años intentando interpretar también a quienes investigaban.
—Está estudiándonos igual que a las víctimas —murmuró Hugo.
—No exactamente —dijo Irene sin apartar la vista de las notas.
Todos la miraron.
La inspectora sostuvo el papel unos segundos más antes de continuar.
—A las víctimas intenta transformarlas. A nosotros nos está evaluando.
La frase dejó un silencio pesado dentro del salón.
Y cuanto más la pensaba, más sentido parecía tener. Las mujeres tachadas. Las carpetas clasificadas. Clara Montes. Las frases sobre “comprender”. Todo giraba alrededor de una idea fija: el asesino parecía obsesionado con distinguir entre quienes podían soportar mirar ciertas verdades… y quienes no.
Como si estuviera construyendo algún tipo de selección invisible.
Orduña caminó lentamente hasta la ventana principal del apartamento y observó la lluvia cayendo sobre Lavapiés.
—Quiero vigilancia inmediata sobre Clara Montes —dijo finalmente—. Y sobre cualquiera relacionado con esas carpetas.
Hugo asintió.
—Ya estoy moviendo gente.
El comisario permaneció unos segundos más mirando hacia la calle antes de volver lentamente hacia Irene.
—Y tú tampoco vas a moverte sola a partir de ahora.
La inspectora sostuvo su mirada.
—Gabriel…
—No es negociable.
El tono cansado pero firme del comisario hizo que Irene guardara silencio. Orduña la conocía demasiado bien para no detectar lo que estaba ocurriendo. El caso empezaba a entrar demasiado dentro de ella. Y eso siempre terminaba siendo peligroso.
La lluvia golpeó más fuerte el cristal en ese momento.
Lucía seguía revisando las carpetas cuando de pronto se quedó completamente quieta.
—Irene…
La inspectora giró hacia ella inmediatamente.
La analista sostenía una hoja distinta entre las manos. No era una anotación psicológica ni una ficha de seguimiento. Parecía más bien una lista escrita apresuradamente.
Nombres. Fechas. Direcciones.
—¿Qué es eso? —preguntó Hugo.
Lucía tardó un instante en responder. Porque la expresión de su rostro había cambiado por completo.
—Creo… creo que estas son las siguientes.
El apartamento quedó en silencio absoluto.
Irene se acercó lentamente hasta ella y tomó la hoja entre las manos.
Había cinco nombres escritos en vertical.
Algunos tenían anotaciones al lado. Otros estaban rodeados con tinta negra.
Y uno de ellos ya estaba marcado con una línea horizontal.
Marta Urrutia.
La inspectora sintió cómo algo frío descendía lentamente por su espalda mientras seguía leyendo.
Entonces llegó al cuarto nombre de la lista y el mundo pareció detenerse durante un instante.
Porque allí, escrito con la misma caligrafía limpia y obsesiva que cubría las paredes de las escenas del crimen, aparecía claramente:
IRENE ALARCÓN.
Capítulo 12 — El nombre escrito antes de la muerte
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Parte 1
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid cuando Irene Alarcón levantó lentamente la vista de la hoja.
Durante varios segundos nadie habló dentro del apartamento de Elisa Montero.
El silencio se volvió tan espeso que incluso el rumor distante del tráfico parecía llegar amortiguado desde otro lugar.
Irene sostenía todavía la lista entre las manos mientras el nombre escrito en la cuarta línea permanecía inmóvil frente a ella, como si aquella tinta negra hubiera adquirido de pronto un peso propio.
IRENE ALARCÓN.
No fue miedo lo primero que sintió.
Fue algo más extraño.
La sensación incómoda de que el caso acababa de atravesar una frontera invisible.
Hasta ese momento siempre había existido una separación clara entre quien investigaba y aquello que investigaba.
Por mucho que un caso llegara a instalarse dentro de su cabeza, siempre permanecía al otro lado de una línea difícil de definir, pero necesaria.
Una distancia profesional. Una forma de recordar que los nombres pertenecían a otros.
Ahora aquella distancia acababa de desaparecer.
Hugo fue el primero en acercarse.
—Déjame ver eso.
Irene le entregó lentamente la hoja sin apartar del todo la mirada de la escritura. La letra seguía siendo la misma que aparecía en las paredes de las escenas, en las carpetas de seguimiento y en las anotaciones escondidas dentro de la habitación oculta. Limpia. Ordenada. Casi elegante.
Como si incluso aquello hubiera sido escrito sin rabia.
—Joder...
El murmullo escapó de los labios de Hugo mientras repasaba el nombre.
Orduña se acercó inmediatamente después. El cansancio endurecía todavía más los rasgos de su rostro conforme avanzaba por la lista.
—¿Los otros nombres están identificados?
Lucía asintió desde el portátil.
—Dos sí. Una profesora de Historia del Arte y una psicóloga clínica. No parece haber relación directa entre ellas.
La atención regresó lentamente a las fotografías extendidas por el salón.
Cuanto más avanzaba la investigación, más evidente se volvía una idea profundamente perturbadora.
El asesino no improvisaba. No reaccionaba sobre la marcha.
Todo parecía formar parte de un proceso desarrollado durante años, una secuencia paciente y metódica donde cada paso ocupaba un lugar determinado.
Primero observaba.
Después seleccionaba.
Más tarde se acercaba.
Intentaba transformar.
Y finalmente llegaba la muerte.
El escalofrío descendió lentamente por la espalda de Irene al comprender algo que hasta ese momento había conseguido evitar.
Por primera vez desde el inicio del caso, ya no estaba únicamente al otro lado de la investigación, ahora también formaba parte de ella.
—No significa necesariamente que seas una futura víctima.
La voz de Hugo intentó sonar tranquila.
Irene levantó lentamente la vista hacia él.
—No.
Guardó silencio unos segundos.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Porque empezaba a comprender algo peor.
Aquel hombre no parecía construir las listas siguiendo únicamente a quién quería matar, las construía alrededor de quién consideraba capaz de mirar. Y si su nombre estaba allí, tal vez aquello significaba algo mucho más complejo que una amenaza convencional.
Orduña dejó la hoja sobre la mesa con una brusquedad contenida.
—A partir de este momento esto deja de ser una investigación ordinaria.
El comisario recorrió con la mirada el apartamento, las fotografías y las carpetas abiertas.
—Voy a pedir apoyo externo y limitar las filtraciones al mínimo.
—Eso no va a detenerlo.
La frase salió casi sin que Irene fuera consciente de haberla pronunciado.
Orduña sostuvo su mirada.
—Tal vez no.
Su voz sonó cansada.
—Pero puede impedir que se acerque más.
Irene no respondió.