Chapter 11 #2
—¿Laura Varela llegó a contarte algo antes de desaparecer?
La periodista permaneció inmóvil.
Y entonces volvió a recordar aquella conversación olvidada dentro de la cafetería. La tensión en las manos de Laura. Las miradas constantes hacia la calle. Y sobre todo aquella frase:
“Parece que espera algo de mí.”
Clara abrió lentamente los ojos.
—Sí —murmuró finalmente—. Creo que sí.
El silencio al otro lado de la línea se volvió inmediato.
—Explícame.
La periodista observó otra vez la fotografía de Laura entrando en el edificio donde más tarde aparecería muerta. Ahora ya no parecía una simple imagen documental. Parecía el principio de algo mucho más oscuro.
—Ella creía que alguien la seguía —dijo en voz baja—. Pero no hablaba de ello como si tuviera miedo de un acosador normal.
—¿Entonces?
Clara tardó varios segundos en responder.
Porque incluso pronunciándolo en voz alta seguía sonando imposible.
—Laura decía que aquel hombre parecía observarla como si estuviera esperando que comprendiera algo.
La lluvia golpeó con más fuerza el cristal de la cafetería. Y al otro lado de la línea, Irene Alarcón guardó silencio demasiado tiempo.
Capítulo 11 — El eco de los nombres
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Parte 1
Irene permaneció varios segundos inmóvil con el teléfono todavía junto al oído después de escuchar las últimas palabras de Clara Montes.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid con una persistencia casi hipnótica y, al otro lado de las ventanas del apartamento de Elisa Montero, la ciudad parecía haberse convertido en una sucesión borrosa de luces húmedas, paraguas y reflejos temblando sobre el asfalto.
"Esperando que comprendiera algo."
La frase regresó lentamente una vez más.
Exactamente el mismo lenguaje.
Cerró los ojos apenas un instante mientras la habitación oculta seguía respirando a su alrededor bajo aquella luz amarillenta y cansada.
Las fotografías clavadas sobre las paredes, las carpetas clasificadas durante años y las anotaciones escritas con aquella caligrafía obsesivamente limpia parecían formar parte de una única presencia silenciosa observándolos desde todas partes.
—¿Irene?
La voz de Clara llegó desde el teléfono.
La inspectora volvió lentamente al presente.
—No te muevas de esa cafetería. Voy a enviarte a alguien.
—No necesito protección policial.
—No es una sugerencia.
El tono sonó más seco de lo habitual.
Clara lo percibió inmediatamente porque guardó silencio unos segundos antes de responder.
—Está bien.
La llamada terminó poco después.
Irene bajó despacio el teléfono mientras la lluvia continuaba golpeando los cristales del apartamento y Hugo la observaba desde el centro de la habitación.
—¿Qué ha dicho?
La inspectora tardó unos segundos en responder.
—Laura Varela habló con Clara antes de desaparecer.
La mirada recorrió las fotografías extendidas sobre la mesa improvisada.
—Le dijo prácticamente lo mismo que estamos viendo ahora.
Lucía levantó lentamente la vista desde una de las carpetas.
—¿Que alguien esperaba que comprendiera algo?
Irene asintió.
El silencio que siguió fue incómodo.
Porque cada nueva pieza del caso parecía reforzar la misma idea imposible.
El asesino no perseguía únicamente a sus víctimas.
Intentaba conducirlas lentamente hacia una forma concreta de mirar el mundo.
Y cuanto más tiempo dedicaba Irene a pensar en ello, más perturbadora resultaba la lógica que comenzaba a dibujarse detrás de todos aquellos años de observación.
No parecía un secuestro, tampoco parecía una obsesión romántica, ni siquiera parecía odio, se parecía más a una iniciación.
La atención regresó lentamente a las fotografías de Clara Montes.
Ahora ya no veía únicamente vigilancia en aquellas imágenes.
Empezaba a percibir algo más inquietante.
Una especie de seguimiento emocional. Como si durante años alguien hubiera estado intentando averiguar si Clara era capaz de llegar por sí sola a una conclusión determinada.
"La mujer que insiste."
"Empieza a comprender el patrón."
Las frases escritas en las carpetas regresaron con una claridad desagradable.
—No creo que quisiera matar a Clara.
Hugo levantó inmediatamente la vista.
—¿Después de años siguiéndola?
—Precisamente por eso.
Irene caminó despacio hasta una de las paredes cubiertas de fotografías.
Las imágenes parecían distribuidas siguiendo un orden que solo existía dentro de la cabeza del asesino.
Algunas mujeres aparecían apenas en dos o tres fotografías antes de ser tachadas.
Otras acumulaban meses enteros de observación.
Y en el centro de todo regresaban siempre los mismos nombres.
Laura Varela.
Elisa Montero.
Marta Urrutia.
Y Clara.
Como si todas hubieran conseguido avanzar más lejos dentro de algo que las demás nunca llegaron a alcanzar.
—Las otras mujeres son descartadas rápido.
La mirada seguía recorriendo las fotografías.
—Pero con Clara lleva años.
Lucía observó de nuevo las anotaciones.
—Porque cree que puede entenderlo.
Irene no respondió.
Porque en el fondo empezaba a temer exactamente eso.
El sonido de pasos apresurados entrando en el apartamento rompió de pronto el silencio de la habitación oculta. Un agente apareció junto a la puerta del dormitorio con expresión tensa y respiración acelerada.
—Inspectora.
Irene se volvió inmediatamente hacia él.
—¿Qué pasa?
—Acaba de llegar el comisario Orduña.
Hugo dejó escapar un suspiro cansado.
—Perfecto. Justo lo que necesitábamos.
No tardaron más de unos segundos en abandonar la habitación oculta y regresar al dormitorio principal. El cambio de espacio resultó brusco. Allí seguían las luces de científica, el olor a humedad, los equipos desplegados por el apartamento y el eco distante de la lluvia golpeando las ventanas.
Gabriel Orduña permanecía de pie junto al salón observando las velas apagadas de la escena original con expresión sombría.
El cansancio endurecía todavía más los rasgos de su rostro y el abrigo oscuro, mojado por la lluvia, parecía pesar sobre sus hombros como otra capa de agotamiento acumulado durante demasiados años.
Cuando vio aparecer a Irene comprendió inmediatamente que la situación acababa de empeorar.
—Hablad.
La inspectora sostuvo su mirada unos segundos.
—La habitación oculta contiene años de seguimiento sobre distintas mujeres. Víctimas conocidas y otras que todavía no hemos identificado.
Orduña permaneció inmóvil.
—¿Cuántos años?
—Al menos cuatro confirmados. Probablemente más.
El comisario cerró los ojos durante un instante.
—Dios...
—Y Clara Montes aparece entre las carpetas principales.
Aquello hizo que levantara inmediatamente la vista.
—¿La periodista?
Irene asintió.
El silencio posterior quedó ocupado únicamente por el sonido lejano de la lluvia.
—Esto se nos acaba de ir de las manos.
Nadie discutió aquella afirmación.
Porque todos comenzaban a sentir lo mismo, el caso ya no parecía una sucesión de homicidios aislados, parecía la superficie visible de algo que llevaba años creciendo silenciosamente bajo Madrid.
Fue entonces cuando Iván apareció desde el dormitorio sosteniendo otra carpeta recién abierta.
—Creo que deberíais ver esto.
La tensión en su voz bastó para que todos se giraran hacia él.
El técnico avanzó lentamente hasta la mesa del salón y dejó varias fotografías sobre la superficie.
Irene sintió cómo algo se endurecía dentro de ella en el mismo instante en que las vio.
Porque esta vez no eran mujeres desconocidas.
No eran víctimas.
No eran posibles objetivos.
Eran fotografías de la Brigada Central de Homicidios, de la entrada principal y los aparcamientos, también agentes entrando y saliendo del edificio bajo la lluvia.
La rutina cotidiana de la brigada observada desde distintos puntos y durante distintos días.
Y en varias de aquellas imágenes aparecía ella misma.