Chapter 11
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La lluvia había disminuido cuando Clara Montes salió de la redacción aquella noche, pero Madrid seguía cubierta por esa humedad gris y persistente que parecía adherirse a las fachadas, a las aceras y a la ropa de la gente como una segunda piel.
Caminaba deprisa con el abrigo oscuro cerrado hasta el cuello y una carpeta llena de notas bajo el brazo mientras los últimos coches atravesaban la Castellana levantando reflejos de agua sobre el asfalto.
Llevaba más de una hora intentando concentrarse en otra cosa.
No lo había conseguido.
Desde que Irene Alarcón la llamó para pedirle que no publicara todavía nada relacionado con Elisa Montero, el caso no había dejado de girar lentamente dentro de su cabeza.
Y no era solo por las muertes. Había algo más difícil de explicar.
Una sensación incómoda de familiaridad que llevaba persiguiéndola desde que escuchó el nombre de Laura Varela en labios de Irene aquella misma tarde.
Cuatro años.
Cuatro años intentando convencerse de que aquella historia había terminado, y ahora todo parecía regresar otra vez bajo una forma todavía peor.
Clara llegó finalmente hasta una pequeña cafetería abierta junto a una esquina tranquila y empujó la puerta de cristal mientras una campanilla metálica sonaba débilmente sobre su cabeza.
El local estaba casi vacío. Solo una pareja hablando en voz baja junto al fondo y un hombre solo leyendo un periódico cerca de la ventana empañada.
El olor a café recién hecho y madera húmeda llenaba el interior.
Clara escogió una mesa apartada y dejó la carpeta sobre la superficie mientras el camarero se acercaba lentamente.
—¿Lo de siempre?
Ella asintió distraída.
Cuando el hombre se alejó hacia la barra, Clara abrió finalmente la carpeta llena de recortes antiguos relacionados con Laura Varela.
Había prometido muchas veces dejar de volver sobre aquel caso, pero nunca lo había conseguido del todo.
Porque siempre había habido algo mal colocado dentro de aquella historia.
Algo que no terminaba de encajar con el cierre oficial.
Y cuanto más tiempo pasaba, peor resultaba la sensación.
Sacó lentamente una fotografía antigua del expediente.
Laura entrando en el edificio donde más tarde aparecería muerta.
La imagen estaba tomada desde lejos.
Clara sintió un escalofrío leve al observarla.
En aquel momento no le había dado importancia, pero ahora, después de las fotografías encontradas en el apartamento de Elisa Montero, la perspectiva de la imagen empezaba a resultarle profundamente inquietante. La distancia, el ángulo y la sensación de observación silenciosa.
Como si alguien hubiera estado mirando mucho antes que la policía comprendiera que debía hacerlo.
El camarero dejó el café frente a ella y Clara tardó unos segundos en darse cuenta.
—Gracias.
El hombre sonrió apenas antes de alejarse nuevamente.
Clara volvió lentamente la vista hacia las fotografías mientras la lluvia comenzaba otra vez a deslizarse sobre los cristales del local. Durante unos segundos permaneció inmóvil observando el reflejo deformado de la calle sobre la ventana empañada.
Y entonces sintió algo.
No miedo exactamente.
Más bien esa percepción incómoda que aparece cuando alguien permanece demasiado tiempo detrás de ti en silencio.
Levantó lentamente la vista hacia el cristal.
Al otro lado de la calle, bajo la lluvia, había un hombre inmóvil observando la cafetería.
El corazón de Clara dio un golpe seco.
La figura permanecía parcialmente oculta bajo un paraguas oscuro y la distancia impedía distinguir claramente el rostro, pero algo en aquella quietud resultaba inmediatamente perturbador. No parecía alguien esperando. Ni fumando. Ni mirando casualmente hacia el interior.
Parecía observando específicamente aquella mesa.
Clara permaneció inmóvil varios segundos.
Entonces el hombre comenzó a caminar lentamente calle abajo hasta desaparecer entre la lluvia y las luces húmedas de Madrid.
La periodista soltó el aire poco a poco sin darse cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo la respiración.
Intentó convencerse de que aquello no significaba nada.
Madrid estaba lleno de desconocidos. De sombras bajo paraguas. De personas mirando hacia cualquier parte.
Pero el problema era otro.
Que ahora sabía cómo miraba aquel hombre. Y una vez comprendías eso, empezabas a verlo en todas partes.
Clara cerró lentamente la carpeta y se recostó contra el respaldo de la silla mientras la lluvia seguía resbalando sobre el cristal. De pronto recordó algo que llevaba años enterrado en alguna parte de su memoria.
Una conversación con Laura Varela pocos días antes de su desaparición.
Habían coincidido precisamente en otra cafetería parecida a aquella.
Laura estaba nerviosa. Mucho más de lo habitual.
Clara lo recordaba ahora con una claridad dolorosa: las manos rodeando la taza caliente, las miradas constantes hacia la calle, la sensación de que intentaba decidir si debía contar algo o seguir callándolo.
Y entonces aquella frase.
“¿Nunca has tenido la sensación de que alguien te observa no porque quiera hacerte daño… sino porque espera algo de ti?”
Clara cerró lentamente los ojos.
Dios... no había vuelto a pensar en aquello en años y ahora, la frase regresaba de golpe con un significado completamente distinto.
El teléfono móvil vibró sobre la mesa haciéndola sobresaltarse.
Irene.
Clara respondió inmediatamente.
—Dime.
Al otro lado hubo un breve silencio antes de que la inspectora hablara.
—¿Dónde estás?
La periodista frunció ligeramente el ceño.
—En una cafetería cerca de la Castellana. ¿Por qué?
Otro silencio.
Esta vez más incómodo.
—Clara… necesito que escuches con atención lo que voy a decirte.
La lluvia golpeó más fuerte el cristal.
Y algo en la voz de Irene hizo que la piel de Clara se erizara lentamente incluso antes de escuchar las siguientes palabras.
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Parte 2
Clara enderezó lentamente la espalda sobre la silla mientras observaba la lluvia deslizándose sobre el cristal de la cafetería.
La calle al otro lado parecía haberse vaciado casi por completo y las luces húmedas de Madrid se deformaban sobre el asfalto como reflejos cansados y temblorosos.
Aun así, seguía teniendo la sensación incómoda de que alguien podía continuar observándola desde algún punto que no lograba localizar.
—¿Qué pasa? —preguntó finalmente.
Al otro lado de la línea, Irene tardó unos segundos en responder.
—Encontramos algo en el apartamento de Elisa Montero.
La voz de la inspectora sonaba distinta. Más contenida. Clara la conocía lo suficiente para reconocer cuándo estaba intentando medir cuidadosamente cada palabra antes de pronunciarla.
—¿Qué clase de algo?
El murmullo de la lluvia llenó brevemente el silencio entre ambas.
—Una habitación oculta.
Clara frunció lentamente el ceño.
—¿Cómo que una habitación oculta?
—Detrás de una pared falsa. Había fotografías. Carpetas. Años de seguimiento sobre distintas mujeres.
La periodista sintió un leve escalofrío recorriéndole la espalda.
Porque antes incluso de que Irene terminara de hablar ya sabía lo que venía después.
—Había una carpeta con tu nombre.
La cafetería pareció quedarse completamente en silencio alrededor de Clara.
El sonido de la máquina de café, las voces lejanas de la pareja del fondo y la lluvia golpeando el cristal se volvieron de pronto extrañamente distantes, como si todo hubiese quedado amortiguado bajo el peso de aquellas palabras.
—¿Mi nombre? —murmuró.
—Sí.
Clara bajó lentamente la vista hacia las fotografías antiguas de Laura Varela extendidas sobre la mesa.
Durante unos segundos no consiguió decir nada.
Solo observó la imagen borrosa tomada desde la distancia, aquella perspectiva silenciosa y paciente que ahora adquiría un significado completamente distinto.
—¿Desde cuándo? —preguntó finalmente.
Irene tardó apenas un instante en responder.
—Años.
La periodista cerró los ojos un momento.
Y de pronto comenzaron a regresar pequeñas cosas que había ignorado demasiado tiempo.
Sensaciones vagas. Rostros apenas vistos en estaciones de metro.
La impresión ocasional de coincidir varias veces con una misma figura en distintos lugares de la ciudad.
Nada suficientemente claro como para preocuparla de verdad entonces.
Hasta ahora.
—Clara —continuó Irene con calma—. Necesito que no vuelvas sola a casa esta noche.
La periodista dejó escapar una risa breve y nerviosa, aunque no había humor real en ella.
—¿Ahora me vais a poner escolta?
—No estoy bromeando.
Aquello hizo que Clara guardara silencio.
Porque Irene tampoco solía dramatizar.
La lluvia seguía cayendo al otro lado del cristal mientras Clara volvía lentamente la vista hacia la calle. Vacía. Húmeda. Iluminada apenas por los reflejos de los semáforos y los faros lejanos de algunos coches atravesando la avenida.
Y aun así la sensación persistía.
Como si el espacio alrededor hubiera cambiado de naturaleza después de aquella llamada.
—¿Qué había en la carpeta? —preguntó.
Al otro lado hubo otra pausa.
—Fotografías tuyas. Artículos recortados. Notas sobre tus investigaciones.
Clara tragó saliva lentamente.
—¿Qué tipo de notas?
La voz de Irene bajó ligeramente.
—Decía que estabas “cerca” una vez.
Laura Varela.
Todo regresaba inevitablemente allí.
La periodista apoyó lentamente una mano sobre la frente mientras intentaba ordenar la avalancha de pensamientos que comenzaba a abrirse paso dentro de su cabeza.
Recordaba perfectamente los días posteriores a la muerte de Laura.
Las discusiones con la policía. La sensación enfermiza de que algo importante seguía faltando dentro del caso.
Pero nunca, ni una sola vez en todos aquellos años, había imaginado que alguien pudiera haber estado observándola mientras escribía sobre ello.
Observándola incluso a ella.
—Clara.
La voz de Irene la devolvió lentamente al presente.
—Necesito que me digas algo con sinceridad.
—¿Qué cosa?