Chapter 10
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Nadie se movió dentro de la pequeña habitación después de que el teléfono comenzara a sonar.
La lluvia golpeaba débilmente las ventanas del apartamento al otro lado de la pared falsa y el pequeño espacio saturado de fotografías parecía haberse quedado sin aire de repente.
Irene observó la pantalla iluminada unos segundos antes de responder.
Número desconocido. A su alrededor, Hugo, Lucía e Iván permanecían inmóviles entre las imágenes clavadas sobre las paredes, los nombres escritos en las carpetas y aquella sensación creciente de haber entrado demasiado dentro de la mente de alguien.
La inspectora respondió finalmente sin apartar la mirada de las fotografías de Clara Montes extendidas sobre la mesa improvisada.
—Alarcón.
Durante unos segundos solo hubo estática al otro lado de la línea, un murmullo eléctrico apenas perceptible bajo el ruido lejano de la lluvia. Después llegó una voz masculina, tranquila, educada y extrañamente serena, como si la conversación hubiese empezado mucho antes de aquella llamada.
—Inspectora… me alegra que haya encontrado la habitación.
Irene sintió cómo el silencio se endurecía lentamente dentro del pequeño espacio oculto.
No era solo la llamada. Era el tono y la ausencia total de nerviosismo.
Aquel hombre no sonaba sorprendido ni alterado por el descubrimiento.
Sonaba satisfecho, como si encontrar aquel lugar hubiese formado parte natural de lo que esperaba que ocurriera tarde o temprano.
Hugo comenzó inmediatamente a hacer señas discretas a Iván para rastrear la comunicación, pero Irene sospechó desde el primer instante que aquello no serviría de mucho. Había demasiada calma detrás de aquella voz. Demasiada seguridad en cada pausa.
—¿Quién eres? —preguntó.
Al otro lado hubo una respiración tranquila antes de que la voz volviera a surgir, suave y perfectamente controlada.
—Eso todavía no es importante.
Irene recorrió lentamente con la mirada las paredes cubiertas de imágenes.
Mujeres caminando bajo la lluvia, leyendo junto a ventanas, entrando en cafeterías o hablando solas por teléfono sin saber jamás que alguien las observaba desde la distancia.
Cuanto más tiempo permanecía allí dentro, más insoportable resultaba la sensación de intimidad robada que impregnaba aquel lugar.
—Llevas años haciendo esto —dijo finalmente.
La respuesta llegó inmediata.
—Llevo años observando.
No había arrogancia en aquella corrección, tampoco agresividad y, precisamente eso la hacía mucho más inquietante.
Irene había escuchado a suficientes asesinos durante su carrera para reconocer cuándo alguien intentaba parecer inteligente y cuándo realmente había construido una lógica propia dentro de su cabeza.
Aquel hombre no improvisaba teorías grandilocuentes.
Hablaba como alguien que llevaba demasiado tiempo justificándose a sí mismo.
—¿Por qué Clara Montes? —preguntó entonces.
Hubo un silencio breve.
Después, algo parecido a una sonrisa apenas perceptible atravesó la línea.
—Porque ella también estuvo cerca una vez.
Laura Varela.
El nombre apareció inmediatamente dentro de la mente de Irene junto a las fotografías antiguas del expediente y las palabras subrayadas en el artículo escrito por Clara cuatro años atrás.
Todo parecía regresar constantemente allí, como si aquel caso antiguo hubiese abierto algo que nunca llegó a cerrarse del todo.
—¿La mataste tú?
La lluvia golpeó con más fuerza el cristal del dormitorio mientras la voz guardaba silencio durante varios segundos.
—Las personas creen que la muerte es lo importante, inspectora —respondió finalmente—. Pero no lo es.
Irene permaneció inmóvil. Empezaba a comprender el mecanismo psicológico detrás de aquella conversación.
El hombre no evitaba las preguntas. Las desplazaba lentamente hacia el territorio que realmente le interesaba.
Como si las respuestas directas resultaran demasiado pequeñas para aquello que intentaba construir.
—Entonces explícame qué es lo importante.
Esta vez el silencio se prolongó tanto que durante un instante Irene llegó a pensar que la llamada se había cortado.
Nadie se movía dentro de la habitación oculta.
Lucía observaba las fotografías con el rostro tenso; Hugo seguía pendiente de Iván y del rastreo imposible de la llamada; y alrededor de todos ellos las imágenes parecían observarlos desde las paredes bajo aquella luz amarillenta y cansada.
Cuando la voz regresó, sonó todavía más baja.
—El momento exacto en que alguien deja de apartar los ojos.
Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda mientras volvía a mirar las carpetas abiertas sobre la mesa.
Elisa Montero. Marta Urrutia. Laura Varela.
Mujeres observadas durante meses o años antes de morir.
Mujeres elegidas no por azar, sino por algo mucho más extraño y difícil de aceptar.
—¿Qué les hacías? —preguntó con calma.
—Nada que no desearan comprender.
La respuesta cayó dentro del silencio con una suavidad profundamente incómoda.
Irene volvió lentamente la vista hacia las fotografías de Marta Urrutia sentada frente al ventanal rodeado de velas.
Por primera vez desde el inicio de la investigación empezó a percibir algo todavía más perturbador que la propia obsesión del asesino: la posibilidad de que sus víctimas hubiesen terminado entrando parcialmente en su manera de mirar el mundo antes de morir.
—Las manipulabas —dijo.
—Las escuchaba.
Otra vez aquella corrección inmediata. Serena, convencida.
—Las personas pasan la vida fingiendo que no ven ciertas cosas —continuó la voz—. Fingiendo que no sienten ciertas grietas dentro de sí mismas. Yo solo les enseñaba a permanecer frente a ellas el tiempo suficiente.
Irene cerró lentamente los ojos un instante.
Aquello ya no sonaba como un hombre intentando justificar sus crímenes. Sonaba como alguien convencido de estar realizando una especie de acompañamiento espiritual deformado y enfermizo. Y eso hacía que el caso resultara todavía más peligroso.
—¿Y después las matabas?
Al otro lado de la línea hubo otra pausa larga. Cuando la voz regresó, lo hizo con una tristeza tan tenue que resultó mucho más inquietante que cualquier amenaza.
—Algunas verdades cambian a las personas para siempre, inspectora.
La llamada se cortó inmediatamente después.
No hubo despedida, ni amenazas, ni ruido.
Solo el silencio muerto de la línea vacía mezclándose con el sonido distante de la lluvia.
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Parte 2
Durante varios segundos nadie habló dentro de la habitación oculta.
La lluvia seguía golpeando las ventanas del apartamento con un murmullo constante y el teléfono permanecía inmóvil en la mano de Irene mientras el eco de la voz aún parecía suspendido en el aire.
A su alrededor, las paredes cubiertas de fotografías proyectaban sombras irregulares bajo la luz amarillenta del dormitorio y la sensación de haber entrado demasiado lejos dentro de la mente de alguien se hacía cada vez más asfixiante.
Hugo fue el primero en moverse. Se acercó lentamente hasta ella mientras Iván apartaba los auriculares del equipo improvisado de rastreo con una expresión de frustración cansada.
—Nada —murmuró—. La llamada venía rebotada desde varios servidores. Ha desaparecido antes de que pudiéramos fijarla.
Irene no respondió inmediatamente. Seguía observando las imágenes de Clara Montes extendidas sobre la mesa mientras una idea desagradable comenzaba a tomar forma lentamente dentro de su cabeza.
El hombre no había sonado sorprendido de que encontraran la habitación.
Ni siquiera preocupado. Había hablado como alguien que llevaba mucho tiempo esperando exactamente aquel momento.
—Quería que llegáramos aquí —dijo finalmente.
Lucía levantó lentamente la vista desde las carpetas.
—¿Por qué dejaría algo así preparado para ser descubierto?
Irene caminó despacio hacia el centro de la habitación.
Las fotografías parecían rodearla desde todas partes: mujeres leyendo, caminando bajo la lluvia, entrando en librerías o hablando solas por teléfono sin sospechar jamás que alguien las observaba desde la distancia con aquella paciencia monstruosa.
—Porque esto no es solo un escondite —respondió—. Es un archivo construido para alguien que pueda entenderlo.
Hugo apoyó las manos sobre una de las estanterías improvisadas.
—Suena como si estuvieras describiendo un museo.
La inspectora volvió lentamente hacia él.
—Eso es exactamente lo inquietante.
El silencio regresó otra vez al pequeño espacio oculto.
Cuanto más tiempo permanecían allí dentro, más evidente se volvía la lógica enfermiza que sostenía todo aquello.
Las carpetas perfectamente clasificadas.
Las fotografías organizadas durante años.
Las frases escritas con aquella caligrafía limpia y obsesiva.
Nada transmitía impulso o descontrol. Todo estaba construido con la precisión de alguien convencido de estar documentando algo importante.
Como si las víctimas no fueran personas.
Sino procesos.
Lucía abrió lentamente otra de las carpetas situadas junto al nombre de Clara Montes y comenzó a pasar varias páginas llenas de anotaciones manuscritas.
—Hay fechas aquí —murmuró—. Lugares. Horarios. Referencias a artículos concretos que Clara publicó durante años.
Irene se acercó despacio hasta ella.
Entre las hojas aparecían comentarios escritos con tinta negra:
“Todavía busca culpables demasiado visibles.”
“Empieza a comprender el patrón.”
“La pérdida correcta puede abrir los ojos.”
La inspectora sintió cómo algo frío se instalaba lentamente bajo su estómago.
Porque aquellas notas no parecían escritas por alguien obsesionado románticamente con Clara. Parecían el análisis de un investigador siguiendo la evolución de otra persona.
Estudiándola.
Evaluándola.
—No la observa como una víctima —dijo finalmente.
Hugo frunció el ceño.
—¿Entonces qué demonios es esto?
Irene sostuvo la carpeta entre las manos unos segundos antes de responder.
—Cree que Clara puede entenderlo.
La frase produjo un silencio inmediato.
Y cuanto más lo pensaba, más sentido empezaban a adquirir ciertas cosas.
La llamada. La insistencia sobre “mirar”.
El interés por mujeres acostumbradas a analizar, interpretar o profundizar emocionalmente en las personas.
Incluso la propia Clara, con años escribiendo sobre desapariciones olvidadas, investigaciones cerradas demasiado pronto y verdades incómodas que nadie quería mirar demasiado tiempo.
Como si el asesino hubiera terminado viéndola como una posible interlocutora.
La sola idea resultaba profundamente inquietante.
Iván se acercó entonces a otra de las paredes laterales y señaló varias fotografías distintas parcialmente ocultas detrás de un panel de madera.
—Aquí hay algo más.
Irene caminó hasta él.
Las imágenes mostraban a varias mujeres distintas observadas desde la distancia exactamente igual que las demás, pero todas tenían algo en común: una línea negra gruesa cruzaba sus rostros.
Tachadas.
Descartadas.
La inspectora permaneció observándolas varios segundos en silencio.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lucía en voz baja.
Irene sintió un escalofrío lento recorriéndole la espalda mientras volvía a recordar una de las frases escritas en las carpetas.
“Todavía no está preparada.”
Entonces comprendió algo todavía peor.
Aquellas mujeres no habían sido eliminadas después de morir.
Habían sido descartadas antes.
Como si el asesino hubiera decidido que no cumplían algún criterio invisible dentro de su sistema enfermizo.
—Las estuvo observando igual que a las otras —murmuró Hugo.
—Sí.
—¿Y después simplemente decidió que no servían?
Irene tardó varios segundos en responder.
Porque la conclusión resultaba monstruosa incluso dentro de aquel caso.
—Creo que busca algo específico en ellas. Alguna forma de vulnerabilidad… o de capacidad para comprender lo que intenta mostrarles.
Lucía volvió lentamente la vista hacia las fotografías de Clara.
—Entonces ella sigue en peligro.
La inspectora no respondió inmediatamente.
Porque empezaba a sospechar algo todavía más inquietante que el peligro físico.
Tal vez el asesino no quería matar a Clara Montes.
Tal vez necesitaba que continuara mirando.